Por Daniel Alciro

Los borrachos.
Diego Velázquez.
Este es un país de contrasentidos.
“Clausura” es el primer torneo de fútbol del año; “apertura”, el último.
“Micro” es un medio de transporte gigantesco.
Algo similar ocurre en economía aunque, en este caso, las palabras no son de cuño propio.
Por un uso abusivo o generalizado, los economistas locales llaman fundamentals a los factores que determinan el riesgo o la ganancia potencial del inversor que compre títulos del Estado argentino o acciones de empresas argentinas. Aunque existe una correlación entre el rendimiento de las inversiones financieras y la marcha general de la economía, no corresponde afirmar que, para el país, lo “fundamental” es, por ejemplo, la tasa de interés.
Sin embargo, eso es lo que hacen los especialistas en “macroeconomía”, que no se dedican a la parte más grande e importante de la economía nacional. Dada la excesiva influencia de la supply-side economy, esos especialistas han terminado identificando lo “macroeconómico” con el nivel de gasto público, el resultado fiscal, el stock de reservas, el circulante, la tasa de interés y la inflación.
No es que tales indicadores tengan poca importancia. Pero deben analizarse en el contexto que promete el prefijo macro. Esto implica considerar: el PIB per cápita medido en capacidad adquisitiva (PPP), la tasa real de crecimiento, el nivel más la calidad del empleo, y otros factores que hacen a la generación y distribución de riqueza.
Si se ignora todo esto, un país de la OPEP –con fuertes deficiencias estructurales– puede pasar vertiginosamente a tener impresionantes indicadores “macroeconómicos”, sólo porque una guerra multiplicó el precio internacional del petróleo y eso mejoró todos los índices fiscales y monetarios.
Durante los años 90, muchos economistas vernáculos (y los organismos internacionales) celebraron que los “fundamentals” fueran correctos y que la Argentina exhibiera un excelente comportamiento “macroeconómico”.
Los ingresos extraordinarios por privatizaciones permitieron, entonces, que se hablara de un “modelo” argentino.
Pero en esa época se estaba comprometiendo lo verdaderamente fundamental, y debilitando la macroeconomía propiamente dicha. Eso llevó a cuatro años de recesión, 25% de desempleo y una deuda impagable.
De esto salió la Argentina, no por un hecho externo simple –como una violenta alza del petróleo, en el caso de los países de la OPEP– sino por acontecimientos internos complejos.
Se declaró el default, lo cual alivió la carga de la deuda; se devaluó 66,66%, aumentando de un golpe la competitividad; y se establecieron retenciones: una comisión que el Estado les cobra a los exportadores, favorecidos por la megadevaluación.
Semejantes cambios provocaron efectos positivos, no sólo en los indicadores monetarios y cambiarios, sino en la economía real y la situación social.
No obstante, las cifras que hacen brindar a los consultores económicos (ver recuadro “Descorchando champagne”) no parecen embriagar a las autoridades.
El Presidente Kirchner no se cansa de repetir que aún no hemos salido del Infierno.
Además, el Ejecutivo ha librado una batalla para lograr que el Congreso prorrogue por cuarta vez la emergencia económica, establecida en 2002.
Según el gobierno, hay resabios de la crisis que no se pueden combatir sin poderes extraordinarios.
Los indicadores sociales
Para justificar la prórroga de la emergencia, Jorge Capitanich –presidente de la Comisión de Presupuesto y Hacienda del Senado– dijo en el debate parlamentario que, si bien la Argentina “desde 2002 ha conseguido una mejora”, todavía “hay cerca de 15 millones de personas que no tienen gas, 3.000.000 que no tienen luz y, peor aún, 8.000.000 carecen de agua potable y 17.000.000 no tienen cloacas”.
Por supuesto, esos indicadores sociales se habrían agravado si hubiese continuado la recesión y el déficit fiscal, con 25% de desempleo, como en el período 1998-2001.
Pero hace bien el gobierno en ser prudente. Se le ha criticado que, para el Presupuesto 2007, haya previsto una tasa de crecimiento de sólo 4%, siendo que la inercia misma provocará un alza cercana a esa cifra.
Muchos sospechan que el gobierno subestima el crecimiento ex profeso para después apropiarse (y usar discrecionalmente) los recursos que una mayor expansión de la economía allegue al fisco.
En realidad, se debería solicitar que toda ampliación presupuestaria fuera aprobada por el Congreso; pero no habría por qué objetar una estimación prudente de los recursos. Los cálculos alegres pueden estimular el excesivo gasto público y comprometer la política antiinflacionaria.
En el debate parlamentario se señaló, acertadamente, que el crecimiento depende de un tipo de cambio competitivo.
La Ley de Presupuesto prevé que 2007 terminará con el dólar a un valor nominal de 3,13, y que la inflación será de 6,3%. Eso permite hacer el siguiente cálculo:
Si se toma como referencia el tipo de cambio vigente en 2002, inmediatamente después de la devaluación, y se descuenta la inflación acumulada desde entonces, resulta que el tipo de cambio real, a fin de 2007, sería de 1,57.
Si se toma como referencia marzo de 2003, cuando el tipo de cambio se estabilizó en 3 a 1, y se descuenta la inflación acumulada desde entonces, el tipo de cambio real, a fin de 2007, sería de 2,22.
A esos valores hay que restarles, a fin de obtener el tipo de cambio efectivo, el monto de las retenciones por sector.
Para que el tipo de cambio no se aprecie en términos reales, hace falta una estrategia antiinflacionaria, y ésta no puede limitarse a la supresión de expectativas que, exitosamente, ha llevado a cabo el gobierno. Hace falta, también, una política monetaria y una política fiscal, y esto exige prudencia.
Los funcionarios no admitirán nunca que coinciden con algunos temores de los organismos internacionales. La posición oficial es que el Fondo y el Banco Mundial fueron co-responsables de la crisis de 2001, lo cual dejó a sus expertos sin autoridad para opinar sobre la Argentina. Sin embargo, hay quienes privadamente reconocen lo que dice Hans Timmer, economista del Banco Mundial.
Inflación reprimida
Según Timmer, la inflación hoy reprimida, estallará en algún momento. Ese pronóstico lo lleva a concluir que el crecimiento argentino no es sustentable. “O se corrigen las distorsiones ahora o, en algún momento, la corrección resultará mucho más dura”, sentencia el holandés.
Las autoridades argentinas no están dispuestas a “corregir las distorsiones ahora”, si por eso se entiende liberar precios y tarifas. Pero comprenden que los “aprietes” del secretario de Comercio Interior, Guillermo Moreno, son apenas un paliativo.
Saben que, ante el menor cambio en los precios internacionales, tendrán que reaccionar con energía.
Los opositores se equivocan si creen que, cuando el gobierno estima ingresos con prudencia y hace que le otorguen facultades extraordinarias, sólo está pensando en las elecciones. No es así. También está asegurándose un margen de maniobra, para el caso de que necesite “enfriar” la economía y, al mismo tiempo, proveer asistencia social para evitar reacciones adversas.
La economía interna depende en gran medida de factores externos.
Hace unos años, había recesión e inflación en toda América latina.
Hoy, toda la región crece y goza de una virtual estabilidad de precios.
Al margen de lo que puedan hacer los gobiernos para aprovechar una coyuntura internacional favorable (o contrarrestar una que está lejos de serlo), hay variables que condicionan el funcionamiento del mercado doméstico y el Estado.
El mundo vivió largos períodos de stagflation: recesión con inflación. Eso disminuyó la demanda internacional de commodities y, por otro lado, encareció el crédito para los países emergentes.
En esos tiempos, toda América latina vivió en la depresión económica, y sus países se debatieron en la inflación o hiperinflación.
Hoy, todos los astros están alineados. Estados Unidos, Europa y Japón están en la faz expansiva. China e India han irrumpido en el mercado mundial. La demanda de materias primas se ha tonificado de una manera imprevista.
A la vez, la fortaleza financiera de las economías principales ha hecho que, pese a la trepada del precio de los hidrocarburos, no se repitiera la inflación global que, en la década de los 70, provocaron los petrodólares. M
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Descorchando champagne • El PIB viene aumentando, año tras año, a tasas asiáticas: 9%, 9,2%, 8,5%. |
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Fuente: FMI, septiembre de 2006. Cifras para 2006, proyectadas; pueden no coincidir con las cifras definitivas a diciembre de 2006. Cifras para 2007, estimadas por el FMI; no coinciden con las previstas en la Ley de Presupuesto. |
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