viernes, 17 de abril de 2026

    “La salud es una causa justa”

    En 1999, su equipo trasplantó por primera vez un corazón en la provincia de Buenos Aires e implantó el primer ventrículo eléctrico artificial en América latina, lo que le ha valido un premio de la Academia Nacional de Medicina argentina. Reconocido internacionalmente, Jorge Trainini es jefe del Servicio de Cirugía Cardíaca del Hospital Presidente Perón de Avellaneda. Firme defensor de un sistema público de salud de excelencia, accesible para todos, asegura: “El médico puede curar realmente muy pocas veces, pero nunca debe dejar de consolar a su paciente”.


    -¿Qué aspectos destacaría del servicio que encabeza?


    -Creo que, después de una década de esforzado trabajo, hemos logrado sumar a nuestra concepción social de la medicina un desarrollo técnico fantástico, ya que resultaba imperioso conformar un complejo hospitalario de excelencia para todas aquellas personas que no podían acceder a una asistencia médica especializada. El servicio que prestamos es totalmente gratuito y cuenta con cirugía coronaria de adultos y congénita, preoperatorio y post operatorio, tratamiento de insuficiencias y arritmias, electrofisiología, asistencia mecánica y resincronización ventricular. Operamos con rescatador de célula sanguínea, lo que nos permite maniobrar sin necesidad de emplear sangre. Tenemos un plantel conformado por 54 personas, entre cirujanos, anestesistas, cardiólogos clínicos y personal especialmente dedicado a la prevención, porque lo primero que hay que evitar es que el hombre se enferme. Hay que explicarle cómo cuidarse y, al mismo tiempo, darle la posibilidad de que si algo le sucede, pueda ser asistido rápida y eficazmente, aunque no tenga dinero.


    -¿Qué significa ejercer una medicina social?


    -Concebirla como una ciencia antropológica, al servicio del hombre y no de grupos económicos. A la gente, no importa el estrato social al que pertenezca, hay que curarla cuando está enferma. No podemos condenarla a permanecer en una cama por quién sabe cuánto tiempo. Estamos hablando de la vida, no de un bien suntuoso que se usa y se tira para comprar otro. Y tampoco debemos abstraernos del espíritu, del aspecto emotivo de una persona. Al médico también le compete comprender al paciente como un hecho global, no como uno puramente orgánico. Un hombre es el cuerpo, el alma y sus circunstancias, su entorno. Si no se considera todo eso, es muy poco lo que el profesional puede hacer. Este oficio tiene que ser un estilo de vida, una forma de ser, no un hecho mercantil, un tráfico entre una enfermedad y un pago para aliviarla. Hay un viejo adagio que reza: “El médico puede curar realmente muy pocas veces y aliviar otras tantas, pero nunca puede dejar de consolar a su paciente”.


    -¿Cuál es el estado de la salud en la Argentina?


    -La mitad de la población carece de asistencia médica. La crisis económica ha determinado que una gran cantidad de gente no pueda atender sus dolencias cardíacas, y sería realmente descabellado dejarla sin cobertura. Si no hay solidaridad es imposible ejercer la medicina y acercar un poco de justicia a quienes más lo necesitan. Esa fue siempre nuestra premisa. En las naciones del Primer Mundo, la tasa de cirugía cardíaca es de 1.000 por millón de habitantes, mientras que en la Argentina apenas asciende a 250, cuatro veces menos. Uruguay, por ejemplo, supera las 800 operaciones de esta clase. Y la diferencia no radica en la falta de recursos económicos, ya que aquí se gastan anualmente en salud casi $ 800 por habitante, lo que nos sitúa en el puesto 34 dentro del ranking mundial de los países que más invierten en el área. Sin embargo, en la estadística que da cuenta de la eficacia con la que ese capital es utilizado, ocupamos la posición 75. Esto indica que los fondos no llegan ni a los beneficiarios ni a las instituciones. Porque cuando los recursos son bien destinados, sobran. Al dinero hay que utilizarlo organizada y honestamente. Por eso, la salud tiene que ser un hecho solidario, porque es la única forma de que alcance a todos.


    -Frente al panorama que describe, ¿qué puede hacer el médico?, ¿cómo debe afrontar su tarea cotidiana?


    -Pese al deterioro social que puede palparse cotidianamente, al profesional hay que ofrecerle todo el desarrollo científico posible. No podemos cercenarle la utopía del crecimiento y la capacitación permanentes. Precisamente por eso, apostamos a un modelo de médico en el que el progreso técnico siempre esté por encima ­o al menos a la par­ del financiero. El afán económico no debe superar al intelectual.


    -¿Qué opina acerca de la disyuntiva entre medicina pública y privada?


    -Que no es real. La medicina tiene que ser una sola. Lo que puede variar es el ámbito en el que el profesional se desempeña. En el país se recaudan anualmente $ 25.000 millones en salud, por lo que, no importa dónde se atienda el paciente, sea en el sector público o en el privado, tiene derecho a recibir una atención adecuada. Lo que ocurre es que, como consecuencia del sistema sociopolítico vigente, 44% de la población del conurbano acude a los hospitales, ya que son la única alternativa con la que cuenta. Y en los últimos meses esa cifra ha crecido en 15%. Tenemos que terminar con esta falsa dicotomía. La solución radica en crear un seguro nacional único de salud; todos los países desarrollados tienen uno. Porque más cantidad de dinero no implica una mejor prestación: la Argentina desembolsa casi $ 800 anuales por habitante y tiene 2,2% de mortalidad infantil. Cuba, en cambio, aporta US$ 106 ­una cantidad ocho veces inferior­ y tiene 0,7%, es decir tres veces menos. Chile gasta $ 360 y tiene 1,1%, la mitad de la mortalidad en nuestro país. Y lo mismo sucede con otros indicadores como la mortalidad materna o el promedio de vida del hombre y de la mujer. No es posible que en los albores del siglo XXI la cirugía cardiovascular aún sea considerada como un bien para el disfrute de unos pocos, y no un derecho de todos. Porque 34,5% de la población se muere a raíz de problemas cardíacos. Y, lamentablemente, además del Presidente Perón ­donde tenemos 500 pacientes provenientes de todo el país en lista de espera­, los hospitales que desarrollan este tipo de especialidad son sólo el Argerich y el San Juan de Dios de La Plata. Nosotros presentamos hace pocos meses un proyecto en la Cámara de Diputados para la creación de un Fondo Nacional de Cirugía Cardíaca. Con un peso por mes de aporte por cada habitante, todos los argentinos dispondrían de una cobertura completa en este campo. Si el Estado, las obras sociales y las empresas de medicina prepaga se comprometen efectivamente a tributar el dinero que les corresponde, podríamos disfrutar de un sistema verdaderamente mancomunado, honesto y transparente, en el que ninguna persona esté desprotegida.


    -¿La clave, entonces, reside en cómo se administran los recursos?


    -Así es. La salud no puede constituirse en un negocio para pocos, tiene que ser una solución para todos. Si los fondos no son correctamente asignados y distribuidos, las desigualdades jamás van a desaparecer. Y una política de salud que no es equitativa trae muertes. Por eso, aunque trabajemos en un hospital, con indigentes, siempre hemos pugnado por disponer de todo el desarrollo técnico posible, porque lo esencial es atender a un paciente sin dinero como al que tiene más. Y ofrecerle los últimos adelantos médicos, porque en definitiva eso es mucho más barato que internarlo en una clínica durante años.


    -¿Quiénes han sido sus maestros?


    -Tuve varios. En la Argentina, Vicente Pataro, un médico de una calidad moral intachable que dirigió el servicio que actualmente presido y que ya en la década de los ´70 proyectaba darle al hospital una categoría internacional. Un hombre que profesaba toda su ciencia en un lugar público, y que me enseñó que no se le puede fallar ni al enfermo ni a la profesión. Y en el exterior, el brasileño Adib Jatene ­que aun después de asumir como ministro de Salud de su país seguía operando en una clínica estatal­, y el francés Alain Carpentier, uno de los cardiocirujanos más impresionantes de este siglo. Todos ellos le han dado al sector público un desarrollo fantástico, y me revelaron algo muy importante: la igualdad que debe tener el acto médico ante todos, pero sin menoscabar jamás el aspecto tecnológico. El hospital tiene que disponer de los mismos medios que el mejor sanatorio privado. Puede fallar en la hotelería, pero no en lo que hace al recurso técnico puesto al servicio del paciente. Creo que es una justa causa.