El estallido social que se inició el 19 de diciembre aceleró de tal modo la dinámica de la situación política y económica de la Argentina, que todo lo sucedido durante los 352 días anteriores parece ahora demasiado lejano.
Sin embargo, si bien la semana previa a la última Navidad ganó por sí sola el derecho de instalarse en las efemérides, el 2001 ya había acumulado méritos suficientes como para ser considerado un año inolvidable.
El difícil 2000 había terminado con un anuncio esperanzador: el blindaje financiero, una compleja línea de crédito por US$ 39.700 millones, otorgada conjuntamente por el Fondo Monetario Internacional (FMI), el Banco Mundial, el Banco Interamericano de Desarrollo, el gobierno de España, bancos privados y varias AFJP, que permitiría a la Argentina cubrir sus necesidades de financiamiento hasta el 2002, siempre que se cumplieran las metas de déficit fiscal comprometidas (US$ 6.500 millones para el 2001).
Pero no hizo falta esperar a que terminara el primer trimestre para comprobar que esos objetivos iban a desbordarse. Más temprano que tarde, ese original término, del que todos los argentinos hablaban, fascinados, a comienzos del año, cayó en el olvido y fue reemplazado por default
De la mano de la cesación de pagos, llegaron la proclamada necesidad del déficit cero y el apresurado e insuficiente megacanje de la deuda pública.
La repetida apelación al déficit cero como fin supremo de la gestión económica no logró enmascarar la verdadera y alarmante deficiencia: la ausencia de un programa económico viable. Nuevamente, la realidad se encargó de desdibujar los contornos de otro pretendido círculo virtuoso, para convertirlo en vicioso. La continua disminución de la capacidad de consumo de la sociedad iba reflejándose inmediatamente en la caída de la recaudación tributaria, lo que volvía a alejar a las cuentas públicas del equilibrio.
Con respecto al gigantesco canje de la deuda pública (consumado en su tramo local por el entonces ya desfalleciente equipo económico de Domingo Cavallo) vale reproducir algunos comentarios formulados horas antes de la caída del presidente Fernando de la Rúa por el economista estadounidense Adam Lerrick: “No hay reestructuración exitosa sin declararse previamente en cesación de pagos. Ningún inversor acepta perder voluntariamente. La Argentina ya hizo dos canjes este año, y en ambos Daniel Marx reiteró el compromiso del país de honrar toda la deuda. Eso eliminó toda disposición de los tenedores de bonos a aceptar una quita. Por ende, para poder lograr la reprogramación hubo que prometer pagarles más. En lugar de reducir la deuda, esos canjes la aumentaron. Y en el canje actualmente en marcha, si en el tramo global consiguen tan poco como en el local, la deuda resultante será impagable”.
Erosión acelerada
El drástico cambio de expectativas terminó el 2 de marzo con el poco oxígeno que le quedaba a José Luis Machinea, el ministro de Economía que acompañaba a De la Rúa desde el inicio de su gestión y que durante el 2000 había padecido un fuerte desgaste. El presidente creyó que lo indicado para calmar esos ardores era una fuerte dosis de ortodoxia y colocó al frente del palacio de Hacienda a Ricardo López Murphy, hasta entonces ministro de Defensa. Pero la esperanza de mayor orden fiscal que despertaba la imagen del director de Fiel duró apenas dos semanas: el anuncio de su esperado plan de ajuste -que, con todo, sería menos drástico que los que pondría en marcha después Domingo Cavallo- provocó la ira de sectores mayoritarios de la ya para entonces deshilachada alianza gobernante. La consecuente crisis de gabinete dejó nuevamente a De la Rúa en la necesidad de nombrar un ministro de Economía.
El elegido fue Domingo Cavallo, de quien se esperaba un shock de confianza equivalente al que había impulsado en 1991 con el Plan de Convertibilidad. Pero la frustración no hizo más que profundizarse. Sucesivos paquetes de medidas oscilaron permanentemente entre políticas reactivadoras (como los planes de competitividad sectoriales y el enésimo anuncio de la puesta en marcha del Plan Nacional de Infraestructura) y severos ajustes. Todo terminó -incluido el Gobierno- con el corralito financiero que dejó a la Convertibilidad encerrada en una suerte de limbo.
El juego de las sillas
La Alianza estaba gravemente herida desde octubre del 2000, cuando su primera crisis explícita terminó con la renuncia del vicepresidente Carlos Alvarez. En rigor, los problemas habían comenzado mucho antes. A poco de haberse instalado en la Casa Rosada, quedó claro que De la Rúa no creía en la coalición ni en el programa que lo habían llevado hasta allí.
Su desconfianza hacia la mayoría de los dirigentes de su propio partido, al que nunca logró disciplinar, y mucho más hacia sus socios del Frepaso, fue transformándose rápidamente en una fuente de conflictos dentro del oficialismo.
El aislamiento político del presidente corrió parejo con el avance de un núcleo de colaboradores que concentró creciente poder de decisión.
Las medidas anunciadas por López Murphy chocaron con el rechazo frontal de los ministros alfonsinistas y del Frepaso, y dieron a De la Rúa la excusa perfecta para sacarlos del gobierno. A menos de un año y medio de haber asumido, De la Rúa seguía ocupando la presidencia, pero ya no gobernaba la Alianza.
Así las cosas, De la Rúa intentó fundar una nueva coalición de facto, cuyo pilar sería Cavallo y todo lo que su notoria figura (pese a sus dos recientes y contundentes derrotas electorales) fuera capaz de convocar. Pero tampoco esa nueva unión nacería bajo buenos auspicios. Ni para Cavallo, que quiso sumarlo a Chacho Alvarez y chocó contra la desconfianza de De la Rúa, ni para el presidente que, aceptando las pretensiones políticas de su nuevo socio, intentó nombrarlo jefe de Gabinete y correr al Ministerio de Economía a Chrystian Colombo, quien aparentemente habría sido objetado por Washington.
Se originó, así, una situación sin precedentes: no hubo una lista genuinamente oficialista en las elecciones legislativas del 14 de octubre. No podía considerarse de ese modo a la Alianza, representada por los radicales que acababan de vencer en las internas al delarruismo y por los frepasistas expulsados del gobierno, ni a Acción por la República, el partido de Cavallo, que concurrió a las urnas en un frente con el menemismo y otros aliados históricos de este sector del justicialismo, como la UCeDé.
Más amargos aún serían los frutos de un tardío acercamiento al ex presidente Carlos Menem, convertido en interlocutor privilegiado después de su apresurada liberación, a fines de noviembre, gracias a un fallo de la Corte Suprema que originó tantos cuestionamientos jurídicos como el proceso por el cual había sido encarcelado en junio, a raíz de la causa que investiga el contrabando de armas durante su gestión presidencial.
Ya para entonces, el justicialismo había decidido romper un pacto no escrito que tenía vigencia desde 1983 y, con el respaldo de los votos cosechados en octubre, se adueñó de las presidencias de las dos cámaras del Congreso y, con ellas, de la sucesión presidencial.
¿Tormenta sin piloto?
La brutal dinámica de los acontecimientos socavó aún más la credibilidad de la dirigencia política, que ya estaba seriamente cuestionada desde el escándalo provocado en el 2000 por las denuncias de corrupción en el Senado.
Las críticas hacia el gasto político, a veces con dudosa intención, fueron cada vez más generalizadas y tuvieron su epicentro en las elecciones de octubre, cuando el llamado voto bronca, aunque aglutinara a expresiones de tan diferente signo como los sufragios en blanco, los impugnados y las abstenciones, fue considerado como la segunda fuerza.
Y, aunque casi ninguna figura política logró salvarse del acelerado proceso de erosión, hubo dos derrumbes particularmente notables: los de Chacho Alvarez y Cavallo. Con orígenes, ideas y estilos muy diferentes, habían llegado a ser dos de las figuras públicas con mejores perspectivas y, acaso, las únicas que prometían diferenciarse mejor de las prácticas tradicionales de la política.
Alvarez eligió el ostracismo frente al resentimiento que despertó en propios y extraños su apresurada renuncia a la vicepresidencia y su posterior intento de recuperar protagonismo en el gobierno de la mano de Cavallo.
Por su lado, Cavallo, cuya estrella había perdido algo de brillo desde su desbordada -y derrotada- competencia por la Jefatura del Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires, se inmoló en el esfuerzo por salvar a su propia criatura de un trance fatal. Difícilmente podría haberle ido peor: se mostró inusualmente desorientado para evaluar la marcha de la economía y errático para tratar de encarrilarla; sustentó su capital político en frágiles alianzas, no logró revertir la desconfianza de los sectores que tradicionalmente le fueron esquivos, y terminó rechazado por todos aquellos que siete meses atrás habían celebrado su retorno.
| Estaciones del vía crucis El balance
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| Solos en la madrugada Un ejército Parecía Esta estruendosa Y si hubo Después La flamante El avance Políticos D. |
