martes, 2 de junio de 2026

    El futuro económico de América latina

    Como a mediados de los ´80, la deuda externa vuelve a ser el péndulo que marca el ritmo de las batallas ideológicas
    desatadas tras el estallido del modelo de acelerada apertura económica y desarticulación de los mega-estados benefactores. Modelo que durante
    casi 10 años lubricó no sólo un permanente flujo de capitales externos, sino también el consenso popular manifestado en el apoyo a gobiernos
    como el de Carlos Menem o Fernando Henrique Cardoso que aplicaron, con grandes diferencias, los mandatos del llamado Consenso de Washington.
    Ahora está en discusión no sólo cómo salen la Argentina y Brasil de las encrucijadas de sus deudas impagables, sino cuál es el
    modelo de crecimiento que reemplazará a las propuestas geopolíticas y económicas de inspiración neoliberal e hiper-aperturistas. El
    triunfo de Lula en Brasil abre un abanico de posibilidades opuesto al destino de programas neopopulistas a la venezolana. Si se asume que las propuestas de
    regreso a la hiper-ortodoxia económica no tienen consenso político, social ni electoral, el debate o la guerra ideológica sobre la matriz de
    la nueva política-económica, empiezan a tener dos flancos más o menos claros. De un lado, partidos y gobiernos tentados por el regreso a un
    populismo aislacionista, alimentados por el imparable rechazo popular a las recetas de las instituciones de Bretton Woods y a las consecuencias negativas, visibles
    e inmediatas, de la globalización (destrucción masiva de empleos, desigualdad en el reparto de la riqueza, desaparición de la industria local).
    Del otro lado, gobiernos, partidos y organizaciones corporativas que, lejos del dogmatismo neoliberal de los ´90, parecen dispuestos a aceptar la regla de oro
    de la rigurosidad macroeconómica pero alientan cambios estructurales respecto de los modelos de desarrollo, promueven una reformulación total de la relación
    con los capitales internacionales e intentan reforzar los bloques regionales como barrera contra las fuerzas más negativas de la globalización. Para
    ponerlo en términos futboleros, este River-Boca ideológico latinoamericano enfrenta a Chávez con Lula.

    ¿Y en la Argentina? Bien, gracias, de elecciones internas. Por ahora,
    el corazón del debate ideológico sobre el futuro económico-político
    de América latina no parece haber llegado a los principales partidos.
    Tampoco, a pesar de tímidos esfuerzos, a las asociaciones de grandes
    empresas, las organizaciones sindicales y los think thanks económicos
    y universitarios, los que podrían cargan sobre sus espaldas la tarea
    de desatar el nudo gordiano del modelo de desarrollo y crecimiento que reemplazará
    a los desarrollados durante la década pasada.

    ¿Murió el Consenso de Washington?

    En 1990, John Williamson, entonces economista del Institute for International
    Economics y ahora economista senior del Banco Mundial, escribió un ensayo
    con 10 mandamientos económico-políticos que definirían
    el destino de los principales países de América latina en la década
    siguiente. Williamson acuñó la marca "Consenso de Washington",
    y desde entonces no ha hecho otra cosa que explicar que no quiso decir lo que
    dijo. "Consenso de Washington ahora es usado como sinónimo de lo
    que usualmente es llamado neoliberalismo en América latina, o lo que
    George Soros llamó fundamentalismo de mercado", escribió
    el propio Williamson en un trabajo curiosamente titulado "Qué debería
    pensar el Banco Mundial sobre el Consenso de Washington". En él
    trata de explicar por qué no es neoliberalismo lo que él trató
    de sintetizar con sus 10 reglas.

    Más allá de las culpas gramaticales del padre de la criatura,
    el Consenso de Washington rigió la vida política y económica
    desde su formulación. Sus mandatos originales fueron:

    1. Disciplina fiscal.
    2. Redireccionamiento del gasto público hacia segmentos que ofrezcan
    elevados retornos económicos y potencial para mejorar la distribución
    del ingreso (salud básica, educación primaria e infraestructura).
    3. Reforma impositiva (para bajar las tasas y ampliar la base de contribuyentes).
    4. Liberalización de las tasas de interés.
    5. Tasas de cambio que garanticen competitividad.
    6. Liberalización del comercio.
    7. Liberalización de los flujos de inversión extranjera directa.
    8. Privatización.
    9. Desregulación (para abolir barreras de entrada y salida).
    10. Garantía de los derechos de propiedad.

    "Ni todo el Consenso de Washington era bueno, ni todo quedó sepultado",
    dice desde Río de Janeiro Luiz Panelli, diplomático miembro del
    Centro Brasileño de Relaciones Internacionales y segundo de la Embajada
    de ese país en Buenos Aires hasta diciembre de 2001. "No quedó
    enterrada la ortodoxia fiscal, ni la apertura. A pesar de que ahora vayamos
    a tener una apertura más selectiva, no habrá reestatización
    de las empresas y las privatizaciones se quedan, aunque no veremos nuevos cambios
    de mano de lo estatal a lo privado. Lo que sí vamos a tener es un esfuerzo
    por reemplazar capitales especulativos por capitales que se queden, un mayor
    esfuerzo por los mercados regionales más integrados."
    De los 10 puntos del Consenso, la mayoría de los gobiernos y partidos
    de la región admite que no hay más alternativas que aceptar, con
    pragmatismo, siete u ocho como inexorables. Sin embargo, aunque desde un punto
    de vista económico el interés de Estados Unidos siga siendo el
    mismo, el Consenso de los ´90 ya no viene acompañado del peso de la palabra
    "Washington" desde una perspectiva política. Los atentados
    del 11 de septiembre cambiaron el foco de interés de la administración
    norteamericana, lo que dejó relativamente "libre" el terreno
    a la interpretación de aquellos mandamientos a las fuerzas políticas
    y económicas de los países latinoamericanos.

    Robert Kaplan, nuevo gurú de la derecha republicana, escribió
    en The Atlantic Monthly: "La verdad es que la mayoría de los países
    del mundo evolucionarán sin preocuparse por el 11 de septiembre. Continuarán
    las guerras civiles, crecerán las enfermedades y las crisis económicas
    locales continuarán su curso. El desafío (de Estados Unidos) es
    anticipar cómo incidirán esos procesos en nuestra guerra contra
    el terrorismo". En otras palabras, nada que no altere directamente el foco
    de Washington en su guerra contra el terrorismo ocupará espacio en las
    pantallas de los radares del interés geopolítico de la administración
    Bush.

    Además del relativo "relajamiento" de Washington, claramente
    cambiaron ciertas condiciones claves que permitieron que el Consenso pudiera
    imponerse como lo hizo: la caída estrepitosa del flujo de capitales financieros
    hacia América latina ­que soportó la apertura económica
    durante los ´90­ quitó a partir de 1999 base de sustentación
    al modelo neoliberal y aperturista. "La apertura de la economía,
    en Brasil o en la Argentina, se financió con endeudamiento", dice
    Panelli desde su despacho en la poderosa Agencia Nacional del Petróleo.
    A partir de 1991, el flujo de capitales externos a la región creció
    de unos US$ 11.000 millones anuales a más de US$ 70.000 millones en 1998.
    Desde ese año, comenzó la caída en picada que este 2002
    terminará por debajo de los US$ 10.000 millones de ingreso neto de capitales
    externos. Sin financiamiento y con crecimiento acelerado del déficit
    fiscal, en 1998 comenzó a crecer la marea recesiva y se activó
    la bomba de la deuda. En 2001, explotó en la Argentina.

    Sólo el mercado interno

    El fin de fiesta del ingreso de capitales no sólo dejó a los
    estados como el argentino sin chances de obtener financiamiento para pagar su
    deuda, sino que también puso de manifiesto que, al contrario del modelo
    chino, en América latina no existieron condiciones razonables y planificadas
    para el ingreso, radicación y salida de dichos capitales. En consecuencia,
    mientras China construyó de la mano de la inversión extranjera
    un modelo fuertemente exportador, en el cual participan las propias compañías
    multinacionales, en Latinoamérica las multis invirtieron pensando sólo
    en el mercado interno, mientras la apertura y el financiamiento fácil
    de la década pasada disparaban la fiebre importadora que arrasó
    con sectores enteros de la producción. Por eso ahora, más allá
    del añejo Consenso, los gobiernos latinoamericanos están comenzando
    a decidirse por poner foco en un cambio de reglas de juego al ingreso y salida
    de capitales, de forma de privilegiar las inversiones productivas y cobrar altos
    peajes a las especulativas.

    "Hemos pasado por dos décadas en las que vivimos embriagados con
    lo que suponíamos iban a poder hacer los mercados, casi como varitas
    mágicas que nos arreglarían todos los retos que teníamos
    por delante y que nos sacarían del subdesarrollo", dijo a MERCADO
    José María Figueres, ex presidente de Costa Rica y director ejecutivo
    del World Economic Forum de Davos (WEF). "Hoy vemos con mucha más
    claridad que, si bien los mercados son muy importantes y los balances macroeconómicos
    son fundamentales para una sociedad que quiere vivir en una economía
    eficiente, tampoco lo son todo."

    Aunque la debacle comenzó en 1999 con el derrumbe del flujo de dinero
    fácil para América latina, el crac del Consenso de Washington
    terminó de generarse con una acelerada pérdida de legitimidad
    y respaldo a los gobiernos regionales que lo habían sostenido. De acuerdo
    con mediciones de Latinobarómetro publicadas por el WEF, durante 1998,
    en la Argentina, más de 50% de la población estaba de acuerdo
    en que el Estado debía dejar en manos privadas la actividad económica.
    Ahora, menos de 40% sigue pensando lo mismo. En Brasil, las cifras son idénticas,
    mientras en países como Perú y Venezuela, casi 60% apoyaba hace
    cuatro años el retiro del Estado de las actividades económicas,
    contra 37% que hoy opina lo mismo.

    De acuerdo con la misma fuente, en 1998, en la Argentina, quienes opinaban
    que las privatizaciones habían sido beneficiosas empataban con los que
    opinaban lo contrario. Ahora, casi 70% dice que no fueron beneficiosas. En Brasil,
    en 1998, los que valoraban las privatizaciones superaban en 10% a los que las
    criticaban; ahora, los críticos ganan por 20%.

    Apenas en dos años, la confianza y el optimismo se tradujo en desencanto
    y críticas cada vez más feroces. The Bretton Woods Project, una
    ONG británica dedicada al seguimiento de las instituciones nacidas de
    aquel acuerdo de posguerra, por ejemplo el Fondo Monetario Internacional, publicó
    un informe en el que ­citando a Joseph Stiglitz y al Financial Times­
    sostiene: "Si el corazón del Consenso de Washington era el énfasis
    en la importancia de la estabilidad macroeconómica y la integración
    en la economía internacional, el Consenso falló en los dos objetivos".
    Stiglitz, directamente, rechaza la capacidad de las doctrinas neoliberales para
    alcanzar esas metas.

    Más desigualdad social

    La falta de acuerdo para el Consenso no sólo llega de los sectores populares
    más castigados por los efectos negativos de las políticas de apertura
    y reforma estatal. Es en gran medida el propio establishment político
    y económico internacional el que pretende acelerar reformas a las reformas,
    para intentar hacer sostenible en el tiempo los modelos pro-mercados que inspiraron
    los escritos de Williamson.

    En Río de Janeiro, del 20 al 22 de noviembre, el Foro Económico
    Global discutió el futuro económico de la región bajo el
    lema "Acción colectiva para el Desarrollo Sostenible y la Equidad
    Social". Al margen de la recurrente explicación del fracaso de los
    modelos neoliberales por causas asociadas a la corrupción política
    y a la debilidad institucional, el WEF admite que la profundización de
    la desigualdad social en la década de los ´90 es hoy un impedimento estructural
    para el sostén de los consensos políticos y sociales imprescindibles
    para modelos de apertura económica y liberalización.

    José María Figueres, del WEF, agudiza la autocrítica y
    va más allá: "Hay dos cosas a las que prestar atención
    para que la economía global funcione mucho mejor y sea mucho más
    justa en el reparto de las oportunidades. Una es el entorno institucional que,
    a escala global, tenemos en el campo financiero. Las instituciones que tenemos
    hoy en día fueron diseñadas en otra época y no tienen la
    posibilidad ni los medios para resistir los retos que en el campo financiero
    global enfrentan, de vez en cuando, nuestros países. Y ahí hace
    falta más que corregir, inventar de nuevo [las instituciones]. Los organismos
    financieros globales existentes no tienen posibilidad de atender las demandas
    financieras actuales".

    "Por otra parte ­continúa el ex presidente costarricense­
    hay que ponerle atención a una mejor coordinación global para
    poder minimizar los shocks externos sobre las economías en desarrollo.
    Lo que quiero decir es que el mercado global opera en un vacío de marco
    regulatorio. Lo que no permitimos en nuestros países ­que funcionen
    mercados sin marcos regulatorios­ sí lo permitimos al nivel global.
    Con esto no hablo ni de gobiernos globales ni de tenerle menos confianza a los
    mercados; todo lo contrario, estoy hablando de aumentar la confianza en los
    mercados globales, pero reconociendo que esos mercados, para que sean más
    eficientes y operen más transparentemente, necesitan claras reglas de
    juego." M

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