miércoles, 27 de mayo de 2026

    Comercio minorista

    Los
    norteamericanos que compran en Wal-Mart o Target están habituados
    a largas colas en cada caja. Pero, en pocos años, quizá sean
    historia: la cadena ha empezado a ensayar etiquetas que identifican productos
    por radiofrecuencia (RFID en las siglas inglesas). Si bien su aplicación
    plena llevará años, el sistema permitirá sumar las
    compras mientras el cliente sale y descontarle el total de su cuenta.
    Perfecto, pero ¿hasta qué punto es real esta revolución?,
    ¿qué significa para el negocio al detalle y sus clientes?
    Al respecto, profesionales de Wharton y varias consultoras admiten que RFID
    es una tecnología muy promisoria también para gestión
    de inventarios, cadenas de abastecimientos y entes gubernamentales.
    Pero subsisten interrogantes. Por ejemplo, si los réditos de la innovación
    serán inmediatos o irán apareciendo con el tiempo. “Algunos
    afirman que RFID está a punto de cambiarlo todo. Antes de eso, sin
    embargo, existen algunos problemas técnicos que resolver”. Así
    cree Morris Cohen, codirector del Centro Fishman-Davidson para Gestión
    de Servicios y Operaciones.
    Los partidarios del sistema aseguran que revolucionará la cadena
    de abastecimiento vía seguimiento en tiempo real de rubro por rubro.
    La idea es mantener más tiempo la mercadería en los estantes,
    obtener mayor eficiencia mediante una gestión de inventarios más
    afinada y mejorar la seguridad. Esos objetivos serán posibles gracias
    a las etiquetas RFID, capaces de emitir ondas que un receptor lee, compila
    y comparte con el software de la compañía.


    El caso Wal-Mart
    Hasta ahora, Wal-Mart ha sido la empresa más comprometida con el
    nuevo sistema. Apoyándose en ventas anuales por US$ 256.000 millones,
    ha dispuesto que sus 100 principales proveedores peguen ya etiquetas en
    cajas, cartones y otros envases. El resto de los abastecedores tiene plazo
    hasta fines de 2006. Quizá no sea tan fácil.
    El 30 de abril, la cadena inició una experiencia piloto en el área
    de Dallas con ocho de sus mayores proveedores: Gillette, Hewlett-Packard,
    Johnson&Johnson, Kimberly-Clark, Kraft, Nestlé Purina, Procter
    & Gamble y Unilever. El 18 de mayo, Wal-Mart informó que todo
    había salido perfectamente.
    Con vistas al año próximo, la compañía maneja
    esta hipótesis: un producto en caja sale de fábrica y el
    sistema lo registra y rutea en cuanto llega al centro de distribución
    Wal-Mart. Sin necesidad de abrir el envase ni inspeccionar contenidos,
    porque el lector RFID ya lo ha hecho. Una vez en el local de ventas, todo
    se monitorea en tiempo real y, por tanto, no hace falta acumular existencias.
    Si un ítem se acaba, el sistema se lo comunica automáticamente
    al proveedor.
    Hoy día, el procesamiento de inventarios requiere escanear un código
    de barras a la vista y esto no desaparecerá, pese a sus desventajas
    en relación con el monitoreo por radiofrecuencias. Entre ellas,
    los errores humanos, las limitaciones de los datos estáticos y
    la imposibilidad de leer códigos múltiples.
    Hay, además, una diferencia cualitativa. En los sistemas corrientes,
    se sabe cuántos ítems hay en depósito; en el sistema
    RFID, se saben cantidad, tiempo de permanencia, vencimiento y depósito
    originario de cada producto. Al presente, casi todas las ventajas de la
    innovación se asocian a la cadena de abastecimiento. Pero, en tres
    o cuatro años, las etiquetas electrónicas serán comunes.
    Así lo estima EPGglobal, entidad dedicada a definir parámetros
    de codificación para uso en sistemas RFID. Sin embargo, “las
    aplicaciones a gran escala no se verán en poco tiempo, aun después
    de las experiencia en Wal-Mart”, advierte Christopher Boone, analista
    de International Data Corporation (IDC). Pasan a detallarse algunos problemas
    básicos.

    Costo de
    etiquetas. Según a quién se consulte, las etiquetas RFID
    pueden costar entre 20 centavos y un dólar. Pero su economía
    de escala exige no más de cinco centavos. El tema remite al huevo
    y la gallina: si las etiquetas fuesen más baratas, habría
    más pruebas piloto; si hubiese muchas pruebas, bajaría el
    costo de las etiquetas.
    Entretanto, operadores grandes –Philips Electronics, Texas Instruments–
    aguardarán la siguiente generación de etiquetas antes de
    meterse en el mercado. Por ahora, firmas de menor tamaño, como
    Alien Technology, dominan un segmento donde el precio es clave. Forrester
    Research estima que las etiquetas representan hoy 80% de los costos para
    aplicar el sistema. “Si Wal-Mart y Target pueden lograr economías
    de escala, más compañías las imitarán y harán
    bajar precios”, presume la consultora.
    Cohen cree que la relevancia de esos costos depende, en gran medida, de
    cuánto vale el rubro en seguimiento. Por ejemplo, “monitorear
    por RFID un proyectil balístico de US$ 3 millones sería
    económico, aunque la etiqueta costase US$ 100. Pero una lata de
    gaseosa puede tolerar, digamos, no más de un centavo”.

    Pautas variables. Las normas de Wal-Mart requieren a los proveedores etiquetas
    “clase 0” (sólo programables en planta) o “clase
    1”, sólo programables por el minorista o el abastecedor directo.
    En este momento, EPCglobal trabaja con industriales en pautas “clase
    2”, capaces de almacenar más memoria y datos. Dado que ese
    tipo de etiqueta será generalmente más flexible y útil,
    muchos proveedores potenciales prefieren esperar a que sus normas se definan.
    Por ahora, Wal-Mart acepta versiones iniciales de etiquetas RFID, pero
    los expertos descuentan que la firma adoptará tecnologías
    de segunda fase lo antes posible. En un informe realizado en abril a partir
    de 40 proveedores de tecnología y abastecedores de la cadena, Christine
    Spivey (Forrester) descubrió un detalle sugestivo: el segundo grupo
    cree que la actual infraestructura RFID de Wal-Mart será eliminada,
    en un año, para adoptar alguna más avanzada.
    De todos modos, “para enero –teme la analista–, menos de
    25% de los principales abastecedores estarán en condiciones de
    aplicar RFID en sus procedimientos”. No hace mucho, esa estimación
    llegaba a 60%. El motivo es claro: “Aun las ventajas más obvias
    del sistema están fuera de alcance para muchos proveedores. Aparte
    del costo de etiquetas, pueden carecer de tecnología suficiente
    para absorber y usar los datos captados”.
    En sí mismo, “RFID es un instrumento para compilar datos”,
    explica Sean Campbell, de IBM Consulting Services. “Sólo lo
    que una empresa hace con la información genera ingresos. Pero los
    lectores de este sistema captan datos segundo a segundo y, por ende, la
    compañía debe filtrar mucha información innecesaria”.
    “Retener lo realmente significativo puede requerir –apunta Cohen–
    instrumentos de ‘inteligencia comercial’, prospección
    y definición de datos (data mining). En verdad, uno de los mayores
    problemas de RFID es arreglárselas para manejar tanta información
    en tiempo real, lo cual involucra procesos adecuados para una rápida
    toma de decisiones”.

    Apenas un costo más… Ante los considerables gastos para instrumentar
    y aprovechar sistemas RFID, Spivey recomienda a los abastecedores de Wal-Mart
    tomar las imposiciones de la empresa “como un costo más del
    negocio. Entonces, hay que limitarse a pegar etiquetas en las cajas y
    remitirlas como ordena Wal-Mart”. Claro, eso le reporta magros beneficios
    al proveedor, por lo que debe aguantar hasta que la tecnología
    se desarrolle y abarate el proceso.
    Se trata de lecciones prácticas cuyo aprendizaje es importante,
    porque Wal-Mart exige etiquetas capaces de leerse 100%. Esto tal vez no
    sea posible con las soluciones disponibles actualmente. Por el contrario,
    los abastecedores deberán perder mucho tiempo integrando tecnologías
    provenientes de distintos vendedores de sistemas.
    Lo malo es que, entretanto, existe escasa experiencia de campo en cuanto
    a compatibilizar los diferentes sistemas RFID aplicados por diversos socios
    en una cadena de abastecimiento. Particularmente, si el comprador final
    es Wal-Mart o Target. Cohen y otros aceptan esta realidad, pero insisten
    en que la identificación de productos por ondas radiales representa
    el futuro del retail.


    Invasión de
    núcleos urbanos con nuevos
    supercentros
    Semanas atrás, la cúpula de Wal-Mart Stores recorría
    afanosamente centros sociales, escuelas, clubes y hasta iglesias en Austin,
    un área periférica de Chicago. Su mensaje era sencillo y
    proclamaba las virtudes del megamercado que se abriría sobre casi
    dos manzanas de terreno. Esta campaña indica hasta qué punto
    la compañía busca superar su imagen como enemiga de los
    trabajadores y destructora de comunidades locales. ¿Por qué
    un celo tan repentino? Porque sus prácticas se han convertido en
    tema nacional. John Kerry critica sus bajos salarios. Jesse Jackson, abogado
    de derechos civiles, definió a Wal-Mart –justamente en Austin–
    como “una plantación moderna”.
    En junio, un juez confirió carácter colectivo a una acción
    por discriminación sexual contra la empresa, abriendo camino a
    una demanda civil masiva. Volviendo a Chicago, el Concejo Deliberante
    aprobó, tras duros debates, una modificación en el código
    edilicio, que le permitió al gigante transformar una ex fábrica
    de champú en su primer supercentro local. Pero le denegó
    permiso para levantar otro, en el sur de la urbe.
    Lo de Austin ocurrió a semanas de que Wal-Mart fracasase en el
    intento de abrir un supercentro en Inglewood, un barrio obrero de Los
    Ángeles. Pero es apenas uno de 40 proyectados para toda California,
    en cuya región meridional terminaba una huelga de cinco meses por
    parte de 70.000 trabajadores de supermercados.
    En esa instancia, el movimiento era contra las mayores cadenas de almacenes
    (Kroger, Albertson, Safeway), que habían rebajado sueldos y reducido
    asistencia médica. ¿Por qué? Porque deben competir
    con Wal-Mart, cuyo personal no está agremiado, cobra menos y goza
    de menores beneficios sociales.
    Batallas como éstas se multiplicarán. Luego de apuntar a
    pequeñas ciudades durante años, el negocio fundado por Samuel
    Walton avanza hacia las urbes. Al mismo tiempo, vuelve a los rubros no
    alimentarios.
    En los orígenes, “la compañía copaba mercados,
    pero mayormente en ciudades chicas”, recuerda la consultora AT Kearney.
    “Ahora, sus negocios marchan velozmente a las grandes urbes”.
    Alarmados ante el presumible impacto de los supercentros, varios municipios
    y comunidades han dictado normas que restringen la “venta masiva
    al detalle”.
    A veces, se limitan espacios a un tope de 10.000 m2. Así ocurre
    en Tampa, Florida. Pero, imperturbable, Wal-Mart intenta abrir un megamercado
    de 9.900 m2. Simultáneamente, ha apelado restricciones en ése
    y otros estados.

    Pro y contra.
    Los críticos de la cadena sostienen que, cuando penetra en una
    ciudad o área, acaba con la competencia minorista en un amplio
    radio. También reemplaza trabajos eliminados con menos puestos,
    mal pagados, en horarios más largos y con menores prestaciones
    sociales. Aparte, pone en peligro el carácter de vecindarios y
    comunidades.
    Pero medir el impacto social o laboral de Wal-Mart no es fácil.
    Kenneth Stone, profesor de Economía retirado (Universidad estadual
    de Iowa) ha editado una investigación local que le llevó
    de 1988 a 1997. Analizando su propia región, concluye: “Las
    comunidades rurales han sido negativamente afectadas por la venta masiva
    a descuento, más que por otros factores económicos”.
    Desde el arribo de Wal-Mart, a mediados de los años ’80, y
    hasta 1997, Iowa perdió la mitad de sus 2.000 almacenes, 45% de
    sus ferreterías y 70% de sus tiendas de ropa masculina. Por supuesto,
    eso no es obra exclusiva de la cadena, pues otros grandes minoristas aportaron
    lo suyo.
    El estudio descubrió que las ventas totales al detalle en ciudades
    alcanzadas por Wal-Mart habían subido en promedio 6% al cabo de
    cinco años, pero bajaban 4% al cabo de diez. A su juicio, eso refleja
    una estrategia típica de la empresa: saturar áreas enteras.
    No obstante, en municipios no cubiertos por la cadena, las ventas caían
    8% a los cinco años y 15% a los diez. Los más castigados
    tenían menos de 5.000 habitantes.
    “Lo que Wal-Mart hacía allí, realmente, era diezmar
    pueblos chicos, hasta el punto que ya no fuera conveniente residir en
    ellos. La cercanía de ciudades donde había tiendas del sistema
    –afirma Stone– explica que la pérdida de puestos laborales
    fuese proporcional a la evolución de ventas en comercios pequeños.”
    Un trabajo más reciente de Emek Basker (Universidad de Misuri),
    por el contrario, señala que la expansión de Wal-Mart generó
    trabajo en el circuito minorista. Analizando datos de 1.750 municipios
    estadounidenses, halló que el ingreso de la cadena elevaba en 50
    puestos la demanda media de trabajadores, al cabo de cinco años.
    No obstante, los mayoristas eliminaban 20 puestos.

    Visión
    desde las ciudades. Los efectos de Wal-Mart en grandes ciudades resultan
    aún más difíciles de evaluar. Dos pronósticos
    comisionados en Los Ángeles llegaron a resultados opuestos. Uno
    lo hizo la consultora Rodino Associates, a pedido del Concejo Deliberante,
    y concluyó que los supercentros podían hacer bajar salarios
    en el sector, presionar sobre los servicios civiles, perjudicar a los
    pequeños minoristas y limitar las opciones del cliente.
    El otro estudio fue solventado por Wal-Mart y realizado por la Corporación
    de Desarrollo Económico Comunal, una entidad promotora de negocios.
    Según este trabajo, los megamercados proyectados por la cadena
    podrían ahorrarle a una familia US$ 560 al año, al reducir
    en 15% la cuenta del almacén. Por ende, el ahorro total del consumidor
    angeleño –US$ 1.800 millones anuales– podría gastarse
    en otros rubros y generar 17.000 puestos laborales.
    Los directivos de Wal-Mart son menos líricos, pero aportan otros
    datos. Así, señalan que en Las Vegas, un área repleta
    de supermercados con personal agremiado donde la firma ha abierto siete
    supercentros en cuatro años: “La competencia se ha mantenido;
    todas las cadenas actúan, siguen operando casi todos los comercios
    chicos y se han perdido pocos puestos laborales. Pero bajaron los precios”.
    ¿Síntoma o causa?. Lee Scott, CEO de la empresa, señala:
    “20% de nuestros clientes no tiene cuentas bancarias y vive de un
    magro estipendio semanal. No tiene más remedio que comprar donde
    le vendan más barato. Entonces, restringir supermercados en pos
    de visiones utópicas sobre el negocio al detalle acaba perjudicando
    a los de menos recursos”.
    En otro plano, a criterio de Stone: “Las comunidades que resistan
    a Wal-Mart afrontarán duros dilemas y consecuencias no buscadas.
    A menudo, una pequeña ciudad logra bloquear el acceso de la cadena.
    Pero ésta va a una población vecina y, desde ahí,
    le succiona la demanda del público”.
    Eso puede incluso ocurrir a mayor escala. A mediados de los ’80,
    en efecto, Vermont pudo eludir a Wal-Mart. Entonces, ésta se instaló
    justo cruzando las fronteras en Nuevo Hampshire y Nueva York. Vermont
    acabó aflojando.
    Desde otro punto de vista, Norman Tyler –dicta planeamiento urbano
    y regional en la Universidad de Michigan Este– piensa que la cadena
    responde a cambios sociales y no que los genera: “Somos una sociedad
    muy móvil. Solemos manejar por largas distancias. Ya no somos leales
    al barrio o la comunidad. Así, esa compañía es más
    síntoma que causa del fenómeno”.

    Cómo
    sobrevivir. Stone sostiene que los pequeños comercios lugareños
    pueden hallar métodos para competir con los titanes del retail.
    Al respecto, formula las recomendaciones siguientes:

    Diferenciarse.
    Buscar un nicho que Wal-Mart no cubra o que no lo haga bien. Por ejemplo,
    muebles artesanales, moda o comida casera.
    Vender rubros complementarios. Ofrecer en ciertas categorías
    mayor variedad que el gigante, que tiende a vender lo que sale más
    rápido.
    Ir a lo selectivo. Atraer gente en pos de algo más que buenos
    precios.
    Sacarse clavos de encima. Descartar líneas poco vendidas.

    Personalizar. Conocer al cliente. Explotar la familiaridad con
    el área para atender a los residentes mejor que Wal-Mart.
    Flexibilizarse. Abrir más horas al día o más
    días en la semana. Esto es casi obligatorio, porque la cadena lo
    hace.
    Destacar servicio y asesoramiento técnico. El titán
    tiene precios bajos, pero le cuesta ofrecer esas otras cosas.

    Mucha venta,

    pero con
    poco margen
    No es difícil comprobar hasta qué punto pesa Wal-Mart ante
    sus proveedores. En Bentoville, 450 de ellos han abierto oficinas o locales
    para atender al supercliente, cuya sede está en esa ciudad de Arkansas.
    Pero ninguno se ha mimetizado al punto de Newell Rubbermaid, fabricante
    de recipientes plásticos, artículos para bebés y
    dos marcas de lapiceras (Parker, Waterman). La firma no lo ha hecho por
    gusto, sino por dura necesidad.
    Sus relaciones con la megacadena minorista no solían ser tan buenas.
    En 1994, Rubbermaid intentó subir precios porque sus insumos habían
    aumentado 80%. Entonces, Wal-Mart le dio góndolas a un competidor
    que cobraba menos y eso llevó la proveedora original a un declive
    que culminaría en su venta a Newell (1998). Eso muestra hasta dónde
    quienes fabrican dependen de quienes venden al detalle.
    ¿Es realmente así? Según estadísticas de autoridades
    regulatorias, compañías como Procter&Gamble, Gillette,
    Mattel, Kimberly Clark o Revlon canalizan de 15 a 30% de sus ventas por
    esa vía. “Si yo fuese proveedor, nos vería como una
    forma de incorporar a mi giro una cadena de tiendas cada año”,
    supone Thomas Coughlin, vicepresidente de Wal-Mart.
    En verdad, muchos abastecedores se niegan a hablar de la empresa y los
    pocos que lo hacen se deshacen en elogios. En general, destacan la franqueza
    que trasunta el lema: “Lo mejor, disponible al precio más
    bajo y nada más”. Para David Appel (Orange Glo International),
    el solo hecho de que su cliente no cobre por espacios preferenciales elimina
    trabas usuales para compañías tan pequeñas como la
    suya. Otra ventaja es el intercambio de datos generados por constantes
    entrevistas con compradores en los 3.500 locales de la megacadena. Eso
    les da a los fabricantes indicios sobre gustos y reacciones de la gente.
    Pero Wal-Mart tiene la reputación de exigir productos o presentaciones
    exclusivas y presionar por rebajas de precios, año tras año.
    Entonces, ¿es cierto que aprieta a los fabricantes hasta el punto
    de ahogarlos?
    Bain & Co., una consultora en management, efectúa este año
    un detenido estudio sobre relaciones entre la compañía y
    sus proveedores. El trabajo detectó ya que, a medida que suben
    sus ventas a través de Wal-Mart, bajan sus márgenes operativos.
    Pero también superan a sus similares en ingresos y utilidades.
    De acuerdo con Lee Scott, director ejecutivo de la cadena: “Ganamos
    unos tres centavos por dólar, mientras la mayoría de nuestros
    abastecedores obtiene retornos mucho más altos”. Otro cargo
    habitual es que la empresa prescinde de proveedores antiguos si aparece
    otro más barato. Al respecto, Scott es darwiniano: “Siempre
    habrá quien cobre menos. En ese caso, se le da más espacio,
    pero los proveedores existentes tienen posibilidades de reaccionar”.
    En lo tocante a Rubbermaid, admite: “Los problemas con nosotros derivaron
    esencialmente de errores estratégicos. En esa época, la
    firma acostumbraba elevar precios cada año, sin justificación”.
    Algunos sectores, no obstante, empiezan a preocuparse por la hegemonía
    de Wal-Mart. Thomas Conley (Toy Industry Association) indica que la cadena
    ocupa más de 25% del mercado norteamericano al detalle. Su agresiva
    política de descuentos en las últimas fiestas, influyó
    en el cierre de FAO y en la bancarrota de KB Toys, dos rivales minoristas.
    En síntesis, dejó a los fabricantes con menos bocas de expendio.
    “Espero que surja un nuevo ciclo del negocio, con otra clase de tácticas
    y estrategias, así las firmas tienen más opciones. De lo
    contrario –opina Conley–, habrá menor capacidad de crecer
    e innovar.”
    La cadena vende de todo, desde medicamentos y cosméticos hasta
    lubricantes, libros y US$ 40.000 anuales en alimentos. Alrededor de 2.000
    millones en rubros producidos localmente se venden en el exterior. “Tenemos
    más de 10.000 proveedores en el país y no estamos dejándolos
    sin negocios”, puntualiza Coughlin. La misión del retail,
    define, es “vender al menor precio asequible. A Wal-Mart le tiran
    porque es el más grande pero, aun si no existiésemos, ahí
    están Asia sudoriental y Latinoamérica”