jueves, 30 de abril de 2026

    La primera derrota mediática del gobierno

    Creado hace un cuarto de siglo, el premio de la AAM se ha transformado en un
    codiciado galardón para empresas de todos los tamaños en todo
    el país. Sus organizadores, convocados en mesa redonda, dan cuenta de
    la situación de la profesión en la Argentina, analizan los logros
    obtenidos desde la primera edición de la distinción y hablan de
    cómo planean transformarlo.


    Julio De Vido
    Ilustración: Agustín Gomila

    En la década pasada, en Estados Unidos, ocurrió algo singular:
    con diez años seguidos de crecimiento en la era Clinton, la principal
    corriente de pensamiento económico prometía crecimiento indefinido.
    La muerte de los ciclos de la economía –la famosa predicción
    que hizo célebre al ruso Kondratieff–, el aumento permanente de
    la productividad y ganancias en competitividad. La realidad se ocupó
    luego de poner las cosas en su lugar. Ninguna teoría había muerto
    definitivamente. Sobresaltos, problemas y crisis existirán siempre.
    Algo parecido pareció ser el sueño de este gobierno. Con abundancia
    de tantas buenas noticias en el campo económico –como nunca en
    muchas décadas– los agoreros están fuera de lugar. Los mismos
    economistas acostumbrados al análisis tienen temor a formular predicciones.
    No solamente por la repulsa oficial que los fulminará, sino porque en
    verdad es difícil hablar de tormentas en tiempos soleados.
    Sin embargo, aun en un contexto tan auspicioso, es obligatorio indagar por dónde
    pueden venir las dificultades, dónde se originará la próxima
    crisis –ver análisis de la página 18–. Sería
    de gran utilidad saber si estamos en un ciclo largo de crecimiento (¿una
    década) o en uno corto (tal vez dos años). Ese abordaje se practica
    a partir de la página 32.
    Pero el punto donde el paroxismo de la intolerancia oficial se ha manifestado
    es en las violentas reacciones a toda insinuación o afirmación
    de que estamos ante una crisis energética de magnitud (algo sobre lo
    cual los expertos del sector vienen hablando desde hace dos o tres años).
    Pero es que la evidencia es tan abrumadora que la palabra crisis no puede reemplazarse
    con eufemismos.
    El gobierno intentó todo por convencer a la opinión pública
    de que esto es un invento de mentes delirantes o derrotistas, que se está
    haciendo todo lo que hace falta, que no habrá problemas. Y sin embargo…
    Por primera vez en este incesante batallar, el gobierno enfrenta su primera
    derrota mediática. No convenció a nadie. Los argentinos están
    seguros de que, más allá de los méritos que están
    dispuestos a reconocerle al elenco gobernante, hay un verdadero problema energético,
    que todavía se puede profundizar y comprometer el ritmo de crecimiento.
    Se puede anunciar que en tres o cuatro años habrá energía
    extra que nos proveerá Paraguay con la última etapa de Yaciretá,
    que a pesar de los problemas Bolivia entregará todo el gas comprometido,
    que habrá más inversiones. Nada disipa la nube instalada, y no
    ayudan los denuestos contra reconocidos especialistas que disienten –técnicamente–
    con la visión del gobierno. Entonces vemos a dirigentes empresarios pidiendo
    a la población que economice energía que hace falta para producir,
    o sugiriendo al gobierno que les cobre la luz más cara a los más
    pudientes. Propuesta no por equitativa menos sorprendente

    Lo que hay que entender
    La matriz energética argentina es, desde el punto de vista de los insumos,
    altamente dependiente del gas natural y los derivados del petróleo. Estas
    dos fuentes representan 87% de los recursos primarios; el resto está
    compuesto por la generación de energía hidroeléctrica (6%),
    nuclear (2%) y carbón, leña y las denominadas energías
    alternativas (3%).
    En los últimos años, el horizonte temporal de las reservas comprobadas
    de gas y petróleo se redujo sensiblemente –de unas tres décadas
    a poco más de diez años para el gas– por la mayor explotación
    de los yacimientos conocidos y la baja inversión en exploración
    de riesgo, es decir en la búsqueda de yacimientos nuevos.
    Para agravar el panorama, como en el mundo, la matriz energética argentina
    tiende a ser cada vez más dependiente del gas. Hoy, este insumo representa
    49% de la producción primaria, y en quince años aumentaría
    a 56%.
    Un estudio del año pasado dirigido por el Centro de Estrategias de Estado
    y Mercado, para la fundación Crear prevé que para que el Producto
    Bruto Interno (PBI) argentino pueda mantener un ritmo de crecimiento de 3%,
    los sectores de gas y petróleo más el de energía eléctrica
    requieren, tanto en el upstream –la provisión de recursos
    primarios– como en el downstream –la oferta a los consumidores–,
    de inversiones anuales promedio por US$ 2.076 millones, algo superiores a las
    registradas durante la década de los 90 y muy por encima de las de los
    últimos años.
    El analista Daniel Montamat, (uno de los zarandeados por De Vido), señala
    que no sólo desde el punto de vista de los recursos primarios la matriz
    energética argentina tiene una gran participación del gas natural
    y del petróleo, sino que también en la matriz de consumo final
    estos recursos representan aproximadamente 40% cada uno; el restante 20% se
    lo lleva la electricidad.

    Inversiones necesarias
    Según la opinión de Montamat, para un crecimiento anual de 3%
    la necesidad de inversión en energía para los próximos
    15 años (entre gas, petróleo y energía eléctrica)
    es de US$ 32.000 millones aproximadamente, para que la energía no sea
    un agente que frene o perjudique ese proceso. Eso da un promedio de US$ 2.076
    millones anuales, poco superior al de la década 1993/2003.
    Si en el período anterior se realizaron inversiones en promedio similares
    a las necesarias de cara al futuro, la pregunta es por qué se llegó
    a una situación de demanda insatisfecha.
    En los 90 hubo inversión en el sector, crecieron las reservas y la producción,
    aunque hubo insuficiente exploración para descubrir nuevo gas y seguramente
    se comprometió demasiado el horizonte de exportación que pudiera
    acompañar el desarrollo de reservas para los dos mercados.
    Pero para Montamat hay un problema de inversión, tanto en gas como en
    petróleo y en electricidad, no sólo en el upstream sino
    también en redes, y esto se debe al colapso de reglas y señales
    de precio que hubo en 2002. Ese año la ley de emergencia puso en stand
    by toda la relación jurídica del sector y se congeló el
    precio final del gas y la electricidad pero se liberó el de los derivados
    petroleros, aunque después se lo sometió al sistema de retenciones.
    Hubo un crack de precios y un desplazamiento hacia el gas.
    Por otra parte, no hay potencialidad de descubrir grandes yacimientos. Por ello,
    sumado a la incertidumbre característica de la región, las petroleras
    lógicamente tratan de minimizar su exposición en las exploraciones
    de alto riesgo, en nuevos yacimientos. Se están haciendo algunas apuestas
    off shore, pero por los datos oficiales, la inversión exploratoria
    en la Argentina es insuficiente.
    El gobierno tiene responsabilidad primaria. Para empezar, por tener parada en
    el Congreso una ley de hidrocarburos. En nuestro país no existe un régimen
    exploratorio semejante al de la minería, que promueva nuevas inversiones.
    Por su parte, las empresas mantienen un bajo perfil que a lo mejor puede explicarse
    por la lógica con la que se mueve un gobierno que sanciona, castiga y
    censura todo lo que sea oposición. Así, las empresas callan y,
    como dice el refrán, el que calla otorga. Entonces, el gobierno dice
    que se han hecho inversiones insuficientes y eso es lo que se pretende instalar
    en la sociedad.
    Tanto la Argentina como Brasil, necesitan pensar en opciones energéticas
    porque hoy no hay garantías respecto del gas que iba a venir de Bolivia.
    Hay dudas en materia de precio y en materia de volúmenes adicionales.
    Ello representa un problema y tanto Brasil como la Argentina tienen que imaginar
    nuevas alternativas.
    Soluciones serían: En primer lugar, readecuar una licitación para
    que funcionen a carbón –y no a gas– las centrales térmicas
    cuya construcción anunció el gobierno. En segundo lugar, como
    lo hizo Chile, pensar en una planta de regasificación en la zona de gran
    consumo, en Buenos Aires. Si en la Argentina existiera una estrategia energética,
    si la energía no fuera rehén del corto plazo político,
    ya se deberían estar discutiendo todas estas cosas. M