Por Matías
Maciel
Adiferencia
de lo que sucedió por décadas en la Argentina, el ministro
de Educación, Ciencia y Tecnología, Daniel Filmus, señala
que se reúne y trabaja cotidianamente con Roberto Lavagna. Antes
“siempre que se reunía el ministro de Educación con
el de Economía lo hacía para pedir financiamiento desde
el punto de vista educativo y eso generaba una relación muy tensa”,
explica uno de los miembros del gabinete nacional con mayor consenso dentro
y fuera del gobierno.
¿Por qué la universidad y el sector productivo se han dado
la
espalda durante tanto tiempo en
la Argentina?
Tiene que ver con que hay una tradición y una historia de un aporte
muy fuerte, en términos económicos, del sector educativo
en los años ´70. Por la calidad de la formación de
su gente la Argentina ha tenido un modelo económico más
avanzado que otros países de América latina. Después
de 1930 y en mayor medida después de la Segunda Guerra Mundial,
fue el país que más rápido se industrializó
en toda la región, y desarrolló todo un sistema de escuelas
técnicas y de universidad tecnológica para apoyar el crecimiento
del sector industrial. Lo que ocurre es que desde la década de
los ´70 no hay tampoco un modelo de crecimiento industrial, un modelo
de crecimiento autosostenido; no tenemos desde el mercado una clara orientación
sobre qué es lo que se necesita de la educación.
Entonces, las señales que llegan del mercado son que más
bien la educación no hace falta, y que con el stock que teníamos
de formación anterior era suficiente y no aparece una demanda de
mano de obra calificada y profesional, como para presionar sobre el sistema
educativo y sobre las universidades en qué orientaciones es necesario
formar a la gente. Entonces, al no haber una demanda clara del sector
productivo, del mercado, las universidades deciden autónomamente,
el sistema científico tecnológico empieza a decidir autónomamente
y el Estado decide autónomamente, sin escuchar qué es lo
que se necesita. Y en este sentido, a partir de 1976 y la noche de los
bastones largos, la clase dirigente de la Argentina – y más en
las épocas de dictadura militar- decide prescindir de la inteligencia,
de la posibilidad de tener un pensamiento crítico, fundamental
para el desarrollo de las universidades y del desarrollo científico
tecnológico. Este proceso se profundiza en 1976, pero luego se
recupera la democracia sin que haya un proyecto económico.
La situación llega a su extremo cuando (Domingo) Cavallo manda
a lavar los platos a los científicos, que es como decir “acá
no necesitamos a los científicos, porque acá lo compramos
todo hecho, porque preferimos pagar patentes y royalties que desarrollar
las cosas acá” o, sostener también, “vamos a competir
en el mercado a partir de la productividad agropecuaria y los productos
primarios”.
¿Y qué es lo que ocurre ahora?
Ocurre que empieza a revertirse la ruptura de los puentes por falta de
un modelo socioeconómico claro. Así, se empieza a pensar
en agregar valor a la producción argentina y también se
empieza a notar que aquel stock de altísima calidad ya no existe.
Por el contrario, la calidad ha disminuido en tal magnitud que pone en
riesgo el crecimiento y se transforma en uno de los cuellos de botella
principal en el desarrollo de nuestra productividad y nuestra competitividad.
Entonces, ahora empiezan las empresas a interesarse fundamentalmente por
el sistema educativo y por la formación de base, porque no es sólo
por la capacitación profesional que puede dar la propia empresa,
puesto que si no hay una formación básica en las competencias
centrales se torna imposible mejorar en los escalones superiores. Todo
esto genera una situación favorable a una articulación más
profunda, después de todo este tiempo en el que universidad y empresa
fueron mundos autónomos.
¿Los empresarios se dieron cuenta de esto independientemente de
la visión del gobierno o es que
el gobierno los ha estimulado para acercarlos a las universidades a buscar
ese conocimiento y pasar,
en algún momento, de exportar
materia prima a exportar
valor agregado y conocimiento?
No, es algo que se da en común. Creo que los empresarios se han
dado cuenta de que sin ello no van a tener un crecimiento sostenido. En
buena medida nos dimos cuenta todos de que la competitividad es el resultado
de un efecto sistémico, y no de una pequeña minoría
altamente cualificada que va a generar competitividad y productividad
en la Argentina, porque los países que tienen mayor competitividad
y productividad son aquellos cuya masa poblacional tiene más alta
educación: Japón, Corea, Irlanda, Malasia, Finlandia. Países
que han desarrollado una altísima calidad de educación en
toda la población y no sólo una elite altamente calificada.
Creo que se esa conciencia existe en el gobierno y empieza a ser de los
empresarios.
También somos concientes de que el crecimiento actual de la Argentina
tiene que ver con condiciones internacionales muy favorables: el precio
de los productos primarios, el tipo de cambio, el clima. Si nosotros no
reemplazamos este modelo por un modelo de sociedad del conocimiento -que
es lo que dijo el Presidente en el discurso la apertura de las sesiones
ordinarias del Congreso nacional el 1º de marzo- vamos a volver a
caer en la crisis de los años ´70, un modelo en el que si
cambian las condiciones internacionales se pone en crisis todo el modelo.
Los modelos que no se ponen en crisis son aquellos que están basados
fundamentalmente en la competitividad producida por efecto de la sociedad
del conocimiento.
En el pasado, no sólo los empresarios no se acercaban al sector
científico, sino que muchas veces por una cuestión ideológica,
los científicos y académicos argentinos sentían que
interactuar con el sector privado desde las universidades
públicas –conocer sus demandas, sus necesidades– era
como vender el alma al diablo. ¿Cómo lo ve esto? ¿Es
así?
Tal cual. Es así y está cambiando. Había mucho prejuicio
en el sector público y lo que hacía era que las inversiones
privadas en la educación fuesen también en el sector privado
de la educación. Nosotros queremos también inversiones privadas
en el sector público. Y esta cuestión es decisiva. En la
actualidad estamos realizando acuerdos con empresas -como el Banco Santander,
Techint, la Fundación Pro-Tejer- por los cuales ofrecen becas a
estudiantes en universidades públicas. También trabajamos
con distintos sectores a través del INTA y del INTI, lanzamos líneas
de crédito para pequeñas y medianas empresas que inviertan
en tecnología, creamos la posibilidad de que los investigadores
del Conicet trabajen en el sector privado y reciban un plus salarial por
su labor en esas empresas y que el producto de las patentes sea compartido.
Hoy en día se están abriendo muchísimas líneas
de trabajo en conjunto y nuestros mejores institutos e incluso, muchos
de ellos, aun en el caso de la investigación básica, están
mirando cómo hacer para que ella se transforme en aportes a las
mejoras de las condiciones económicas del pueblo.
Pero la mayor culpa no es de los científicos ni de los académicos,
sino de los empresarios argentinos. Si todos los empresarios vieran que
sus posibilidades de crecimiento están en invertir más en
investigación y desarrollo tendríamos una ciencia más
avanzada. En relación con el PBI, Argentina no invierte menos que
Brasil ni menos que Chile y está al mismo nivel que México,
aproximadamente. Por supuesto, invierte muchísimo menos que los
países centrales. Lo que tiene Argentina es que todo lo que invierte
proviene del Estado, salvo en el área de la biotecnología
y en algunas otras áreas nuevas. El problema es que si queremos
llegar a invertir 1% del PBI, nunca vamos a conseguirlo si lo que imaginamos
es sólo inversión estatal. Necesitamos llegar a ese porcentaje,
pero para eso necesitamos inversión privada, algo que empieza a
observarse.
¿Para qué se educa en la Argentina?
Nosotros educamos para cuatro cosas: para crear la identidad y para formar
en valores, de modo que luego el individuo pueda construir y tener desde
su propia perspectiva un pensamiento crítico respecto de la sociedad.
Por ejemplo, de nada serviría educar chicos muy competitivos que
después fueran a trabajar a Corea. En segundo lugar, educamos para
la democracia, de modo que los chicos del futuro construyan una sociedad
civil poderosa y fuerte, crítica y autónoma. Tercero, educamos
para que haya igualdad social, pues sin educación cada chico tendría
su horizonte solamente marcado por la cuna y no por su capacidad. Y, por
último, educamos para la productividad.
Jamás pensamos que la única dimensión del hombre
es el trabajo y la producción. Es fundamental, no hay forma de
generar dignidad que no sea a través del trabajo, pero es sólo
uno de nuestros temas. Los países que tienen mayor competitividad
son, justamente, los más igualitarios. Y así, cada uno de
estos cuatro elementos, favorece al otro. Si pensamos que da lo mismo
comprar algo hecho que fabricarlo acá, o que da lo mismo pagar
patentes que tener nosotros nuestro equipo de desarrollo tecnológico
no va a haber ningún proyecto propio. Entonces, en ese marco, el
Ministerio de Economía ha planteado nueve grandes áreas
donde se cree que la Argentina puede ser competitiva y nosotros estamos
tratando de orientar, en lo que se refiere al trabajo, nuestro esfuerzo
desde el sistema educativo para apoyar esas áreas en la escuela
técnica, en la escuela media, en la formación universitaria
y en ciencia y tecnología.
¿Qué tan optimista es respecto de la propuesta de canjear
pago de la
deuda por inversión en educación?
Soy muy optimista, pero antes tenemos que salir de esta negociación
coyuntural, que es la que está monopolizando el discurso y la situación.
Además es algo que ya se ha hecho con otros países, de modo
que no hay razón para que no lo hicieran con nosotros. Creemos
que invertir en educación la plata que se iría fuera del
país genera mejores condiciones de productividad y competitividad
para crecer y, en el futuro, tener mejores condiciones para hacer frente
a la deuda. Si hay algún lugar donde tiene sentido invertir no
es en un plan social, sino en educación porque genera un capital
específico que es el capital humano. La inversión en educación
origina una renta potencial a partir del aumento de la productividad de
la persona educada, que alimenta por supuesto un aumento en los recursos
que tiene el país para afrontar, entre otras cosas, la deuda interna
-tenemos que resolver los problemas de hambre, de educación, de
salud- y también afrontar los compromisos internacionales.
¿Cuál es el papel que deberían tener las universidades
privadas? ¿Cómo se las orienta desde el Ministerio?
La orientación es tan importante como en el caso de las universidades
públicas. Pero tienen racionalidades distintas. Por ejemplo, el
Estado tiene el deber de garantizar ciertas carreras, porque necesita
sostener las ciencias duras. Debe mantener carreras abiertas aunque tenga
dos alumnos, porque es parte de la estrategia nuestra de crecimiento.
La universidad privada se rige por otras reglas, mucho más vinculadas
a las del mercado y por eso tiene mucha mayor libertad. Nosotros estamos
definiendo fuertemente en aquellas orientaciones que nos preocupan más.
Después, tanto en lo público como en lo privado, la responsabilidad
está en la calidad de los egresados. El tema es qué calidad
de aprendizaje se genera en las universidades. Tenemos preocupaciones
distintas, pero en lo que hace a la formación profesional específicamente
el tema central es la calidad de los profesionales que forman
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