En todos los países del sudeste asiático se observa una vigorosa presencia económica de China, que consolida su posición de potencia regional a expensas de Estados Unidos, a quien busca reemplazar como motor del crecimiento económico de la zona.
Mientras subsiste la incertidumbre sobre la reactivación de la economía estadounidense, con prudencia y prometiendo cooperación antes que competencia, los chinos se han convertido en importadores de bienes e insumos básicos de sus vecinos.
Washington sigue siendo el principal socio comercial de estos países, pero su relevancia disminuye con el impetuoso avance de Beijing, lo que refuerza la idea de que en poco tiempo China puede ser la potencia hegemónica regional.
El primer amenazado es Japón. El comercio chino crece a mayor velocidad que el de aquel país durante las décadas de los ´60 y ´70. El resurgimiento de las exportaciones asiáticas se debe sobre todo al enorme poder de compra de China.
Por ahora, China está captando la mayor proporción de inversión extranjera en toda Asia (llegaría a US$ 50.000 millones este año), mientras Corea, Singapur o Thailandia apenas reciben -en proporción- cifras insignificantes.
Si bien subsiste el temor de los vecinos sobre el futuro accionar del gigante chino, no se vacila a la hora de exportar a ese hambriento mercado. Las exportaciones de Singapur aumentaron 69% en un año, y las de Malasia 30%.
La mejor defensa para estos países parece ser acordar una zona de libre comercio entre todos los miembros, incluyendo, por supuesto, a China. Empresarios asiáticos se instalan a trabajar en el país, y los turistas de origen chino revitalizan los centros vacacionales del sudeste asiático.
Naturalmente están los que temen que sus países sean relegados a meros proveedores de alimentos y materias primas, mientras tendrán que absorber productos industriales baratos exportados por Beijing. Pero los que se instalan en el país-continente esperan que sus exportaciones crezcan a la par de la economía china.
