Cuando el sol empieza a calentar la temporada, las perspectivas turísticas en la IV Región chilena son más brillantes que las del último año, no sólo por las playas descontaminadas y la identidad histórica que la distingue desde épocas coloniales, sino también por el cambio monetario, que este verano favorecerá a los argentinos.
La actividad en La Serena, 474 kilómetros al norte de Santiago, se concentra en sus siete kilómetros de costa, desde el Faro Monumental hasta la playa Canto de Agua. El circuito de paradores se prolonga unos 40 kilómetros al sur, por la comuna de Coquimbo, y hacia el este, por un camino serpenteante que avanza sobre el Valle de Elqui.
En las puertas del verano 2002, las playas lucen semidesiertas, hace días que no llueve y nada indica que el tiempo vaya a cambiar; el cielo despejado es casi una garantía en esta ciudad balnearia, que con el sol de primeras horas de la siesta se presenta silenciosa y tranquila. Por lo pronto, la ciudad palpita al ritmo de las refacciones y puesta a punto de los últimos detalles para recibir a los nuevos veraneantes, como la flamante inauguración de dos carriles en la ruta 5 Norte, que la une a Santiago.
Una encuesta realizada a comienzos de este año demostró que los chilenos consideran a La Serena como la ciudad más grata para vivir en todo su territorio nacional. Y el resultado, que se ha visto reflejado en un crecimiento poblacional anual sostenido, es el más alto del país, con 8.000 nuevos residentes que se incorporan cada mes.
Desde el siglo XVI
Fundada en 1549, La Serena es la segunda ciudad más antigua de Chile, aunque su casco colonial contrasta con la zona turística de la Avenida del Mar, donde se encuentran los hoteles, los puestos de comida rápida y algunos restaurantes especializados en frutos de mar.
Cuando se acerca la temporada, el paisaje de la costanera se transforma totalmente, con skates, las bicicletas y rollers. Hay canchas de tenis, fútbol, paddle, squash, bowling y, a partir de este año, también una de golf, con18 hoyos, y un mar profundo para tirar el anzuelo y aventurarse en la pesca submarina.
Rumbo al sur, La Serena se prolonga sobre el entramado urbano de Coquimbo, una seguidilla de balnearios como La Herradura, Totoralillo (el más buscado por los amantes del surf), Las Tacas, Morrillos, Las Mostazas y Tongoy, dos caletas de pescadores en Peñuelas y Guanaqueros, Playa Blanca y el encanto típico del puerto.
Inaugurado en 1959, allí se concentra el mayor movimiento marítimo y comercial de la región, que se prolonga sobre su explanada en una feria de pescados y mariscos recién sacados del mar, vendidos al paso y a muy bajos precios. Reinetas, congrios, merluzas, jureles, cavinzas y corvinas que todavía agitan sus colas; camarones, choritos, machas sureñas y calamares enteros, a un promedio de US$ 2 el kilo.
Finalmente, para obtener una panorámica de la zona puede accederse a la cruz del tercer milenio, un monumento que se alza a 93 metros de altura con dos miradores a 20 y 70 metros. Inaugurado el 5 de mayo del 2000, en su interior también funciona el Museo Cardenal Jorge Medina Estévez y una capilla para 2.000 personas.
Entre el cielo y la tierra
Alejándose de La Serena en dirección a la cordillera de los Andes, la ruta 41 se adentra como una serpiente sobre el Valle de Elqui. Un camino que se insinúa entre los cerros, y según pasan las horas, envuelve al valle de enigmas y misterios.
Con más de 300 días al año despejados, se explica que en estas latitudes se encuentre una de las mayores concentraciones de observatorios del planeta. Su cielo cristalino se presenta como uno de los más limpios del mundo, un orificio para mirar al otro lado y acercarse al origen del universo.
A los caseríos dispersos en la precordillera se suceden pueblos diminutos como El Molle. Después de bordear el embalse Puclaro -una reserva de 250 millones de metros cúbicos de agua, inaugurada en noviembre del ´99-, enseguida se distingue una cúpula que brilla intensamente en el paisaje semidesértico. Se trata del flamante observatorio Gémini, emplazado a 2.800 metros, sobre el cerro Pachón, y considerado uno de los más grandes del Cono Sur.
Poco más allá, la cúpula del observatorio interamericano del cerro Tololo -en operaciones desde 1963-, se distingue entre las montañas, y basta retomar una vez más el camino de cornisa para llegar hasta allí en pocos minutos. En Tololo se realizan visitas para recorrer las instalaciones, pero las reservas deben convenirse con tres meses de anticipación, y no incluyen observación alguna.
Las mejores perspectivas en este terreno las ofrece el observatorio Astronómico Mamalluca, a cinco kilómetros de Vicuña y 65 de La Serena. En quechua, Mamalluca, significa lugar extraño, un nombre acertado para nombrar el entorno que lo protege (ver recuadro).
La ciudad más importante del Valle de Elqui se llama Vicuña, donde puede visitarse la casa-museo de la poetisa Gabriela Mistral. Por supuesto, antes o después de recorrer el museo, que presenta una reproducción de la casa original de la escritora que obtuvo el Premio Nobel de Literatura, cualquier excusa es adecuada para probar el pisco sour, un aguardiente de alta graduación alcohólica distintivo del valle, batido con limón y azúcar.
Al llegar a la bifurcación del camino que se abre al Valle de Cochiguaz, se inicia el viaje de regreso, justo cuando el crepúsculo del sol se derrama como un manto y descubre a la noche entre infinitas constelaciones, cúmulos y estrellas fugaces.
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