viernes, 17 de abril de 2026

    2001: una temporada en el infierno

    El estallido social que se inició el 19 de diciembre aceleró de tal modo la dinámica de la situación política y económica de la Argentina, que todo lo sucedido durante los 352 días anteriores parece ahora demasiado lejano.


    Sin embargo, si bien la semana previa a la última Navidad ganó por sí sola el derecho de instalarse en las efemérides, el 2001 ya había acumulado méritos suficientes como para ser considerado un año inolvidable.


    El difícil 2000 había terminado con un anuncio esperanzador: el blindaje financiero, una compleja línea de crédito por US$ 39.700 millones, otorgada conjuntamente por el Fondo Monetario Internacional (FMI), el Banco Mundial, el Banco Interamericano de Desarrollo, el gobierno de España, bancos privados y varias AFJP, que permitiría a la Argentina cubrir sus necesidades de financiamiento hasta el 2002, siempre que se cumplieran las metas de déficit fiscal comprometidas (US$ 6.500 millones para el 2001).


    Pero no hizo falta esperar a que terminara el primer trimestre para comprobar que esos objetivos iban a desbordarse. Más temprano que tarde, ese original término, del que todos los argentinos hablaban, fascinados, a comienzos del año, cayó en el olvido y fue reemplazado por default


    De la mano de la cesación de pagos, llegaron la proclamada necesidad del déficit cero y el apresurado e insuficiente megacanje de la deuda pública.


    La repetida apelación al déficit cero como fin supremo de la gestión económica no logró enmascarar la verdadera y alarmante deficiencia: la ausencia de un programa económico viable. Nuevamente, la realidad se encargó de desdibujar los contornos de otro pretendido círculo virtuoso, para convertirlo en vicioso. La continua disminución de la capacidad de consumo de la sociedad iba reflejándose inmediatamente en la caída de la recaudación tributaria, lo que volvía a alejar a las cuentas públicas del equilibrio.


    Con respecto al gigantesco canje de la deuda pública (consumado en su tramo local por el entonces ya desfalleciente equipo económico de Domingo Cavallo) vale reproducir algunos comentarios formulados horas antes de la caída del presidente Fernando de la Rúa por el economista estadounidense Adam Lerrick: “No hay reestructuración exitosa sin declararse previamente en cesación de pagos. Ningún inversor acepta perder voluntariamente. La Argentina ya hizo dos canjes este año, y en ambos Daniel Marx reiteró el compromiso del país de honrar toda la deuda. Eso eliminó toda disposición de los tenedores de bonos a aceptar una quita. Por ende, para poder lograr la reprogramación hubo que prometer pagarles más. En lugar de reducir la deuda, esos canjes la aumentaron. Y en el canje actualmente en marcha, si en el tramo global consiguen tan poco como en el local, la deuda resultante será impagable”.


    Erosión acelerada


    El drástico cambio de expectativas terminó el 2 de marzo con el poco oxígeno que le quedaba a José Luis Machinea, el ministro de Economía que acompañaba a De la Rúa desde el inicio de su gestión y que durante el 2000 había padecido un fuerte desgaste. El presidente creyó que lo indicado para calmar esos ardores era una fuerte dosis de ortodoxia y colocó al frente del palacio de Hacienda a Ricardo López Murphy, hasta entonces ministro de Defensa. Pero la esperanza de mayor orden fiscal que despertaba la imagen del director de Fiel duró apenas dos semanas: el anuncio de su esperado plan de ajuste -que, con todo, sería menos drástico que los que pondría en marcha después Domingo Cavallo- provocó la ira de sectores mayoritarios de la ya para entonces deshilachada alianza gobernante. La consecuente crisis de gabinete dejó nuevamente a De la Rúa en la necesidad de nombrar un ministro de Economía.


    El elegido fue Domingo Cavallo, de quien se esperaba un shock de confianza equivalente al que había impulsado en 1991 con el Plan de Convertibilidad. Pero la frustración no hizo más que profundizarse. Sucesivos paquetes de medidas oscilaron permanentemente entre políticas reactivadoras (como los planes de competitividad sectoriales y el enésimo anuncio de la puesta en marcha del Plan Nacional de Infraestructura) y severos ajustes. Todo terminó -incluido el Gobierno- con el corralito financiero que dejó a la Convertibilidad encerrada en una suerte de limbo.


    El juego de las sillas


    La Alianza estaba gravemente herida desde octubre del 2000, cuando su primera crisis explícita terminó con la renuncia del vicepresidente Carlos Alvarez. En rigor, los problemas habían comenzado mucho antes. A poco de haberse instalado en la Casa Rosada, quedó claro que De la Rúa no creía en la coalición ni en el programa que lo habían llevado hasta allí.


    Su desconfianza hacia la mayoría de los dirigentes de su propio partido, al que nunca logró disciplinar, y mucho más hacia sus socios del Frepaso, fue transformándose rápidamente en una fuente de conflictos dentro del oficialismo.


    El aislamiento político del presidente corrió parejo con el avance de un núcleo de colaboradores que concentró creciente poder de decisión.


    Las medidas anunciadas por López Murphy chocaron con el rechazo frontal de los ministros alfonsinistas y del Frepaso, y dieron a De la Rúa la excusa perfecta para sacarlos del gobierno. A menos de un año y medio de haber asumido, De la Rúa seguía ocupando la presidencia, pero ya no gobernaba la Alianza.


    Así las cosas, De la Rúa intentó fundar una nueva coalición de facto, cuyo pilar sería Cavallo y todo lo que su notoria figura (pese a sus dos recientes y contundentes derrotas electorales) fuera capaz de convocar. Pero tampoco esa nueva unión nacería bajo buenos auspicios. Ni para Cavallo, que quiso sumarlo a Chacho Alvarez y chocó contra la desconfianza de De la Rúa, ni para el presidente que, aceptando las pretensiones políticas de su nuevo socio, intentó nombrarlo jefe de Gabinete y correr al Ministerio de Economía a Chrystian Colombo, quien aparentemente habría sido objetado por Washington.


    Se originó, así, una situación sin precedentes: no hubo una lista genuinamente oficialista en las elecciones legislativas del 14 de octubre. No podía considerarse de ese modo a la Alianza, representada por los radicales que acababan de vencer en las internas al delarruismo y por los frepasistas expulsados del gobierno, ni a Acción por la República, el partido de Cavallo, que concurrió a las urnas en un frente con el menemismo y otros aliados históricos de este sector del justicialismo, como la UCeDé.


    Más amargos aún serían los frutos de un tardío acercamiento al ex presidente Carlos Menem, convertido en interlocutor privilegiado después de su apresurada liberación, a fines de noviembre, gracias a un fallo de la Corte Suprema que originó tantos cuestionamientos jurídicos como el proceso por el cual había sido encarcelado en junio, a raíz de la causa que investiga el contrabando de armas durante su gestión presidencial.


    Ya para entonces, el justicialismo había decidido romper un pacto no escrito que tenía vigencia desde 1983 y, con el respaldo de los votos cosechados en octubre, se adueñó de las presidencias de las dos cámaras del Congreso y, con ellas, de la sucesión presidencial.


    ¿Tormenta sin piloto?


    La brutal dinámica de los acontecimientos socavó aún más la credibilidad de la dirigencia política, que ya estaba seriamente cuestionada desde el escándalo provocado en el 2000 por las denuncias de corrupción en el Senado.


    Las críticas hacia el gasto político, a veces con dudosa intención, fueron cada vez más generalizadas y tuvieron su epicentro en las elecciones de octubre, cuando el llamado voto bronca, aunque aglutinara a expresiones de tan diferente signo como los sufragios en blanco, los impugnados y las abstenciones, fue considerado como la segunda fuerza.


    Y, aunque casi ninguna figura política logró salvarse del acelerado proceso de erosión, hubo dos derrumbes particularmente notables: los de Chacho Alvarez y Cavallo. Con orígenes, ideas y estilos muy diferentes, habían llegado a ser dos de las figuras públicas con mejores perspectivas y, acaso, las únicas que prometían diferenciarse mejor de las prácticas tradicionales de la política.


    Alvarez eligió el ostracismo frente al resentimiento que despertó en propios y extraños su apresurada renuncia a la vicepresidencia y su posterior intento de recuperar protagonismo en el gobierno de la mano de Cavallo.


    Por su lado, Cavallo, cuya estrella había perdido algo de brillo desde su desbordada -y derrotada- competencia por la Jefatura del Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires, se inmoló en el esfuerzo por salvar a su propia criatura de un trance fatal. Difícilmente podría haberle ido peor: se mostró inusualmente desorientado para evaluar la marcha de la economía y errático para tratar de encarrilarla; sustentó su capital político en frágiles alianzas, no logró revertir la desconfianza de los sectores que tradicionalmente le fueron esquivos, y terminó rechazado por todos aquellos que siete meses atrás habían celebrado su retorno.

    Estaciones del
    vía crucis

    El balance
    del 2001 sería incompleto sin mencionar las siguientes cuestiones:

    • La
      proliferación de las llamadas terceras monedas.
      Si
      bien el fenómeno lleva más de 15 años en varias
      provincias, la aparición del Patacón en Buenos Aires puso
      el tema sobre el tapete. Entre el nacional Lecop, los de ocho provincias
      y hasta los de algunos municipios, a fin de año había
      en circulación bonos utilizados como circulante por casi $ 3.000
      millones. No parecía destinado a sobrevivir, sin embargo, el
      ambicioso proyecto del argentino, una moneda no convertible cuya
      paternidad se adjudicó David Espósito, cuyo tránsito
      por la presidencia del Banco Nación habría de marcar un
      verdadero récord de fugacidad: apenas 48 horas.
    • El
      auge del trueque institucionalizado.
      Se calcula que alrededor de
      un millón de personas está adherido a la Red Global del
      Trueque Solidario, que tiene 800 clubes en 20 provincias. Son centros
      en los que se compran y venden bienes y servicios sin dinero, aunque
      existe una moneda de cambio llamada crédito. El diario
      Clarín estimó que el ritmo de afiliación
      se había duplicado tras el anuncio del congelamiento parcial
      de los depósitos bancarios. Calchaquí, un municipio del
      centro de la provincia de Santa Fe, acepta que sus habitantes paguen
      impuestos con certificados del Club del Trueque.
    • El
      Mercosur, a los tirones.
      Los cortocircuitos entre la Argentina y
      Brasil, principales socios del Mercosur, continuaron profundizándose
      junto con la creciente brecha cambiaria y las continuas batallas sectoriales.
      Por supuesto, en nada contribuyó el sonado desplante que Domingo
      Cavallo hizo a las autoridades brasileñas a poco de haber asumido
      el Ministerio de Economía.
    • Huelgas
      y piquetes.
      Mientras se consolidaban los piquetes como forma de
      protesta casi permanente, sobre todo en algunas provincias, los principales
      caciques sindicales dejaban de lado sus diferencias y, con ligeros matices,
      se unían para protestar contra el gobierno. Las huelgas se hicieron
      sentir. Y si aún se recuerda que Raúl Alfonsín
      sufrió 13 huelgas generales durante los cinco años y medio
      que duró su mandato, habrá que anotar que Fernando de
      la Rúa soportó siete en sus escasos dos años.
    • Las
      dificultades de Ruckauf.
      Con un timing político del
      que careció el gobierno nacional y con una eficiente campaña
      mediática, el gobernador bonaerense no pudo evitar, sin embargo,
      dos sonoros traspiés: debió emitir bonos (los célebres
      patacones) para emparchar la endeble economía de su provincia
      y observó cómo los habitantes de dos partidos vecinos
      casi se trenzan en una suerte de guerra civil, a raíz de la inacción
      gubernamental ante las inundaciones.
    • El
      11 de septiembre.
      Al margen de las dificultades locales, el contexto
      externo no venía fácil para la Argentina cuando los atentados
      a las Torres Gemelas, en Nueva York, y al Pentágono, en Washington,
      modificaron radicalmente la situación internacional. La disposición
      de los principales centros económicos y financieros hacia los
      países emergentes ya no fue la misma desde entonces.

    Solos en la madrugada

    Un ejército
    de pobres, cada vez más populoso y desesperanzado, pasó
    de los piquetes en las rutas a los saqueos de comercios. Una clase media
    que comienza a sospechar que nada tiene que perder (con sus ahorros diluidos
    en la abstracción de un plazo fijo intocable, frustrados por el
    desempleo sus planes de progreso y obligada a cambiar sus hábitos
    de consumo) llegó al supremo desafío de ignorar el estado
    de sitio ordenado por un presidente desfalleciente y se lanzó a
    las calles, a atronar la noche con sus cacerolas.

    Parecía
    una puesta en escena, pero no hubo nada más contundentemente real
    en el último año que esa sincronizada confluencia de dos
    actores que sólo salían de la oscuridad y del anonimato
    en los actos electorales.

    Esta estruendosa
    presencia tornó más evidente el vacío al otro lado
    del mostrador. Un país en el que los economistas se habían
    convertido en vedettes de la escena pública, terminó
    careciendo, no ya de esbozo alguno de política económica,
    sino de las más elementales certezas que permiten mantener cualquier
    actividad. Como señaló alguien, no sólo se quebraron
    las reglas de juego, sino que el juego mismo desapareció.

    Y si hubo
    algo de verdad en el rumor de que algunos dirigentes justicialistas habían
    contribuido a acicatear la ola de saqueos que desalojó a De la
    Rúa, podría pensarse que se cumplió cierta revancha
    histórica cuando en la noche del Día de los Inocentes la
    multitud se lanzó contra las puertas de la sede del poder ocupada
    por un ex gobernador peronista.

    Después
    del relevo de Fernando de la Rúa, el nuevo (y finalmente efímero)
    gobierno surgido de la Asamblea Legislativa, encabezado por el puntano
    Adolfo Rodríguez Saá, se encontró con decisiones
    de política económica que había tomado el ministro
    Cavallo y que habían violado el espíritu de la convertibilidad:
    la utilización de cuasi-dinero para financiar el gasto público;
    el severo límite a la conversión entre dinero bancario y
    dinero circulante al restringirse las extracciones de efectivo de los
    bancos, y la instauración de un riguroso control de cambios que
    desvinculó casi completamente el sistema monetario argentino de
    los movimientos de capital.

    La flamante
    administración justicialista no hizo más que confirmar todas
    estas premisas. La declaración formal de la cesación de
    pagos de la deuda no sorprendió a nadie. Y la voluntad de disciplina
    fiscal manifestada en la decisión de privar a los funcionarios
    de autos y aviones, y de poner un techo de $ 3.000 a sus sueldos, fue
    interpretada como lo que en realidad era: un gesto.

    El avance
    hacia una tercera moneda nacional no convertible volvió a ser exhibida
    como la maniobra menos traumática para salir del uno a uno.
    Los riesgos que entraña el uso indiscriminado de esa herramienta
    (una feroz depreciación que impondría una dolarización
    de hecho) y las imprudentes declaraciones públicas de algunos de
    sus promotores habían llevado, al cierre de esta edición
    de MERCADO, a una paralización del alumbramiento del anunciado
    argentino.

    Políticos
    y economistas permanecían, durante las últimas horas del
    año, encerrados en una deliberación estéril, de la
    que sólo surgió una nueva renuncia presidencial (esta vez,
    la de Rodríguez Saá); otra vuelta de tuerca de una sombría
    crisis institucional. Afuera, un país entero esperaba, en soledad,
    que finalmente amaneciera.

    D.
    V.