Ronald Edgerton es presidente ejecutivo de SigmaTel, una compañía que
fabrica "chips" para reproductores de MP3. Sus negocios prosperan. Sus
ingresos del año terminado se estiman en poco más de US$ 300 millones, más de
50% sobre 2004, con 20% de margen neto. Pero hay una sombra en el horizonte: la
batalla con Actions Semiconductors, un rival chino, que le copia productos y
procesos patentados. Pero la cosa no para ahí. A pedido de SigmaTel, la
Comisión de Comercio Internacional (CCI) ha abierto investigaciones y se espera
un dictamen para marzo o abril. Si halla que Actions viola derechos de
"copyright", impedirá que los reproductores chinos de MP3 ingresen en
Estados Unidos. Pero poco podrá hacer en el plano internacional, donde se
concentran los negocios de la firma norteamericana y su inescrupulosa rival.
Para peor, sobre llovido mojado. Recientemente, Actions solicitó registrarse
ante la Securities & Exchange Commission (SEC, comisión federal de valores)
para cotizar en bolsas de EE.UU. Aun si la firma perdiese el caso en manos de la
CCI, nada le impediría obtener fondos en el mercado norteamericano de
capitales. "Si Actions fuese encontrada culpable de robar patentes
-pregunta Edgerton- ¿no debiera ser vedada en Wall Street?" Como se ve,
los derechos de autoría constituyen uno de los problemas más espinosos para el
sector privado alrededor del mundo. La historia indica que el capitalismo es muy
eficiente para asignar recursos escasos y maximizar ganancias. Pero la propiedad
intelectual es distinta, pues no representa algo inherentemente escaso: una
buena idea -a diferencia de equipos, insumos, trabajo o financiamiento- puede
ser aprovechada por cientos de millones. El modelo clásico, donde la
competencia baja el precio de un bien al nivel del costo adicional para producir
uno similar, no vale en patentes y derechos. Por otra parte, en el mundo digital
no existe siquiera ese costo adicional o, cuando existe, es mínimo dado que
resulta muy barato copiar ideas, procesos y otros intangibles. Libros,
películas, revistas como ésta, medicamentos, software o chips son difíciles
de crear, pero demasiado fáciles de imitar.
Un juego complicado
El problema consiste en asegurar los derechos del autor o inventor a sacar
provecho de sus creaciones y, al mismo tiempo, procurar que sus beneficios se
difundan con amplitud. Ahí reside el meollo del litigio abierto por SigmaTel y
de casos tan vastos como el proyecto de biblioteca digital encarado por Google o
ciertos específicos fármacos, donde las patentes chocan con intereses
diversos. No hay respuestas tajantes ni soluciones claras en el complejo juego
del libre mercado. En último término, el estado debe arbitrar entre dos
necesidades no siempre compatibles: promover la innovación y difundir sus
beneficios. Recientes frustraciones en el plano del comercio internacional, como
la experimentada en Hongkong, evidencian que cada gobierno o grupo de países
tiene concepciones diferentes en la materia. La propiedad intelectual, con sus
miles de formas, se ha convertido en el mayor activo no explícito de economías
como la estadounidense o la alemana. Un reciente trabajo de los expertos Robert
Shapiro y Kevin Hassett (Wharton) estima su valor global en US$ 5 billones
(millones de millones). A menos que los gobiernos centrales lleguen a algún
acuerdo sobre cómo proteger patentes, su futuro económico queda abierto a la
duda. Continuamente, funcionarios norteamericanos y europeos recorren el mundo
con el mismo argumento: los estados que no desarrollen mecanismos legales y
reglamentarios para proteger la propiedad intelectual no recibirán corrientes
estables de inversiones. Pero este tipo de campañas pierde sustento,
justamente, a causa de las propias empresas. Por ejemplo, las que vuelcan
capitales masivos en China, donde el respeto a las patentes no campea (como lo
recordó George W.Bush el 20 de noviembre en Beijing). Algunos especialistas
creen que países como China, India, Brasil o Rusia -que no amparan patentes lo
suficiente- posiblemente mejoren su legislación, a medida que deban proteger
sus propios derechos intelectuales. Pero ese proceso quizá demore en alcanzar
los parámetros norteamericanos o europeos. Mientras tanto, las presiones de
Washington, Londres, Berna o Berlín para ampliar la protección mundial de
patentes seguirán hallando todo tipo de resistencia. Las peores son y serán
implícitas. Para avanzar, deberá apelarse a medidas más directas. Por
ejemplo, en casos como Actions, impedirles a esas compañías piratas el acceso
a los grandes mercados de capital, una vez declaradas culpables.
Libros en línea
Lo último en innovación de contenidos digitales constituye otro peligro
para la propiedad intelectual, en su sentido más antiguo y específico. Se
trata de los esfuerzos de Google o Amazon -próximamente, también Yahoo- para
convertir en bitios millones de libros, artículos, monografías, etc., y
hacerlos accesibles alrededor del planeta. Los textos se "venderán"
por página y serán fáciles de ubicar mediante los buscadores. "Esto
podría redefinir las leyes sobre derechos de autor y modificar de plano los
canales para difundir información y conocimiento", apuntan los expertos de
Wharton, no sin trepidaciones. Cuando Google anunció planes para digitalizar
las bibliotecas universitarias de Harvard, Michigan, Stanford y Oxford, más las
de Nueva York y la británica, la Authors´ Guild, la American Associations of
Publishers y sus contrapartes inglesas presentaron demandas judiciales para
bloquear esa clase de escaneos sobre libros amparados por "copyrights".
Estas acciones podrían converger en un vasto caso piloto sobre derechos
intelectuales y limitar la obligación de solicitar al propietario permiso para
copiar materiales, redistribuirlos, exhibirlos o emplearlos como bases de
trabajos derivados. Contra viento y marea, en noviembre el buscador líder
lanzaba la primera entrega de Google Print. Por el momento, se eludieron
problemas de derechos incluyendo sólo textos en dominio público. Dado que ese
repertorio ya no cuenta con amparo legal, cualquiera puede examinar el contenido
de libros enteros y seleccionar los tramos que necesita. Sin embargo, el inicio
del proyecto quedó en segundo plano al saberse que la compañía planea
reanudar escaneos de textos bajo amparo legal. Su excusa: ampliar la base de
datos para Google Print. En realidad, eso había comenzado a hacerse en agosto,
pero el trabajo se suspendió para que los editores tuviesen tiempo de excluir
su producción literaria. ¿Y los autores? Bien, gracias.
Demasiados interrogantes
Google ofrece una salida de compromiso: poner libros con
"copyright" en el buscador, pero limitar lo que el navegante pueda
ver, si los editores así lo desean. Llegado el caso, los propietarios de
derechos podrán exigir que sus títulos no sean digitalizados ni colgados al
motor de búsqueda de la compañía. Sin la menor duda, las recientes maniobras
de la empresa dejan muchas preguntas sin respuesta clara. Por ejemplo: ¿los
beneficios de poner en línea tantos textos pesan más que las leyes de
patentamiento?; ¿constituye, o no, el escaneo una transgresión a derechos
taxativos, aun si el usuario final obtiene apenas fragmentos del libro
solicitado? Por supuesto, todos saben que casi nadie lee libros enteros en
pantalla. En planos más sutiles, ¿hace diferencia que la obra esté agotada,
pero siga amparada por derechos intelectuales? Por tanto, ¿debiera Google
requerir el permiso del editor antes de escanear contenidos, en vez de ofrecer
la opción inversa, que carga las responsabilidades sobre el titular del
"copyright"? Sean como fueren las eventuales respuestas y soluciones,
Google ya no es el único jugador en la mesa. A días de presentado Google Print,
la mayor librería virtual lanzó dos programas, Amazon Pages y Amazon Upgrade.
Con ellos, la compañía trata de hacer con los libros lo que iTunes de Apple ha
hecho con la música: permitir al usuario comprar un disco completo o en parte.
Mientras tanto, Yahoo y Random House barajan proyectos propios.
