viernes, 17 de abril de 2026

    La epidemia elige sus blancos

    Como si se hubiera tratado de un naufragio, las primeras víctimas del sida fueron los hombres. Durante la década del ochenta la epidemia se vivió como una guerra: los padres enterraban a sus hijos, en su mayoría varones jóvenes en el clímax de su vida sexual. Después fueron las mujeres. Subidas al falso bote salvavidas que decía que la infección era cosa de homosexuales, ellas quedaron fuera de las primeras campañas de prevención. O prisioneras de la trampa de la monogamia y la fidelidad como barrera contra el virus ­que todavía se propone en algunos folletos­ a pesar de que muchas de las mujeres que hoy están infectadas se contagiaron de un único compañero sexual, su marido. Siguieron los niños. La transmisión vertical ­de madre a hijo­ y sobre todo la ignorancia ­falta de tratamiento y de control­ son las causas que explican que los niños hayan llegado a constituir 7% del total de enfermos de sida en el país, el índice más alto del Cono Sur.


    Que el sida “es un problema de todos” ha sido el eslogan de campaña en las pocas oportunidades en que un gobierno argentino se decidió a hacer prevención masiva en relación con la infección por VIH. Pero como suele suceder con los eslóganes, de tanto repetirse también éste ha perdido su sentido. De hecho, en la Argentina el sida no parece estar en la agenda pública, y el perfil de la epidemia tiene rasgos cada vez más definidos: son los rasgos de la pobreza.


    Desde que se informó el primer caso, en 1981, cada año el número de enfermos que ingresan al sistema de salud aumenta en 30%. La mayoría de ellos proviene de sectores marginales de las zonas con más concentración de población ­Buenos Aires, conurbano bonaerense, Rosario y Córdoba­, de los cuales sólo 2,9% dispone de obra social. Un dato revelador lo constituye el hecho de que mientras en 1990 sólo 1,5% de los pacientes tenía su escolaridad primaria incompleta, ese porcentaje creció en 1999 hasta 18%. Del total de casos informados en 1990, los que habían finalizado el secundario eran 55%. El año pasado la suma de los pacientes que había completado su escolaridad llegaba sólo a 24%. Estos indicadores revelan que el sida no es solamente una enfermedad que ataca el sistema inmunológico sino una enfermedad del cuerpo social que toma como víctimas predilectas a personas cada vez más jóvenes, más pobres, menos instruidas. Y la epidemia se expande con mayor ritmo entre las más vulnerables, las mujeres. Mientras en 1987, cuando se registró a la primera mujer con infección por VIH, la relación era de 1 a 90, hoy es de 1 a 3. Y la progresión no se detiene.


    Estos datos nacionales se reproducen a gran escala sobre el mapa del mundo: 69% de las personas afectadas por el virus se concentra en las zonas más pobres de Africa, donde es apenas una utopía el acceso a los tratamientos combinados que pusieron límites a la condena a muerte que implicaba, hasta 1996, un diagnóstico positivo de VIH.


    Aun cuando los científicos del mundo subrayan como un dato alentador que el sida sea casi la única enfermedad pandémica que afecta tanto al hemisferio norte como al sur, lo cierto es que el precio de las drogas es inaccesible para los gobiernos más pobres. Y como si esto fuera poco, los genotipos del virus que se pueden hallar en Africa o incluso en América del Sur son distintos de los que se encuentran en Estados Unidos, donde se desarrolla buena parte de las investigaciones en torno de una posible vacuna.


    En 1982 se informaron los primeros tres casos de personas infectadas por el VIH en la Argentina. En el mundo, el desconcierto era apenas silenciado por las investigaciones que llevaban adelante Luc Montagnier y Luis Gallo en Francia y otro grupo de profesionales en el San Francisco General Hospital, Estados Unidos, donde se habían registrado los primeros casos de hombres que morían como consecuencia de que su sistema inmunológico se veía bombardeado por enfermedades simultáneas.


    Había una primera característica en común entre estos pacientes: casi todos eran hombres jóvenes que mantenían relaciones sexuales con otros hombres. Para algunos sectores reaccionarios, el sida era una peste moralizadora que venía a poner fin al pecado de la homosexualidad. La prensa amarilla habló entonces de la peste rosa, una estigmatización que sirvió como excusa perfecta para mirar hacia otro lado.


    Lo cierto es que hasta principios de los ´90 no hubo en la Argentina una sola campaña de prevención que alertara sobre las mínimas precauciones necesarias para evitar el contagio. Los casos informados de VIH son hoy casi 20.000 según las cifras oficiales. Pero Mabel Bianco, directora del Programa Nacional de Sida y de Lusida ­un programa financiado por el Banco Mundial y codirigido por las Naciones Unidas­, estima que el número de personas infectadas oscila entre las 120 y las 150.000.


    Sólo los casos informados reciben tratamiento adecuado a través del Estado o de las obras sociales. Tratamientos que según los precios de farmacia tienen un costo aproximado de US$ 1.500 mensuales, sin contar con la rutina de análisis necesarios para controlar la marcha del proceso. Sin embargo, fueron estos costosos tratamientos de drogas combinadas los que pusieron al virus un freno que la educación para la salud no pudo poner.


    Entre 1996 y 1997, cuando la tri-terapia, un descubrimiento científico presentado en 1996 en el Congreso Mundial de Sida de Vancouver, empezó a circular entre los pacientes de manera informal, las cifras de nuevos infectados no sólo no aumentaron, sino que disminuyeron. Aunque esos índices más tarde se han mantenido estables, las tasas de mortalidad se vienen reduciendo progresivamente hasta en 50%, como se informó en enero en Rosario, una de las ciudades más afectadas por la epidemia.


    Esta novedad también generó la asociación de personas infectadas, que hoy controlan la tarea de los organismos de salud y la entrega gratuita de medicamentos, una conquista que estos grupos obtuvieron en 1997.


    Con normas de prevención sencillas y relativamente al alcance de todos, no parece desatinado preguntarse por qué se siguen produciendo contagios. “Es que hablar francamente de sida es tocar temas que todavía tienen mucha resistencia en la sociedad, es hablar de sexualidad y también del consumo de drogas”, responde Mabel Bianco, quien desde su lugar de funcionaria admite que no ha habido hasta ahora ­veinte años después del comienzo de la infección­ ninguna campaña masiva digna de recordarse.


    El alivio que trajeron las terapias combinadas parece haber alejado la amenaza del sida, otra vez, de los sectores privilegiados de la sociedad y del mundo. Incluso el perfil de la enfermedad entre los pacientes más pobres y los más acomodados es distinto. Según un estudio de 1999 financiado por Lusida, los pacientes de obras sociales no tienen tuberculosis ni síndrome de desgaste, tienen un mayor promedio de edad y mejores niveles de instrucción. En los hospitales públicos, en cambio, las enfermedades son las de la pobreza: tuberculosis, desnutrición, adicciones a drogas endovenosas. El sida sigue siendo en el país la segunda causa de muerte entre los menores de 45 años ­la primera son los accidentes del tránsito­ y el costo económico de cada paciente implica una erogación para el Estado que sin duda hace convenientes, incluso en términos económicos, campañas más agresivas de prevención. “De todos modos ­reflexiona Bianco­ hay un gasto que no se puede medir. Es el costo psicosocial de la muerte o de la enfermedad, y a eso no hay plata que lo pueda pagar”.