| Las declaraciones de Eduardo Duhalde sobre el liderazgo de Lula en el Mercosur –persiguieran o no esa intención– fueron leídas como un capítulo más del debate interno del partido de Gobierno. Algunos exégetas prefirieron ponerlas en otro contexto: como líder del país más importante y con mayor peso específico en la región, encontraron justificadas estas expresiones sobre el papel del presidente brasileño. Lo que faltó es un análisis de los antecedentes sobre la orientación de la política exterior del vecino país, y la manera en que el actual gobierno concibe la arquitectura de su accionar externo y, más importante aún, de las metas que persigue con coherencia y tenacidad. Cuando asumió el poder el ex obrero metalúrgico, en enero del año pasado, los vaticinios iniciales eran de crecientes conflictos con Estados Unidos y la perspectiva de una marea izquierdista sobre todo el continente. Lula tuvo cuatro encuentros con George W. Bush en apariencia satisfactorios para ambos; orientó la economía –lo que no se preveía– en forma ortodoxa, y avanzó sin mayores estridencias en la construcción de una política exterior ambiciosa. En menos de un año de gobierno se convirtió en el presidente brasileño más activo en la escena internacional. Viajó a más destinos externos que Fernando Henrique Cardoso en sus ocho años de mandato. Mantiene vínculos –que irritan– con la Cuba de Fidel Castro y la Venezuela de Hugo Chávez. Se opuso a que la OEA catalogara a la guerrilla colombiana como una organización terrorista internacional. Pero a la par, desalentó la versión de un supuesto eje izquierdista en la región. ¿Con qué elementos cuenta el Brasil de Lula para aspirar a una política exterior ambiciosa? Sus dimensiones territoriales (8,5 millones de kilómetros cuadrados) son apenas más pequeñas que las de Estados Unidos o de Canadá. Su población de 182 millones de habitantes es la segunda del continente –después de Estados Unidos– y la quinta del mundo. Su economía, de US$ 1,4 billón es siete veces menor que la estadounidense, pero aún así, es la décima del planeta. En el contexto latinoamericano es la mayor economía (una vez y media la de México) y seguramente la menos dependiente de Estados Unidos, con un comercio externo que alcanza todas las latitudes del globo. La expectativa inicial en Estados Unidos, después del colapso y el embate contra el Consenso de Washington y las políticas neoliberales, era que se avecinaba una marea izquierdista. Constantine Menges, un ex miembro de la CIA en tiempos de Ronald Reagan y ahora académico del Hudson Institute, alentaba desde 2002 a tomar medidas contra un futuro gobierno de Lula que podría llegar a alinear a 300 millones de latinoamericanos en contra de los intereses estadounidenses y aumentar la amenaza de terrorismo interno en Estados Unidos. Después de todo, Lula da Silva estaba en contra del Alca, se sospechaba que repudiaría su deuda externa y declaraba que su país debía proseguir una política nuclear independiente. La conclusión: Lula sería un nuevo Hugo Chávez pero con enorme poder y capacidad de lesionar los intereses estadounidenses. Desde entonces, el escenario descripto por Menges perdió verosimilitud, ya que Lula, en casi todos los frentes, siguió un camino distinto al previsto. El nacionalismo brasileño (muchas veces confundido con izquierdismo) tomó otros caminos. El principal asesor de Lula en política exterior es Marco Aurélio García. Desde su perspectiva –a pesar de sus orígenes izquierdistas– Brasil debía alejarse de la línea seguida por Cardoso y retomar el “pragmatismo responsable” iniciado por un presidente militar, Ernesto Geisel, entre 1974 y 1979. El nuevo proyecto nacional, entonces, debía alentar la inclusión social interna; la ampliación democrática y la reafirmación de la soberanía nacional en un contexto latinoamericano. La prioridad, desde esta visión, es el fortalecimiento del Mercosur y de los vínculos con los demás vecinos de la comunidad andina. La meta, sortear las fuertes asimetrías con el Alca y asegurar que no aumente la desigualdad. Éste sería el camino, con una política externa regional, para combatir el proteccionismo de Estados Unidos y de la Unión Europea, y mantener control sobre las economías del área. Para ello hay que trascender una unión aduanera e incluso un mercado común, para llegar a una moneda común e instituciones financieras centralizadas. Pero la visión es más ambiciosa. Incluye nuevos horizontes en África –especialmente donde hay petróleo– y con los países árabes. Brasil, además, se ha convertido en protagonista del G22, articulando y coordinando intereses de los países en desarrollo, junto a otros grandes, como China, India, Sudáfrica, Rusia y México. El destino final: un asiento permanente para Brasil en el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas š Los avatares de la publicidad donde un anunciante recurre a comparaciones con un producto rival no son novedad, ni siquiera en nuestro mercado. Hay una larga historia, disputas y pronunciamientos judiciales. El quid de la cuestión reside en que no se afecte la imagen del producto comparado o se incurra en afirmaciones que pueden traducirse como violación de límites legales. Un caso que todos recuerden es cuando Unilever desarrolló una línea de tablas para inodoros con el nombre de Persil, una conocida marca de jabón limpiador de su sempiterno rival, Procter & Gamble. Esta firma demandó por entender que había un daño intencional a su imagen y Unilever debió dar marcha atrás. En la Argentina la cuestión se actualizó (más allá del famoso “desafío Pepsi” contra Coca-Cola) con la nueva embestida de la cerveza Isenbeck contra la líder del rubro, Quilmes. En la etapa inicial, cuando Isenbeck pedía juntar dos tapitas (una propia y otra de la competidora para ofrecer una botella de regalo) no mereció respuesta de la segunda.
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