El doctor Vannevar Bush, que no guarda ningún parentesco con el presidente de Estados Unidos, es un referente casi obligado de los especialistas en materia de desarrollo científico asociado al crecimiento económico. Durante la segunda guerra mundial, dirigió la Oficina de Investigación y Desarrollo Científico de Estados Unidos y coordinó las actividades de unos 6.000 científicos norteamericanos en la aplicación de la ciencia a la guerra.
Al término del conflicto, el presidente Franklin Delano Roosevelt quiso saber, entre otras cosas, cómo se aprovecharían los conocimientos acumulados en beneficio del bienestar social, cómo se orientarían en adelante las investigaciones para alcanzar nuevos descubrimientos y cuál debería ser el papel del Estado en la nueva empresa.
Tal como lo expresa en un trabajo Mario Albornoz, director de Redes (Centro de Estudios sobre Ciencia, Desarrollo y Educación Superior), Vannevar Bush presentó sus respuestas en un escrito que tituló Ciencia, la frontera infinita. Se considera que aquel documento dio comienzo a la política científica, por cuanto a partir de él los gobiernos comenzaron a articular políticas públicas en relación con la ciencia, afirma Albornoz.
Debe notarse que el problema planteado era claramente utilitario: cómo servirnos de la ciencia. Sin embargo, no estaba referido a la investigación aplicada. Por el contrario, la respuesta de Vannevar Bush () se constituyó en uno de los mayores alegatos de la historia en defensa de la investigación básica, agrega Albornoz en otro párrafo. Con esa defensa, el científico dejaba en claro la compatibilidad de la ciencia pura con la fijación de orientaciones estratégicas por parte del Estado.
Vannevar Bush diseñó, entonces, lo que se conoce como modelo lineal. El esquema presenta la siguiente secuencia: Inversiones Æ Ciencia básica Æ Ciencia aplicada Æ Tecnología Æ Desarrollo económico Æ Bienestar social. En suma, el razonamiento apunta al desarrollo de las sociedades y, por consiguiente, el Estado debería ocuparse de la cuestión.
Falso dilema
Entonces, ¿ciencia básica o ciencia aplicada? La respuesta del químico Armando Parodi, director de la Fundación Instituto Leloir, es categórica: La disyuntiva es falsa, porque no existe la ciencia aplicada, sino aplicaciones de la ciencia. La Argentina tiene que desarrollar ciencia básica para luego hacer aplicaciones de la ciencia. Los grandes países son grandes por hacer ciencia pura, pues hacer aplicaciones de la ciencia no implica creación de conocimiento y, en algunos casos, no se necesita ni grado universitario.
El director del Laboratorio de Electroquímica Molecular de la Facultad de Ciencias Exactas y Naturales (FCEN) de la UBA, Ernesto Calvo, no es menos contundente: Se trata de una opción que por lo general sacan a relucir los mediocres, aquellos que no publican papers ni patentan descubrimientos porque, según argumentan, hacen tecnología. Se refiere a quienes aplican la investigación que otros científicos desarrollaron luego de mucho esfuerzo. Es como quien toma un libro de cocina para copiar una receta, ilustra Parodi, el cuarto argentino en llegar a la Academia de Ciencias de Estados Unidos, detrás de los tres Nóbel en ciencias: Bernardo Houssay, Federico Leloir y César Milstein.
Roberto Page, director de Geología y Recursos Minerales del Servicio Geológico Minero Argentino (Segemar), un organismo científico-tecnológico descentralizado del Estado nacional, también coincide. Considera que la discusión entre ciencia básica y aplicada está superada. En cambio, señala que no sucede lo mismo con otro debate muy incipiente, equivalente pero distinto, entre la excelencia y la pertinencia. Destaca: Las palabras de Milstein en su última visita a nuestro país (en diciembre de 1999), respecto de la capacidad y el efecto multiplicador de la libertad científica, fueron harto elocuentes y persuasivas.
De cara al mundo, vemos que hay un modelo que podríamos definir como occidental, liberal, tremendamente competitivo y eficaz, y otro de origen socialista encarnado en su momento por la URSS y hoy por China o Cuba, dominado por la pertinencia, muy distinto, pero también muy eficaz. Enseguida, el geólogo agrega: Si algo está claro es que el debate que debe darse en la Argentina excede en mucho la discusión por los presupuestos que, en su ridiculez porcentual respecto del esfuerzo nacional, no pueden ser entendidos más que como efecto brutal antes que como causa del problema.
Tulio Del Bono, actual secretario de Ciencia, Tecnología e Innovación Productiva, para quien el dilema representa también una falsa opción, cuenta lo que se está intentando en la Argentina: Diferenciar la investigación libre de la investigación orientada. Ello significa, por un lado, actividades a las que el Estado destina recursos y el científico decide sobre qué investigará. Por otro lado, actividades donde, además de poner los recursos, el Estado determina los usos a los que deben orientarse. Desde este punto de vista, nuestro objetivo es asignar alrededor de 70% a la investigación orientada y el porcentaje restante a la actividad libre, explica el funcionario.
La curiosidad como fuente de riqueza
Distinguido en 2003 con un diploma al mérito de la Fundación Konex por sus trabajos en desarrollo tecnológico, Ernesto Calvo también recuerda la última visita que Milstein hizo a la Argentina antes de su muerte, cuando confesó que si no hubiera tenido curiosidad jamás hubiera descubierto los anticuerpos monoclonales, hallazgo que le valió el reconocido premio que otorga la fundación sueca.
En el Aula Magna de la FCEN de la UBA, el científico ofreció una charla en la que trató de mostrar precisamente la importancia que ha tenido la curiosidad en la creación de nuevas fuentes de riqueza. Es cierto que esos frutos de la curiosidad no se transforman automáticamente en avances prácticos sino que requieren de investigación dirigida a esos fines. Lo que es difícil de inculcar entre administradores y gobernantes es que, sin una base sólida capaz de producir avances a nivel básico, las posibilidades de desarrollo son remotas, explicó Milstein.
Hay otro punto en el que coinciden todos los entrevistados. Hasta mediados del siglo XX, el poderío de las naciones estaba determinado por la capacidad industrial y las riquezas estaban dadas apenas por los recursos naturales. Hoy en día, el liderazgo de un país no está sustentado en sus reservas naturales ni en su superficie, sino que se basa en el conocimiento, que, en definitiva, es ciencia básica, opina Armando Parodi.
Ahora, para crear conocimiento, desarrollar ciencia básica, es indispensable contar con investigadores bien formados y ello, a su vez, implica educación de excelencia. Aunque la Argentina cuenta con formidables recursos humanos, tiene también el riesgo de perderlos, de perder una enorme masa crítica. ¿Por qué? Por las decisiones que se tomaron durante mucho tiempo en el ámbito gubernamental, reflexiona Calvo.
Parodi, en tanto, rescata la visión de Arturo Frondizi durante el período que ejerció la presidencia. Recuerda que atendía a Houssay, impulsor y por entonces titular del flamante Conicet, casi como a un ministro, con quien diseñaba y discutía el presupuesto: Realmente fue un estadista, ahora lo vemos con el tiempo, redondea.
Oportunidad
Roberto Page habla de la Argentina de hoy: El nuestro es un país capitalista dependiente, pequeño y lejano, que ha sufrido un profundo proceso de desnacionalización de sus empresas, aun consciente de que el desarrollo de investigación y tecnologías en el sector privado se efectúa, por lo general, en las casas matrices. Creo que el Estado debe reasumir un proceso de liderazgo muy agresivo e innovador, a partir de una visión estratégica de la que en la actualidad carecemos. Un ejemplo concreto de ello lo señala Ernesto Calvo: La privatización de YPF llevó a que la mayor parte de la investigación se realizara en Madrid, donde trabaja más de un centenar de personas, mientras que en la Argentina lo hace poco más de una docena de investigadores.
Sin embargo, Page mantiene una cuota de optimismo cuando afirma que todo momento puede ser bueno para comenzar una revisión profunda, y señala que, quizás, el actual sea particularmente adecuado porque el colapso ha puesto muchos paradigmas patas para arriba y nos está forzando a repensar nuestro futuro. E insiste: Creo que son las condiciones óptimas para iniciar el debate de los grandes temas; entre ellos, están las necesidades de diseñar una política industrial, educativa y, en particular, analizar los diversos aspectos de la problemática científica y tecnológica.
En una columna firmada por Lino Barañao, presidente de la Agencia Nacional de Promoción Científica y Tecnológica, publicada hace unos meses en Clarín, el autor hablaba de la oportunidad única que tenemos de comenzar a instalar en el país una economía basada en el conocimiento. Afirmaba que la generación de conocimiento y su correcta administración son un tema estratégico para los países desarrollados y un requisito ineludible para que países como la Argentina logren una inserción digna en la economía mundial.
La creación de estas empresas finalizaba puede contribuir a cambiar el perfil productivo del país, desde la producción de insumos de bajo valor agregado hacia la de bienes y servicios con conocimientos asociados. Cuando la incorporación de tecnología, y no la mera habilidad financiera, sea determinante de la rentabilidad empresarial, el apoyo a la actividad científica y tecnológica dejará de depender sólo del reclamo sectorial.
El papel de las empresas
Hoy, más que nunca, la base de la potencia económica de los países en el nuevo siglo está cada vez más enraizada en la propiedad intelectual patentes y know how y no en su capacidad manufacturera. Hace centenares de años, el filósofo Francis Bacon pronosticó que los avances en las ciencias básicas abrirían inevitablemente oportunidades de aplicación práctica. Pero y esto es lo más importante esas oportunidades no pueden predecirse, expresó Milstein en la conferencia aludida.
Según Armando Parodi, la falta de predicción es precisamente uno de los elementos que motivan el desentendimiento de la investigación científica por gran parte del empresariado local. Por supuesto que si se alcanzan los resultados, la empresa comprometida puede obtener ganancias millonarias, pero en un principio no se tiene la certeza de si eso será posible ni en qué tiempo, observa. En ese sentido, agrega que para un empresario industrial de un país como el nuestro, por ejemplo, es mucho más económico comprar el know how de un producto en Estados Unidos que desarrollarlo acá, algo extremadamente más caro.
Cuenta Tulio Del Bono que, aunque pocas, hay algunas empresas argentinas de punta que están haciendo tremendos esfuerzos por innovar y desarrollar conocimientos. A continuación menciona un programa lanzado a principios de noviembre (El investigador en la empresa), por el cual investigadores del Conicet y rentados por ese organismo, van a ejercer sus actividades en las empresas que así lo deseen y que, a su vez, proveerán a los profesionales con infraestructura, material de trabajo y algún adicional para mejorar sus salarios.
Creo que esta iniciativa va a generar un cambio de mentalidad, porque el empresario conocerá mejor el recurso científico y perderá la desconfianza que pueda existir, mientras que el científico aprenderá cuáles son las necesidades reales del sector productivo para orientar mejor sus investigaciones, profundiza. De pronto agrega: Va a servir para terminar con el abismo de distancia que ha mediado por años, porque se desconocen mutuamente.
El economista Andrés López, investigador principal del Centro de Investigaciones para la Transformación (Cenit), sostiene: El tipo de industrialización que tuvo lugar en la Argentina hizo que las empresas nunca demandaran demasiado desarrollo científico, pero tampoco el sector de la ciencia estuvo muy interesado en conocer sus necesidades y conectarse con el empresariado.
Las empresas argentinas que se cuentan entre las excepciones por su vocación por el desarrollo científico son, por ejemplo, Techint y Biosidus. La multinacional del grupo Rocca, cuya casa matriz está radicada en el país, prefiere contratar investigadores locales antes que en el exterior, para buscar soluciones a los problemas que se les presentan. Así es que tiene firmados numerosos convenios con universidades y centros de investigación nacionales.
Biosidus, por su parte, desarrolló un programa de clonación de vacas transgénicas junto con diez grupos de investigación integrados por científicos del Conicet, la UBA y el Inta.
Tres Nobel y pocas patentes
Tal como afirmaba Milstein, en la actualidad son las patentes y el know how los principales indicadores del desarrollo científico. La Argentina ha dado al mundo tres premios Nobel en ciencia y cuenta con una alta participación en publicación de papers de nivel internacional, sin embargo, eso no se vincula demasiado con el desarrollo productivo del país, remarca López. A continuación agrega que tampoco tiene que ser al revés ni ello significa que la ciencia no tenga importancia, pero Corea o Taiwán, que no han tenido ningún premio Nobel, por ejemplo, figuran entre los cinco países que más patentes sacaron en Estados Unidos, alrededor de 10.000 entre 1996 y 1999, mientras que nuestro país no obtuvo más de 150.
Lo que quiero decir con esto es que no se trata sólo de una cuestión presupuestaria, ni de aumentar sueldos a los científicos algo que hay hacer, por supuesto, sino también de incentivos, de que sus trabajos tengan además alguna repercusión más directa sobre la sociedad, opina López.
Diego Grosz, doctor en Física de la FCEN de la UBA, trabajó durante más de tres años en Lucent Technologies (una de las empresas más importantes en sistemas de comunicación en el mundo) de Estados Unidos. La compañía daba importantes incentivos (US$ 1.000) a sus investigadores para que patentaran sus descubrimientos. Es que Lucent percibía por año ganancias exorbitantes en concepto propiedad intelectual, explica Grosz.
En nuestro país, claro está, no existe esa tradición. Sin embargo no deja de resultar algo muy llamativo, ya que según explica Grosz es más sencillo patentar un descubrimiento o una creación que publicar un paper, ya que en este caso es imprescindible presentar explicaciones y una idea acabada del fenómeno que se describe.
Debemos tener fe en el porvenir científico de la Argentina, en un futuro más o menos próximo. Si nos inspiramos en buenos ejemplos, con una labor intensa y bien orientada, en dos o tres décadas podremos tener una posición de primera fila entre los países adelantados. Toda la sociedad resultará influida, ennoblecida y favorecida. Nuestra Nación será entonces grande por la obra de sus pensadores y sabios, dijo alguna vez Bernardo Houssay. Alguna vez, antes de morir en 1971.
