“Desde que estalló la burbuja bursátil en torno de la vanguardia
tecnológica e Internet, el negocio de las telecomunicaciones viene muy
castigado. Los gigantes que no están en concurso o protagonizan escándalos
de toda laya navegan, con las deudas al cuello, entre guerras de tarifas y sobreoferta
de redes, servicios, etc. Aun la franja brick de la industria –fabricantes
de equipos como Lucent Technologies o Nortel Networks– pugna por recobrar
rentabilidad.”
Así empieza un informe de la Escuela de Negocios Wharton (Universidad
de Pennsylvania). “Durante el auge, sólo se trataba de esperar que
los clientes acudiesen como moscas, mientras los inversores arriesgaban cuantiosos
capitales. De pronto, la gente dejó de gastar y los sueños se
esfumaron. Hoy, con exceso de capacidad y escasez de ingresos, vivimos los peores
tiempos en 10 o 15 años”. Así ve las cosas Michael Reuschel,
presidente de Operaciones Globales en Unisys Corporation.
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En la Argentina también Sin llegar a que toda una ciudad |
Ambos diagnósticos provienen de un panel en el marco de la Conferencia
Tecnológica 2003, organizada semanas atrás en Wharton. El objeto
era cómo sacar de aprietos a las telcos, y su veredicto final es duro:
“Hace falta tiempo y aceite de ricino”. En otras palabras, una mezcla
de efectos ya en curso –colapso de los más débiles, consolidaciones
y reformas en los sobrevivientes–, disciplina contable y financiera, innovación
continua de productos o servicios y… papel más activo de reguladores
nacionales y locales.
“Uno de los problemas ha sido la sobreinversión de capital de riesgo
en redes y equipos”, señala Frank LaPlaca (del fondo OGG Ventures).
“Los nuevos modelos operativos, entonces, deben apoyarse en menores erogaciones
de todo tipo. Al fin de cuentas, ninguna firma hace dinero si gasta más
de lo que vende”. Por ende, “las compañías precisan
una buena base de clientes o abonados y un flujo sostenido de ingresos para
cubrir inversiones en plantas, equipos, etc.”, admite Steve Gaus (ejecutivo
de ventas en Siemens). “No obstante, nuestro sector, donde se han perdido
600.000 puestos laborales en dos años, ya no recobra los niveles de empleo
registrados en el auge tecnológico de 1998-2000.”
Surgen esperanzas
Según las conclusiones del panel, los sobrevivientes vislumbran áreas
tan prometedoras como las líneas para subscriptores digitales o el video
a pedido. “Si uno hace que la vida cotidiana sea más productiva
o entretenida, encontrará abonados; al menos, en las economías
centrales”, cree Reuschel. Otra franja con potencial expansivo es la telefonía
inalámbrica: “10% de la población emplea preferentemente
una línea de ese tipo –estima Gaus– y la tendencia se afirmará,
más que sus problemas sectoriales. Hay una demanda joven en ascenso,
porque los chicos quieren estar conectados a Internet continuamente y requieren
celulares que funcionen también como laptops”.
Por su parte, “los reguladores debieran establecer normas más estrictas
y consistentes”, cree Thomas White, vicepresidente para marketing de servicios
telefónicos en Comcast Corporation, Filadelfia. “Las autoridades
federales han comenzado a simplificar y aclarar normas, pero los estados y municipios
siguen siendo un mosaico abigarrado que eleva costos. No sólo en Estados
Unidos”. John Baker, de Verizon Communications, lo sintetiza: “Nos
faltan hojas de ruta coherentes”.
En el contexto norteamericano, la Comisión Federal de Comunicaciones
eliminó algunas incertidumbres el 20 de febrero, poco antes del seminario
en Wharton. Pero, objeta Baker, “esa decisión resulta de un compromiso
político y pasa por alto realidades comerciales. Por ejemplo, determina
que las telefónicas locales debamos arrendar con descuento líneas
y redes a competidoras. Esto se hace para sacar de apuros a las prestadoras
de larga distancia, pero afecta nuestra rentabilidad y resta incentivos para
invertir en infraestructura local”.
El airado ejecutivo reconoce, empero, que otra parte de la normativa aprobada
en febrero beneficia a firmas como Verizon. En especial, porque les evitará
en adelante cobrar tarifas bajas en sus redes de banda ancha. Esto no les gusta
a las telefónicas de larga distancia.
En el futuro, sin embargo, los cables plantearán las mayores amenazas
a las telcos. En esto estuvo de acuerdo el panel íntegro. “Ese negocio
está en tan buena posición competidora porque nosotros lo hemos
ignorado”, confiesa LaPlaca. “Eso ya no vale para Verizon –replica
Baker–, porque ya vemos en el servicio de cable una alternativa obvia para
los abonados. Hemos desarrollado una estrategia triple: video, datos y voz por
vía inalámbrica, a alta velocidad”.
¿Hay un comodín o un tapado en el nuevo juego? Sí: la tecnología
llamada “alta fidelidad inalámbrica”, la ya célebre
Wi-Fi, que permite conexiones a Internet y hace que los datos viajen, vía
frecuencias radiales, a antenas instaladas en computadoras. Estas señales
son de corto alcance, por lo cual los usuarios deben estar a pocas cuadras del
transmisor, área conocida como hot spot (punto clave). Algunos hoteles
y aeropuertos ya están equipados para esa modalidad.
Los sistemas Wi-Fi exigen una conexión a la Red en alta velocidad mediante
un nexo estación base-punto de acceso. Vale decir, un transceptor inalámbrico
local. Cada terminal enganchado a esa red local requiere un receptor Wi-Fi (una
tarjeta que cuesta US$ 50 en Estados Unidos). El punto de acceso y el receptor
“conversan” entre sí por las mismas frecuencias libres que
emplean los teléfonos portátiles en una casa. Habitualmente, 15
a 20 personas comparten un punto de acceso.
Por supuesto, los servicios celulares temen la competencia de la Wi-Fi en materia
de datos, aunque estas señales sean menos veloces y más fáciles
de bloquear que las celulares. Sea como fuere, “la Wi-Fi es tanto una amenaza
como una oportunidad. Si es gratis –sostiene White–, se pierden ingresos.
Pero si aparece alguna manera de armar un modelo de negocios rentables, habrán
más productos, servicio y crecimiento”.
En verdad, la Wi-Fi es un tema tan interesante –amén de uno de los
pocos componentes optimistas en la actualidad– que la conferencia en Wharton
optó por armar un panel específico, cuyos debates recién
arrancan y ya se han recalentado.
La facilidad de acceso a Wi-Fi preocupa a varios. Cualquiera con conocimientos
mínimos puede ir a Radio Shack –típico ejemplo estadounidense–
y, por pocos cientos de dólares, armar su propia red. Pero, para que
el recurso se popularice, las compañías telefónicas e inalámbricas
deberán asumirlo y “todavía no saben exactamente cómo”,
confiesa Naveen Dhar, de Mobility Network Systems. “Por ahora, los costos
no permiten ofrecer Wi-Fi sola. Tampoco hay ya esos capitales que llegaron a
financiar redes de US$ 100.000 millones. Cuando aparecen inversores, buscan
retornos en dos años, no en ocho”.
De un modo u otro, los panelistas coinciden en que las compañías
inalámbricas tienen en las de Wi-Fi su mayor desafío. Pero algunos
expertos no descartan cierto grado de complementación, pues ambas tecnologías
tienen ventajas e inconvenientes opuestos. M
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