jueves, 2 de abril de 2026

    ¿Quién fija la política monetaria?

    Pareciera que no hay espacio en la Argentina para la polémica, para el
    debate de ideas importantes. Es como si las grandes discusiones, con altura
    y profundidad, que tanto abundaron en el pasado, no pudieran repetirse. En cuanto
    se detecta una discrepancia, el periodismo –y la opinión pública
    también– se aprestan a presenciar un combate callejero, con intercambio
    de fuertes epítetos si es posible.
    Esta actitud no favorece mucho la “calidad institucional”, como diría
    el Presidente. No hay visos de cambio, según parece atendiendo a lo que
    ocurre en posiciones divergentes del Banco Central y del Ministerio de Economía.
    El eje de la polémica es, en verdad, quién tiene poder en el país
    para fijar la política monetaria. No es un enfrentamiento nuevo, original
    de la flamante administración.
    La misma posición de Roberto Lavagna fue sostenida en su momento por
    Jorge Remes Lenicov, Domingo Cavallo, José Luis Machinea y Roque Fernández.
    Lo que sostiene Alfonso Prat Gay es, en esencia, lo que argumentaban Aldo Pignanelli,
    Mario Blejer y Pedro Pou.

    “Un
    gran pleito, y ganarlo”

    En la Historia de
    la Alianza que publicó en la revista Noticias, el senador Rodolfo
    H. Terragno narra las discusiones dentro –y fuera– del gobierno
    argentino para salir de, o mantener, la dolarización. Un fragmento
    interesante para el tema de quién fija la política monetaria
    es el siguiente:
    Al inicio de la conversación con Tietmeyer (titular del Bundesbank),
    en Francfort, oculté mi tesis. Me limité a preguntarle,
    en tono neutro, si él creía que la convertibilidad, con
    tipo de cambio fijo, era duradera. Su respuesta fue clara: “No. Eso
    lo he discutido muchas veces con Cavallo. Yo sé que el peso estaba
    muy desprestigiado y se necesitaba un remedio heroico para salvarlo. Sin
    embargo, el cambio fijo no puede ser duradero. El resto del mundo no está
    aferrado a un patrón monetario y, por lo tanto, tarde o temprano
    la rigidez cambiaria pondrá a la Argentina frente a un problema
    grave”.
    Sólo entonces le revelé que yo estaba pugnando por desdolarizar
    nuestra economía y lograr la “estabilidad permanente”,
    mediante una “canasta de monedas” y un Bundesbank.
    La canasta no lo entusiasmó pero le pareció “más
    razonable” que la subordinación al dólar. En cuanto
    a la creación de un Bundesbank, me dijo que no bastaba con la independencia
    legal: era necesario “establecer una supremacía de hecho”.
    Quise saber, cómo habían logrado eso en Alemania. Tietmeyer
    se sonrió: “La misma pregunta me hizo Trichet, en agosto de
    1993, cuando lo nombraron gobernador de la Banque de France. Yo le respondí:
    Es muy fácil; tienes que tener un gran pleito con el gobierno…
    y ganarlo. Es así. El Bundesbank sentó su poderío
    en 1956, cuando Adenauer quiso impedirle que subiera las tasas de interés
    y no pudo. Desde ese momento, la gente comprendió que el gobierno
    no le puede indicar al Bundesbank cómo defender el valor interno
    y externo de la moneda”.

     

    En el caso actual –a diferencia del pasado cercano–, no hay divergencias
    de fondo en el pensamiento económico de ambos protagonistas. Hay sí,
    una discusión seria, importante, esencial que merece plantearse con rigor
    y ser definida en pro de la coherencia. Los europeos –y en especial los
    alemanes– estarían seguramente proclives a alinearse con Prat Gay.
    Muchos economistas internacionales de prestigio y reputación, como el
    Premio Nobel Joseph Stiglitz, tomarían partido por Lavagna.
    No se discuten pequeñas cuestiones de poder o de figuración. Un
    dólar relativamente caro, con modestos niveles de salarios, es hoy prioridad
    para el Ministerio de Economía. La flotación del tipo de cambio
    y la fijación de objetivos para el nivel de inflación es la meta
    del Banco Central.
    Tanto Lavagna como Prat Gay saben que lo que piensa el otro es serio y bien
    fundamentado pero, a su vez, cada uno cree que su argumento es mejor que el
    otro. Si el debate planteado en estos términos se convierte, a través
    de la visión del enfrentamiento definitivo, en una agria disputa, nada
    bueno podrá esperarse.
    El tema de la autonomía del Banco Central es recurrente y tiene singular
    relevancia cuando se piensa en reestructurar la totalidad del sistema financiero;
    en decidir lo que se hará con las tarifas de servicios públicos;
    y en la lucha contra la inflación (o contra la deflación).
    En algunos temas, como el reordenamiento del sector financiero, en Economía
    y en el nuevo gobierno se confía en Prat Gay, pero se teme que “la
    línea”, los directivos de carrera, responda demasiado dócilmente
    a los intereses del sector. Sin tapujos, se cree que muchos funcionarios clave
    del ente emisor son en verdad “caballos de Troya”.

    El antecedente del Bundesbank

    Cuando en Francia se designó presidente del Banco Central, el elegido
    preguntó al titular del legendario Bundesbank de Alemania, cómo
    se hacía para preservar la independencia ante el poder político.
    La respuesta fue concisa y directa: “Tener un gran pleito con el Ejecutivo,
    y ganarlo”.
    Tal vez Alfonso Prat Gay conoce la historia y decidió que era bueno colocarse
    de inmediato en el centro del ring. O tal vez solamente fue falta de experiencia,
    inocencia o un comentario desafortunado sobre el valor del dólar. Así
    prefirieron juzgarlo –por el momento – en el Palacio de Hacienda y
    en la misma Casa Rosada. Pero no es un tema terminado.
    (Según la agencia Bloomberg, Alfonso Prat Gay dijo que el llamado del
    presidente Néstor Kirchner por un peso más débil es “un
    enorme disparate” y que incluso hablar sobre una meta para el valor de
    la moneda podría afectar su credibilidad. “Nos dijo que le gustaría
    un dólar a tres pesos, lo cual en este ambiente uno podría decir
    que es un enorme disparate”, dijo Prat Gay en un desayuno patrocinado por
    los Amigos de la Universidad Hebrea en Jerusalén con sede en Buenos Aires.)

    A lo mejor, quien en realidad conocía el consejo del presidente del Bundesbank
    era el propio Néstor Kirchner. Aunque para muchos pareció incomprensible,
    la decapitación de la cúpula militar fue un gesto –exitoso–
    de poder impensable en quien, supuestamente, debía sentirse débil
    por haber logrado solamente 22% de los sufragios. Lo cierto es que el flamante
    presidente ganó el primer conflicto y su autoridad se vio fortalecida.
    Por la misma razón, la lógica implícita en el planteo de
    Prat Gay es difícil que sea olvidada por los protagonistas. Inevitablemente
    reaparecerá el enfrentamiento.
    Entre tanto, hay que ocuparse de otros temas. De un lado, el renovado fantasma
    de la deflación a partir de un indicador del mes de mayo. La cifra es
    real, pero obedece a otras razones de modo que no hay que temer que se acentúe
    la recesión. Aunque moderado, sigue habiendo crecimiento económico.
    Otra vez, ese fatídico desayuno donde Prat Gay hizo sus polémicas
    declaraciones, se adueñó de la escena. Afirmó en aquel
    momento, que “desde el punto de vista de la política monetaria,
    un índice negativo de inflación es mala noticia, así como
    un índice muy alto de inflación es mala noticia también”.

    Para Roberto Lavagna, la inflación minorista se encuentra en una tendencia
    convergente con los precios mayoristas, que no debe confundirse con el triste
    espectáculo de deflación y recesión registrado durante
    los últimos años del régimen de convertibilidad.
    Al abrir las Jornadas Monetarias y Bancarias que organizó el Banco Central,
    su titular creyó conveniente recordar que “es función del
    Central preservar el valor de la moneda”. La lectura fue que era una manera
    de replicar a la creación de la Unidad de Reestructuración del
    Sistema Financiero (URSF), el organismo cuya conducción deberá
    compartir con Economía para regular el futuro de los bancos.
    Como mencionó el diario La Nación, Prat Gay recordó: “Lenin
    dijo ‘si quieres destruir al capitalismo, empieza por destruir la moneda’”.
    Cuando parecía que las aguas se aquietaban, apareció otra turbulencia.
    Aparentemente, en una entrevista concedida a la revista Debate, Prat Gay sostuvo
    que era urgente abordar el espinoso tema del aumento de las tarifas en los servicios
    públicos. También dijo que se perdió una oportunidad de
    negociar la deuda externa con una importante quita hace unos meses, cuando los
    acreedores estaban dispuestos a concederla dada la gravísima situación
    que atravesaba el país.
    Este segundo comentario parece absolutamente inconveniente: el manejo de la
    negociación sobre la deuda externa no es resorte del Banco Central. En
    cambio, la mención al atraso en las tarifas parece perfectamente justificada
    si se repara en que no sería posible fijar metas de inflación
    si está oculta o reprimida. Y esto sí es competencia del organismo.
    En definitiva, en este clima, cualquier chisporroteo puede producir un incendio.
    Habrá que estar vigilante. M