| Ahora que ingresamos en la era post-default, está claro que se está terminando el proceso de normalización. Es decir que volvemos a la normalidad. ¿Pero a cuál? La respuesta a este interrogante es central para indagar el comportamiento económico de los próximos años. Algunos síntomas no pasaron desapercibidos para observadores acuciosos: altísimos alquileres en los lugares de veraneo favoritos, productos importados de consumo conspicuo en las góndolas de supermercados. Un sector de la población, con alto poder adquisitivo, que tras la debacle se impuso normas de austeridad, parece haber olvidado el susto y vuelto a cierto tipo de “normalidad”. En síntesis, ¿regresamos a la Argentina de siempre o hay un cambio que se ha instalado en forma duradera? Analistas y medios de comunicación han fatigado la posible evolución de las principales variables macroeconómicas para deducir la dirección de la economía que se avecina. Desde la perspectiva de Mercado, si la experiencia se capitaliza se percibirá muy pronto en dos aspectos que son ambas caras de la misma moneda: mayor austeridad o frugalidad de la sociedad, y como consecuencia, una tasa de ahorro interno más elevada. Si se ahorra más, habrá más inversión genuina, interna, propia. Si además va acompañada por una tasa de crecimiento de las exportaciones mayor que la registrada históricamente, será prueba que estamos en el buen camino. Hay sin embargo indicios que insinúan una caída en la tasa de ahorro y que se puede disparar el consumo, provocando de paso la apreciación del peso frente al dólar. Esta tendencia, ¿se detiene aquí?, ¿se revierte?, ¿o vamos camino a otra fiesta inolvidable? Si así fuera, además de demostrar que carecemos de memoria, nos situaríamos en posición similar a la de 1991-92. Un clima festivo que puede ser muy bueno para las perspectivas electorales de Néstor Kircher que enfrenta pronto los comicios de renovación parlamentaria de mitad de periodo, pero muy malo para el futuro. 2005 sería de este modo un festival alegre y despreocupado. Hasta ahora -además del supérávit fiscal- el país ha tenido resultado positivo en la balanza comercial. Si las crecientes importaciones y lo que hay que destinar al pago de la deuda -se reestructuró ventajosamente, pero ahora hay que afrontar las cancelaciones- igualan a las exportaciones, entramos en zona de riesgo. Por ese camino, 2006 podría finalizar con déficit de cuenta corriente. La cuestión es si el Presidente -y su equipo económico también, pero mucho más él- tiene visión de largo plazo. Si así fuera, el Estado debería ahorrar más todavía para compensar el exceso de consumo en que parece empeñado ese 30% de la población, perteneciente a la clase media y alta, dolarizada. El foco hay que ponerlo en este punto: cuál puede ser la estrategia de la Casa Rosada. La primera respuesta -está en los libros de texto de los economistas más convencionales- es “hay que aumentar el ahorro público y desalentar el consumo privado”. ¿En un año electoral? Imposible parece ser la reacción lógica. Hay una segunda opción: el gobierno mantiene el mismo superávit fiscal, pero no lo aumenta. Por tanto no neutraliza el crecimiento del consumo privado, pero no agrava la situación. Finalmente, el tercer camino. Echemos gasolina al fuego. Este es un año electoral. Gastemos todos, sector público y privado. ¡Que siga la alegría! Volvamos a la Argentina de siempre. ¿Hacia dónde se inclinará el fiel de la balanza? Seguramente no hay lector que no descarte la primera vía por demasiado improbable (por no decir imposible). Si se elige la segunda, se deja ir a la economía sin contrapesarla, en el mejor estilo “clintoniano” (que tan buenos resultados le brindó al ex presidente demócrata estadounidense). Inclinarse por la tercera sería, con perspectiva, un desastre. Dos años buenos, y una nueva crisis en puerta. Pero si Kirchner asume en este punto un perfil “clintoniano” podemos esperar varios años de crecimiento sostenido -aunque a ritmo más modesto- de la economía.
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