Fue preciso que Richard Nixon fuera presidente de Estados Unidos (y Henry Kissinger
su consejero estrella) para que se reanudaran las relaciones con China. A un
presidente del Partido Demócrata le hubiera resultado imposible. Las
impecables credenciales de “halcón” y de fiel exponente de
la derecha republicana, lo preservaron de toda crítica.
Es la misma razón por la que Ariel Sharon puede negociar con los palestinos
sin que algún fundamentalista de su partido le pegue un tiro.
En la dirección opuesta, un presidente de centroizquierda, un progresista,
puede ser ideal para negociar con el Fondo Monetario Internacional y para conseguir
quitas sustanciales sobre la deuda externa, ya que los acreedores internacionales
creen que es capaz de ser más duro de lo que, tal vez, realmente es.
En esa línea de negociación, a Néstor Kirchner le puede
ir mejor, digamos, que a alguien como Ricardo López Murphy.
Pero no hay que engañarse: ni el Presidente es un izquierdista nostálgico
ni está rodeado de peligrosos personajes. El hombre de Santa Cruz sabe
que llegó al poder con apenas 22% de los votos (incluso si hubiera habido
ballotage, ya que los que se le sumaran no serían en su favor sino en
contra de Carlos Menem).
Necesita tener respaldo popular y ampliar su base de sustentación política
dentro del mismo partido al que teóricamente representa. Si lo logra
–y todo parece indicar que es probable– entonces es posible que veamos
a otro primer mandatario en acción.
Néstor Kirchner es un desconocido. Pero hay que tratar de saber algo
más del personaje antes de formular juicios apocalípticos que
pueden estar condenados al ridículo.
No hay duda de que es un hombre pragmático. Nunca antes se opuso a la
actual Corte Suprema de Justicia, la de la “mayoría automática”,
ni habló en contra de ella mientras fue gobernador de Santa Cruz. Al
contrario, un fallo de ese mismo tribunal favoreció a su gobierno cuando
el caso de la liquidación de las regalías petroleras (la suma
que se mantiene depositada en el exterior) por parte del gobierno nacional.
En su propia jurisdicción siguió el ejemplo del gobierno central.
Diseñó una Corte provincial adicta y designó a uno de sus
miembros, quien hasta entonces era jefe de la bancada justicialista en la Cámara
de Diputados. Su reemplazo, fue un ex ministro de Educación durante su
gestión, que antes había ocupado el Ministerio de Gobierno durante
la dictadura militar. Un buen ejemplo de pragmatismo.
Otro indicio a tener en cuenta es cómo se perfilan las relaciones con
Estados Unidos. José Octavio Bordón, su embajador –un ex
candidato presidencial que obtuvo más de cinco millones de votos en su
momento– vivió en ese país al que admira y donde tiene sólidas
vinculaciones. El canciller, Rafael Bielsa, está manejando discretamente
cuestiones delicadas: maniobras militares conjuntas, envío de tropas
en misiones de paz, etc. Nada muy izquierdista al parecer.
Finalmente, Lula, de quien algunos supusieron que formaría parte de “un
nuevo eje del mal”, tuvo un paso triunfal por la Casa Blanca mientras George
W. Bush declaraba que era el líder de América latina, el que había
conjugado las necesidades del mercado con la necesidad de eliminar la pobreza.
En suma, un verdadero modelo para la región.
Habrá que esperar unos meses más para conocer al verdadero Kirchner.
Pero de izquierdismo anacrónico, nada.
La próxima era del capitalismo
El próximo gran avance en la generación de riqueza depende de
la creación de una nueva forma de capitalismo, un “capitalismo distribuido”
que sea capaz de satisfacer las necesidades de los individuos, mientras simultáneamente
aproveche todas las capacidades revolucionarias de la tecnología digital.
Dos visionarios ofrecen una revolucionaria receta para el futuro de la empresa
y la economía. En The Support Economy, Shoshana Zuboff y James Maxmin
dicen
que la gente ha cambiado más que las organizaciones de las cuales depende
su bienestar.
El abismo que separa a individuos y organizaciones se caracteriza por una profunda
frustración y desconfianza, pero también alberga la posibilidad
de crecimiento económico revolucionario.
Nuestra sociedad, dicen los autores, es diametralmente diferente de aquella
en la que se inventó nuestra actual forma de capitalismo. Por primera
vez en la historia, hay millones de personas que se identifican como individuos
únicos e irrepetibles con un deseo profundo de autodeterminación
psicológica. Buscan algo más que meros productos y servicios.
Los individuos de esta sociedad quieren algo que las empresas y organizaciones
ni siquiera han tomado en cuenta: apoyo tangible para vivir sus vidas –únicas
e irrepetibles– según sus propios términos. Quieren abogados,
no adversarios; quieren relaciones, no transacciones anónimas.
Lo que quiere la gente es “apoyo profundo”, dicen Zuboff y Maxim.
El apoyo profundo es un enfoque fundamentalmente diferente del comercio, basado
en los principios de un nuevo capitalismo (capitalismo distribuido) en el cual
todo valor está ubicado en el individuo y consumidor. Con este cambio,
todo cambia, incluso las formas en que concebimos creación de riqueza,
propiedad y control. M
