Los escándalos empresariales de los últimos tres años tuvieron, a grandes rasgos, dos epicentros: Estados Unidos y Europa, en ese orden. Analistas, gurúes y teóricos del management, los mismos que pocos años antes aplaudían las prácticas comerciales de empresas que hoy están quebradas y de empresarios que hoy están presos, ahora se devanan los sesos tratando de explicarse qué pasó y de ver si existen patrones comunes entre los casos y vislumbrar responsabilidades.
El primer caso estalló en Estados Unidos a finales de 2001, cuando se descubrió que Kenneth Lay, fundador y CEO de Enron Corporation, disfrazaba endeudamiento registrando créditos como trueques de activos; luego vinieron Global Crossing, WorldCom, Tyco International, Qwest Communications y Adelphia Communications, entre otros. En esos poderosos grupos se descubrió fraude bursátil, ocultamiento de pérdidas y saqueo de fondos.
El capítulo europeo de la saga de delincuencia empresarial comenzó en diciembre de 2002, cuando la policía judicial francesa allanó la sede de Vivendi Universal el grupo mundial de medios en busca de documentos sobre maniobras contables. El extravagante y ya ex CEO Jean-Marie Messier pretendía que se le concediera una indemnización por retiro de US$ 17.500 millones cuando había dejado la empresa en estado de licuación.
La imposición en Estados Unidos de la Ley Sarbanes-Oxley, así como en Europa la de medidas más o menos equivalentes, pretendió poner coto a la epidemia de escándalos a un lado y otro del Atlántico e impedir que la profesión contable volviera a colocarse en el centro de la escena.
Pero en febrero de 2003 se descubrieron graves irregularidades contables en Ahold, la segunda cadena mundial de supermercados por facturación (79.000 millones de euros en 2002). Luego se supo que había sido víctima de su propia filial en Estados Unidos, donde la estrategia Sutton (por James Sutton, director operativo) contabilizaba reembolsos como ingresos, una maniobra que elevaba notablemente las ganancias porque la empresa no abonaba al contado y posponía el asiento en libros de esos pagos. Si la apuesta salía bien, el truco contable sería enmascarado por los ingresos. La apuesta salió mal.
En noviembre de 2003 le tocó el turno a Parmalat, el gigante lácteo italiano controlado por la familia Tanzi que destapó su verdadero estado cuando decidió cerrar un fondo secreto por 496,5 millones de euros en Caimán. Don Calisto (Tanzi) fundador y presidente ejecutivo de Parmalat SpA abandonó (arrestado) la firma el 23 de diciembre luego de haber volatilizado más de 13.500 millones de euros a través de un complicado laberinto. Alessandro Bassi, contador del grupo, se quitó la vida arrojándose desde un puente en una carretera cercana a la ciudad de Parma.
Y en los primeros días de 2004 se supo de fallas en los controles internos de Adecco, la agencia de trabajo temporario más grande del mundo con casa central en Zurich, Suiza. Aunque todavía no se conocen muchos detalles, según una información provista por el periódico británico Financial Times, el caso parecería tener las clásicas características de Enron, donde con información contable retocada se traiciona la confianza de accionistas, empleados y la sociedad en su conjunto.
Parmalat va a ser recordado como uno de los más inescrupulosos episodios de la historia empresarial. A diferencia de Enron, Worldcom, Global Crossing, HealthSouth y otros, donde los gerentes maquillaban los libros en un intento de maximizar el valor de sus opciones accionarias, en la firma italiana fue la reacción de un entrepreneur ante el deterioro paulatino de sus finanzas. Lo que hizo fue desviar dinero a negocios de familiares.
Bancos y auditores distraídos
Pero a pesar de las diferencias, Parmalat, como Enron, hizo uso de oscuros vehículos con propósitos especiales. La Financial Services Authority de Gran Bretaña acaba de advertir que en esto hay una grave cuestión de responsabilidad de los bancos de inversión que ofrecen a sus clientes empresariales complejas estructuras de arreglos financieros.
Es muy pronto todavía para conocer el daño en Adecco, donde la publicación de los resultados se pospuso debido a sus problemas contables en Estados Unidos. Sin embargo, parecería probable que, como ocurrió en Ahold, la compañía siga solvente y continúe operando, aun cuando haya muchas preguntas sin contestar sobre el impacto de las fallas en los controles internos de sus convenios bancarios. Si hay un patrón común en la experiencia de estas dos compañías, es que ambas realizaron adquisiciones y tomas de control en América del Norte, donde aparecieron defectos contables.
Un dato sorprendente: hasta el año fiscal 2001 la auditoría de Adecco estaba a cargo del brazo suizo de la red global de Arthur Andersen (AA), en la persona de Mike Sills. Cuando la firma suiza fue absorbida por Ernst & Young después de la disolución de AA a consecuencia del caso Enron, Mike Sills siguió auditando Adecco.
La rigidez de los controles internos impuestos por la Ley Sarbanes-Oxley motivó, en Adecco y Ahold, que los auditores externos pusieran más cuidado en la realización de su trabajo. La ley estipula, además, que las gerencias deben evaluar la eficacia del control interno sobre los informes financieros, y que las conclusiones de esa evaluación deben figurar en el informe anual de la compañía.
La Public Company Accounting Oversight Board (PCAOB, o comisión de supervisión contable), creada por la misma Ley, ahora propone que debería haber una auditoría separada para los controles internos de la empresa, realizada juntamente con la auditoría de los estados financieros. Eso incluye opinar sobre la eficacia del comité de auditoría. Cualquier debilidad en los controles internos debería motivar un informe adverso sobre los auditores.
¿Qué pasó con los controles?
El caso Parmalat deja varias lecciones relacionadas con el trabajo de las auditorías. Una se relaciona con la naturaleza laxa de las grandes firmas contables globales y los estándares que son capaces de mantener en todo el mundo.
Hubo allí dos firmas involucradas. Grant Thornton era la principal auditora de Parmalat hasta que en 1999 una nueva ley italiana requería la rotación regular de las firmas de auditoría. Entonces el grupo lácteo contrató a Deloitte & Touche. Sin embargo, Grant Thornton siguió haciendo la auditoría de algunas subsidiarias, incluso la de Bonlat en las islas Caimán.
En 1999, subsidiarias con 22% de los activos del grupo Parmalat, eran examinadas por auditores ajenos a Deloitte. Para el año 2002 las subsidiarias ya tenían 49% de los activos. De modo que Deloitte tenía una fuerte dependencia de otras auditorías, inclusive de la práctica de Grant Thornton en Caimán, que aceptó una carta de verificación, aparentemente de Bank of America, confirmando que Bonlat tenía casi 4.000 millones de euros en efectivo e inversiones en una cuenta del banco. El escándalo comenzó a revelarse cuando Bank of America negó la existencia de la cuenta.
La legislación italiana sobre rotación de auditorías es todavía más dura que la Sarbanes-Oxley, que sólo requiere la rotación de socios auditores, no de firmas. Y sin embargo tenía fallas porque no logró solucionar el problema de la responsabilidad del grupo auditor sobre los trabajos realizados por las firmas auditoras de las subsidiarias. Además, está la cuestión de si los controles realizados por miembros de grandes redes contables globales son capaces de mantener niveles parejos en paraísos fiscales extra territoriales como las islas Caimán, en países en desarrollo o incluso en algunas partes del mundo desarrollado.
El mensaje general, si es que hay alguno, es que los auditores se están endureciendo como respuesta a las exigencias cada vez más estrictas de los organismos regulatorios, pero las grandes redes de las firmas globales son imperfectas y han cometido errores. Fundamentalmente, estos escándalos sirven para demostrar que la cultura de la profesión contable y las técnicas del manejo moderno de las inversiones no han contribuido a hacer del auditor el garante de la integridad de los números, sobre la cual descansa el sistema capitalista.
