Como a mediados de los ´80, la deuda externa vuelve a ser el péndulo que marca el ritmo de las batallas ideológicas
desatadas tras el estallido del modelo de acelerada apertura económica y desarticulación de los mega-estados benefactores. Modelo que durante
casi 10 años lubricó no sólo un permanente flujo de capitales externos, sino también el consenso popular manifestado en el apoyo a gobiernos
como el de Carlos Menem o Fernando Henrique Cardoso que aplicaron, con grandes diferencias, los mandatos del llamado Consenso de Washington.
Ahora está en discusión no sólo cómo salen la Argentina y Brasil de las encrucijadas de sus deudas impagables, sino cuál es el
modelo de crecimiento que reemplazará a las propuestas geopolíticas y económicas de inspiración neoliberal e hiper-aperturistas. El
triunfo de Lula en Brasil abre un abanico de posibilidades opuesto al destino de programas neopopulistas a la venezolana. Si se asume que las propuestas de
regreso a la hiper-ortodoxia económica no tienen consenso político, social ni electoral, el debate o la guerra ideológica sobre la matriz de
la nueva política-económica, empiezan a tener dos flancos más o menos claros. De un lado, partidos y gobiernos tentados por el regreso a un
populismo aislacionista, alimentados por el imparable rechazo popular a las recetas de las instituciones de Bretton Woods y a las consecuencias negativas, visibles
e inmediatas, de la globalización (destrucción masiva de empleos, desigualdad en el reparto de la riqueza, desaparición de la industria local).
Del otro lado, gobiernos, partidos y organizaciones corporativas que, lejos del dogmatismo neoliberal de los ´90, parecen dispuestos a aceptar la regla de oro
de la rigurosidad macroeconómica pero alientan cambios estructurales respecto de los modelos de desarrollo, promueven una reformulación total de la relación
con los capitales internacionales e intentan reforzar los bloques regionales como barrera contra las fuerzas más negativas de la globalización. Para
ponerlo en términos futboleros, este River-Boca ideológico latinoamericano enfrenta a Chávez con Lula.
¿Y en la Argentina? Bien, gracias, de elecciones internas. Por ahora,
el corazón del debate ideológico sobre el futuro económico-político
de América latina no parece haber llegado a los principales partidos.
Tampoco, a pesar de tímidos esfuerzos, a las asociaciones de grandes
empresas, las organizaciones sindicales y los think thanks económicos
y universitarios, los que podrían cargan sobre sus espaldas la tarea
de desatar el nudo gordiano del modelo de desarrollo y crecimiento que reemplazará
a los desarrollados durante la década pasada.
¿Murió el Consenso de Washington?
En 1990, John Williamson, entonces economista del Institute for International
Economics y ahora economista senior del Banco Mundial, escribió un ensayo
con 10 mandamientos económico-políticos que definirían
el destino de los principales países de América latina en la década
siguiente. Williamson acuñó la marca "Consenso de Washington",
y desde entonces no ha hecho otra cosa que explicar que no quiso decir lo que
dijo. "Consenso de Washington ahora es usado como sinónimo de lo
que usualmente es llamado neoliberalismo en América latina, o lo que
George Soros llamó fundamentalismo de mercado", escribió
el propio Williamson en un trabajo curiosamente titulado "Qué debería
pensar el Banco Mundial sobre el Consenso de Washington". En él
trata de explicar por qué no es neoliberalismo lo que él trató
de sintetizar con sus 10 reglas.
Más allá de las culpas gramaticales del padre de la criatura,
el Consenso de Washington rigió la vida política y económica
desde su formulación. Sus mandatos originales fueron:
1. Disciplina fiscal.
2. Redireccionamiento del gasto público hacia segmentos que ofrezcan
elevados retornos económicos y potencial para mejorar la distribución
del ingreso (salud básica, educación primaria e infraestructura).
3. Reforma impositiva (para bajar las tasas y ampliar la base de contribuyentes).
4. Liberalización de las tasas de interés.
5. Tasas de cambio que garanticen competitividad.
6. Liberalización del comercio.
7. Liberalización de los flujos de inversión extranjera directa.
8. Privatización.
9. Desregulación (para abolir barreras de entrada y salida).
10. Garantía de los derechos de propiedad.
"Ni todo el Consenso de Washington era bueno, ni todo quedó sepultado",
dice desde Río de Janeiro Luiz Panelli, diplomático miembro del
Centro Brasileño de Relaciones Internacionales y segundo de la Embajada
de ese país en Buenos Aires hasta diciembre de 2001. "No quedó
enterrada la ortodoxia fiscal, ni la apertura. A pesar de que ahora vayamos
a tener una apertura más selectiva, no habrá reestatización
de las empresas y las privatizaciones se quedan, aunque no veremos nuevos cambios
de mano de lo estatal a lo privado. Lo que sí vamos a tener es un esfuerzo
por reemplazar capitales especulativos por capitales que se queden, un mayor
esfuerzo por los mercados regionales más integrados."
De los 10 puntos del Consenso, la mayoría de los gobiernos y partidos
de la región admite que no hay más alternativas que aceptar, con
pragmatismo, siete u ocho como inexorables. Sin embargo, aunque desde un punto
de vista económico el interés de Estados Unidos siga siendo el
mismo, el Consenso de los ´90 ya no viene acompañado del peso de la palabra
"Washington" desde una perspectiva política. Los atentados
del 11 de septiembre cambiaron el foco de interés de la administración
norteamericana, lo que dejó relativamente "libre" el terreno
a la interpretación de aquellos mandamientos a las fuerzas políticas
y económicas de los países latinoamericanos.
Robert Kaplan, nuevo gurú de la derecha republicana, escribió
en The Atlantic Monthly: "La verdad es que la mayoría de los países
del mundo evolucionarán sin preocuparse por el 11 de septiembre. Continuarán
las guerras civiles, crecerán las enfermedades y las crisis económicas
locales continuarán su curso. El desafío (de Estados Unidos) es
anticipar cómo incidirán esos procesos en nuestra guerra contra
el terrorismo". En otras palabras, nada que no altere directamente el foco
de Washington en su guerra contra el terrorismo ocupará espacio en las
pantallas de los radares del interés geopolítico de la administración
Bush.
Además del relativo "relajamiento" de Washington, claramente
cambiaron ciertas condiciones claves que permitieron que el Consenso pudiera
imponerse como lo hizo: la caída estrepitosa del flujo de capitales financieros
hacia América latina que soportó la apertura económica
durante los ´90 quitó a partir de 1999 base de sustentación
al modelo neoliberal y aperturista. "La apertura de la economía,
en Brasil o en la Argentina, se financió con endeudamiento", dice
Panelli desde su despacho en la poderosa Agencia Nacional del Petróleo.
A partir de 1991, el flujo de capitales externos a la región creció
de unos US$ 11.000 millones anuales a más de US$ 70.000 millones en 1998.
Desde ese año, comenzó la caída en picada que este 2002
terminará por debajo de los US$ 10.000 millones de ingreso neto de capitales
externos. Sin financiamiento y con crecimiento acelerado del déficit
fiscal, en 1998 comenzó a crecer la marea recesiva y se activó
la bomba de la deuda. En 2001, explotó en la Argentina.
Sólo el mercado interno
El fin de fiesta del ingreso de capitales no sólo dejó a los
estados como el argentino sin chances de obtener financiamiento para pagar su
deuda, sino que también puso de manifiesto que, al contrario del modelo
chino, en América latina no existieron condiciones razonables y planificadas
para el ingreso, radicación y salida de dichos capitales. En consecuencia,
mientras China construyó de la mano de la inversión extranjera
un modelo fuertemente exportador, en el cual participan las propias compañías
multinacionales, en Latinoamérica las multis invirtieron pensando sólo
en el mercado interno, mientras la apertura y el financiamiento fácil
de la década pasada disparaban la fiebre importadora que arrasó
con sectores enteros de la producción. Por eso ahora, más allá
del añejo Consenso, los gobiernos latinoamericanos están comenzando
a decidirse por poner foco en un cambio de reglas de juego al ingreso y salida
de capitales, de forma de privilegiar las inversiones productivas y cobrar altos
peajes a las especulativas.
"Hemos pasado por dos décadas en las que vivimos embriagados con
lo que suponíamos iban a poder hacer los mercados, casi como varitas
mágicas que nos arreglarían todos los retos que teníamos
por delante y que nos sacarían del subdesarrollo", dijo a MERCADO
José María Figueres, ex presidente de Costa Rica y director ejecutivo
del World Economic Forum de Davos (WEF). "Hoy vemos con mucha más
claridad que, si bien los mercados son muy importantes y los balances macroeconómicos
son fundamentales para una sociedad que quiere vivir en una economía
eficiente, tampoco lo son todo."
Aunque la debacle comenzó en 1999 con el derrumbe del flujo de dinero
fácil para América latina, el crac del Consenso de Washington
terminó de generarse con una acelerada pérdida de legitimidad
y respaldo a los gobiernos regionales que lo habían sostenido. De acuerdo
con mediciones de Latinobarómetro publicadas por el WEF, durante 1998,
en la Argentina, más de 50% de la población estaba de acuerdo
en que el Estado debía dejar en manos privadas la actividad económica.
Ahora, menos de 40% sigue pensando lo mismo. En Brasil, las cifras son idénticas,
mientras en países como Perú y Venezuela, casi 60% apoyaba hace
cuatro años el retiro del Estado de las actividades económicas,
contra 37% que hoy opina lo mismo.
De acuerdo con la misma fuente, en 1998, en la Argentina, quienes opinaban
que las privatizaciones habían sido beneficiosas empataban con los que
opinaban lo contrario. Ahora, casi 70% dice que no fueron beneficiosas. En Brasil,
en 1998, los que valoraban las privatizaciones superaban en 10% a los que las
criticaban; ahora, los críticos ganan por 20%.
Apenas en dos años, la confianza y el optimismo se tradujo en desencanto
y críticas cada vez más feroces. The Bretton Woods Project, una
ONG británica dedicada al seguimiento de las instituciones nacidas de
aquel acuerdo de posguerra, por ejemplo el Fondo Monetario Internacional, publicó
un informe en el que citando a Joseph Stiglitz y al Financial Times
sostiene: "Si el corazón del Consenso de Washington era el énfasis
en la importancia de la estabilidad macroeconómica y la integración
en la economía internacional, el Consenso falló en los dos objetivos".
Stiglitz, directamente, rechaza la capacidad de las doctrinas neoliberales para
alcanzar esas metas.
Más desigualdad social
La falta de acuerdo para el Consenso no sólo llega de los sectores populares
más castigados por los efectos negativos de las políticas de apertura
y reforma estatal. Es en gran medida el propio establishment político
y económico internacional el que pretende acelerar reformas a las reformas,
para intentar hacer sostenible en el tiempo los modelos pro-mercados que inspiraron
los escritos de Williamson.
En Río de Janeiro, del 20 al 22 de noviembre, el Foro Económico
Global discutió el futuro económico de la región bajo el
lema "Acción colectiva para el Desarrollo Sostenible y la Equidad
Social". Al margen de la recurrente explicación del fracaso de los
modelos neoliberales por causas asociadas a la corrupción política
y a la debilidad institucional, el WEF admite que la profundización de
la desigualdad social en la década de los ´90 es hoy un impedimento estructural
para el sostén de los consensos políticos y sociales imprescindibles
para modelos de apertura económica y liberalización.
José María Figueres, del WEF, agudiza la autocrítica y
va más allá: "Hay dos cosas a las que prestar atención
para que la economía global funcione mucho mejor y sea mucho más
justa en el reparto de las oportunidades. Una es el entorno institucional que,
a escala global, tenemos en el campo financiero. Las instituciones que tenemos
hoy en día fueron diseñadas en otra época y no tienen la
posibilidad ni los medios para resistir los retos que en el campo financiero
global enfrentan, de vez en cuando, nuestros países. Y ahí hace
falta más que corregir, inventar de nuevo [las instituciones]. Los organismos
financieros globales existentes no tienen posibilidad de atender las demandas
financieras actuales".
"Por otra parte continúa el ex presidente costarricense
hay que ponerle atención a una mejor coordinación global para
poder minimizar los shocks externos sobre las economías en desarrollo.
Lo que quiero decir es que el mercado global opera en un vacío de marco
regulatorio. Lo que no permitimos en nuestros países que funcionen
mercados sin marcos regulatorios sí lo permitimos al nivel global.
Con esto no hablo ni de gobiernos globales ni de tenerle menos confianza a los
mercados; todo lo contrario, estoy hablando de aumentar la confianza en los
mercados globales, pero reconociendo que esos mercados, para que sean más
eficientes y operen más transparentemente, necesitan claras reglas de
juego." M
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