viernes, 3 de abril de 2026

    Debate sobre la diversificación de la “experiencia” chilena

    Por Rubén Chorny

    Carlos Ominami es un dirigente socialista que en tres años como ministro de Economía conoció al dedillo la cantidad de programas sociales que fueron a parar al cajón por falta de disponibilidad fiscal.
    Como senador y presidente de la comisión de Hacienda, ahora tiene en sus manos otra brasa caliente: el proyecto de Presupuesto de 2007, que las recientes revueltas estudiantiles han hecho reconsiderar para dar más cabida al gasto educativo.
    Se había retirado del Palacio de Hacienda meneando la cabeza: “Soy un convencido de que uno de los grandes problemas que enfrenta nuestro país a futuro es garantizar una mayor cohesión social. Esto es, financiar un conjunto de políticas públicas que permitan enfrentar desde la cuna las desigualdades”.
    Ahora, con 8 puntos de superávit fiscal debajo del asiento y los estudiantes en la calle, parece que la autocrítica al denominado modelo chileno de crecimiento ha calado en la propia dirigencia doméstica y Ominami ya busca sin tantos pruritos ortodoxos un lugar en el proyecto de presupuesto a las asignaturas pendientes.

    Experiencia antes que modelo
    El embajador de Chile en la Argentina, Luis Maira Aguirre, había recibido el placet en el último tramo de la presidencia de Ricardo Lagos. Procedía de México. No le gusta hablar de modelo chileno. Prefiere calificar el “inusual período de crecimiento de los últimos 20 años, con promedios de 5,5%” con la modesta palabra “experiencia”.
    Sus continuos viajes también privaron a esta revista de entrevistarlo personalmente. Pero por sus últimas apariciones en público está claro que reivindica el proceso vivido como exitoso: “Hemos sabido desarrollar las capacidades productivas aprovechando los recursos naturales, llevando adelante un proceso de ahorro y, luego, uno de inversión, que combina el esfuerzo nacional con la inversión extranjera. Tenemos un promedio de inversión de entre 25 y 28% del PBI”.
    La línea de corte que distinguía el diplomático de la “experiencia chilena” se ubica en 1990: “Se incorporó la variable social. La dictadura militar termina con un crecimiento dinámico de la economía, pero con una notoria concentración de la riqueza. De hecho, Pinochet pierde el plebiscito porque nosotros en la campaña mostrábamos que Chile tenía 5 millones de pobres, una cifra que nunca había tenido. A comienzos de los 70, tenía 17% de pobreza y llegó a 45,5% en 1987, con 17,4% de indigencia”.

    Ejercicio estadístico
    El economista estadounidense, nacionalizado chileno, Joseph Ramos Quiñones, decano de la carrera en la Universidad Nacional, realizó un ejercicio ingenioso con la proyección de 15 años de crecimiento a 6% de un PBI por habitante de US$ 10.000. En ese lapso, el ciudadano chileno haría pie, estadísticamente, en el nivel de vida del español, que constituye “el piso” de los desarrollados.
    Tampoco Ramos respondió directamente a las preguntas que le hizo llegar Mercado sobre la advertencia que había hecho pública: aunque se llegue al estándar español, “aún habrá un porcentaje importante de chilenos con las condiciones de vida del Tercer Mundo, parecido al de Colombia y México de hoy, y sólo un poco superior al chino. De todas maneras, los más pobres también verán sus ingresos doblarse. Más el desafío es que no sólo crezcamos 6% en promedio para alcanzar a los desarrollados, sino también elevar en dos o tres puntos porcentuales la participación de los más pobres en el ingreso nacional”.

    Educación y salud marcan el nivel
    El argentino Osvaldo Kacef, mudado a la oficina de CEPAL en Santiago desde el último tramo de la presidencia de Lagos, se solivianta con el rango de país desarrollado que surge de ese ejercicio de proyectar indicadores.
    “No estoy de acuerdo con esa proyección. Además de mejorar la distribución, una de las asignaturas pendientes es lograr una mayor cohesión social, que en parte tiene que ver con estas protestas que han surgido ahora de los estudiantes. El sistema educativo refleja los patrones en la distribución del ingreso. Acá hay colegios muy buenos, muy caros, y la escuela pública es de bastante peor calidad. Y lo mismo sucede con los sistemas de salud. Así se produce una especie de círculo vicioso: el pobre tiene malos servicios de salud y acceso a la educación de mala calidad, lo cual dificulta la posibilidad de abandonar la pobreza en cuanto a las oportunidades que se le abren y al nivel de vida que llevan”.

    Al compás del cobre
    Desde este lado de la cordillera, Lucas Llach hace una lectura más coyuntural para enmarcar la actual sacudida de modorra de la clase dirigente chilena, que levanta la vista más allá del éxito macroeconómico y se percata de las demandas sociales pendientes que le acarreará en adelante. “El precio del cobre se cuadruplicó en tres años y su economía se encarece como consecuencia en comparación con los parámetros latinoamericanos. Vuelve así la discusión sobre la diversificación del llamado modelo chileno, ya que la integración de su economía no se completó con el desarrollo de una producción de alto valor agregado que la sustente. Sigue apoyándose en los recursos naturales: pesca, vinos, y a los críticos de este resultado, que lo vinculan a la libertad de mercado, hay que recordarles que, por ejemplo, la expansión del salmón no fue gracias a la mano invisible del mercado, sino a la promoción estatal que aplicaron”.
    La pregunta de Llach es: “¿Estamos ante un modelo exitoso que se apoya en un solo producto, como si hubiésemos vuelto al siglo XIX?”.

    Diversificación productiva
    Kacef hace la salvedad: “Es más fácil insertarse y abrir la economía con una estructura productiva como la chilena, pero ello dificulta abordar las producciones de mayor valor en conocimientos, tecnología, elaboración. Sin embargo, hay países que, sin haber cambiado tanto esa estructura y sin haber pasado a ser industriales, han podido agregar valor, y ese es el camino que Chile va a seguir seguramente, mucho más parecido al modelo australiano o neocelandés, que al del sudeste asiático”.
    El economista de CEPAL interpreta que subsiste aún en el país trasandino algún temor a poner en riesgo la continuidad del éxito del modelo. “De hecho, Chile está reduciendo el desempleo porque crece mucho, aunque no en la proporción que hubiese sido dable esperar. Por ejemplo, podría tener un seguro de desempleo más generoso que el actual y desde ya que tendría recursos como para destinar al aumento del gasto social, en salud y educación, sin afectar el equilibrio. Hoy tendrían la oportunidad de manejar un superávit de 8%. No hay riesgos de inflación, sobre todo luego de que se superó el temor que introdujera el alza internacional del precio del petróleo. El Banco Central tiene una política monetaria bastante estricta, que ha contribuido a una apreciación del tipo de cambio bastante real”.
    “Es difícil de prever la dinámica de los movimientos sociales. Evidentemente algo pasó porque incidió en la discusión del presupuesto para el próximo año. A medida que la democracia se va consolidando, que el crecimiento y la estabilidad son bienes conquistados por la sociedad, es natural que aparezcan presiones por las cosas que faltan. Ya las ha habido y el gobierno está dando respuestas”, dice Kacef.
    Llach aconseja seguir de cerca la agenda política chilena de hoy. “Es posible que la prosperidad traiga reclamos. La Argentina también los atravesará en breve, aunque quizás aún no en esta campaña presidencial”, vaticina. M