domingo, 8 de marzo de 2026

    La Argentina es una fiesta

    Por Daniel Alciro


    Los borrachos.
    Diego Velázquez.

    Este es un país de contrasentidos.
    “Clausura” es el primer torneo de fútbol del año; “apertura”, el último.
    “Micro” es un medio de transporte gigantesco.
    Algo similar ocurre en economía aunque, en este caso, las palabras no son de cuño propio.
    Por un uso abusivo o generalizado, los economistas locales llaman fundamentals a los factores que determinan el riesgo o la ganancia potencial del inversor que compre títulos del Estado argentino o acciones de empresas argentinas. Aunque existe una correlación entre el rendimiento de las inversiones financieras y la marcha general de la economía, no corresponde afirmar que, para el país, lo “fundamental” es, por ejemplo, la tasa de interés.
    Sin embargo, eso es lo que hacen los especialistas en “macroeconomía”, que no se dedican a la parte más grande e importante de la economía nacional. Dada la excesiva influencia de la supply-side economy, esos especialistas han terminado identificando lo “macroeconómico” con el nivel de gasto público, el resultado fiscal, el stock de reservas, el circulante, la tasa de interés y la inflación.
    No es que tales indicadores tengan poca importancia. Pero deben analizarse en el contexto que promete el prefijo macro. Esto implica considerar: el PIB per cápita medido en capacidad adquisitiva (PPP), la tasa real de crecimiento, el nivel más la calidad del empleo, y otros factores que hacen a la generación y distribución de riqueza.
    Si se ignora todo esto, un país de la OPEP –con fuertes deficiencias estructurales– puede pasar vertiginosamente a tener impresionantes indicadores “macroeconómicos”, sólo porque una guerra multiplicó el precio internacional del petróleo y eso mejoró todos los índices fiscales y monetarios.
    Durante los años 90, muchos economistas vernáculos (y los organismos internacionales) celebraron que los “fundamentals” fueran correctos y que la Argentina exhibiera un excelente comportamiento “macroeconómico”.
    Los ingresos extraordinarios por privatizaciones permitieron, entonces, que se hablara de un “modelo” argentino.
    Pero en esa época se estaba comprometiendo lo verdaderamente fundamental, y debilitando la macroeconomía propiamente dicha. Eso llevó a cuatro años de recesión, 25% de desempleo y una deuda impagable.
    De esto salió la Argentina, no por un hecho externo simple –como una violenta alza del petróleo, en el caso de los países de la OPEP– sino por acontecimientos internos complejos.
    Se declaró el default, lo cual alivió la carga de la deuda; se devaluó 66,66%, aumentando de un golpe la competitividad; y se establecieron retenciones: una comisión que el Estado les cobra a los exportadores, favorecidos por la megadevaluación.
    Semejantes cambios provocaron efectos positivos, no sólo en los indicadores monetarios y cambiarios, sino en la economía real y la situación social.
    No obstante, las cifras que hacen brindar a los consultores económicos (ver recuadro “Descorchando champagne”) no parecen embriagar a las autoridades.
    El Presidente Kirchner no se cansa de repetir que aún no hemos salido del Infierno.
    Además, el Ejecutivo ha librado una batalla para lograr que el Congreso prorrogue por cuarta vez la emergencia económica, establecida en 2002.
    Según el gobierno, hay resabios de la crisis que no se pueden combatir sin poderes extraordinarios.

    Los indicadores sociales
    Para justificar la prórroga de la emergencia, Jorge Capitanich –presidente de la Comisión de Presupuesto y Hacienda del Senado– dijo en el debate parlamentario que, si bien la Argentina “desde 2002 ha conseguido una mejora”, todavía “hay cerca de 15 millones de personas que no tienen gas, 3.000.000 que no tienen luz y, peor aún, 8.000.000 carecen de agua potable y 17.000.000 no tienen cloacas”.
    Por supuesto, esos indicadores sociales se habrían agravado si hubiese continuado la recesión y el déficit fiscal, con 25% de desempleo, como en el período 1998-2001.
    Pero hace bien el gobierno en ser prudente. Se le ha criticado que, para el Presupuesto 2007, haya previsto una tasa de crecimiento de sólo 4%, siendo que la inercia misma provocará un alza cercana a esa cifra.
    Muchos sospechan que el gobierno subestima el crecimiento ex profeso para después apropiarse (y usar discrecionalmente) los recursos que una mayor expansión de la economía allegue al fisco.
    En realidad, se debería solicitar que toda ampliación presupuestaria fuera aprobada por el Congreso; pero no habría por qué objetar una estimación prudente de los recursos. Los cálculos alegres pueden estimular el excesivo gasto público y comprometer la política antiinflacionaria.
    En el debate parlamentario se señaló, acertadamente, que el crecimiento depende de un tipo de cambio competitivo.
    La Ley de Presupuesto prevé que 2007 terminará con el dólar a un valor nominal de 3,13, y que la inflación será de 6,3%. Eso permite hacer el siguiente cálculo:
    Si se toma como referencia el tipo de cambio vigente en 2002, inmediatamente después de la devaluación, y se descuenta la inflación acumulada desde entonces, resulta que el tipo de cambio real, a fin de 2007, sería de 1,57.
    Si se toma como referencia marzo de 2003, cuando el tipo de cambio se estabilizó en 3 a 1, y se descuenta la inflación acumulada desde entonces, el tipo de cambio real, a fin de 2007, sería de 2,22.
    A esos valores hay que restarles, a fin de obtener el tipo de cambio efectivo, el monto de las retenciones por sector.
    Para que el tipo de cambio no se aprecie en términos reales, hace falta una estrategia antiinflacionaria, y ésta no puede limitarse a la supresión de expectativas que, exitosamente, ha llevado a cabo el gobierno. Hace falta, también, una política monetaria y una política fiscal, y esto exige prudencia.
    Los funcionarios no admitirán nunca que coinciden con algunos temores de los organismos internacionales. La posición oficial es que el Fondo y el Banco Mundial fueron co-responsables de la crisis de 2001, lo cual dejó a sus expertos sin autoridad para opinar sobre la Argentina. Sin embargo, hay quienes privadamente reconocen lo que dice Hans Timmer, economista del Banco Mundial.

    Inflación reprimida
    Según Timmer, la inflación hoy reprimida, estallará en algún momento. Ese pronóstico lo lleva a concluir que el crecimiento argentino no es sustentable. “O se corrigen las distorsiones ahora o, en algún momento, la corrección resultará mucho más dura”, sentencia el holandés.
    Las autoridades argentinas no están dispuestas a “corregir las distorsiones ahora”, si por eso se entiende liberar precios y tarifas. Pero comprenden que los “aprietes” del secretario de Comercio Interior, Guillermo Moreno, son apenas un paliativo.
    Saben que, ante el menor cambio en los precios internacionales, tendrán que reaccionar con energía.
    Los opositores se equivocan si creen que, cuando el gobierno estima ingresos con prudencia y hace que le otorguen facultades extraordinarias, sólo está pensando en las elecciones. No es así. También está asegurándose un margen de maniobra, para el caso de que necesite “enfriar” la economía y, al mismo tiempo, proveer asistencia social para evitar reacciones adversas.
    La economía interna depende en gran medida de factores externos.
    Hace unos años, había recesión e inflación en toda América latina.
    Hoy, toda la región crece y goza de una virtual estabilidad de precios.
    Al margen de lo que puedan hacer los gobiernos para aprovechar una coyuntura internacional favorable (o contrarrestar una que está lejos de serlo), hay variables que condicionan el funcionamiento del mercado doméstico y el Estado.
    El mundo vivió largos períodos de stagflation: recesión con inflación. Eso disminuyó la demanda internacional de commodities y, por otro lado, encareció el crédito para los países emergentes.
    En esos tiempos, toda América latina vivió en la depresión económica, y sus países se debatieron en la inflación o hiperinflación.
    Hoy, todos los astros están alineados. Estados Unidos, Europa y Japón están en la faz expansiva. China e India han irrumpido en el mercado mundial. La demanda de materias primas se ha tonificado de una manera imprevista.
    A la vez, la fortaleza financiera de las economías principales ha hecho que, pese a la trepada del precio de los hidrocarburos, no se repitiera la inflación global que, en la década de los 70, provocaron los petrodólares. M

    Descorchando champagne

    • El PIB viene aumentando, año tras año, a tasas asiáticas: 9%, 9,2%, 8,5%.
    • La producción de automóviles, en los primeros 11 meses de 2006, creció 32,5% respecto de igual período del año anterior.
    • La construcción creció 32,3%
    • El desempleo bajó a 10,2%.
    • La industria química creó, en dos años, 52.000 nuevos puestos de trabajo.
    • La industria del software, 20.000.
    • La relación inversión-PIB saltó de 11% en 2002 a 23%.
    • Las exportaciones totales ya llegan a US$ 45.000 millones anuales.
    • La balanza comercial tiene un superávit de US$ 11.000 millones.
    • El superávit en cuenta corriente equivale a más de 3% del PIB.
    • En 2002, 2003, 2004, 2005 y 2006 hubo superávit fiscal primario.
    • Hay, también, superávit cuasifiscal.
    • A diferencia de lo que ocurrió entre 1961 y 2002, hoy no existe déficit financiero.
    • Después de haber cancelado 100% de la deuda con el FMI, las reservas superan los US$ 31.000 millones.
    • La inflación anual es de un dígito: para 2007 se prevé +6,3% en precios implícitos y +7,7% en precios al consumidor.
    • El riesgo país, que en 2000 llegó a 7.200 puntos, a mediados de diciembre apenas llegaba a 240.

     

    Hasta la Mediterránea festeja

    La cordobesa Fundación Mediterránea cumplirá, el próximo 6 de julio, 30 años. Creada por el empresario Pedro Astori, reunió en sus orígenes a 34 empresas, interesadas en promover la investigación económico-social. Para concretar el propósito, la fundación estableció un Instituto de Estudios Económicos sobre la Realidad Argentina y Latinoamericana (IERAL), cuya dirección asumió Domingo Felipe Cavallo.
    El IERAL fue el think tank que acompañó a Cavallo en su ascenso a Ministro de Economía (1991) y en el ejercicio de tal función.
    El grupo tuvo un éxito resonante: vinculando el circulante a las reservas, a una tasa fija, y dando lugar a un régimen virtualmente bimonetario (peso-dólar), logró acabar con la feroz hiperinflación que el país había padecido desde 1989.
    Sin embargo, luego Cavallo y los suyos cayeron en una suerte de culto pagano. Convirtieron el 1 a 1 en tabú y advirtieron que, si se lo tocaba, el país volvería a la inflación.
    Muchos repitieron eso, aun cuando la sobrevaluación del peso era indiscutible, y pese a las consecuencias que acarreaba: pérdida de competitividad, quiebras y desempleo, más una deuda incontenible, destinada a sostener artificialmente la relación reservas-circulante.
    Ahora, a cinco años de la devaluación, la Mediterránea acaba de reconocer en un informe que el nuevo valor de la moneda provocó significativas alzas de rentabilidad en algunos sectores clave de la economía.
    Entre los que perdieron rentabilidad en este período, la Mediterránea ubica a los sectores que “están sufriendo algún tipo de intervención o regulación”: telecomunicaciones, comercio, alimentos y bebidas, energía eléctrica y transporte. La pérdida de rentabilidad no obedece, en este caso, a la devaluación sino al control de precios y tarifas.

     

    Hemingway y Buenos Aires

    París era una fiesta es el título (en castellano) de unas memorias de Ernest Hemingway, publicadas en 1964 por su viuda.
    El libro evoca los años de Hemingway en París, donde fue corresponsal del Toronto Star en la década del 20.
    Manantiales de alcohol y opio. Cafés-escritorios. Carreras de caballos y de bicicletas. La librería Shakespeare & Co. Ernest enseñando boxeo a Ezra Pound. Su desprecio por el lesbianismo y su consiguiente disgusto con Gertrude Stein. Zelda, la esquizofrénica mujer de F. Scott Fitzgerald. La ruptura del propio Ernest con Hadley, su primera esposa.
    Es una fiesta que tiene momentos de alegría, pero también de tensión, sospechas, discusiones, llantos y el sinsabor de las resacas.
    Por eso, en inglés se llama A Moveable Feast (una fiesta cambiante), título menos espirituoso y más fidedigno.
    El Buenos Aires actual es, en un sentido, una gran fiesta.
    Llegan viajeros de todo el mundo.
    Los hoteles se saturan.
    Surgen, como misiles, gigantescas torres que apuntan al cielo.
    Las 4 x 4 danzan por las avenidas.
    El ballet del Colón danza en torno de Las Nereidas de Lola Mora, en la Costanera sur.
    Barenboim toca tangos en el Obelisco.
    Se oyen conciertos en la Flor de Figueroa Alcorta.
    Los museos trabajan horas extra.
    La Catedral se abre para que suene allí la Resurrección de Mahler.
    Hay exposiciones hasta de madrugada.
    Los gourmetes se deleitan en Puerto Madero o Palermo Hollywood.
    La vida nocturna ocupa las noches enteras.
    Por cierto, la fiesta porteña es, también, moveable. Tiene inseguridad (aunque mediana, según los standards mundiales), cartoneros (porque no se ha organizado el reciclaje oficial), piqueteros que bloquean el tránsito (porque el Estado no se decide a preservar el orden) y chicos de la calle (menos que en el resto de Latinoamérica pero, de todos modos, algo inicuo).
    Cambiante, como casi toda fiesta, ésta no deja de asombrarnos y asombrar a los viajeros.
    Cuesta creer que la Buenos Aires actual sea la misma ciudad donde, hasta ayer nomás, los ahorristas querían quemar los bancos, los políticos eran corridos al grito de “Que se vayan todos”, el canje (o barter) había reemplazado al dinero y los noticieros mostraban gente buscando comida en tachos de basura.
    La crisis fue, en realidad, la cruenta y dolorosa cirugía. El auge de Buenos Aires es, también, resultado del tipo de cambio competitivo. Sin él, no habría alcanzado la belleza ni el imán cultural de esta ciudad que Borges juzgaba “tan eterna como el agua o el aire”.

     

    De bonches y pachangas

    En Venezuela y buena parte del mundo bolivariano, se dice bonche. En otros sitios, pachanga. En Brasil se usa una palabra angoleña, farra, que ha pasado a otros países latinoamericanos.
    Fiesta se dice de distintos modos en América latina, y hoy se la vive en todas partes. Así como años atrás todo país latinoamericano estaba en recesión y arrastraba una inflación de 3 ó 4 dígitos, hoy el crecimiento es uniforme y la inflación –para los standards regionales– virtualmente ha desaparecido.
    Esto tiene que ver con el excepcional momento que atraviesa el mundo desarrollado, que estimula la demanda mundial y hace subir los precios de las materias primas.

    Fuente: Cepal, diciembre de 2006. Cifras para todo 2006, proyectadas; pueden no coincidir con las cifras definitivas al 31 de diciembre.

    Fuente: FMI, septiembre de 2006. Cifras para 2006, proyectadas; pueden no coincidir con las cifras definitivas a diciembre de 2006. Cifras para 2007, estimadas por el FMI; no coinciden con las previstas en la Ley de Presupuesto.

     

    Manjares con salsa de soja

    En 1996, el Presidente Menem y su secretario de Agricultura, Felipe Solá, autorizaron la semilla RR.
    De ese modo, la biotecnología vino a multiplicar la capacidad de la Argentina para producir soja. Fue justo cuando China –emergiendo del letargo comunista– irrumpía en el mercado mundial, demandando ingentes cantidades de la leguminosa.
    Hoy China, el mayor comprador mundial de soja, importa más de 10 millones de toneladas anuales.
    Según Wang Lianzheng, presidente de la Academia China de Ciencias Agrícolas, su país duplicará en pocos años la producción de soja, disminuyendo drásticamente sus necesidades de importación.
    La soja es fundamental en la dieta de China, Japón y otros países orientales, donde se consumen diversos derivados, como el aceite, la salsa y los brotes de soja, el tofu, el natto y el miso.
    La Argentina –convertida merced a la RR en gran potencia sojera– es una fuente que, mientras no puede abastecerse a sí misma, China privilegia.
    Entre nosotros, ha habido críticas al avance biotecnológico. Se dice que las semillas genéticamente modificadas, la siembra directa y el uso de glifosato alteran el ecosistema, deterioran el suelo e introducen potenciales peligros para la salud.
    Lo cierto es que los peligros no están probados y, en cambio, las ventajas de la producción sojera están a la vista: la soja ha sido el motor que hizo crecer el campo y modificar las condiciones de la vida rural.

     

    Que corra el vino

    La calidad de los terroirs, la contratación de enólogos y el tipo de cambio competitivo, hicieron el milagro.
    Los vinos argentinos, que antes era raro encontrar en el extranjero, hoy pueblan las góndolas de los supermercados y la bodegas de los restaurantes más exigentes.
    El vertiginoso desarrollo de la industria vinícola argentina ayudó a la exportación de productos de origen agrario, con valor agregado; y a la vez elevaron la calidad de vida dentro del país.
    Aun los vinos más económicos exhiben una relación precio-calidad que los coloca detrás de los que producen los países vinícolas más afamados.
    La Argentina produce coupages y varietales diversos, aunque se destaca por la producción de vinos a partir de dos variedades europeas (Malbec y Torrontés) que han desaparecido de Europa y hoy reinan en Cuyo y el Noroeste.
    Los vinos alegran la fiesta.