viernes, 3 de abril de 2026

    El clásico que volvió a nacer

    Despuntaba
    el siglo XX y, mientras Buenos Aires soñaba ya con los fastos del
    Centenario, los barcos seguían descargando en puerto los sueños
    de miles de inmigrantes. Dos de ellos, italianos, don Francia y su amigo
    Chiquín Borsalino, los iban a plasmar en un restaurante bautizado
    con el apodo de este último, que en un principio funcionó
    en la cortada Carabelas para mudarse luego a Cangallo (hoy Tte. Gral.
    Perón) al 900.
    Apenas a tres cuadras de la flamante Avenida de Mayo, en la planta baja
    de un viejo hotel, donde había funcionado la bombonería
    Godet, Chiquín se puso a tono con el estilo de la época
    que oscilaba entre el neoclásico y el art nouveau. Así,
    en 1905 –se supone que en julio– abrió su puerta giratoria
    de roble y ébano para que los distinguidos comensales se acomodaran
    en las sillas Thonet originales, al calor de la boisserie rematada por
    espejos biselados.
    Desde entonces, el lugar se instaló como un clásico del
    centro, frecuentado por políticos, artistas, hombres de empresa
    y familias distinguidas. Más afortunado que otros sitios arrasados
    por la piqueta feroz de una ciudad con escaso apego a la memoria, todo
    fue bien hasta la década de los ’90. Allí empezó
    su decadencia. Quizá porque al mediodía los yuppies preferían
    espacios acordes con su posmodernidad y porque la noche era dominio de
    la pizza y el champán. Lo cierto es que su puerta dejó de
    girar en 2002. Su suerte parecía echada.

    Otro día
    para morir

    Su buena estrella volvió a brillar cuando un grupo de jóvenes
    emprendedores lo puso en la mira. “Somos una empresa generadora
    de nuevos negocios de diferentes rubros, aunque nos interesa mucho la
    gastronomía”, dice Gustavo Nogueira, uno de los dueños.
    “En Madrid, en el barrio de Chueca, rescatamos una panadería
    del siglo XIX con un maravilloso horno en el sótano y la convertimos
    en restaurante. Cuando vinimos a Chiquín fuimos a la cava que estaba
    inundada con un metro y medio de agua, y me dije ‘esto es como Chueca’.
    Hay que desagotar, vaciar y recuperar ese espacio. Es un lugar muy especial,
    el más referente de Chiquín hoy en día”.
    El equipo de los arquitectos Manuel Civano y Mónica Simón
    trabajó durante siete meses para recuperar los pisos, las mesas,
    las sillas y las lámparas, así como la boisserie de roble
    original que estaba sepultada bajo innumerables capas de pintura. En el
    sótano, el aljibe se convirtió en una atractiva cava para
    vinos de guarda, y en el salón un moderno y completo sistema de
    luces y sonido preparó el ambiente para lo que serían las
    noches de show.
    Los artífices de la resurrección de Chiquín reconocen
    tener una de las cavas más interesantes de Buenos Aires: “Compramos
    vinos en remate e hicimos alianzas con bodegas top que nos cedieron vinos
    de guarda, ediciones limitadas. Eso nos permite diferenciarnos de las
    boutiques de vino, que tienen todas más o menos lo mismo”,
    dice Nogueira.
    Hernán Schwab, actual manager del lugar, es un contador de 30 años
    que hace varios es la mano derecha de Nogueira: “Había participado
    siempre en el papel de administrador de proyectos, pero éste incluía
    la propuesta de gestión y asumí el desafío de hacerlo.
    Arrancamos con errores, como cualquiera, pero los que habían sido
    habitué nos señalaban cosas, detalles, con la mejor actitud,
    para recuperar el Chiquín que conocían. Hay gente mayor
    que viene y se pone a llorar, porque acá comían cuando eran
    criaturas, con sus padres”.


    Hernán Schwab. Encuentro con amigos.

    La presencia
    de la historia

    Una de las primeras medidas del equipo de rescate fue convocar a algunos
    de los históricos miembros del personal de Chiquín. Tal
    el caso de Hipólito Domingo Romero, Romerito, quien ha sido mozo
    allí durante más de 35 años.
    “El nivel de la concurrencia siempre fue de medio para arriba”,
    cuenta Romero. “Los políticos pasaron todos, como Balbín,
    Solano Lima, Cámpora; Solano era un dandy, un señorito francés,
    venía casi todos los días. Y la gente del ambiente artístico
    ni que hablar: Mariano Mores, Mirtha Legrand, Susana Giménez, Leopoldo
    Torre Nilson. En una de su películas –“Boquitas Pintadas”–,
    hay una escena donde aparece el frente de Chiquín. Los gremialistas,
    todos. Y siguen viniendo”.
    Antes de su tiempo, pasaron por el lugar Carlos Gardel, Lola Membrives,
    Horacio Quiroga, Carlos Pellegrini, y siguen las firmas.
    Cuando le preguntan si alguna vez hubo algún escándalo,
    unas piñas, Romero se ríe y comenta: “A veces, en
    las mesas de los salones de arriba, cuando se juntaban peronistas o radicales,
    por ahí se agarraban entre ellos. Pero acá en el salón,
    jamás”.
    ¿Y las figuras del deporte? “Claro, por aquí pasaron
    Pedernera, Labruna, Perfumo, Fillol, Pasarella. Cuando estuvo (Hugo Orlando)
    Gatti fue cuando más gente se levantó en el salón
    para saludarlo; se perdieron más de 50 servilletas, porque se las
    acercaban para que las firmara”.
    Romero continúa con sus recuerdos: “Borges venía siempre
    con Kodama. Ella le cortaba la comida, le llevaba la mano para que firmara
    autógrafos. Algo que pocos saben es que acá se juntaban
    todos los miércoles Rojas, Lonardi, la junta que derrocó
    a Perón. Y Cacho Otero (personaje vinculado a las carreras de caballos
    y otros negocios) era habitué de la noche: llegaba él y
    otras dos o tres mesas eran para su custodia”.
    A la hora de señalar a los más generosos si se habla de
    propinas, Romero no duda: “El cliente de la noche, y especialmente
    los gremialistas”.

    Buena cena
    y good show

    Desde su reapertura en agosto del año pasado, las expectativas
    de los socios se vieron superadas. Al mediodía, una clientela del
    mundo empresarial disfruta de la buena cocina y la privacidad que brinda
    la generosa disposición del espacio entre las mesas.
    De noche, es tiempo de cena-show. “Tenemos un elenco estable que
    encabeza Chiqui Pereira con una orquesta formada por piano, bandoneón,
    bajo y violín, más la presencia de la voz de una joven cantante,
    Mónica Romano”, describe Schwab. “A ellos se suman
    cuatro parejas de baile, y entre todos recrean un encuentro de amigos
    en la noche de Chiquín allá por los años ’30.
    También actúan “Los Laikas”, que hacen música
    andina. Además del buen sonido y las luces, el espectáculo
    se ve desde todas las mesas, ya que se desarrolla en un escenario montado
    en el pasillo central”. Sin embargo, a diferencia de otros ámbitos,
    en Chiquín el show no opaca la parte gastronómica. “Por
    eso les recomendamos a los clientes –muchos de ellos turistas–
    que vengan puntuales para que puedan comer tranquilos, porque después
    se baja la luz y no van a poder disfrutar ni de la gastronomía
    ni del espectáculo”, señala el gerente.
    Noriega destaca: “Tenemos dos chefs con perfiles diferentes; uno
    de cocina tradicional porteña y otro con toques más gourmet.
    Y otro aspecto importante es que vinimos a romper esquemas del tipo ‘lucha
    entre salón y cocina’; acá es un equipo. Hacemos charlas
    semanales con todo el staff (unas 50 personas con culturas y estilos muy
    diferentes). Esto es una empresa y tiene que funcionar como tal”.
    Ambos coinciden en que el servicio es lo más importante. “Tenemos
    12 mozos por turno, todos de oficio, no como esas camareras de los lugares
    fashion que las convocan a la tarde y esa noche agarran una bandeja por
    primera vez en su vida”, comenta Schwab. “Las cosas tienen
    que ser profesionales porque el tiempo del cliente vale oro. El del mediodía
    no puede perderlo porque tiene que comer, hablar de negocios y volver
    rápido a su oficina. Y a la noche, tienen que llegar al postre
    antes de que comience el show”.
    Nogueira reconoce que la inversión ha sido muy alta, pero “si
    me preguntan si lo haría de nuevo, la respuesta es sí, sin
    ninguna duda. La ciudad recuperó un clásico que nació
    poco antes del Centenario, y ahora va a cumplir sus primeros 100 años”.

    M V. R.