martes, 28 de abril de 2026

    Laos, el reino del millón de elefantes

    LAOS. Desde 1989, después de tres siglos en guerra con Annan, Burma, China, Siam, Francia y Estados Unidos, Laos abrió finalmente sus puertas al turismo. Y con ellas, la posibilidad inédita de conocer un secreto celosamente custodiado hasta hoy.


    Entre Huay Xay, en la frontera norte con Tailandia, hasta Luang Prabang, al norte y centro del país, el agua chocolate del Mekong es la vía más ágil para desplazarse por este universo milenario y exótico. Lo recorre de norte a sur y hace de límite con Tailandia. La ruta 13 lo atraviesa en el mismo sentido y une sus tres ciudades más importantes: Luang Prabang, Vientiane y Savannakhet. El resto son caminos de montaña destrozados por las inundaciones o los bombardeos, por lo cual se necesita un mínimo de 15 días para recorrerlo.


    Apenas cruzar el puesto de frontera ­donde por unos pocos dólares uno ya se vuelve millonario en kips, la moneda local­, todavía falta elegir el ritmo que se desea imprimir al viaje: el speed boat (bote rápido) o el slow boat (bote lento).


    El primero es una lancha para cuatro o cinco pasajeros que se comprimen entre cascos, chalecos salvavidas, y salen como tiro para llegar a Luang Prabang en 24 horas. La segunda es una embarcación más grande, y bastante más lenta, al punto que demora tres días en recorrer la misma distancia. Y por demás, la más popular entre los viajeros de bajo presupuesto.


    En Laos, el tiempo parece discurrir más lento, y basta ingresar a su territorio para contagiarse del ritmo cadencioso impregnado en cada una de sus rutinas. Desde la cubierta del slow boat emerge una chimenea que expele ráfagas de humo blanco, y en medio de un ruido ensordecedor, el barco se abre paso a un paisaje selvático, intimista. Sin embargo, apenas transcurridas las dos primeras horas del viaje, un silencio rotundo se apodera del paisaje. Resultado parcial: se rompió el motor. Resultado final: habrá que esperar al menos tres largas horas hasta la llegada de un auxilio.


    La barcaza que llegó al rescate era más pequeña e inestable, lo suficiente como para provocar un rictus de preocupación en el capitán. Y no era para menos.


    Río abajo, una tormenta eléctrica avanzaba directamente hacia el barco, y en segundos se precipitó sobre la tripulación con el ímpetu de las peores catástrofes. Llovían dardos de punta, eran las tres de la tarde y apenas podía verse al otro lado del río. Esa fue la bienvenida, y afortunadamente no deparó mayores consecuencias que la alegría de haber sobrevivido para contarlo. En total la tormenta duró 10 minutos, y como un ciclón que se aleja en su propio remolino, se esfumó río arriba.


    El día siguiente amaneció con llovizna. Una llovizna persistente que se eternizó por toda la jornada hasta llegar a una aldea diminuta, donde la tripulación desembarcó y se distribuyó en las distintas casas de los pueblerinos para pasar la noche.


    Parte del grupo se alojó en la casa de una pareja de ancianos nativos. Ellos invitaron a probar el aguardiente de arroz y el delicioso café Lao, una poción exquisita y muy espesa que sirvieron acompañada con leche condensada. Después cocinaron guisado, arroz glutinoso y verduras con mucho picante, tendieron mantas y realizaron un ritual insospechado.


    Entrada la noche, la anciana se acercó con un farol de kerosene y una bandeja repleta de flores y pulseras que ellos mismos habían trenzado con hilos de colores. El viejito indicó un lugar para sentarse sobre unas esteras de hoja, y de a uno por vez, ataron las pulseras mientras balbuceaban frases incomprensibles entre dientes. La experiencia ya no volvió a repetirse por el resto del viaje, y según dicen, es un protocolo que los laosianos acostumbran celebrar para dar bienvenida y protección a sus visitantes.


    Finalmente, y después de mucho navegar, al tercer día el slow boat desembarcó en Luang Prabang, también conocida como la ciudad de los templos. Recién entonces, bajo una llovizna intermitente que cubría la calle principal, las primeras señales de civilización se hicieron visibles en sus motos, infinidad de bicicletas y los inconfundibles tuks-tuks, una suerte de taxis con tres ruedas.

    Por la ciudad de los templos


    Sin dudas, uno de los principales atractivos de Luang Prabang ­protegida desde 1995 por la Unesco como Herencia Cultural de la Humanidad­, son sus templos históricos, muchos de los cuales fueron construidos antes de la colonización francesa del siglo XIX.


    Cerca del templo de Xieng Thong (1560) recostado sobre la península de la Villa, los monjes budistas circulan por la calle, solos o en grupos numerosos, siempre envueltos en sus túnicas naranjas y con la cabeza rapada. Otros permanecen con aire contemplativo en la puerta de los monasterios, tal vez a la caza de un turista con quien conversar y practicar inglés o simplemente inmersos en sus meditaciones. La disciplina que siguen es estricta, y empieza bien temprano a la mañana, cuando todavía es de noche y la ciudad descansa. A esa hora, los monjes se reúnen en la calle y en una ceremonia silenciosa caminan descalzos por la ciudad.


    Se inician como novicios, muchas veces a los trece o catorce años, y después de tres años de rigurosa labor se ordenan como monjes, a la par que avanzan en sus estudios, la meditación y las enseñanzas budistas. Tal vez por eso, tanto para sus familias como para el resto de la sociedad de Laos, los monjes son muy respetados. En el futuro muchos renunciarán a la vida monástica para continuar con su vida civil, pero eso no es posible saberlo ahora. Cuando se los interroga sobre sus planes a futuro, simplemente sonríen y repiten una misma respuesta: No idea.


    Más allá de la vida monástica, el Palacio Real es otro escenario fascinante para dejar volar la imaginación y zambullirse en un cuento de emperadores y princesas. Construido con la temprana colonización francesa a principios del siglo XX, la construcción sirvió como residencia al rey Sisavang Vong, hasta su muerte en 1959. De acuerdo con la historia del partido oficial ­Pathet Lao­, la revolución comunista de 1975 impidió la coronación de su hijo Sisavang Vatthana, que después de dos años como “Supremo Consejero del Presidente”, fue exiliado a una cueva donde murió en condiciones extremas. Desde entonces, el palacio funciona como museo, y puede visitarse por una entrada de valor mínimo.


    Finalmente, Thanon Wisunalat es el refugio perfecto para guarecerse y encontrar un relax al final del día. Se trata de una casa tradicional de masaje y sauna laosiano, que funciona en una antigua residencia francesa de la época de la colonia. Por unos pocos kips, la casa abre sus puertas a laosianos y extranjeros, que una vez adentro se extravían y confunden en el vapor del recinto. Entre una entrada y la siguiente, un salón de té construido con cañas de bambú es el punto de encuentro para respirar hondo y dejarse enfriar un poco. Eso sí, a la hora de partir se recomienda escaparle a la ducha, para que las hierbas ­más de treinta variedades de yerbas locales­ permanezcan en el cuerpo y el espíritu por más tiempo.

    De Luang Prabang a Vang Vieng


    Road not recommended for nervous persons, advierte una revista turística laosiana sobre el camino a Vang Vieng, 230 kilómetros al Sur de Luang Prabang.


    El viaje por la ruta 13 dura pocas horas, por una pista de montaña que asoma al filo de los montes Karst y desemboca en el valle del río Nam Song.


    En medio de una plataforma de asfalto desierta, que alguna vez sirvió de aeropuerto, el bus desciende a un grupo de pasajeros y desaparece en su propio celaje de polvo.


    Con poco más de 25.000 habitantes, Vang Vieng no esconde sus encantos. El principal atractivo tal vez sea la topografía de los Karst, un cordón de montañas rocallosas que la rodean y afloran al cielo como peñascos. Allí se esconden numerosos túneles y cuevas todavía inexplorados; algunas llevan nombre y forman parte de la mitología local, y otras atesoran Budas inmensos y piletas naturales.


    Al otro lado de un puente construido en cañas de bambú, un camino serpenteante de arcilla conduce hasta la caverna Tham Phu Kham, donde se conserva un exótico Reclining Buda ­Buda recostado­, un obsequio del gobierno Thai. Para visitarla hay que recorrer seis kilómetros ­se alquilan bicicletas por un dólar diario­ entre los campos de arroz, vadeando charcos y algunos puestos improvisados que venden sandías.


    La cueva de Tham Jang es la estrella del lugar, porque fue utilizada como bunker contra la dinastía china de Jiin Haw a comienzos del siglo XIX. Por mucho tiempo el ingreso al lugar sólo fue posible con antorchas; y aunque hoy está completamente iluminado con luz artificial, su atractivo permanece intacto.


    Además, en las calles del pueblito no pasan inadvertidas las enormes cámaras de camión apiladas en las puertas de algunos comercios, que se alquilan a un precio risible de cincuenta centavos de dólar. El paquete incluye el transporte en tuk-tuk cuatro kilómetros río arriba, y la experiencia inolvidable de navegar tres horas río abajo. El ritual obligado antes de abandonar Vang Vieng.

    Ultima parada, Vientiane


    Para comprender mejor cómo es la capital de Laos, basta decir que los semáforos no superan los dedos de una mano, y el neón brilla por su ausencia. El paisaje parece congelado, suspendido en otros tiempos, y hasta el Palacio Real refleja con melancolía el esplendor de un imperio ya desaparecido, que aún conserva su belleza.


    Otro de los aspectos visibles de esta capital es la influencia de la ocupación colonial francesa, todavía presente en la arquitectura de antiguas mansiones aristocráticas del 1900, en las baguettes, los croissantes y los enormes sandwiches de vegetales que se venden en la calle.


    Al igual que otras ciudades de Laos, Vientiane está repleta de monasterios, y la presencia de los monjes y novicios dan cuenta de la fuerte tradición budista presente en todo el país. La vida transita a orillas del Mekong, donde los puestos de comidas sirven arroz glutinoso, fideos chinos con mucho picante y la clásica BeerLao.


    Será por eso que muchos viajeros en tránsito ahora deciden extender su visa, y entre Tailandia y Vietnam, desvían su viaje al antiguo reino del millón de elefantes.

    MERCADO On Line le amplía
    la información:



    “Laos”
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    Guía del Mundo
    http://www.eurosur.org/guiadelmundo/paises/laos/index.htm


    “Around Luan Prabang, Around Vientiane, other places
    to visit”

    Home page de Laos travel and tourism information
    http://www.visit-mekong.com/laos/thingtodo/index.htm


    “Tours in Laos”
    Home page de Laos travel and tourism information
    http://www.visit-mekong.com/tours/laos/index.htm


    “Laos Geography”
    Home page de Asiatour
    http://www.asiatour.com/laos/e-01land/el-lan10.htm