viernes, 3 de abril de 2026

    Pierde relevancia la generación de valor


    J. Skilling, ex CEO de Enron.

    De acuerdo con Ian Davis, la nueva máxima es: “cubra las necesidades
    de la sociedad, sin buscar sólo ganancias. La rentabilidad vendrá
    sola”.
    La teoría de Davis, director gerente de la consultora McKinsey desde
    2003, es que la generación de valor para el accionista es algo que está
    perdiendo relevancia ahora que gobierno y sociedad opinan e inciden cada vez
    más en la forma en que deben operar empresas e industrias.
    En una charla sobre liderazgo ante investigadores y alumnos de Wharton University,
    el experto explicó que a los eternos problemas relacionados con crecimiento,
    globalización y tecnología que pesan siempre sobre los hombros
    del CEO, se suma ahora la presión que ejerce la sociedad sobre la cuestión
    ambiental y el gobierno a través de la regulación.
    La percepción de Davis es que las grandes multinacionales seguirán
    consolidándose y creciendo hasta que los conflictos políticos
    y sociales serán inevitables. En Europa, las empresas exitosas son objeto
    de sospecha. Para que no ocurra lo mismo en Estados Unidos, las grandes empresas
    deben ser transparentes y explicar con claridad cuál es su papel en la
    sociedad, algo que no lograrán hablando de aumentar las ganancias del
    accionista sino proponiendo una nueva ética corporativa que concilie
    las presiones por rentabilidad con la responsabilidad social.
    El consejo es, entonces, aprender a definirse y explicar claramente la estrategia
    a reguladores, funcionarios de gobierno, personal y comunidad en general, en
    términos más sociales que monetarios. No se puede, por ejemplo,
    “comprar una empresa en US$ 20.000 millones y luego decir que las operaciones
    internas son secretas porque se está cuidando el valor para los accionistas”.

    Un buen punto de partida podría ser que el CEO articulara públicamente
    el propósito del negocio en términos menos áridos que el
    valor para el accionista. Podría describir el propósito final
    del negocio como la provisión eficiente de bienes y servicios que necesita
    la sociedad.
    Este es un propósito más valioso, más noble. Es la base
    de un contrato entre empresa y sociedad y la base de la mayor parte de la interacción
    de la gente con la empresa.
    Davis no dice que no haya que plantearse el “lucro económico”,
    sino que debería contemplarse en un plazo no inferior a 20 ó 25
    años.

    Otras presiones
    Además de la creciente presión de gobierno y sociedad, Davis describió
    otros problemas que pesan sobre el CEO. En primer lugar, el crecimiento. La
    presión por crecer debe ser contrarrestada por los riesgos que a veces
    plantea. Cuando se crece se corren riesgos: puede peligrar el negocio, las finanzas
    o las relaciones con gobierno, sociedad, etc.
    “El impacto psicológico de la ley Sarbanes-Oxley implementada luego
    de los primeros escándalos en Enron y WorldCom es enorme,” dijo
    Davis. La ley, que hace a los ejecutivos personalmente responsables de los actos
    fraudulentos de las empresas que manejan, volvió a los directorios en
    Estados Unidos y Europa cada vez más reacios al riesgo.
    Otro gran tema es la globalización. Si bien no es un fenómeno
    nuevo para los jefes de empresas, ha ido evolucionando de maneras insospechadas.
    Cuando el proceso arrancó hace 15 años, los empresarios encaraban
    los mercados mundiales con simple mentalidad exportadora. Ahora deben integrarse
    a sociedades extranjeras, lo cual implica nuevos desafíos, especialmente
    en cuanto a relaciones humanas.
    El derecho es otra área donde la globalización está teniendo
    consecuencias inesperadas. Los ejecutivos occidentales, por ejemplo, viven quejándose
    de que los chinos no respetan la propiedad intelectual. Pero hay que comprender
    la historia china para darse cuenta de que el concepto de “derecho de
    propiedad” no forma parte de la cultura nacional. Las autoridades chinas
    saben que van a tener que crear protección a la propiedad intelectual,
    pero por ahora sólo hay ocho jueces en todo el país para tratar
    este tipo de casos. “Éstas son consecuencias de segundo y tercer
    orden que no son muy bien comprendidas por los occidentales que van a hacer
    negocio a Asia”.
    El tercer gran problema mencionado por Davis fue la tecnología. El tema
    no es nuevo, pero su impacto es mucho mayor a medida que comienza a penetrar
    profundamente en todos los rincones de las empresas.
    En cuarto lugar está la capacidad organizacional del ejecutivo. El talento
    es sólo un componente de la capacidad. La capacidad se presenta sobre
    aspectos diversos: emocional, psicológico e intelectual. A veces, hasta
    la capacidad física es importante para el negocio. “El aspecto
    intelectual puede ser dominante; entretanto, la capacidad humana, así
    como la estabilidad emocional para lidiar con el estrés puede, en ciertas
    circunstancias, ser crucial”.

    ¿Cómo afecta todo esto el liderazgo?
    Para Davis, lo que hace falta es diplomacia, un concepto que definió
    en el contexto empresarial como “la habilidad para influir en los acontecimientos
    a través de la fuerza del carácter personal y moral… Creo que
    las empresas, ONG y líderes del sector público tendrán
    que aprender las habilidades de la diplomacia para explicar de manera positiva
    lo que hacen y por qué lo hacen.”
    El concepto de responsabilidad social empresaria, o RSE es algo que desarrolla
    con cierta reticencia. Para él individuos, medios, ONG y gobiernos deberían
    todos compartir la misma responsabilidad social. “Por supuesto que las
    empresas deben ser socialmente responsables, pero también lo deberían
    ser muchas otras personas. ¿Por qué las empresas deberían
    ser los principales vehículos de la responsabilidad social?”
    Los programas empresariales que implican donaciones u otros tipos de caridad
    son aceptables si cuentan con la aprobación de los accionistas; sino,
    los ejecutivos están regalando dinero que no les pertenece. “Los
    dueños de empresas privadas pueden donar todo lo que quieran”.
    M







    El error estratégico



    Michael Porter


    “A menudo, los grandes errores son autoinfringidos”, sostuvo
    Michael Porter –director del Instituto para Estrategias y Competitividad,
    Harvard– en una reciente exposición en la escuela de negocios
    Wharton. Su tema: por qué un buen gerente elige malas estrategias.
    “Porque tratan de competir palmo a palmo con otras compañías.
    Nadie gana en ese tipo de lucha. Por el contrario, la clave reside en
    ubicar la firma en posición única dentro del mercado”.
    En otros tiempos, Porter suponía que los errores estratégicos
    eran mayormente frutos de factores externos. Por ejemplo, tendencias
    en el consumo o cambios tecnológicos. “Pero, al cabo de
    treinta años, me di cuenta de que, en general, provienen de adentro
    y los comete la empresa”.
    Las malas estrategias suelen derivar de cómo los ejecutivos imaginan
    a la competencia. Muchas organizaciones buscan ser las mejores en su
    sector, desde el marketing hasta el desarrollo de productos o servicios.
    “Pero la mejor compañía no existe, tampoco los mejores
    procesos. Quienes lo creen –apunta Porter– se sumen en una
    competencia destructiva”.
    Lo peor es “competir con los rivales en las mismas cosas. Eso
    lleva a una guerra cada vez más dura, bajando precios y elevando
    costos. Y no. Las empresas deben tratar de ser especiales, capaces de
    satisfacer una gama única de necesidades relevantes para un amplio
    grupo de clientes”.
    Otro error es apoyarse en definiciones fallidas. “Estrategia”
    es una palabra que se usa en muchas formas y con tantos significados
    que “acaba no queriendo decir nada. Con frecuencia –señaló
    en Knowledge@Wharton–, se la confunde con aspiraciones. Así,
    una firma que pretende ser líder tecnológica no expresa
    una estrategia, sino un objetivo”. Tampoco lo es una fusión
    (un acto) ni tercerizar actividades (una política). Ninguna de
    esas cosas define qué posición especial ocupará
    la compañía.
    Poner en claro la estrategia es importante, pues predefine opciones
    que, a su vez, conformarán decisiones. Por ende, exponer visiones
    o misiones no debe confundirse con estrategia. “En los últimos
    diez años, más o menos –añade Porter–,
    las empresas vienen perdiendo claridad en materia de sus propios fines.
    Lo único que tiene sentido es mejorar retornos sobre inversiones,
    porque eso se relaciona con el valor en mercado”.
    En este punto, el experto detecta un “triángulo de las
    Bermudas en estrategia, que confunde desempeño económico
    con intereses de los accionistas. Ello explica esta horrenda década,
    en cuyo curso los dividendos –y las bonificaciones accionarias
    a ejecutivos– se convirtieron en fines societarios. Pero esos
    dividendos son resultado del desempeño económico, no su
    causa”.