Apenas estrenado el siglo XXI, los progresos en biotecnología, nanobiotecnología y terapias asociadas -ver edición de agosto 2002-, capaces de mejorar personas y su desempeño, van en vías de comercializarse. Por supuesto, están aún en etapas de investigación y prueba, pero ya con propósitos prácticos.
Justamente este factor es el que crea problemas, en un clima inversor poco favorable -cuando no hostil- a los emprendimientos de esta categoría. También surgen obstáculos de tipo ético, religioso y hasta político, porque la mejora artificial del cuerpo humano o de sus funciones, como la clonación, generan objeciones y resistencias en diversos grupos sociales.
Pese a todo ello, en el corto plazo los científicos seguirán empujando para adelante y experimentando sin cesar. “En caso de que ciertos medios y tratamientos sean finalmente aprobados por las autoridades (al menos, en Estados Unidos y otras economías centrales), las condiciones serán más favorables en el contexto empresario”, cree Sean Nicholson, que ocupa una cátedra sobre sistemas de salud en la escuela de negocios Wharton.
Después de todo, “las futuras bioterapias deberán ser fáciles de ofrecer a cualquier empleador, si pueden aumentar productividad en mano de obra”. Eso sin contar con la propia naturaleza humana, empeñada desde siempre en aumentar fuerza física, mental o sexual y en prolongar la belleza o la vida. La medicina y la tecnología modernas, por supuesto, han hecho ya bastante para tornar esos sueños en realidades.
Al respecto, hace pocos meses la National Science Foundation (NSF) y el Departamento Federal de Comercio publicaban un informe clave, aún ignorado en la Argentina. A su juicio, la convergencia entre nanotecnología -a escala molecular, chips inclusive-, biotecnología, informática y ciencias duras implica “un tremendo potencial para mejorar habilidades personales, sus resultados en la sociedad y la calidad de vida”.
Según estima el trabajo, en los próximos 20 años serán factibles las interfases cerebro-computadora, los nanosensores capaces de monitorear la salud y/o dispositivos para mejorar funciones y partes del cuerpo. “La gente será más sana y fuerte; y el cuerpo, fácil de reparar y resistente a tensiones, riesgos biológicos y edad”, pronostica el informe.
Recientes avances farmoquímicos han sido logrados pensando en aplicaciones terapéuticas, pero también actúan como instrumentos para prolongar o mejorar funciones. Por ejemplo, las hormonas de crecimiento -que copian secuencias naturales de aminoácidos- recombinadas y clonadas en Genentech (un laboratorio pionero) desde 1979.
La firma obtuvo permiso para emplear esas hormonas sintéticas en el tratamiento de chicos y adultos con deficiencias. Pero, más tarde, aparecieron atletas y jugadores que usarían esas mismas hormonas artificiales para mejorar su desempeño deportivo… y sus ingresos. De hecho, el Comité Olímpico Internacional hace esfuerzos para desarrollar métodos que detecten esteroides y hormonas biosintéticas en atletas competidores.
Surge, en este punto, una contradicción entre medios y terapias para mejorar la vida, por una parte, y el aprovechamiento poco escrupuloso de estas vías, por la otra.
Ratones musculosos
Las terapias genéticas orientadas a fortalecer músculos constituyen un canal especial de investigación y desarrollo. En este campo se distinguen Lee Sweeney (Departamento de Fisiología, Universidad de Pennsylvania) y su labor en el sistema médico del ferrocarril Penn Central. Empleando virus, Sweeney alteró genes de músculos en patas de ratones, con el objeto de elevar la proporción del llamado factor de crecimiento I, de tipo insulínico. Esta sustancia crea células que reparan tejidos musculares. A medida que el cobayo envejecía, los músculos genéticamente mejorados se mantenían jóvenes.
Estas experiencias demostraron el potencial de las terapias biogenéticas también en la flor de la edad. En ratones muy jóvenes, el tratamiento de Sweeney elevó 15% la fuerza muscular respecto de parámetros normales.
Las investigaciones sobre células troncales -capaces de desarrollar varios tipos de estructura- se orientan igualmente a renovar tejidos viejos o dañados. Los científicos creen que estas células podrían revolucionar tratamientos en una amplia gama: problemas cardíacos, diabetes, quemaduras, artritis reumática y Alzheimer. En el caso del corazón, la idea es inducir células troncales a convertirse en células cardíacas sanas, para trasplantar al órgano enfermo.
StemCell, Osiri Therapeutics y Geron son algunas de las firmas biotecnológicas dedicadas a tratamientos con células troncales. De hecho, Geron se encuentra experimentando con células neurales y de médula ósea, derivadas de troncales. Para fin de año, espera iniciar pruebas en animales con células generatrices de tejido cardíaco e insulina pancreática. “Si las cosas marchan bien, nos aguardan tres años de trabajo antes de pasar a experimentar con personas”, señala David Greenwood, vicepresidente primero de la compañía.
¿Quiere ser Matusalén?
Otra rama de la misma empresa se ocupa de la vida y su duración. Sus investigadores han descubierto que ciertas partes de los cromosomas humanos, los telómeros, funcionan como “relojes genéticos” en el envejecimiento celular.
Los telómeros se acortan cada vez que la célula se divide (su manera de multiplicarse) y, en determinado punto, bloquean ese proceso, con efectos al parecer destructivos. Por otra parte, una enzima llamada telomerasa es capaz de restaurar la longitud original de los telómeros, o sea puede volver atrás el reloj y aumentar la vida de las células.
Geron se ha enfocado en tecnologías de telemerasa aplicables a mejorar heridas y terapia de tumores. “Nadie supone -aclara Greenwood- que estos compuestos y tratamientos deparen vida eterna. Eso es para la magia, el mito o la ficción”.
Pero ciertas ficciones tienden a transformarse velozmente en realidades. El estudio de la NSF, por ejemplo, prevé que -más adelante, en este siglo-, “el concepto mismo de muerte se haga ambiguo, pues la gente podrá subir aspectos de su personalidad a una Web a escala del sistema solar”.
Personas virtuales
Otros futurólogos piensan, más bien, en hologramas tridimensionales capaces de contener “personas virtuales” fáciles de teletransportar a cualquier punto y literalmente inmortales. De hecho, las ecuaciones básicas han sido elaboradas hace ya diez años. Pero tienen un pequeño inconveniente: involucran “hipernanotecnologías” y contextos cuánticos.
Con el título Converging technologies for improving human performance (Convergencia de tecnologías para mejorar funciones humanas), las 400 páginas del ambicioso trabajo no se limitan, como se ve, a reseñar tecnologías posibles o probables. También proponen vías para evitar “una catástrofe social”, originada en el uso bélico o irresponsable de biotecnologías.
Esta visión es compartida por Max More, consultor de ManyWorlds y presidente del Extropy Institute. Pero, en su concepción, vislumbra un mercado masivo para drogas y terapias capaces de mejorar la memoria y controlar impulsos o emociones. Algo así como un mundo “post Prozac”, donde no faltará la opción de “trasplantar personalidades a cuerpos sintéticos u hologramas”.
