
Edmund S. Phelps
La posguerra demostró que los economistas sabían mucho menos
de cuanto creían sobre fuentes y efectos del desempleo. Así, en
Estados Unidos, durante los años 50 se estimaba que la desocupación
podría ceder a 4,5% de la población activa o a menos, sin causar
problemas inflacionarios. Más tarde, se hablaba de alrededor de 5% para
mantener la inflación en cotas estables, como lo ilustraban las políticas
de 1964 a 1973. Hacia mediados de los 80, esa tasa alcanzaba ya 6% y esto se
vio en el brote inflacionario de 1987.
Phelps apunta a tres tesis centrales en su teoría. La primera es que
un impulso alcista permanente y global en tipos de interés reales, eleva
de inmediato y constantemente la tasa natural de desempleo en cualquier país
integrado al mercado mundial de capitales.
Ese desplazamiento de parámetros externos reduce la curva de equilibrio
en la demanda laboral (en términos de tasa real de empleo). En tanto,
la curva salarial de equilibrio cede menos, cuando lo hace, por lo cual decrece
la tasa de empleo. El aumento de intereses en el exterior opera vía los
tipos locales y los eleva. Por ende, en tanto el canal transmisor hacia adentro
sea débil, resultará en una depreciación de la paridad
cambiaria real.
Como subraya el economista, el efecto estimado del tipo externo de interés
es estadísticamente muy significativo sobre el desempleo nacional. En
tiempos recientes, no ha pasado año sin la aparición de nuevos
estudios al respecto, por lo común basados en series históricas
largas. Casi todos demuestran los efectos negativos de los intereses reales
en la actividad económica.
Los profesionales reaccionan con explicable cautela ante esos trabajos, especialmente
después de 2000. Muchos temen estar simplemente midiendo efectos de la
astringencia monetaria, que eleva tanto los tipos de interés como las
tasas de desempleo. Esta interpretación, empero, se apoya –según
Phelps– en un malentendido.
Keynes y sus modelos
Para empezar, Phelps recuerda que no todos los modelos keynesianos implican
que el tipo de interés real pueda ser elevado, en tanto el empleo siga
deprimido. Así, resulta cuestionable que la política monetaria
genere niveles de interés altos en forma permanente.
En segundo lugar, dado que los aumentos en tipos de interés suelen “importarse”
del exterior, cualquier análisis de corte keynesiano describirá
el efecto inmediato como movimiento hacia arriba en la curva LM (matriz larga
de ingresos e intereses), no como desplazamiento interno entre variables. Ergo,
la consecuencia debería ser una expansión del empleo, no una contracción.
Sólo en el sistema de paridades cambiarias fijas, creado en 1944 por
los acuerdos de Bretton Woods, se darían cambios internos en la curva
LM. Pero ese sistema –una creación de John Maynard Keynes–
colapsó en 1971. Vale decir, antes de concluir el período de prueba
y por influencia del monetarismo neoclásico.
La segunda tesis central en el esquema de Phelps es que las intervenciones en
el funcionamiento del mercado laboral estadounidense han tendido a elevar la
tasa natural de desempleo y no únicamente a bajar los salarios. Ejemplos
típicos son los impuestos al empleo o las trabas para despedir a un trabajador
estable.
En términos más genéricos, el peso fiscal sobre salarios,
en relación con los ingresos extrasalariales (retornos de títulos,
por ejemplo), es relevante en materia de empleo. Al respecto, la teoría
de Phelps señala que el impuesto al valor agregado (IVA) tiene efectos
benignos para la tasa natural de ocupación, pues recae más o menos
proporcionalmente sobre ingresos salariales y extrasalariales.
Mientras tanto, los impuestos sobre salarios abonados y sobre ganancias –si
el ingreso extrasalarial no los evade– influyen en forma desproporcionada
en los incentivos para no eludir ambos tributos. Por consiguiente, la curva
natural de desempleo aumenta, pues cada baja en la curva salarial es inferior
a la baja en la curva de demanda.
Papel de la riqueza
La tercera tesis clave en la teoría de Phelps hace al papel de la riqueza
y el capital social o sus flujos de utilidades. Alguien que posea casa, coche
y bienes por el estilo estará inclinado a trabajar menos (paros, faltas).
Si además un estado benefactor lo provee gratis, o casi, de vivienda,
salud, educación, etc., dependerá menos del empleo estable, afirma
el economista.
Por supuesto, si –sin ingresos o con pocos– recibe subsidios por
desocupación u otras formas de asistencia, tendrá aún menos
motivos para retener un trabajo. Aparte, si debe ser indemnizado muy bien por
retirarse, el empleado dependerá menos del patrón.
Todo ello promoverá un alza en el salario de equilibrio, pues los empleadores
subirán salarios para obtener mejor desempeño. Pero, en tanto
no lo consigan, cederá la curva de demanda laboral.
En este punto, el autor afronta objeciones de colegas. Así, Edmond Malinvaud
señala que las decisiones de disminuir el gasto familiar no provocan
necesariamente bajas en tipos reales de interés ni la expansión
de empleo que Phelps postula. Por el contrario, generarían desequilibrios
entre expectativas, que la presunta naturaleza no monetaria del modelo no podría
impedir.
Phelps lo admite, pero señala que nunca fue un axioma lograr ese equilibrio.
Últimamente, se trata de una cuestión empírica, pues el
economista está convencido de que la economía mundial se halla
casi todo el tiempo bien modelada y muestra un equilibrio cifrado en expectativas
racionales. Justamente, las que Michael Woodford califica de “estáticas”.
M
(*) Síntesis de un artículo publicado en la revista del Departamento
Económico, Universidad de Columbia, Nueva York.
