jueves, 16 de abril de 2026

    La crisis ética del capitalismo

    Los escándalos que han salpicado y salpican Wall Street pueden resumirse en una selecta lista. Figuran ahí el trío Enron (Kenneth Lay, Jeffrey Skilling, Andrew Fastow), Bernard Ebbers (ex WorldCom), Jacob Grubman (Citigroup), Dennis Kozlowski (Tyco), John Rigas (Adelphia), Joseph Bernardino (Arthur Andersen), Gery Winnick (Global Crossing), Richard Grasso (NYSE), Samuel Waksal (InClome) y su amiga, la mujer marca Martha Stewart.
    Algunos de esos personajes están presos. Varias de sus ex empresas han sido liquidadas, están en concurso o han cambiado de manos y hasta de nombre. Pero nadie puede asegurar que la serie de escándalos haya concluido: casos como Halliburton en Estados Unidos que afectan a Defensa, Pentágono, Ejército e Irak o Parlamat en Italia (la mayor sustracción de fondos por parte de pocas personas) apuntan a lo contrario.
    Es más, durante los últimos meses, están en la picota las mayores administradoras norteamericanas de fondos mutuales, por abusos y conflictos de intereses, en un segmento que representa US$ 7 billones. Para no hablar de Boeing y sus relaciones no santas con funcionarios del Pentágono.

    Interrogante clave

    Para examinar el trasfondo de este virus, Knowledge@Wharton reunió a expertos en ética institucional, ejecutivos de Wall Street y universitarios.
    A juicio de Thomas Donaldson, experto de Wharton en ética empresarial, y el historiador económico Paul Tiffany, los actuales excesos son sólo la última crisis en el sector privado estadounidense. La sociedad ha sido testigo de escándalos en serie, seguidos de reformas legales, que generalmente desembocaban en nuevas crisis. A menudo, fueron recidivas de cracs bursátiles.

    Así, el crac internacional de 1907 y las explosiones inflacionarias de la primera posguerra explican dos escándalos de los años 20: Teapot Dome (concesión secreta de reservas petroleras federales, firmada por el secretario de Interior) y estafas bursátiles de Carlo Ponzi. En los 70 y 80, hubo escándalos en contratos militares ahora hay uno en vista, insiders trading en la Bolsa de Nueva York y la banca de ahorro y préstamo.
    En el segundo caso, se hicieron famosos Michael Milken e Ivan Boesky, que acabaron con la firma de valores Drexel Burnham Lambert. En la tercera instancia, el colapso financiero resultante llevó al salvataje oneroso del Continental-Illinois (US$ 7.300 millones).
    De acuerdo con Donaldson, dos factores suelen ponen en descubierto un escándalo. Uno es el anticlímax posterior a una euforia, como sucedió al pincharse la burbuja bursátil punto com en 2000. El otro disparador pueden ser avances tecnológicos o nuevos instrumentos contables y financieros.

    Precisamente, Milken abusó de una innovación especulativa hoy mucho más riesgosa que 20 años atrás: los derivativos y sus contratos derivados. Además, usó la resultante masa de activos ficticios para financiar una nueva clase de aventureros bursátiles, los corporate raiders (depredadores empresarios). Mucho más tarde, Andrew Fastow cerebro financiero de Enron, hoy procesado apelaría a esos instrumentos y llevaría la firma a la bancarrota vía implosión de activos.

    Brecha creciente

    Durante el siglo XIX recuerda Tiffany, los excesos de banqueros y empresarios los robber barons generaron, por reacción, un sentido de responsabilidad social. Se confiaba en que el management no traicionaría el interés público en aras de la ganancia personal o de la firma.
    Lawrence Zicklin, CEO de Neuberger Berman, firma de Wall Street, ha dictado la asignatura Gobierno de empresas durante años. Al igual que Tiffany, explica los actuales escándalos con algo muy perceptible en administradoras de fondos jubilatorios: la creciente brecha entre compañías y aportantes, convertidos en meros datos computados. Fuera de esta actividad, ese divorcio se da respecto de clientes, abonados, usuarios o ahorristas. En general, hoy la jerga de marketing los reduce a consumidores, así como se llama productos a servicios informáticos, financieros y hasta telefónicos.
    Esas actitudes empalman con una distorsión de conductas en los estamentos superiores. Así, un ejecutivo no precisa más fondos para gastos sino para sustentar o mejorar la imagen que tiene de sí mismo. Entonces señala Zicklin, ser más rico es una prueba de éxito. Eso explica, por ejemplo, que un CEO cometa fraude para obtener US$ 600.000, cuando su fortuna personal alcanza US$ 800 millones, simplemente porque necesitan ganar más cada día.
    Por el contrario, Thomas Dunfee, director de estudios legales en Wharton, no cree que la compulsión por más dinero sea tan relevante. En casi todos los ejemplos analizados, sumas relativamente pequeñas llevaron a sacrificar carreras y reputaciones. No parece en absoluto racional que se llegara a eso sólo por ganar plata.
    A criterio de algunos panelistas, es factible que esa nueva clase de ejecutivos no capte la cuestión ética. En el plano político, ocurre lo mismo en el gobierno federal, que ha engañado a la opinión pública sobre los motivos reales para invadir Irak o el futuro del triple déficit, induce autocensura en los medios o limita derechos civiles en aras de una difusa lucha contra el terrorismo. El propio George W. Bush ha reconocido que esa guerra llevará varios años.
    En los últimos años apunta Dunfee, ha aumentado la sensación de omnipotencia en los niveles superiores de las organizaciones públicas y privadas. Aun gente remunerada espléndidamente se siente mal pagada. Tras la reacción general por el paquete de US$ 188 millones que le dispensaran sus amigos en la Bolsa de Nueva York, Grasso sostuvo que había hecho grandes cosas por el NYSE y su paga era una bicoca.

    También influyó el mito de la nueva economía, fomentado por intermediarios, operadores y gurúes bursátiles. Durante casi dos años, hasta el derrumbe iniciado en abril de 2000, la gente en todo nivel creyó que las utilidades dibujadas tenían sentido o que, en todo caso, la prestidigitación contable era cuestión técnica.

    Yendo a extremos

    Edward Freeman Escuela de Negocios, Universidad de Virginia cree que hay otro factor concomitante. La idea de que el único fin consiste en optimizar las ganancias de los accionistas conduce a un extremo: hacer cualquier cosa para inflar el valor bursátil de una empresa.
    En rigor, el buen management requiere atender bien a clientes, usuarios o consumidores y tener relaciones fluidas con proveedores, licenciatarios, etc. Pero todos se concentran en las utilidades.
    Algunos autores hablan de grupos de interés contra accionistas, pero la cosa no va por ahí. Enron no terminó en un desastre afirma Dunfee porque el CEO se robara US$ 43 millones, como ha sucedido en Parlamat, donde hay un faltante apocalíptico, US$ 12.000 millones. La firma texana se derrumbó porque su conducción se había olvidado del cliente.
    Número e intensidad de los actuales escándalos parecen constituir récords. Pero Donaldson sostiene: Ni la omnipotencia ni la codicia aumentaron en los 90. Lo que cambió es el mecanismo que regula la conducta de las personas. Lo que no cambió, afortunadamente, es una cultura que tiende a sacar los trapitos al sol. Eso sigue siendo raro en el resto del mundo.