miércoles, 29 de abril de 2026

    Brasil podría ser el gran inversionista regional

    En momentos que los medios internacionales están concentrados
    en avizorar el crecimiento y la futura gravitación económica de China e India,
    es del caso preguntarse: ¿cuánto tardará Brasil en demandar la misma atención?,
    ¿cuándo nuestro vecino estará decididamente en el mismo rumbo que ambos gigantes
    asiáticos?
    Probablemente, la respuesta se centre en la capacidad que demuestre para la
    reducción de su deuda externa en forma sostenida, tanto en relación con su PBI
    como sobre el total de sus exportaciones.
    De avanzar en ese camino, se acentuará su liderazgo regional y sus empresas
    se convertirán en activos inversionistas en otros países de la zona. El mismo
    papel que España cumplió en la Argentina durante la década pasada, podría cumplir
    Brasil en nuestro país durante los próximos años.
    Gracias a la activa participación de capitales brasileños operando desde nuestro
    territorio, Brasil tiene el potencial para abrirnos mercados externos. Para
    los nostálgicos de los eslogans será necesario renunciar a la trasnochada idea
    de “Argentina potencia”. Lo que no significa que el país renuncie a una política
    inteligente de articular esfuerzos con su principal socio en el proceso integrador
    del Mercosur. Implica, simplemente, reconocer una realidad manifiesta.
    Las exportaciones brasileñas representan hoy 17% del PBI, cuando en 1998 era
    apenas 6,5%. Ha habido masiva inversión en áreas como acero, automóviles, agricultura
    y papel. El superávit comercial brasileño del 2003 fue superior al total de
    las exportaciones argentinas durante esos 12 meses.
    En todos los foros internacionales, Brasil acompañó este dinamismo económico
    con una política activa que lo convierte en vocero de otros países con problemas
    de desarrollo. Su aspiración de jugar un rol relevante en una futura reestructuración
    del sistema de gobierno de las Naciones Unidas -aspira a un puesto permanente
    en el Consejo de Seguridad- acaba de tener un espaldarazo de Estados Unidos,
    cuyo gobierno no ha hecho comentarios sobre idénticas aspiraciones de países
    como Alemania, Japón o India.
    En el contexto bilateral, es evidente que se revitalizan nuestras exportaciones
    industriales a Brasil. Luego de la crisis del 2002, se recuperó dinamismo, sobre
    todo a partir del último año. Desde entonces, el ritmo de crecimiento de las
    importaciones provenientes del socio fue mayor que el de las exportaciones argentinas
    a aquel mercado, lo que generó una paulatina reducción del saldo comercial para
    la Argentina, que se volvió deficitario en los últimos 15 meses.
    Sin embargo, por el lado de los envíos de productos locales, existen dos buenas
    noticias: la primera es que las exportaciones a Brasil están aumentando; la
    segunda, que el rubro de manufacturas de origen industrial (MOI) es el puntal
    de esta expansión.
    El déficit acumulado en lo que va del año alcanzó los US$ 1.194 millones. Ambos
    países aumentaron significativamente sus ventas externas a países asiáticos
    como India y China.
    En los últimos cinco años, las exportaciones del Mercosur hacia India se incrementaron
    aproximadamente 50%, alcanzando los US$ 1.123 millones en el 2003. Brasil representa
    49,2%, la Argentina 49,8%, mientras Uruguay y Paraguay, juntos, se aproximan
    a 1%. Por su parte, las ventas del Mercosur a China presenciaron un fuerte incremento
    entre 1999 y el 2003, a una tasa promedio de 56,7%, pasando de US$ 1.246 millones
    a US$ 7.087 millones.

    Consecuencias de las tendencias demográficas

    La demografía, tantas veces olvidada, es siempre importante. Sus tendencias
    decidirán la marcha económica del planeta en las próximas décadas. Si alguna
    duda existiera, la desmienten las conclusiones del último informe del Fondo
    Monetario Internacional (en el reciente World Economic Outlook, que no ha tenido
    suficiente repercusión). Tres cosas relevantes están ocurriendo.
    En primer lugar, las tasas de fertilidad (la cantidad de nacimientos por cada
    mujer) están disminuyendo rápidamente en casi todos los rincones del planeta.
    En segundo término, la expectativa de vida crece en casi todas partes, aunque
    con bolsones donde apenas se nota. Por último, los países en desarrollo están
    detrás de los países avanzados en esta tendencia… y los más pobres, mucho
    más atrás.
    El crecimiento de la población mundial cayó de 1,8% en 1950 a 1,2% en el 2000.
    Para el 2050, el pronóstico es que será de apenas 0,3%. La proporción de la
    población mundial menor de 15 años cayó de 34% en 1950 a 30% en el 2000, y se
    estima que será de 20% en el 2050.
    La expectativa de vida creció de 47 años en 1950 a 65 años en el 2000, y será
    de 74 años en el 2050. A la inversa, la población mayor de 65 años -que era
    de 5% en 1950-, pasó a 7% en el 2000, y alcanzaría a 16% en el 2050.
    Los países menos desarrollados representaban 8% de la población total en 1950,
    mientras los más avanzados concentraban 32%. Para el, 2000 esos porcentajes
    eran de 11% y 20%, respectivamente. En 50 años más, será de 19% y 14%.
    Los demógrafos creen que la tasa de fertilidad disminuirá en los países en desarrollo,
    de tres hijos por mujer a sólo dos en el 2050. En los países más ricos, esa
    tasa será de 1,85 hijos por mujer, algo más que el 1,7 del 2000. Es decir, se
    avizora una convergencia en la tasa de fertilidad.
    Crecerá la expectativa de vida. En países en desarrollo será de 74 años en el
    2050, contra los 64 años del 2000. En las naciones más ricas sería de 83 años,
    contra los 77 del principio del siglo.
    Hay tres implicaciones económicas poderosas.
    En el pasado, todas las sociedades tenían enorme cantidad de población joven
    y poca gente mayor. La tendencia se está revirtiendo. Sus consecuencias serán
    muy significativas.
    El esfuerzo para reducir el número y el porcentaje de la población que vive
    en la pobreza deberá acelerarse. Cuanto mayor es la pobreza de un país, más
    crece su población.
    Por último, al declinar las tasas de fertilidad, aumenta la población en edad
    de trabajar. Aquí se abre una posibilidad para el mundo en desarrollo, para
    países como China, India y Brasil, pero que puede desaparecer en unas décadas.
    Para Europa y Japón, esa posibilidad ya dejó de existir.
    Esta circunstancia conlleva una consecuencia económica de alta significación.
    Cuanto más numerosa es la población de edad media, más crecerá la capacidad
    de ahorro y la tasa de inversión en esas sociedades.
    Por lo tanto, para mediados de siglo, el crecimiento será menor en Japón, Europa
    occidental e incluso en Estados Unidos (también en las economías emergentes
    de Asia y América latina). En cambio será mayor en Ãfrica y Medio Oriente.
    Cualesquiera sean las consecuencias políticas y económicas de estas tendencias,
    cabe recordar que las dificultades que pueden enfrentar las sociedades con población
    en declinación son consecuencia de éxitos previos: más prosperidad, mayor control
    de la mujer sobre la tasa de reproducción, y una longevidad en ascenso.

    Imagen negativa de la industria farmacéutica

    Es una paradoja. La industria farmacéutica se imagina a sí misma como una salvadora
    de vidas. La opinión pública en Estados Unidos y el mundo desarrollado, está
    manifiestamente desencantada con el sector. Más allá de herir la autoimagen
    de la actividad, este clima alienta medidas legislativas que favorecen la importación
    de drogas baratas y expanden el uso de los medicamentos genéricos.
    En Estados Unidos, las farmacéuticas argumentan que el costo de sus productos
    representa apenas 10% del total del costo en salud. Pero en el clima que se
    ha instalado, pocos son los que aceptan escuchar sus argumentos.
    El reciente movimiento de Pfizer para ampliar el acceso de sus productos a la
    gente que no tiene cobertura médica, es un claro reconocimiento a la necesidad
    de la industria de reconstruir imagen positiva (hay 40 millones de personas
    sin seguro médico y, dentro de los que lo tienen, a otros 17 millones no les
    cubren los remedios recetados). Lo que más teme la industria en ese país es
    la posibilidad de que se implante un mecanismo de control de precios.
    En cuanto a los mercados emergentes, la Pharmaceutical Shareholders Group (PSG),
    una entidad que nuclea a 14 inversionistas institucionales, sostiene que los
    grupos farmacéuticos necesitan una estrategia más efectiva para enfrentar la
    crisis en la salud pública, para definir un enfoque de largo plazo que proteja
    los intereses de sus propios accionistas.
    Para ello, se insiste en que la industria debe reducir los niveles de crítica
    pública que apunta a demostrar que el sector no cumple un rol positivo en enfrentar
    problemas como diabetes, cáncer, dolencias cardíacas y sida.
    Durante esta década, se estima que morirán 46 millones de personas en todo el
    mundo por culpa del sida. Las drogas con que se trata este flagelo llegan solamente
    a 5% de las personas que las necesitan en el mundo en desarrollo.
    Según este informe, el riesgo es que si no se percibe una actitud proactiva
    de la industria para cambiar este estado de cosas, muchos mercados emergentes
    optarán por quedar al margen de tratados internacionales sobre patentes.