jueves, 30 de abril de 2026

    Washington ya no le presta atención al ciclo de negocios

    En Estados Unidos, una economía próspera –alto empleo, aumentos
    de producción y productividad, bajos déficit– quizá
    no le asegure un triunfo electoral al oficialismo. Pero una economía
    en problemas suele ser clave de derrota. Durante 30 meses, el país ha
    oscilado entre recesión y estancamientos, con leves repuntes. Y una “trama
    de déficit” sin parangón en la historia del capitalismo.

    “No obstante –señala un estudio de Brad Delong, profesor de
    Economía en la Universidad de California, Berkeley, George W. Bush no
    ha presionado mucho al Sistema de Reserva Federal (SRF) para bajar tasas a todo
    trapo. Mientras tanto, la política de gastos sigue en piloto automático,
    salvo en seguridad (después del 11/9/01) y presupuesto militar, a partir
    de Irak. La política tributaria se limitó a rebajarles impuestos
    a grandes corporaciones, inversores bursátiles y gente de altos ingresos.”
    Pero, “esos presuntos estímulos recién comenzarán
    a sentirse a fines de la década. Mientras, la actitud del Gobierno ante
    el ciclo de negocios es de alegre despreocupación”. Éste
    es uno de los misterios de la Casa Blanca porque, normalmente, pocos días
    después de los ataques terroristas de 2001, el Consejo de Asesores Económicos
    se habría reunido con el Presidente y su gabinete para presentar propuestas
    de acción. Lo mismo habría sucedido tras la invasión a
    Irak.

     

    ¿Dónde
    está el peor de los enemigos?

    Hasta el atentado contra la sede de Naciones Unidas en
    Irak, los mayores obstáculos a la reelección eran el desempleo
    y el estancamiento. Después del atentado en Bagdad, surge un enemigo
    más formidable.
    Desde mediados de agosto, los hechos se precipitaron. Un apagón
    que afectó a 50 millones de personas puso en evidencia que la red
    eléctrica es obsoleta, su privatización fracasó y
    exigirá cuantiosas inversiones en varios años. A la semana
    siguiente, la violencia en Irak e Israel precedió al peor ataque
    con virus en la historia de Internet. Su víctima más espectacular
    fue el Pentágono.
    El caos en Afganistán e Irak no debió haber sorprendido
    a la Casa Blanca. A fines de julio, Jeffrey Sachs –Foro Económico
    Mundial, Davos– señalaba que “el verdadero blanco de
    la guerra iraquí era Saudiarabia. Washington quiere que el Reino
    deje de ser la clave petrolera de la economía global y Saddam era
    la excusa perfecta”.
    Irónicamente, hoy Irak atrae fundamentalistas saudíes, en
    pos de blancos tan fáciles como soldados norteamericanos o funcionarios
    internacionales (hay una sola zona en orden: la que manejan los kurdos
    sin injerencia occidental). La guerrilla puede obligar a aumentar la presencia
    militar y ahí surge el nexo con los “enemigos económicos”
    de Bush: el gasto bélico que eleva a US$ 480.000 millones el déficit,
    el endeudamiento nuevo y las tasas.


    Hipótesis no contempladas

    A criterio de Delong, en ambas instancias existían “tres hipótesis
    generales: 1) veloz recuperación de confianza e inversiones, 2) prolongada
    pausa –pasible de acortarse mediante amplios recortes de tasas referenciales
    para promover producción y empleo–; o 3) un largo período
    de incertidumbres, capaz de achatar inversiones durante años, aun con
    el SRF reduciendo tipos de interés al extremo”.
    En los dos primeros horizontes, no serían precisos grandes déficit
    en 2002-4 (o 2003-5) para mantener el pleno empleo y una alta demanda agregada.
    Pero “la tercera hipótesis, próxima a lo que sucedió
    en la realidad, impondría crecientes rojos fiscales y altos estímulos
    tributarios a sectores propensos a gastar más de inmediato”.
    El despacho oval nunca fue escenario de las supuestas reuniones ni se formularon
    hipótesis de trabajo. Por tanto, no existía un colchón
    fiscal en previsión de lo que realmente ha ocurrido: tras un lapso recesivo,
    la reactivación sigue lenta, el desempleo apenas ha cedido de 6,4% en
    mayo (máximo en nueve años) a 6,2%, la inversión privada
    no responde al optimismo de los mercados especulativos y al SRF ya no le quedan
    instrumentos para promover la economía real. “Las burbujas bursátiles
    o financieras no cuentan, pues Wall Street pesa muy poco en cualquier elección
    general”, reflexiona el analista californiano.
    Se han dejado escapar oportunidades de actuar resueltamente en escándalos
    empresariales o los conflictos de intereses financieros, porque Alan Greenspan
    y otros temían que una mano más dura alejase a los inversores.
    Washington ha pinchado el globo del libre comercio –que quería venderle
    a Latinoamérica– violando compromisos ante la Organización
    Mundial de Comercio. “Para qué? Para aumentar el proteccionismo
    agrícola y siderúrgico, en aras de ventajas políticas inmediatas
    puertas adentro”.

    Adiós a las recetas

    ¿Qué pasa hoy, en realidad? Según Delong y el analista
    Louis Uchitelle, “la economía se ha desviado del ciclo de negocios
    tradicional y ya no funcionan sus recetas convencionales”. Uno de los principales
    factores es la fluidez de las empresas y su movilidad geográfica en cuanto
    a producción, servicios y mano de obra”, apunta Mark M. Zandi, de
    la consultora Economy.com.
    En otros lapsos recesivos posteriores a la guerra de Corea (1950-3), cada ciclo
    duraba menos de dos años y la fase negativa era relativamente fácil
    de corregir. El patrón era simple: la oferta de productos y servicios
    desbordaba la demanda, aumentaban existencias o capacidad ociosa, por consiguiente
    se reducía la producción hasta ubicarla por debajo de las ventas.
    Mientras tanto, la demanda se cubría con inventarios. Esta política
    fomentaba menor inversión de capital, desempleo y baja de salarios.
    Pero no se prolongaba mucho tiempo, pues “el Sistema de Reserva Federal
    intervenía reduciendo tipos de interés, a fin de promover créditos
    e inversiones. El seguro de desempleo, el gasto público –esa herramienta
    keynesiana– y, a veces, las desgravaciones tributarias aumentaban la ocupación,
    el ingreso de las personas, el consumo y la demanda”. Todo eso eliminaba
    existencias o capacidad ociosa, recomponía precios y promovía
    aumentos de producción, empleo, salarios, etcétera.
    La misma gama de remedios está hoy en pleno uso y el público gasta
    un poco más que hace pocos meses. Pero “los inventarios no ceden,
    por lo cual precios, producción, empleo e inversiones no reaccionan como
    debieran. Las empresas disponen de una opción inexistente en el último
    lapso de reactivación, hace 12 años: derivar producción
    al exterior, particularmente a lugares cuyos costos laborales e impositivos
    sean inferiores”. Por lo mismo, el desempleo sigue alto, pese a haber bajado
    de 6,4 en junio a 6,2% en agosto.

    Otro contexto

    En el proceso, los mecanismos reactivantes dejan de funcionar como antes. Los
    inventarios parecen bajar sólo si son made in USA pero, en el presente
    contexto global, los bienes locales y externos definen por igual existencias
    y capacidad productiva. “Ese nuevo total no se achica –tampoco lo
    hace el respectivo grupo transnacional–, pero sí la parte local.
    Por tanto, las grandes empresas –que ahora también gozan de ventajas
    tributarias otorgadas por Washington– pueden estar mejorando, pero no la
    economía norteamericana”.
    Por supuesto, admite Uchitelle, “las tasas mínimas, el crédito
    hipotecario superbarato, el gasto federal y las rebajas tributarias pueden fomentar
    un repunte temporario. Pero ése es el problema: las presiones negativas
    sobre la economía física tienden a ser más duraderas que
    los estímulos”.
    Especialmente “porque los déficit del gobierno federal crecen a
    ritmo peligroso”. Recordando un seminario en Wharton (MERCADO, julio de
    2003), Robert Shiller –colega de Delong en Yale– subrayaba que “el
    sistema federal de seguridad social exigirá US$ 600.000 anuales durante
    75 años. La suma, US$ 4,5 billones, supera el endeudamiento total de
    Estados Unidos. en este momento (US$ 3,9 billones). Entretanto, la red de asistencia
    médica tiene obligaciones no financiadas por US$ 5,9 billones (51,5%
    sobre la deuda nacional)”. M