viernes, 5 de junio de 2026

    Guerra contra Irak:¿ineludible o innecesaria?

    “¿Debiera Estados Unidos invadir Irak y deponer a Saddam Hussein?
    Si al imprimir este análisis ya ha empezado la guerra –perspectiva
    que se debilitaba a fines de 2002–, será con un pretexto formal:
    la eventual reticencia de Bagdad a aceptar inspecciones a satisfacción
    de Estados Unidos. Pero el motivo real será otro: Washington cree que
    el ra’is debe ser eliminado para que no use armas de destrucción
    masiva”.
    Esta visión pertenece a John Mearsheimer y Stephen Walt, expresada en
    un trabajo publicado días atrás en Foreign Policy. El primero
    dicta ciencias políticas en Chicago y es autor de The tragedy of great
    power politics (2001), al tiempo que Walt dirige el Departamento de Asuntos
    Internacionales en Harvard.
    Quienes abogan por una guerra preventiva sostienen que Saddam es demasiado insensato
    como para permitirle tener ese tipo de armamento. Admiten, por supuesto, que
    esa guerra costaría no menos de US$ 200.000 millones, llevaría
    a una larga ocupación de por lo menos la mitad de los 400.000 km2 del
    país, y perjudicaría las relaciones con el mundo árabe.
    Pero insisten en que la persuasión no funciona con Bagdad. Curiosamente,
    los oponentes a la invasión preventiva tampoco creen en ella y recomiendan
    usar la amenaza de guerra para obligar al Hussein a eliminar su producción
    de armas.
    “Argumentar que Irak no es sensible a la persuasión es erróneo
    –afirman los dos expertos–; por el contrario, la historia indica
    que Estados Unidos puede contener a cualquier Estado que posea armas de destrucción
    masiva, tal como lo ha hecho durante 43 años con la extinta Unión
    Soviética”.
    Los “halcones” definen a Saddam como “agresor en serie, obseso
    por dominar el Golfo Pérsico e irracional”. Kenneth Pollack, ex
    director para la zona en el Consejo Nacional de Seguridad, incluso afirma que
    “Hussein es un suicida involuntario”.
    Pero los hechos no lo convalidan. Saddam ha controlado Irak casi por 40 años,
    en los que inició guerras con dos vecinos: Irán en 1980 y Kuwait
    en 1990. Por ende, no ha sido peor que Egipto, Israel o Siria, que ayudaron
    a desencadenar varias guerras a partir de 1948. Aparte, su conducta ha distado
    de lo insensato: en ambos casos, atacó porque sus objetivos parecían
    débiles o aislados y su meta era resolver dilemas estratégicos
    mediante mínimas victorias militares.

    Irán-Irak, 1980–88

    Entre 1953 y 1979, Irán fue el Estado más poderoso en la región
    del Golfo, debido a su población (45 millones), sus reservas petrolíferas
    y el decisivo apoyo de Washington al sha Mohammed Rizá Pahlaví.
    Entretanto, las relaciones con Irak eran bastante hostiles, especialmente en
    los ’70: Bagdad no podía desafiar la hegemonía persa, pero
    Irán soliviantaba a la mayoría shi’i y a la minoría
    kurda en territorio iraquí. Por fin, en 1975, Saddam “compró”
    paz interna cediéndole al sha la mitad del Shatt al-Arab, que une la
    confluencia Tigris-Éufrates con el Golfo.
    Por supuesto, Saddam aplaudió la caída de Rizá Pahlaví
    en 1979 e hizo todo lo posible para tener buenas relaciones con Ruhollá
    Jomeiní y su régimen. No aprovechó los disturbios ni la
    confusión de las fuerzas armadas iraníes para sacar ventajas estratégicas
    o, siquiera, recobrar lo cedido en 1975. Por el contrario, Jomeiní –lanzado
    a exportar su “revolución” a Irak– incitaba a shi’ies
    y kurdos a acabar con Irak como Estado. Los choques fronterizos y las incursiones
    iraníes arreciaron desde abril de 1980.
    Ante tan grave amenaza y conociendo las vulnerabilidades militares del enemigo,
    Saddam lanzó una “guerra focalizada” el 22 de septiembre.
    Su objetivo de máxima era ocupar una banda de territorio en el llamado
    Irak Adyemí, no conquistar Irán. “El conflicto se inició
    –explicaba el analista israelí Efraím Karsh, citado por
    Mearsheimer y Walt– porque el país más débil, Irak,
    intentaba frenar aspiraciones hegemónicas del más fuerte”.
    En sus ocho años, la guerra costó más de un millón
    de bajas y no menos de US$ 150.000 millones. Bagdad recibió considerables
    apoyos de Estados Unidos (clave), Francia, Gran Bretaña, Kuwait, Arabia
    Saudí, Omán y sus pequeños ex feudos del Golfo. Al cabo,
    la guerra liquidó la hegemonía iraní en la zona. No fue,
    por tanto, una aventura insensata.

    Guerra del Golfo, 1990–91

    La guerra anterior era esencialmente defensiva, pero no así la invasión
    a Kuwait. “¿Esta decisión no prueba que Hussein es imprudente
    y agresivo? ¿Su negativa a retirarse ante una coalición tan fuerte
    no lo sindica como “suicida involuntario”?”, preguntan John
    Mearsheimer y Stephen Walt. “Un examen cuidadoso revela evidencias justamente
    en contra de estas presunciones”, responden.
    Este planteo de Saddam fue, primordialmente, otro intento de morigerar una persistente
    vulnerabilidad iraquí. Su economía, arruinada por la guerra con
    Irán, seguía en declive porque Kuwait le negaba un crédito
    por US$ 10.000 millones y una dispensa parcial de deudas incurridas durante
    el largo conflicto. Al mismo tiempo, el emirato desbordaba sus cuotas de producción
    y exportación, lo cual reducía precios internacionales e ingresos
    iraquíes. Bagdad recurrió primero a la diplomacia, pero Kuwait
    no quiso escuchar.
    En julio de 1990, antes de ordenar la movilización hacia el sudoeste,
    Saddam se reunió con April Glaspies, embajador estadounidense. En una
    repuesta luego famosa, le dijo al ra’is: “No tenemos opinión
    sobre conflictos entre países árabes ni su problema fronterizo
    con Kuwait”. Extraña reticencia, ya que desde 1932 existen reclamos
    iraquíes sobre territorios del emirato. Poco antes, el departamento de
    Estado declaraba “no tener compromisos de defensa ni seguridad con Kuwait”.
    Bagdad invadió a principios de agosto, dando lugar a una acción
    violatoria del derecho internacional pero en absoluto irracional, insensata
    ni suicida.
    Ahora bien, ¿cómo interpretar la decisión de no abandonar
    Kuwait cuanto Estados Unidos le exigió volver al statu quo ante? ¿Un
    líder prudente no habría cedido a tiempo? Visto desde la actualidad,
    las respuestas parecen obvias, pero Saddam tenía buenas razones para
    suponer que mantener posiciones le sería provechoso. Al principio y como
    sucedería en las últimas semanas de 2002, casi nadie creía
    que Washington entraría en la guerra y la mayoría de estrategas
    militares en Occidente esperaba que la resistencia de los iraquíes sería
    formidable.
    Una vez desatada la campaña aérea de los aliados y tras sufrir
    enormes daños, Bagdad empezó a buscar salidas diplomáticas
    que le permitiesen replegarse antes de que se iniciaran acciones en tierra.
    Pero el presidente George H. W. Bush, astutamente, insistió en que el
    ejército ocupante se retirara dejando todo el equipo. Saddam no podía
    aceptar eso y seguir en el poder.
    Sin duda, el líder cometió serios errores de cálculo, pero
    nada indica que no haya sopesado cuidadosamente alternativas. Optó por
    atacar porque tenía motivos valederos para creer que no provocaría
    tan vasta reacción internacional. Tampoco descuidó el frente interno
    ni la opinión pública árabe en general. De ahí que
    –a 11 años de la derrota– este “suicida involuntario”
    siga gobernando dos tercios de Irak (el tercio kurdo es autónomo gracias
    al “paraguas aéreo” occidental).
    Durante la guerra del Golfo, por otra parte, Irak lanzó proyectiles convencionales
    Scud sobre Arabia Saudí e Israel –no sobre Jordania–, aunque
    tenía armas químicas, biológicas y nucleares. ¿Por
    qué? Porque, como lo explicó Tariq Aziz (entonces viceprimer ministro),
    la administración de Bush padre lo había amenazado con represalias
    del mismo tenor. En otras palabras, Bagdad –al revés de Vietnam
    del Norte en los ’70– es tan sensible a la persuasión armada
    como lo era la URSS.
    Finalmente, quienes predican la guerra preventiva recalcan que Saddam ha empleado
    armas de destrucción masiva contra Irán y los kurdos. Esto es
    deplorable, claro, pero fue posible porque esos enemigos no tenían arsenales
    comparables para replicar. A Estados Unidos le sobran. Ergo, el régimen
    de Irak apelaría a este tipo de armamento sólo si su propia existencia
    estuviese en riesgo mortal. Pero Hussein no es inmune a la persuasión:
    nada le impediría emplear esta clase de armas contra las fuerzas estadounidenses
    y británicas que suelen atacarlo desde el Golfo, Arabia Saudí
    y Turquía. En suma, Irak no es el Vietnam de 1973 ni la Corea del Norte
    actual. M

    MERCADO On Line le amplía la información:
    • “Visiones del imperio (I). La mayor superpotencia de la
    historia”. MERCADO, agosto de 2002.

    https://mercado.com.ar/mercado/vernota.asp?id_producto=1&id_edicion=1016&id_nota=32
    • “Los costos de un nuevo ataque en un Irak devastado”.
    Clarín, 29 de diciembre de 2002.

    http://old.clarin.com/diario/2002/12/29/
    i-02901.htm

    • “Respuesta de Washington al documento presentado por Bagdad.
    Estados Unidos
    cierra el cerco sobre Saddam”. La Nación, 20 de diciembre de
    2002.

    http://www.lanacion.com.ar/02/12/20/dx_460230.asp
    • “Saddam Hussein pidió disculpas a Kuwait por la
    invasión de 1990”. Infobae.com, 8 de diciembre de 2002.

    http://www.infobae.com/interior/home.html