jueves, 2 de abril de 2026

    Las marcas del lujo que prefieren los empresarios

    Cuando mayor es el crecimiento económico –y esto es lo que está
    ocurriendo en todo el mundo– más grande es la proporción
    del ingreso dedicada a estos bienes. En algunos casos, como Japón, es
    una verdadera pasión: representa la cuarta parte de todos los productos
    de lujo que se venden en el mundo. Lo mismo vale para China en los últimos
    años. Las etiquetas más exclusivas hacen sentir su presencia en
    Beijing y en Shangai. El gigante asiático representa ya 5% del luxury
    market, lo mismo que Rusia (en cambio, en India, el proceso recién empieza).
    En toda América latina hay un sector de altos ingresos que demanda estos
    nombres exclusivos, y lo mismo ocurre en la Argentina, donde hay una larga tradición
    de consumir productos suntuarios.
    La encuesta de medición del valor de las marcas del lujo (Brand Value)
    que la consultora Total Argentina Strategic realiza para Mercado (siempre en
    el segmento business to business), es una investigación acerca de la
    calidad percibida de las marcas del lujo. A través de las 507 respuestas
    individuales y anónimas, los entrevistados asignaron puntajes a 190 marcas
    –de 24 categorías diferentes– que se incluyen en la medición.
    De este modo, el conjunto de las evaluaciones revela la calidad que los empresarios
    perciben de los productos y servicios del segmento suntuario o del “consumo
    conspicuo”, en términos más clásicos.

    Las marcas del lujo II

    Un Porsche en el garaje y cheers con Dom Pérignon

    La conclusión evidente de la segunda edición de esta investigación
    que acaba de realizar Total Argentina Strategic, es que las 507 respuestas reafirman
    que los vehículos son mayoritariamente la vedette de la población
    de altos ingresos. El turismo y los relojes gozan de una fuerte adhesión.

    Por Rubén Chorny







    Metodología


    La investigación efectuada tomó 507 consultas sobre 190
    productos divididos en 24 categorías. Se envió el mail
    recabando respuesta a una base de datos integrada por 10.000 ejecutivos.
    El trabajo se basa en la conjunción de varios indicadores que
    permiten comprender el posicionamiento de cada marca en el imaginario
    de los encuestados. Se conoce como Brand Value y fue desarrollado por
    Total Argentina Strategic para medir el valor de una marca, bajo la
    dirección de la licenciada Susana Beer.
    Se aplican tres de esos indicadores que permiten extraer valiosas conclusiones.
    La calificación promedio de calidad: cada marca obtiene un puntaje
    de uno a diez. Revela la percepción de cada uno de los entrevistados
    sobre el nivel de calidad percibido sobre cada producto o servicio considerado.
    Conocimiento o prominencia: se trata del porcentaje de entrevistados
    que están en condiciones de conocer u opinar sobre el producto
    o servicio de que se trate como para estar dispuesto a calificarlo.
    No implica un juicio de valor.
    Consenso: su finalidad es establecer el grado de acuerdo o desacuerdo
    que los entrevistados tienen con la calificación obtenida por
    cada marca evaluada. Cuanto mayor resulta el índice, implica
    mayor acuerdo en torno de la opinión registrada sobre la calidad
    percibida.
    Cuando es bajo, explica la discrepancia en torno de la calificación.
    Debe quedar claro que, en este caso, un índice alto no entraña
    una percepción positiva de la marca en cuestión. A veces
    un alto nivel de consenso puede significar también una valoración
    negativa.
    En su mayor parte, la encuesta se realizó entre gerentes de empresas
    con hasta 200 empleados. Dos tercios del Área Metropilitana de
    Buenos Aires y el tercio restante del interior del país.

    Una velada con Don Pérignon, lucir una prenda de Armani o un Rolex en
    la muñeca, han sido los íconos tradicionales que deslumbraban
    a cualquier aspirante a ingresar en la élite de los magnates. Lo mismo
    que estacionar en la puerta un descapotable BMW o un Mercedes. E ir a los links
    con no menos de 20 hoyos de hándicap.
    La moda, las joyas, el arte y los periplos por Europa eran para la alcurnia
    que presumía de culta, lo que representan actualmente los vehículos,
    los viajes exóticos y la alta tecnología para un estrato social
    más amplio y heterodoxo en los gustos, que nació de la desigual
    distribución del ingreso que ha caracterizado al capitalismo tras el
    derrumbe de la cortina de hierro, y que se agudizó a comienzos del milenio.
    No lo afirman desde ningún partido socialista, sino que el propio banco
    de inversión Merrill Lynch lo ha hecho público: la quinta parte
    de los que más ganan en el mundo absorbe 86% del gasto privado, mientras
    el quinto de menos ingresos apenas se lleva 1,3%. Aritmética simple,
    en el medio quedan tres quintas partes para 12,7% restante del consumo global.
    Bill Gates es el hombre más rico de una lista de 500 que confecciona
    Forbes, con US$ 40.700 millones, mientras 3.000 millones de personas, que representan
    la mitad de la población mundial, vive con US$ 2 diarios, que apenas
    superan los US$ 700 al año.
    ¿Cuántos autos podría comprar Gates, o quien le sigue Warren
    Buffet, un inversionista de 72 años, que administra una fortuna de US$
    30.500 millones? ¿Cuántos viajes a Polinesia podrían planear
    los terceros, Karl y Teo Albrecht, con sus 25.600 millones, aunque contaran
    a familiares y amigos?
    Ninguno de este medio millar de ricos del planeta pestañea siquiera cuando
    desembolsa más de 100.000 euros por un BMW sin capota. Pero debajo de
    ellos aparece una legión de 60.000 millones de miembros de una nueva
    clase media-alta que puede estirarse hasta los 53.000 de una 4 x 4 Audi Q 7
    ó los 65.000 de un Porsche deportivo, o conformarse con algún
    modelo de 20.000 de los denominados “alta gama”.
    Los estándares del consumo suntuario se han ido desplazando del medio
    hacia arriba cuando no evaporándose debajo de la línea de 40%.
    El gran desafío de las marcas de lujo, en consecuencia, sería:
    cómo apuntar hacia un ascendido público más numeroso y
    con incipiente glamour para las altas lides, sin perder el halo de exclusividad
    que fueron acreditando.
    La interrogante pendiente es cómo se irá incorporando la voluminosa
    clase acomodada china al rango superior del consumo mundial: si hará
    prevalecer su impronta milenaria o se adaptará a la monocorde civilización
    occidental.

    Las desigualdades sociales
    Pero la experiencia del cambio ya se está atravesando en la propia primera
    economía mundial, la estadounidense.
    Nunca las desigualdades habían sido tan acusadas. Actualmente, las 13.000
    familias más ricas disponen de la misma renta total que los 20 millones
    de hogares más pobres, según un informe elaborado por el economista
    Paul Krugman, habitual analista del diario The New York Times.
    El cliente ya no es el mismo ni se cuenta por cantidades, como sucedió
    con la clase media que se forjó tras la posguerra. La renta del capital
    quebró la curva ascendente de los salarios que llegaba con la inercia
    de la era industrial. La infraestructura, la tecnología y las finanzas
    exaltaron el valor agregado de las inversiones y especialización por
    sobre el de la clásica mano de obra sindicalizada.
    Hoy surge una burguesía más pudiente que se encarama en los consumos
    que distinguían a una minoría selecta. El crédito y los
    instrumentos bancarios permiten estirarse. El lujo abarca un concepto más
    extendido.
    La industria de productos considerados dentro de esa escala superior factura
    –con criterio restringido– en todo el mundo US$ 150 mil millones,
    y sigue creciendo a tasas superiores a 4% anual. Europa tiene 34% de market
    share en este singular segmento; Estados Unidos, 30%; Japón, 16%; y el
    resto de Asia otro 16%.
    La hegemonía de los automóviles entre esta modernizada clasificación
    ha corrido el eje simbólico del alto consumo hacia la expresión
    más “conspicua” y es ahí donde actualmente se centra
    la gran competencia.
    En la encuesta de medición del valor de las marcas del lujo (Brand Value)
    que la consultora Total Argentina Strategic realizó para Mercado por
    segunda vez (siempre en el segmento business to business), la calidad percibida
    de las marcas del lujo por los 507 ejecutivos consultados en el país
    alcanza a siete tipos de vehículos en los diez primeros puestos.
    El podio lo ocupan Porsche, en lo más alto, tras haber relegado a BMW
    al tercer lugar, y cuarto quedó Mercedes. La marca extraautomotriz, que
    corta el dominio de las cuatro ruedas en la tabla, bien podría ser descorchada
    para el festejo del cuarteto automotor alemán que la rodea, si se incluye
    al quinto en la general, Audi: Dom Pérignon, ubicada segunda.
    A través de las encuestas individuales y anónimas, los entrevistados
    (de los cuales los gerentes generales, comerciales y administrativos ocupan
    70% del universo abarcado) asignaron puntajes a 190 marcas –de 24 categorías
    diferentes– que se incluyen en la medición.
    Contra lo que podría deducirse, las pautas culturales y de marketing
    de esta nueva clase tienen rasgos masivos, como su antecesora y nutriente, la
    media. La uniformidad de los aeropuertos, la onda high tech, los shoppings y
    las comunicaciones audiovisuales conforman un estilo que identifica al rango
    de consumidores de lujos. Sólo las escalas económicas de los ingresos
    subdividen los territorios.

    Porsche, de Stuttgart a Wolfsburg
    El líder en las preferencias, Porsche, es un caso paradigmático
    de la transformación. La familia de Stuttgart, que explotaba una marca
    rentable, con facturación muy alta y cash flow envidiable, descendió
    a Wolfsburg, a una compañía internacional fabricante de vehículos
    de serie, como Volkswagen: primero con una participación, y ahora en
    pos del control.
    Aunque el fabricante de lujo parezca un mosquito al lado del gran escarabajo
    alemán, las apariencias engañan. Con la ampliación del
    capital en 50%, Porsche, cuya capitalización bursátil asciende
    a 16.000 millones de euros, podría captar unos 8.000 millones. Su efectivo
    supera los 4.000 millones de euros.
    Es sintomático el valor que le dan los ejecutivos encuestados a las categorías
    que marcan su nivel: las 4 x 4 son la prioridad, los destinos turísticos
    y hoteles en el exterior le siguen, luego los automóviles de lujo y recién
    en quinto puesto el clásico champagne francés, para continuar
    con los relojes, el high tech, la vestimenta informal, audio y video, prêt
    à porter, lapiceras, habanos, accesorios, marroquinería, perfumes,
    anteojos para sol, champagne o espumoso nacional, restaurantes, vinos y ropa
    de deportes.
    De las 24 categorías desagregadas en la medición de las marcas
    consideradas de lujo se repiten nombres con llamativa frecuencia. Es el caso
    de Armani, que aparece al tope en accesorios, anteojos para sol, perfumes, prêt
    à porter y tiendas de diseño, además de estar segunda en
    vestimenta informal, atrás de Ralph Lauren.
    Chiva’s, Rutini, Nike, Sony, Rolex, Louis Vuitton, Montblanc y la joyería
    Cartier son recurrentes preferidos entre el público de alto poder de
    consumo.
    Los puntajes que la encuesta asignó a las categorías y a las marcas
    que las integran pasan la línea del 9 cuando de autos se trata. Hay tres
    excepciones “genéricas”: dos clásicas, Dom Pérignon
    y Rolex, y otra de moda, el turismo a Polinesia.
    El Porsche Cayenne 4 x 4, que se vende a US$ 90.000, es una de las pocas marcas
    que afincan su prestigio nacional (ponderado en el promedio de las respuestas)
    en la Ciudad de Buenos Aires y el Conurbano Bonaerense. Otra es la vestimenta
    informal Ralph Lauren. Por supuesto el restaurante La Bourgogne del Alvear Palace.
    La Marroquinería Louis Vuitton y los habanos Cohiba también se
    distinguen en los gustos porteños.

    Participación del interior
    Pero la principal recordación de las marcas de lujo se origina en el
    interior del país, paradójicamente donde la publicidad gráfica
    nacional especializada en el denominado público ABC1 llega menos.
    La encuesta tiene dos seguimientos que requieren de una cuidadosa lectura: las
    prominencias y el consenso. El primero se refiere a las respuestas que sólo
    dan cuenta del conocimiento, no de la calidad, de las marcas. El lagarto de
    la vestimenta informal de Lacoste acumula el mejor promedio. Luego vienen las
    ropas deportivas Adidas y Nike. Y cuarto el reloj Rolex.
    Recién a partir de esta posición aparecen los autos: BMW, Audi,
    Mercedes, y luego Sony en electrónica.
    Y el consenso implica el grado de conformidad de los consultados con la ponderación
    que se ha hecho de las marcas. Las automotrices BMW, Porsche y Audi son las
    más aprobadas en este rechequeo, en el que predomina la conformidad con
    las valoraciones hechas para los vehículos.
    Podría afirmarse que la ropa informal o deportiva es la más reconocida,
    y los autos importados, los menos puestos en tela de juicio.
    En el ranking de calidad de 2006 para las marcas del lujo, se repiten en el
    mismo orden los cuatro primeros puestos y recién en el quinto Audi relega
    a Rolex respecto del año pasado. Y la novedad es que en audio y video
    hay un sintomático avance de Bang & Olufsen y ascienden el destino
    turístico de La Polinesia y la lapicera Montblanc.
    Se ponen de moda los viajes a Santorini, islas en el mar Egeo, y pierden relevancia
    los relojes de Cartier. Suben, con respecto del año pasado, los relojes
    Bulgari y Patek Philippe.
    En el orden interno, se desmorona en un año la ponderación del
    restaurante La Bourgogne del Alvear, aunque sigue al tope de los elegidos.
    A pesar de que en el nuevo ránking se tomaron 190 posiciones y en el
    anterior 156, el nombre que cierra la lista es el mismo en ambos: whisky Buffalo
    Trace. M







    Algunas consideraciones



    Por Susana Beer


    Diciembre de 2001: fecha símbolo de un derrumbe anunciado, pareció
    dar definitivamente por tierra también con la ilusión
    de “pertenecer” a ese mundo desarrollado y glamoroso del
    cual siempre los argentinos nos sentimos partícipes naturales.
    “Si Buenos Aires se parece tanto a París…”.
    La sociedad entera fue partícipe en mayor o menor medida de hechos
    que se vivieron como sombríos y parecía que “Nunca
    más” podríamos volver a ser ese país que
    “tan generosamente” nos permitía ser ciudadanos del
    mundo. La ruptura abrupta de la ilusión, parecía sin embargo,
    haber logrado un fenómeno inédito en la historia de nuestro
    país.
    Un sentimiento de solidaridad de clases parecía haberse derramado
    por todos los niveles, y ya fuere por inaccesibilidad o por solidaridad,
    se produjo una retracción dramática del consumo.
    Porque es cierto que, aun los que podían optaron por un perfil
    bajo, porque cualquier consumo que no fuera el de lograr sobrevivir
    se veía como obsceno (¿y quién quería ser
    visto de ese modo?). Los autos importados, las joyas, y tantas cosas
    más desaparecieron de la vista y, en apariencia, del interés
    de los ciudadanos.
    Esa sociedad del lujo, de los viajes, de la pizza con champagne se convirtió
    en un vago y añorado recuerdo, de lo que fuimos o pudimos ser.
    Y esto marcó tan fuerte a nuestra sociedad, que muchos “opinólogos”
    se apresuraron a anunciar que este proceso auguraba un cambio tan radical
    en nuestro sistema de valores, que la Argentina ya no sería lo
    que había sido.
    La realidad es que ese cambio inédito no fue tal. A medida que
    se manifestaba una recuperación de la actividad económica,
    aquellas “marcas” añoradas volvieron a instalarse
    en el ruedo, primero tímidamente y luego con mayor fuerza: Recoleta,
    Palermo; fueron los bastiones elegidos para que hicieran su reaparición.

    En cuanto a si es posible definir el perfil del “modelo ideal
    de lujo”, queda claro que sí lo es. Se caracteriza por
    conducir un Porsche sea sedán ó 4 x 4; vestirse con ropa,
    anteojos, accesorios y perfumes Armani; usar reloj Rolex; lapicera Montblanc.
    ¿Las joyas? De Cartier.
    Si la ocasión da para vestirse de sport, Polo Ralph Laurent.
    Para irse de vacaciones a la Polinesia, llevar equipaje Louis Vuitton
    y alojarse en el Hyatt, consumir champagne francés Dom Pérignon
    (o el Luigi Bosca si es nacional) y usar ropa deportiva Nike.
    Decorar la casa con diseños de Philip Stark y equiparla con Audio/Video
    y High Tech Sony.
    A la hora de salir a comer el lugar obligado es La Bourgogne, elegir
    un vino Rutini y de aperitivo un whisky Chivas Regal. Después,
    acompañar todo con un cigarro Cohiba.









    Dos magnates en pugna


    Bernard Arnault y François Pinault son los dos multimillonarios
    más poderosos de Francia que operan desde hace años en
    el mercado del lujo. Pinault se hizo rico importando madera de Escandinavia
    y Arnault heredando una empresa inmobiliaria.
    La toma del control de Gucci los enfrentó en el terreno del lujo
    y el último capítulo de la rivalidad se está librando
    en el mercado del arte Bernard Arnault, número uno del grupo
    LVMH (Moët Hennessy Louis Vuitton), anunció el 2 de octubre
    que la Fundación Louis Vuitton, que preside, levantará
    un edificio para alojar la colección de arte contemporáneo
    de la compañía.
    El alcalde de París se hizo eco del anuncio diciendo que el nuevo
    museo será un regalo magnífico para la ciudad.
    El gesto de Arnault se propone consolar a los parisinos por la pérdida
    de una de las mejores colecciones europeas de arte contemporáneo:
    la de su competidor François Pinault, creador del conglomerado
    Pinault-Printemps-Redoute (PPR) y de muchas otras marcas de lujo. Arnault
    abandonó su plan de construir un museo para su colección
    personal de arte en una isla en el río Sena en las afueras de
    París luego de una larga disputa con la burocracia del lugar.
    Decidió entonces comprar el Palazzo Grassi en Venecia y trasladar
    allí parte de su colección.
    Esa pérdida ante Venecia favoreció a Arnault, pues –dicen
    expertos observadores– sin el museo Pinault la colección
    LVMH brillará con más fuerza en el edificio de cristal
    que se levantará en el Jardin d’Acclimatation, en el extremo
    norte del parisino Bois de Boulogne.
    La rivalidad entre los dos hombres comenzó en 1999 con una guerra
    abierta por la toma del control de Gucci, firma italiana de alta costura
    y marroquinería. Arnault creía haber comprado la mayoría
    de Gucci cuando descubrió que Pinault, a través de una
    estratagema de dudosa legalidad, se le había anticipado.
    Durante dos años se bombardearon en los tribunales y en los medios.
    Al final, Pinault se quedó con Gucci pero Arnault sostiene que
    consiguió hacérsela pagar por “3.000 millones más
    de lo que vale”.
    La competencia entre ambos continuó en el mundo del arte comercial.
    Después de que en 1998 Pinault comprara Christie’s, una
    casa británica de remate de obras de arte, Arnault intentó
    comprar Sotheby’s, la otra gran casa de subastas. No pudo, pero
    compró Phillips, una rematadora menor, con el fin de quebrar
    el duopolio de Sotheby’s y Christie’s en la banda más
    alta del mercado del arte.


     









    ¿Cómo será el auto
    de lujo?


    Las respuestas hay que buscarlas en características que ya existen
    como rarezas. Lo que hoy es de vanguardia mañana será
    estándar. Algunos de los cambios en puerta para los próximos
    quince años:
    Motores. En los próximos cinco a diez años crecerá
    el número de autos híbridos, con motores eléctricos
    súper eficientes de carga rápida y baterías de
    larga vida que hasta podrán cargarse en un enchufe común
    de pared. Más adelante se popularizará el combustible
    de células de hidrógeno como tecnología realista
    de alternativa.
    Pero el pase a un sistema de alimentación a hidrógeno
    será gradual y llevará tal vez de 20 a 30 años,
    período durante el cual seguirán vigentes los motores
    de combustión interna, aunque cada vez más refinados,
    económicos y limpios.
    También se usarán más variedades livianas de gasoil.
    Ya hay autos de lujo a gasoil. Uno de ellos, el Mercedes E320 CDI, un
    sedán con un andar tan suave como el de un auto naftero. El motor
    híbrido será estándar en el mercado de autos premium.
    Algunos ofrecerán un motor que alternativamente se alimente con
    electricidad o gasoil. El primero podría venir de Francia en
    2010, fabricado por PSA/Peugeot-Citroën.
    Es probable que los Cadillac, Infiniti, Audi o Lexus de 2016 vengan
    en forma estándar con motor híbrido y, como opcional,
    motor convencional de combustión interna, menos traganafta y
    más limpio que los actuales. También para 2016 comenzarán
    a aparecer vehículos híbridos, alimentados con células
    de hidrógenos y nafta. Los primeros serán muy costosos
    y orientados a los compradores de lujo.
    BMW (BMW.Frankfurt) ya anunció un sedán para finales de
    2007. Y General Motors proyecta sacar al mercado 100 autos equipados
    con un motor eléctrico, células de combustibles y un tanque
    con hidrógeno. Para 2020, los vehículos de lujo con motores
    de ese tipo dejarán de ser una rareza.
    Transmisión. El típico auto de lujo de 2016 probablemente
    tenga una transmisión automática de ocho velocidades,
    más avanzadas que la que ahora debuta con el nuevo Lexus LS460.
    Seguridad. Volvo, Mercedes y otras marcas de lujo están estudiando
    poner airbags en el frente de los asientos delanteros para que, en un
    choque, levanten rodillas y piernas del suelo.
    Muchos autos, incluyendo el Volvo S80, ya vienen con sensores que ayudan
    al conductor a detectar la presencia de autos en los denominados “puntos
    ciegos” cuando intenta cambiar de carril en autopista. En 10 años
    más, esa característica vendrá en todos los autos
    de lujo.
    Otras características de los autos caros futuros son el estacionamiento
    automático y la visión nocturna.