El así llamado, y muchas veces autodefinido, “mercado” no termina
de digerir el estilo del presidente Kirchner. Justo cuando los porcentajes de
aprobación de las principales medidas del presidente venido de la Patagonia
oscilan entre 70 y 80% de la población, el “mercado” –es
decir, esencialmente el grueso de los operadores financieros, grupos de poder
asociados a las privatizadas, acreedores extranjeros, analistas económicos
de renombre y lobbistas–, no hace otra cosa que hablar pestes de Kirchner.
Desde la Rosada, tampoco miran, ni tratan, con cariño a aquellos influyentes
acostumbrados a “políticas de acercamiento”, “estrategias
de generación de confianza” o “diálogos privilegiados”.
Kirchner no sólo no le contesta el teléfono al mercado sino que,
a contramano de 12 años de una relación de seducción permanente
del poder político con los sectores más influyentes del mercado
financiero nacional e internacional, ha inaugurado una estrategia de negociación
basada en la confrontación: primero pegar y después sentarse a
conversar.
“El mercado está acostumbrado a que lo seduzcan y Kirchner es un
antiseductor por naturaleza, es el antiMenem”, dice Rosendo Fraga, analista
político y económico con línea directa a los sectores más
poderosos del mercado. “Pero Kirchner parece peor de lo que es: el mercado
está acostumbrado a que le den señales favorables, aunque no se
las cumplan, y Kirchner hace al revés, da señales negativas pero
luego no las cumple”.
Si todo se tratara de un ejercicio de negociación y delimitación
de nuevas estrategias de comunicación, ésta podría ser
una etapa inicial, en la que mercado y Presidente están en un momento
de búsqueda de un nuevo código de contacto y relación.
Pero parece haber algo más que un problema de percepción. Kirchner
se muestra decidido a establecer una alianza de poder con sectores de las empresas
y los negocios más asociados a la producción que a las finanzas.
Y eso es algo que “el mercado” no va a digerir fácilmente,
ni con mejores códigos de comunicación.
Aunque nadie como el mercado es ducho en separar paja de trigo, hay orientaciones
de política que permiten anticipar un choque sostenido entre los operadores
financieros, los bancos, las privatizadas, los acreedores y el gobierno de Kirchner.
A 40 días de la jura del mando, el mercado comienza a comprender el juego
de “pego primero y negocio después”. Por eso llegan a entender
las amenazas de rescisión de contratos contra Aeropuertos Argentina 2000,
los anuncios de un parate al aumento de tarifas de servicios públicos
o algunas bravuconadas de funcionarios relacionadas con un escarmiento a los
bancos por su papel durante el corralito. El mercado está acostumbrándose,
a mes y medio de la asunción presidencial, a no ver el final de la historia
el día de cada anuncio económico, sino diez días después,
cuando comienza la implementación de dichos anuncios. Por eso puede computar
a su favor que difícilmente el Estado llegue a tocar la concesión
de los aeropuertos que ostenta Eurnekian, que Economía y Planificación
ya están negociando con las privatizadas los montos y formatos de los
aumentos de tarifas y que los bancos, tarde o temprano, van a recibir el resarcimiento
que piden por la pesificación asimétrica. Separando paja de trigo,
las cosas no van tan mal desde la óptica del mercado.
Pero el mercado siempre pide más, y lo que está en juego no es
la renegociación de un contrato de concesión, sino para qué
lado se inclina el fiel de la balanza en términos de orientación
económica. No será igual la historia si se mantiene la tendencia
del último año –favorable a un tipo de cambio alto que aliente
un horizonte neodesarrollista en un contexto de un Estado que quiere recuperar
un rol activo en la economía– que si “el mercado” logra
su objetivo de privilegiar –vía ajuste fiscal y dólar en
baja– una ecuación orientada al pago de la deuda. De allí
que, muchas veces en off, puede oírse en los bancos de inversión
y pasillos de las privatizadas un reclamo que diez meses atrás hubiera
sido de ficción: “El gobierno tiene que hacer lo mismo que Lula”.
Traducción: aumentar radicalmente la meta de superávit fiscal
primario (antes del pago de deuda o intereses), levantar las tasas y redoblar
el esfuerzo de ajuste del gasto.
El mercado mira con codicia el aumento a 4,25% del PBI, la meta de superávit
fiscal primario que impuso Lula, la fijación de tasas de referencias
en estratosféricos niveles de 26,5%, y el seguimiento a rajatabla de
políticas de inflation targeting por parte del Banco Central de Brasil.
Pero Kirchner y Economía sintonizan otro canal: ven que Brasil está
entrando en una meseta de crecimiento (el PBI creció apenas 2% en el
primer trimestre, pero cayó 0,1% en términos desestacionalizados
en todos los rubros menos exportaciones) y prestan atención a la creciente
oposición política que –por derecha e izquierda– enfrentan
Lula y su ministro estrella, Antonio Palocci. “Lula corre para el lado
del mercado, mientras acá, en todos los temas, Kirchner da señales
negativas al mercado”, resume Fraga.
A favor y en contra
En los bancos, sobre todo en los extranjeros, ejercitan en estas horas iniciales
del gobierno la frase preferida de los momentos de duda: wait and see (esperar
y ver qué pasa). “Acá adentro hay una expectativa que se
parece a la de la calle: ni a favor ni en contra, estamos esperando”, dice
un gerente de marketing de banca minorista de uno de los dos grandes bancos
norteamericanos con base en la Argentina. “Sabemos que lo que se está
jugando es la preponderancia del mercado o de la política, ni siquiera
del Estado –agrega el ejecutivo–. Todos vemos que está recuperando
posiciones la política, más allá de la degradación
de los políticos y las instituciones”.
El análisis anterior muestra un matiz que no es sutil. Dentro del propio
“mercado” hay diferencias cada vez más acentuadas entre aquellos
más dogmáticos que ven en Kirchner un gobernante para desconfiar
y una batalla (o guerra) que ganar; y quienes parecen haber registrado enseñanzas
de la crisis terminal que vivió la Argentina con el corralito, la huida
de De la Rúa y el fin de la convertibilidad. Para el primer sector, sólo
se trata de corregir los defectos y consecuencias “no deseadas” de
las políticas de los años noventa, por ejemplo la corrupción.
Para el segundo grupo, no es negocio un país con 22 millones de personas
pauperizadas y uno de cada cinco ciudadanos desempleados.
Del lado de los más dogmáticos militan varios consultores económicos,
think tanks liberales y, por cierto, muchas de las exigencias del propio FMI.
“Sin recomposición del sistema financiero, y la normalización
de los contratos, no habrá inversión, ni crédito para un
crecimiento sostenido. Pero el sistema financiero no se recompone hasta que
no se termine con las compensaciones y se tenga un claro horizonte de pago de
la deuda”, escribió el consultor y periodista Enrique Szewach a
15 días de la asunción de Kirchner.
Del lado moderado se anotan pesos pesado de empresas extranjeras que nunca van
a bajar la bandera del equilibrio fiscal y de la ortodoxia macroeconómica,
pero que vieron cómo cuatro años de recesión barrieron
con el mercado interno, pulverizaron sus negocios y los instalaron en un día
a día en el cual les cuesta salir a la calle. “No hay decisiones
empresariales que puedan hoy escapar a la subjetividad de sus gerentes o dueños”,
agrega aquel gerente de marketing de un banco AAA. “Pero más allá
de la conducción local del banco, es la alta dirección la que
sigue escandalizada, como los analistas de Wall Street, con lo que es la Argentina
hoy”, equilibra.
Claramente, si la Argentina es un país difícil de comprender para
los que juegan de local, para los extranjeros es todavía un caso perdido.
Kirchner, para los analistas de Wall Street, es un desconocido caudillo patagónico
que cada vez que abre la boca les deja más y más dudas sobre el
horizonte del pago de la deuda. Apenas un día de gobierno se tomó
The Wall Street Journal para marcar los límites de la cancha: “El
nuevo presidente tiene margen solamente para cambios progresivos. El banco central
sólo puede impulsar la emisión de pesos en pequeña medida;
ya lo viene haciendo bajo estrictos controles del FMI. Kirchner podría
contar con un breve período de gracia de los acreedores, y el FMI podría
acordar una extensión de vencimientos de deudas. Al mismo tiempo, Kirchner
podría introducir algunos nuevos impuestos, mientras corrige y ajusta
la parte más ambiciosa de sus planes (de obra pública para recuperar
la economía)”. ¿Alguna duda?
Fronteras adentro, el período de gracia está llegando a su fin
y no hay día que el mercado no pase, directa o indirectamente, una factura
por cobrar al presidente Kirchner. Aunque reconocen que hay puntos a favor (mayor
poder político del nuevo presidente, tendencia a la normalización
institucional tras el crac de 2001-2002, realismo político del primer
mandatario), prima el listado de los reclamos por decisiones de Kirchner que
consideran “antimercado”:
- poco contacto o contacto muy duro con los empresarios;
- estirar y endurecer la renegociación de tarifas;
- revisar las privatizaciones y amenazar con reprivatizar;
- enfriamiento de la relación con Washington y promoción de
un acercamiento con Brasil; - imponer una marcha muy lenta en la negociación de la deuda externa
y sugerir un pago de la misma atado al crecimiento de la economía; - dar por caídas las concesiones de rutas y llamar a nuevo concurso
en lugar de renegociar con los dueños actuales; - no acelerar el tratamiento de la compensación a los bancos en el
Congreso; - haber anunciado públicamente que prefería un dólar
a $ 3.
Debates de fondo y semifondo
“Hay una gran preocupación y enorme incertidumbre. Por eso muchas
empresas extranjeras están abandonando sus operaciones en el país”,
dice Jorge Castro, analista internacional, ex funcionario en áreas de
planificación del último gobierno de Carlos Menem y candidato
a ministro de Relaciones Exteriores hasta que Menem se retiró de la carrera
presidencial.
Castro lleva el enfrentamiento del mercado con Kirchner a términos más
estratégicos. Por eso se despreocupa de las batallas discursivas y pone
el acento en el objetivo del gobierno: construir un capitalismo de matriz nacional.
“Hay un elemento de voluntarismo que surge en la caracterización
de la década de los ’90 por parte de Kirchner, que tiende a ver
esos años como resultado de decisiones internas de un gobierno específico,
cuando en realidad fue un proceso global. Lo que pasó no fue el resultado
de una política económica surgida de una discusión académica”,
sostiene Castro. “La propuesta de Kirchner es crear un capitalismo de orden
nacional, caracterizado por el desarrollo industrial sobre la base de sustitución
de importaciones y poner al Estado como eje del sistema de acumulación,
pero ampliado al Mercosur. El Estado regula y controla a través de la
inversión publica. Pero esto tiene un inconveniente, la crisis fiscal
actual; crisis que en su momento, décadas atrás, terminó
con la etapa de sustitución de importaciones”, concluye crítico
el ex responsable de Planificación.
Claramente, cuando el que habla es “el mercado”, hay debates de fondo
y semifondo. La discusión ideológica y estratégica que
plantea Jorge Castro se parece poco y nada a los enojos de muchos operadores
financieros que trinan cuando Kirchner o sus ministros golpean la mesa de negociación
con las privatizadas. Unos y otros, sin embargo, van generando una corriente
de opinión negativa sobre el nuevo gobierno y con alta capacidad de influencia
sobre inversionistas, analistas y empresarios extranjeros.
Desde la lógica del mercado, Kirchner debería rearmar una alianza
con el mercado como lo hizo Menem o, al menos, establecer puntos de partida
market friendly , como lo hizo Lula desde el primer día de su gobierno.
Pero el santacruceño ha demostrado una enorme habilidad para construir
poder apalancado en la opinión pública, que no sólo tiene
una imagen relativamente mala del “mercado”, sino que tiende a ubicarse
en el polo opuesto en términos de visión económica de la
realidad. De allí que los empresarios más moderados prefieren
ahora mantener la calma e intentar comprender cómo impactará en
sus negocios el cambio profundo de dirección del viento de los humores
colectivos.
Una encuesta reciente de la Consultora Equis, publicada por el diario Página/12,
mostró datos que dejaron con la boca abierta a más de un empresario:
- 75,2% de la población tiene buena imagen del gobierno nacional;
- 79,8% estuvo de acuerdo con la renovación de la cúpula militar;
- 85,2% está de acuerdo con la no renovación automática
de las concesiones de autopistas; - 86,3% estuvo de acuerdo con la renovación de la cúpula de
la policía federal; - 63,8% se mostró de acuerdo con que la Argentina debe concentrarse
en un fortalecimiento regional, con prioridad en Brasil; - 73,1% acordó con la propuesta del canciller Rafael Bielsa de mantener
una “relación de cooperación con Estados Unidos, pero sin
cohabitación”.
Los principales empresarios saben que hoy es impensable lograr gobernabilidad
de la mano de una alianza cerrada del gobierno con el mercado. Ven como un rasgo
de inteligencia de Kirchner la construcción de poder político
vía consenso y respaldo de la opinión pública, para espantar
el fantasma del magro 22% de apoyo electoral con que llegó al sillón
de Rivadavia. En una charla con MERCADO y otros periodistas, Eduardo Constantini,
inversor financiero y mega empresario real estate, disparó tres frases
de expectativa y apoyo relativo al gobierno de Kirchner: “Soy moderadamente
optimista, pero me preocupa el dólar bajo”; “Kirchner va bien,
tenemos todo para ganar”; “El capitalismo financiero de afuera es
histérico”.
Por otra parte, las encuestas más serias sobre confianza de los consumidores
muestran una recuperación asombrosa del ánimo de la gente. Eso,
en una economía en donde la palabra inversión es metafísica,
es bastante más que una buena noticia, porque puede ser la antesala de
una recuperación sostenida del consumo, variable esencial del crecimiento
de la economía argentina. Ese potencial de aumento del consumo podría
financiarse con el ahorro “por temor” que los argentinos ejercitaron
durante 2002.
En junio, el indicador de confianza de consumidores que elabora la Universidad
Torcuato Di Tella (UTDT) creció 20% con respecto a mayo, y alcanzó
el nivel más alto desde julio de 1998. Ese 20% es un promedio nacional
en el que Capital Federal muestra los valores más bajos de crecimiento
de las expectativas (+15,9%), pero con picos de confianza en el conurbano bonaerense
que llegan a 26,4%. De las personas encuestadas, 70,33% cree que la economía
estará mejor dentro de un año, mientras 58,33% dice que su situación
personal mejorará en los próximos 12 meses.
Aunque el salto en la confianza de la gente en la recuperación económica
no alcanza aún a disparar voluntad de compra de bienes durables o viviendas
(siete de cada diez argentinos, según la UTDT, todavía prefieren
esperar antes de tomar una decisión de inversión), en contra de
las generalizadas críticas que recibe el Presidente por parte del mercado,
el mayoritario clima optimista generado por el “estilo Kirchner” puede
producir un boom de confianza que apalanque un mayor crecimiento del consumo.
Por supuesto que ese buen clima está lejos de convencer a inversionistas
extranjeros y a empresarios locales, que empiezan a ver cómo la capacidad
instalada de sus firmas se acerca a límites a partir de los cuales sólo
inversiones genuinas garantizarán la continuidad de la recuperación
económica.
Hay un corte, en la visión del mercado frente a indicadores de confianza,
determinado por el lugar desde donde se mire: los actores de la economía
real alientan una cuota de esperanza cuando ven esos indicadores, pero los sectores
más ortodoxos, claramente identificados con los reclamos y puntos de
vista del segmento financiero, ponen un manto de duda sobre la sustentabilidad
del “modelo Kirchner-Lavagna” de crecimiento.
Un informe reciente de la consultora M&S (Melconian & Santangelo) trazó
un escenario teñido de dudas: “Es prematuro afirmar si será
mejor o peor (el nuevo escenario, alejado del de los ’90). Lo seguro es
que estamos frente a un mundo de otra especie: 1) preferencia por un dólar
“alto” y un capitalismo nacional liderado por la industria; 2) superávit
primario no para comprar dólares sino para poder librar cheques de aumento
de gasto; 3) privilegio por la competitividad industrial y el consumo (el modelo
“brega” por precios relativos protransables con retenciones para suavizar
el impacto sobre el ingreso de los consumidores); 4) obsesión por el
superávit comercial y el exceso estructural de divisas; 5) bancos con
problemas de solvencia que presten por estar líquidos”.
Aunque critica a fondo, el mercado es consciente de que Kirchner tiene por delante
un horizonte de elecciones dentro del cual es impensable imaginar medidas antipopulares:
“Nadie espera aumentos de tarifas hasta 2004 por las elecciones”,
explica un analista económico que conoce en forma directa los reclamos
de las empresas de países del G7 con base en la Argentina. “Kirchner
va a buscar afianzar su poder en el Congreso y eso el mercado lo entiende. Por
ejemplo con los bancos, Kirchner tiene crédito abierto, pero si no les
resuelve bien la compensación bancaria se van a poner nerviosos”,
agrega.
Alianza de poderosos
Al margen de aquello que Rosendo Fraga define como “un problema cultural,
no ideológico”, en el rechazo inicial que Kirchner ha generado en
el mercado, analistas y grandes empresarios creen que la reacción y el
trato definitivo que el establishment financiero, de empresas privatizadas y
acreedores externos darán a Kirchner depende de un proceso más
lento, consistente en el armado del sistema de alianzas que el Presidente ponga
en juego. Hasta ahora, esas alianzas aparecen apenas esbozadas, sin señales
efectivas de apretón de manos en puerta. Por caso, mientras el gobierno
apunta su proa a un acuerdo estructural con los sectores productivos de matriz
nacional, al mismo tiempo el ministro de Planificación, Julio De Vido,
envía señales de seducción al gobierno de Estados Unidos
en busca de una participación de empresas de correo de ese país
para una eventual reprivatización de la concesión que hoy ostenta
Franco Macri en el Correo Argentino.
Nuevamente crítico, Jorge Castro dice que el gobierno no puede establecer
un adecuado sistema de alianzas porque no termina de entender el papel y el
lugar de la Argentina en el mundo. “Un sistema de alianzas –dice–
como el que se plantea Kirchner es coherente con la visión que tiene
del capitalismo nacional. Pero la consistencia o inconsistencia de una política
y su sistema de alianzas debería estar basada en la capacidad de reconocer
el estado del mundo hoy”. Ergo: este sistema de alianzas basado en una
idea de “capitalismo nacional” no es sustentable porque el mundo no
circula por avenidas de lo nacional como cree Kirchner, sino de la globalización.
“Kirchner tiene que empezar a discutir (con el mercado), no tiene que tomar
a Menem de modelo, sino a Lula o Lagos”, le recomienda Rosendo Fraga. “Ésa
es la centroizquierda a la que debe aspirar el Presidente.”
Más allá de estos consejos, y de las broncas del mercado por el
estilo “antiseductor” que ven en Kirchner, la realidad muestra una
marcada fragmentación de intereses entre los grandes grupos empresarios.
El crac que impuso el fin de la convertibilidad en los mega acuerdos del establishment
no sólo lo desmembraron durante 2001 y 2002, sino que aún mantiene
las aguas de ese mar separadas. De allí que no haya alianzas de poder
que el mercado pueda hoy imponer al gobierno, sino apenas un juego de influencias,
lobby y negociaciones, que están a años luz del tono amigable,
el acceso privilegiado y la efectividad que tuvieron unos años atrás.
M
