Los efectos económicos de la guerra contra Irak (en 1991) convirtieron a George Bush padre en el segundo presidente no reelecto desde 1938, después de James Carter. Analistas a ambas orillas del Atlántico temen que su hijo sea el segundo, pues el costo sería tres a cuatro veces mayor.
Tras los ataques terroristas de septiembre de 2001, el actual presidente tenía más de 90% de apoyo en la opinión pública. Hoy se acerca al exiguo 55% de sus primeros meses. Entonces, pesaban dudas sobre esos 2.000 votos de Florida -donde gobierna su hermano Jeb-, que le dieron el triunfo vía colegio electoral, pues en simple cantidad de votos estaba primero su rival demócrata, Albert Gore.
Ahora, el deterioro de la imagen presidencial, como la de Bush padre, se debe a un repunte económico que pierde ímpetu. Es baja a causa de un creciente déficit fiscal (US$ 200.000 millones contra el superávit de 50.000 millones dejado por William J. Clinton), la consiguiente volatilidad del dólar y la salida de inversiones externas de una economía que necesita “aspirar” US$ 2.000 millones diarios para seguir operando.
Entretanto, la serie de delitos, irregularidades, procesos y escándalos empresariales -que va contagiándose a estudios contables, consultorías, bancas y firmas bursátiles- pone en tela de juicio el propio modelo estadounidense de negocios. A su vez, el público percibe a Bush, su familia, su vicepresidente (Richard Cheney), sus secretarios de Justicia (John Ashcroft) y Defensa (Donald Rumsfeld) como muy allegados a directivos involucrados en una quiebra tras otra.
Todo esto a pocos días de los comicios que renovarán parcialmente el Poder Legislativo y donde el gobierno se juega a retener la apretada mayoría en diputados y recobrarla en el Senado. Por un momento, la guerra parecía -junto con la prédica casi fundamentalista contre el “eje del mal” y el menosprecio de sus propios aliados- el instrumento apto para recobrar popularidad y votos. Al parecer, al final primaron las advertencias de Colin Powell (secretario de Estado), Brent Scowcroft, James Baker -todos allegados a Bush padre- y, en privado, Henry Kissinger. Ahora, el presidente ha empujado el horizonte bélico a enero o febrero.
Pero el mundo de la economía y los negocios sigue alerta. Nadie olvida que la “tormenta del desierto” hizo subir el barril de crudo promedio de US$ 24 a 40. Ni que, días atrás, volvió a pasar los US$ 30. Si no aumentó más fue porque, según versiones del propio mercado, Washington había acumulado reservas disponibles por 700 millones de barriles, suficiente para varios meses.
Existen, sin embargo, otros costos potenciales. La Guerra del Golfo representó US$ 60.000 millones, pero un nuevo ataque contra Irak no bajaría de US$ 100.000 o 200.000 millones (1 a 2% del producto bruto estadounidense). Las cifras provienen de Lawrence Lindsay, jefe de asesores económicos en la Casa Blanca, quien descarta la proyección “optimista” del Pentágono, de US$ 50.000 millones.
Hay otra gran diferencia: hace diez años, Estados Unidos armó una coalición contra Irak -éste había ocupado Kuwait- y varias potencias petroleras aportaron 85% de los gastos. Ahora Bagdad no ha invadido vecino alguno, la guerra sería unilateral (a lo sumo, participaría Gran Bretaña) y los costos no se repartirían, salvo un modesto 15% a cargo de Londres.
Queda claro que, por primera vez en muchas décadas, la intención es rediseñar el mapa del Medio Oriente, la región petrolera por excelencia en todo el mundo.
