jueves, 23 de abril de 2026

    El inmenso tesoro de la “faja petrolífera” del Orinoco

    Chevron Corporation, que opera en el oriente venezolano, lleva invertidos casi
    US$ 1.000 millones en lo que solía llamarse “carbón fangoso
    o líquido”. Su objeto es transformarlo en petróleo. Ahora,
    estas nuevas posibilidades llaman la atención en Washington.
    “Sabemos que el Orinoco está subexplotado”, sostiene James
    Nelson, un geólogo californiano con veintisiete años de experiencia
    desarrollando crudos pesados. “Además, las reservas en Levante
    han pasado su punto medio y comienzan a bajar. Chávez no precisará
    poder militar, con semejantes perspectivas”. Le guste o no, George W.
    Bush y sus sucesores deberán resignarse a un caudillo cada día
    más fuerte en hidrocarburos.

    Solventar desarrollo y populismo
    Este tesoro, por cierto, puede darle a un gobierno de izquierda populista –denostado
    por Estados Unidos y sus aliados latinoamericanos– capacidad de financiar
    ambiciosos planes sociales (como hizo el libio Muammar Ghadafi durante años)
    y negociar duro con las multinacionales petroleras. La perspectiva asusta a
    Washington, y algunos de sus aliados como Colombia; sin contar a las empresas
    de energía.
    Por ejemplo, el asunto compromete a Chevron, a quien se invitó hace diez
    años a desarrollar la faja del Orinoco, un área de 150.000 km2,
    200 kilómetros el sudeste de Caracas. No sería raro que la Casa
    Blanca se tentase con despertar un secular litigio entre Venezuela y Guayana,
    que cubre desde Delta Amacuro al oeste hasta el río Esequibo al este.

    Con demanda de hidrocarburos en alza, abastecimiento en declive y precios astronómicos,
    Venezuela –como Bolivia– refleja la puja entre estado y sector privado
    transnacional sobre ganancias y regalías de yacimientos potenciales;
    tecnológicamente difíciles pero potencialmente lucrativos. Así
    ocurre también en la cuenca del Caspio, las tundras árticas y,
    posiblemente, el Atlántico sudoccidental, donde Gran Bretaña controla
    “bases” como Malvinas y Tristán de Acuña.

    Posición envidiable
    La posición de Chávez es por ahora envidiable y, hasta cierto
    punto, inatacable. Venezuela es ya el mayor exportador petrolero del hemisferio
    occidental y primer abastecedor de Estados Unidos, donde cumple a rajatabla
    todos sus compromisos.
    El panorama es hoy tan atractivo que compañías de todo el planeta
    pujan por explorar y explotar más. Naturalmente, Caracas quiere su libra
    de carne y algo más. Esto puede perjudicar a las grandes que ya están
    ahí; por ejemplo, Chevron, Exxon Mobil, British Petroleum, ConocoPhillips
    y Total. Por de pronto, Chávez quiere llegar a US$ 8.000 millones adicionales
    en regalías.
    En el Orinoco, el gobierno se apresta a tomar mayor participación en
    proyectos que, juntos, producen ya 600.000 barriles diarios. Lo hará
    vía Petróleos de Venezuela (Petroven) y “asociaciones estratégicas”.
    Así lo anticipó Mario Isea, jefe de la comisión parlamentaria
    de hidrocarburos.
    En esta materia, señala, las empresas “han estado años sin
    pagar regalías y abonando impuestos generales, pero no específicamente
    petroleros”. Para Nelson, “ha llegado el momento de equilibrar cargas
    en favor de Venezuela, nos agrade Chávez o no”. Tampoco gustaban
    los autócratas árabes en los años 70 y, después,
    hasta el clan Bush haría jugosos negocios con los saudíes.

    Una dependencia inevitable
    El contexto general es preocupante, claro. Los altos valores de los hidrocarburos
    y la falta de nuevas reservas importantes en el mundo tornan la economía
    estadounidense muy vulnerable. Especialmente respecto de abastecimientos venezolanos.
    Esta situación desaconseja seguir hostigando políticamente a Hugo
    Chávez por vía directa o por intermedio de Colombia, Perú,
    o dirigentes conservadores de Latinoamérica.
    Un estudio de la oficina federal de responsabilidad fiscal (GAO, agencia encargada
    de supervisar la ejecución presupuestaria) así lo afirmaba en
    junio. Su objeto era medir la vulnerabilidad de Estados Unidos ante presuntas
    interrupciones de suministros venezolanos, en el corto y el largo plazo. Así,
    estima que, si esa corriente se detiene seis meses, el precio de los crudos
    aumentará US$ 11 por barril y le costará al país unos US$
    23.000 millones.
    No obstante, semejante perspectiva es poco probable. Amén de ser Washington
    el principal importador de hidrocarburos venezolanos, los petrodólares
    aportan la mitad de los ingresos genuinos que percibe Caracas. Por ende, ambos
    socios se necesitan y no pueden dejarse llevar por factores políticos
    ni por el humor de Bush o de Chávez. Por supuesto, este trabajo elevó
    las inquietudes en Washington acerca de la extrema dependencia de crudos importados,
    pues “si bien las compañías hacen pingües negocios,
    la seguridad nacional queda comprometida”.
    El informe pone énfasis en el abasto a largo plazo. Aunque cuenta con
    las mayores reservas ubicadas fuera de Rusia y Levante, la producción
    venezolana ha ido bajando de 3.100.000 a 2.600.000 barriles diarios, entre 2001
    y 2005. Por su parte, Caracas tacha esas cifras de inexactas, afirma que extrae
    más y, aparte, el potencial en la faja del Orinoco puede dar vuelta el
    panorama. Por supuesto, el estudio de la GAO tiene un sesgo político:
    a su juicio, “las presiones de Chávez sobre empresas norteamericanas
    disminuyen su voluntad productiva”, un factor estadísticamente
    no cuantificable.

    Mercados trastornados
    Con o sin Venezuela, hay una crisis global de hidrocarburos y sus fundamentos
    no se limitan a vaivenes en la oferta y la demanda. Pero esos factores pesan.
    Así, en el quinquenio 2001-5, señala la Agencia Internacional
    de Energía, las necesidades chinas subieron a 2.030.000 barriles diarios
    y las de Estados Unidos a 1.120.000.
    Después de la Segunda Guerra Mundial, las economías centrales
    contaban con fuentes estables de combustibles y energía para sostener
    el crecimiento en términos de producto bruto interno. Con el tiempo,
    Estados Unidos y la actual Unión Europea comenzaron a precisar más
    de cuanto podían producir. Por ende, desde los años 50 se lanzaron
    sobre los recursos baratos de economías subdesarrolladas.
    Pero las dos crisis originadas en aumentos de precios dictados por las “siete
    hermanas”, vía los jeques árabes y la nueva Organización
    de Países Exportadores de Petróleo (OPEP, 1973/5, 1979/81), empezaron
    a cambiar los ejes de poder. Hoy, los países productores saben que lo
    tienen, de sobra, para presionar sobre empresas y estados. El caso venezolano
    es emblemático, como lo es –en otro plano– el de Irán.

    Todo cambia
    En paralelo, desde 1990 el auge de enormes economías en desarrollo –China,
    India– y el peso energético de Rusia también están
    modificando el cuatro de situación. Por una parte, los exportadores tratan
    de no abusar de sus recursos; por la otra, China e India no podrán prescindir
    en mucho tiempo de los hidrocarburos ni del carbón.
    Sin duda, las principales economías dependientes de crudos y gas natural
    están encontrando dificultades para adaptarse a las nuevas reglas de
    juego. A punto tal que, hace pocas semanas, un subcomité legislativo
    estadounidense convocó a audiencias públicas sobre cómo
    negociar “con estados que emplean el petróleo en calidad de arma
    estratégica”. Resulta irónico que, desde 1945, Estados Unidos
    aprovechase su poder militar de esa misma manera y ahora ya no pueda hacerlo
    (según demuestran fracasos como Vietnam, Somalía o Irak).
    Algunos se desesperan más de lo prudente. Por ejemplo, Jan de Hoop, un
    holandés que es secretario de la Organización del Tratado del
    Atlántico Norte. A fines de mayo, proponía “considerar el
    uso de la fuerza si las líneas de abastecimiento petrolero corriesen
    peligro”. Aludía, como vienen haciéndolo columnistas ligados
    al Pentágono, al poder naval. M