viernes, 3 de abril de 2026

    Cara y ceca de la promoción industrial

    Fábricas
    con rueditas, galpones vacíos, feudos provinciales, Martínez
    de Hoz y Cavallo, son algunas de las ideas con las que se suele vincular
    el concepto de promoción industrial en la Argentina. Un instrumento
    público, utilizado exitosamente en muchos países, con algunas
    experiencias poco felices en el ámbito local que han merecido ataques
    sistemáticos por izquierda y derecha.
    Sin embargo, detrás de la promoción industrial hay otra
    historia. Y otros resultados que vale la pena repasar, porque en ellos
    están los cimientos de algunas de las grandes empresas de la actualidad,
    y el desarrollo genuino de algunas regiones, en las últimas décadas.
    Simplificación o no, lo cierto es que desde hace tiempo hablar
    en la Argentina de este mecanismo, es referirse al régimen que
    benefició a las provincias de Catamarca, San Juan, San Luis, La
    Rioja y, en menor medida, Tierra del Fuego. También corresponde
    decir que el instrumento forma parte de un sistema más amplio de
    promoción económica, que alcanza a actividades como la minería
    o la agropecuaria, o esquemas como el de reembolsos a las exportaciones
    desde puertos patagónicos, o el reintegro a las ventas de bienes
    de capital fabricados en el país, entre otros.
    En todos los casos, dijeron las fuentes consultadas, son herramientas
    que buscan apuntalar el desarrollo de sectores o regiones rezagadas y
    con dificultades estructurales para competir, a través de mecanismos
    de cierto costo fiscal.
    Precisamente, entre el gasto de recursos públicos -dado que se
    sostiene sobre exenciones o diferimientos impositivos y las dificultades
    para controlar la efectiva radicación de empresas- se encuentran
    los principales cuestionamientos al régimen de promoción
    industrial en el ámbito local. También se critican los criterios
    de selección de los beneficiarios, un factor que ha favorecido
    a algunas provincias en desmedro de otras, provocando distorsiones en
    la distribución de recursos y en las economías regionales.

    Más allá de estas experiencias -que en su mayor parte hoy
    carecen de cupo fiscal y, por lo tanto, no admiten nuevas incorporaciones-,
    el actual gobierno ha puesto en marcha nuevos instrumentos de promoción
    económica que, si bien evitan caer en viejos errores, no están
    exentos de críticas.

    Del Siam
    Di Tella a las fábricas con rueditas

    Cuenta Jorge Schvarzer -director del Centro de Estudios de la Situación
    y Perspectivas de la Argentina, y secretario de Investigación y
    Doctorado de la Facultad de Ciencias Económicas de la UBA- que,
    en la década de los ´50, la promoción económica por
    excelencia consistía en créditos blandos del Banco de Crédito
    Industrial, que ayudaron al nacimiento de empresas de la talla de Roque
    Vassali y Siam Di Tella, entre otras. Luego, hacia fines de los ´60 -sigue
    el académico-, apareció la combinación de políticas
    públicas de desgravación con políticas de crédito
    barato, del mismo Banco de Crédito Industrial, que poco después
    se transformaría en el Banco Nacional de Desarrollo. "Se buscaba
    promover la generación de industrias y allí aparecieron
    por ejemplo, el Polo Petroquímico de Bahía Blanca, Aluar
    en Puerto Madryn, y la consolidación de Celulosa Argentina en el
    Alto Paraná y de Acindar y Siderca.", recuerda Schvarzer
    Con altos y bajos, esta política se mantuvo durante varios años,
    hasta que fue cortada de cuajo por el ex ministro de Economía de
    la dictadura, Alfredo Martínez de Hoz, quien impulsaba una ley
    para acotar la promoción a las empresas que eran rentables. Así
    nació el régimen de promoción industrial que beneficia
    a las provincias de Catamarca, San Luis, San Juan y La Rioja. "El
    sistema fue tan aberrante que permitió que las empresas pusieran
    galpones en cualquiera de esas provincias y en realidad produjeran cerca
    de los centros de consumo y del puerto, logrando enormes desgravaciones
    impositivas", afirma Schvarzer.
    Marcela Cristini, economista e investigadora de Fiel (Fundación
    de Investigaciones Económicas Latinoamericanas), confirma el diagnóstico:
    "El problema estuvo en el diseño de los incentivos impositivos
    y su correlato en la práctica. Como el empresario podía
    tener una planta en San Luis y otra en la provincia de Buenos Aires, embolsaba
    la desgravación fiscal y prácticamente trabajaba solo con
    la planta bonaerense".
    Según los especialistas, las "fábricas con rueditas"
    fueron una figura corriente durante muchos años, que junto con
    el alto costo fiscal que se le atribuía, llevó al ex ministro
    Domingo Cavallo a suspender el régimen para nuevos proyectos.

    Los costos

    "La promoción industrial costó mucho más que
    haberle pagado los sueldos a todos los trabajadores de estas industrias.
    A principios de la década de los ´80, la cifra en juego -al tipo
    de cambio de entonces-, rondaba US$10.000 millones anuales", afirma
    Jorge Schvarzer. Para Cristini en tanto, el régimen convertía
    al Estado en socio mayoritario de las empresas: "Por cada peso que
    invertía el empresario, el Estado ponía 1,10".
    Según datos de la Secretaría de Hacienda, dependiente del
    Ministerio de Economía, durante el año pasado, el gasto
    tributario -por exención al impuesto a las Ganancias y al IVA compras,
    de la promoción industrial en las cuatro provincias promocionadas-
    sumó $563 millones.
    En total, el gasto de la promoción económica en 2004 alcanzó
    $1.829 millones, 18% menos que la cifra de 2003.
    Eso no es todo. Algunas provincias se sintieron tan perjudicadas con los
    regímenes de promoción en distritos vecinos, que llegaron
    hasta el punto de hacer juicio a la Nación. Es el caso de Mendoza.
    Un trabajo del Consejo Empresario Mendocino (CEM) de 1999, revela que
    el costo total en materia económica a ese año ascendió
    a $725 millones, a causa de actividades que pudiéndose desarrollar
    en Mendoza lo hicieron, básicamente, en San Juan y San Luis.
    "El perjuicio mayor se da porque se subvenciona a actividades que
    compiten directamente con las jurisdicciones vecinas, por lo que aquellas
    provincias que no están en el régimen se ven fuertemente
    perjudicadas. En definitiva es un juego de suma cero, porque lo que gana
    una lo pierde otra", asegura Gustavo Reyes, economista jefe de la
    Ieral (Instituto de Estudios sobre la Realidad Argentina y Latinoamericana)
    de Mendoza.
    Según el trabajo del CEM, durante 1999, la creación de empleo
    en el conjunto de las provincias promocionadas mencionadas alcanzó
    los 32.000 puestos industriales de trabajo, mientras que en Mendoza los
    mismos se redujeron de 44.600 a 39.000.

    La otra
    cara

    De algún modo el último dato aporta una revelación:
    no todo ha sido fraude; también hubo creación de empleo.
    La pregunta es: ¿Por qué hubo empresas que prefirieron invertir,
    por ejemplo, en Catamarca o San Juan y no en Mendoza? La respuesta es
    simple: por el ´premio´ de la desgravación o diferimiento impositivo.
    Entonces, a igualdad de condiciones, ¿las empresas hubieran preferido
    radicarse en Mendoza, en vez de hacerlo en Catamarca o San Juan?
    "Desde luego, porque las diferencias de costos de localización
    son abrumadoras. Un ejemplo: el costo de riego por inundación para
    un lote de unas 60 hectáreas en Mendoza cuesta entre $2.000 y 3.000
    por año. Y en Catamarca, sólo en concepto de energía
    eléctrica, para extraer el agua en pozos de 50 a 100 metros de
    profundidad y distribuirla por goteo o aspersión, el productor
    tiene un gasto de $7.000 por mes", responde Raúl Macaroff,
    investigador y director del Estudio Macaroff & Asociados, de la capital
    catamarqueña.
    A todo esto, Marcela Cristini recuerda que la teoría económica
    recomienda los esquemas de promoción ante la evidencia de fallas
    de mercado, cuando la radicación de inversiones únicamente
    es posible a partir de ese beneficio o como aliciente para retener trabajadores
    capacitados en una empresa. Para la investigadora de Fiel: "El esquema
    de promoción anduvo muy bien en San Luis, donde las empresas promocionadas
    constituyeron una interesante zona industrial en torno a Villa Mercedes".
    Con todo, uno de los ejemplos más importantes de desarrollo a partir
    de los beneficios del instrumento -en este caso de la promoción
    agropecuaria- se da en el sector de la olivicultura. En esta actividad,
    Catamarca sobresale en el ámbito nacional y en los próximos
    años estará disputando los primeros lugares en la producción
    mundial de la aceituna manzanilla. Un estudio de la Dirección Nacional
    de Alimentos, dependiente de la Secretaría de Agricultura, Ganadería,
    Pesca y Alimentos -SAGPyA-, afirma que, a principios de los ´90, 85% de
    la capacidad instalada de la Argentina para producir aceite de oliva alcanzaba
    las 18.000 toneladas anuales. De ese volumen, 85% se producía en
    Mendoza y San Juan. Pero hacia fines de la década había
    otra realidad: 80% de la capacidad instalada estaba en las provincias
    de Catamarca, La Rioja y San Juan, en ese orden; y la producción
    superaba las 60.000 toneladas anuales. El factor que explica esos cambios
    fue el régimen de diferimiento impositivo.
    "El sector olivícola en la provincia acumula más de
    100 proyectos radicados en unas 25.000 ha e inversiones del orden de los
    US$ $400 millones que, con sólo un año de producción
    a 10% de la capacidad teórica máxima, convirtieron a Catamarca
    en el primer productor de aceitunas para aceite del país",
    sostiene Macaroff.
    Pero el caso de la olivicultura excede el marco exclusivamente agrícola,
    presentando un correlato industrial de innegable impacto económico:
    los centros de industrialización de la aceituna se fueron desplazando
    de Cuyo a Catamarca y La Rioja a medida que las plantaciones en estas
    provincias iban madurando.
    Así, aparece en escena la versión positiva de la "fábrica
    con rueditas". Empresas que se trasladan buscando mayor eficiencia,
    al pasar a producir más cerca de la materia prima y que no siguen
    la lógica del premio fiscal.

    El modelo
    2004

    Más allá de las controversias, el actual gobierno nacional
    implementó el año pasado un régimen de promoción
    de inversiones, a través de la ley 25.924 que, para los especialistas,
    es superadora de las experiencias anteriores.
    "En la actualidad, se advierte un alto uso de la capacidad instalada
    en muchos sectores, lo cual quiere decir que el desarrollo de los próximos
    años pasará por la inversión. Por eso el nuevo régimen
    le ofrece a las empresas amortizar aceleradamente las compras de bienes
    de capital en el impuesto a las Ganancias y/o en la devolución
    anticipada del IVA. Es transparente porque el régimen se licita
    y lo eligen las empresas con proyectos de inversión", afirma
    Ricardo Rozemberg, director del Centro de Estudios para la Producción
    (CEP).
    Para Marcela Cristini, en tanto, a diferencia de las promociones económicas
    anteriores, "que buscaban dirigir el desarrollo de ciertas industrias,
    esta vez se trata de ayudar a las empresas que están en condiciones
    de mercado".
    El cupo del primer capítulo del régimen, que salió
    en septiembre del año pasado, fue de $1.200 millones anuales, de
    los cuales $1.000 millones están destinados a grandes empresas
    y los 200 millones restantes a Pymes.
    En una primera etapa del régimen de promoción de inversiones,
    se aprobaron 22 proyectos que comprometen inversiones por $5.042 millones,
    prevén exportaciones por US$2.600 millones por año y la
    generación de unos 3.200 puestos de trabajo.
    Aceitera Gral. Deheza, Cargill, Fate, General Motors, Aluar y Siderca,
    figuran entre las grandes empresas beneficiadas.
    "Llaman la atención algunos de los nombres que se beneficiaron
    con el nuevo cupo, porque son empresas tan grandes que bien podrían
    endeudarse en el extranjero. Además, ¿por qué el
    Estado les debe regalar $10 o 15 millones, para invertir 100 millones?",
    se pregunta Cristini.
    "Me parece bien consolidar la industria del acero y del aluminio
    pero los negocios del aceite de soja salen solos, y es bastante probable
    que las empresas del sector inviertan de todas formas. Para mí
    el Estado debería establecer prioridades seleccionando ramas o
    sectores y no darle, por ejemplo, a grandes empresas extranjeras",
    afirma Jorge Schvarzer.
    Una alta fuente de la Secretaría de Industria, Comercio y Pymes,
    que pidió reserva de su nombre, explicó que no siempre las
    empresas invierten solamente porque les conviene. Generalmente las inversiones
    de las grandes compañías, van de la mano de un ciclo económico
    expansivo y de políticas públicas de apoyo, que favorecen
    el clima de negocios. Y puso el ejemplo de Aluar, cuyo proyecto de ampliación
    de una planta productora de aluminio primario "por casi $2 millones,
    dormía desde 1998 y recién fue destrabado por el régimen
    de promoción de inversiones".