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Por Martín Cuccorese
Es verdad que Argentina no es Chile o Perú, ni los países del Caribe, tampoco España y mucho menos Japón. Nuestra cultura gastronómica en pescados y mariscos es bastante acotada y a la hora de elegir un restaurante en dicha dirección más de una vez hay que tirar la monedita. Resulta entonces paradójico que con tanta escuela gastronómica, canales de cable, restaurantes y varios etcéteras la cosa avance lentamente. Una primera explicación debe llevarnos a la constitución de esa entelequia llamada cocina argentina. Es decir, la conformación de una serie de prácticas culinarias y gustos que para bien o para mal fueron unificados por el gusto porteño. De la generación del ochenta hacia acá, Buenos Aires moldeó el estómago del argentino a fuerza de yuxtaponer y reinterpretar los saberes culinarios de los españoles e italianos llegados a esta latitud. A ello se sumaron las enseñanzas del gran chef francés Antonin Carême (1784 – 1833) de donde viene el proverbial uso de salsas como velouté, bechamel y por supuesto mayonesa en cualquier tipo de plato. Este mix invadió la geografía entera, todo lo demás de existir quedó relegado bajo el vergonzante nombre de comida regional, es decir, aquella que se prueba cuando se anda de paseo por el NOA. Claro, la reina del Plata era y es la principal vía de comunicación con el exterior. Y si bien es portuaria, mira al río y no al mar. Dicha característica podría ser un buen argumento para verificar los vaivenes con relación a la culinaria acuática. Pero, evidentemente, la cosa pasa por otro lado. Siendo Madrid una ciudad mediterránea controla los precios de pescados y mariscos de España. No sólo eso, en general, una gran parte de la pesca española se consume en fresco, o sea, sin previo congelado. Más allá de esta consideración habrá que mirar hacia otro condicionamiento más serio del paladar de los argentinos. Y ahí está, sin dudas, la querida vaca nacional: somos vacuno-dependientes. Buenos Aires, en cuestiones alimenticias, miró más hacia la pampa que al río. Ni la profusa llegada de inmigrantes españoles e italianos, siempre vinculados a los alimentos de mar, pudo enderezar esta historia. La transculturación fue fuerte en este sentido, gallegos y tanos rápidamente olvidaron sus costumbres alimenticias vinculadas fuertemente al pescado y mariscos. Como parte de esta historia de la vida privada, quedan los asados con cuero que el ejército argentino daba a los inmigrantes en las primeras décadas del siglo pasado. Era una forma de introducción simbólica a la Argentina alimenticia. Hoy día que vemos la explosión mediática de la gastronomía, tenemos una asignatura pendiente en materia acuática. Así como Harry Potter no necesariamente convierte en lectores a quienes lo leen; tampoco quienes estuvieron alrededor del sushi en su efímero y fulgurante reinado, fueron más allá de la moda. Nos falta tradición, sin dudas. Nos quedamos en el ´45 con el pulpo a la gallega, las rabas, los pescaditos fritos y los pescados al roquefort. Mientras tanto, nos dimos una vuelta por el nuevo restaurante Aragosta cuya propuesta es una brisa marítima ante tanto lomo a la mostaza y comida etno – fusión.
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