jueves, 5 de marzo de 2026

    La advertencia de Lavagna

    El retorno
    a la normalidad también implica ascenso en el nivel de inflación.
    El país nunca ha sido barato, cuando se lo mide en valor dólar,
    y tampoco lo será ahora. Retorna a sus niveles habituales. Tras
    esquivar el abismo, y a pesar de la sustancial devaluación, los
    precios apenas se movieron. El temor fue inmenso. Gracias a eso, no ingresamos
    en una espiral inflacionaria ni recordamos la ominosa indexación.
    Con dos años de notable crecimiento y resuelto –al menos en
    lo esencial– el default de la deuda externa, todos los sectores rezagados
    intentan recuperar posiciones. Tiene que haber aumento salarial real.
    Todo esto era y es previsible. Pero sea porque no avizoran otros temas
    relevantes en la agenda nacional, sea porque prefieren agitar visiones
    apocalípticas, muchos analistas se concentran en debatir diariamente
    sobre la preocupante inflación, su evolución, y los modos
    de contenerla.
    Hay multitud de vaticinios. Después que el primer trimestre terminó
    con un aumento de 4% en el índice inflacionario (8% era la meta
    para todo el año) se desató el pandemonium.
    Es un tema importante, pero no hay que exagerar. De una parte sabemos
    que normalización también significa apreciación cambiaria
    –sin llegar a lo que fue la convertibilidad– a pesar de los
    esfuerzos oficiales en mantener la tasa de cambio en torno a tres pesos
    por dólar.
    Lo más probable es que el año termine con un aumento de
    9 a 12% en el ritmo de la inflación, superior a la meta oficial,
    pero tampoco angustiante. Tradicionalmente el arsenal anti-inflacionario
    se nutre de política fiscal, política monetaria y esfuerzos
    por controlar el nivel de precios.
    La clave parece estar en mecanismos de política fiscal, que deberá
    ser muy dura y en lo posible apuntar a obtener un superávit más
    alto que el del año pasado. El próximo trimestre será
    pródigo en cobranza de impuestos y el consumo será desalentado.
    En materia de política monetaria, es poco lo que puede hacerse.
    En verdad, quien ayuda es Alan Greenspan, titular de la Reserva Federal
    de Estados Unidos. Cada vez que asciende la tasa de referencia en ese
    país, logra que ingresen menos capitales financieros y permite
    que el proceso de apreciación cambiaria en la Argentina vaya más
    lento.
    En cuanto a los controles de precios, no es para hacerse ilusiones. Nunca
    fue un arma muy efectiva. Lo que no quiere decir que el gobierno deba
    intentarlo; algunos resultados pueden lograrse. Pero lo malo no es que
    Néstor Kirchner pruebe con el método del garrote y la zanahoria;
    lo que sería grave es que pensara que es lo único que puede
    hacerse.
    ¿No hay otro tema que discutir, aparte de la inflación cuyo
    debate parece sobredimensionado?
    Sin duda, además del tema central del patrón de crecimiento
    futuro de la economía nacional, está la relación
    con el FMI y la advertencia del ministro de Economía.
    Roberto Lavagna ha dicho con claridad meridiana que el país privilegiará
    a quienes confiaron en la Argentina. Sin estridencia, anunció que
    se cumplirá a rajatabla con los compromisos post-default. Es decir
    se honrará la deuda posterior a diciembre de 2001, entre la que
    se incluya la que se acaba de renegociar exitosamente.
    Curiosamente nadie pareció reparar en las implicancias de este
    enunciado. La consecuencia es clara: si el FMI presiona indebidamente
    por los US$ 20 mil millones que quedaron fuera del canje –o por aumentar
    el superávit destinado a pagar deuda externa, por ejemplo–
    no habrá otro camino que ingresar en default con los organismos
    multilaterales de crédito y honrar la deuda con los demás
    acreedores. Al revés de lo sucedido en 2001.
    A nadie conviene que se llegue a este punto y lo sensato es que ambas
    partes hagan lo imposible para evitarlo. Pero el anuncio está hecho:
    si hay que elegir, se privilegiará a los acreedores post-default.
    Y ese no es el caso del FMI.
    ¿Qué ocurriría en este escenario? Algo sorprendente:
    que al día siguiente que el país cesara sus pagos a organismos
    internacionales, los títulos de la deuda pública argentina
    subirían de valor. ¿Qué podría decir entonces
    el vapuleado Fondo?
    Es cierto que la situación de los bonistas que quedaron fuera del
    canje no podrá mantenerse así indefinidamente. Pero no es
    éste el momento de avanzar en esa dirección.
    Por dos razones centrales. La primera es que si se reabriera el canje,
    tendría que tener una multa, un castigo para los que no aceptaron
    la propuesta en primera instancia. No pueden ser tratados de idéntico
    modo que los que sí confiaron.
    La segunda, es que el país prometió a los que ingresaron
    que los recursos que hipotéticamente estaban destinados a los que
    no aceptaron la propuesta se utilizarían para recomprar bonos y
    así elevar más el valor de los títulos. Si ahora
    se reabriera el canje para el restante 24% de bonistas se estaría
    rompiendo, simultáneamente, el contrato con 76% que sí aceptó la oferta.