martes, 14 de abril de 2026

    La celebración de los estilos

    Un recorrido por las extravagancias del estilo de las pampas podría iniciarse a fines de los años sesenta con la tienda Rancho que, más parecida a una obra de arte conceptual que a un local de moda, combinó pasto, piedras y vidrio con ponchos muy modernos. Su dueña, Fridl Loos, una austríaca radicada en Buenos Aires desde 1940 ­la publicación Harper´s Bazaar la llamó “la estilista del South American Way“­, se apropió de las telas de barracanes que descubrió en una recorrida por las provincias del norte.


    Sus diseños vistieron tanto a Helena Rubinstein como a aristócratas excéntricas y al pintor Alberto Grecco, quien solía travestirse con sus prendas de patchwork y recreaciones de los ponchos pampa en simulacros de producciones de moda celebradas en Plaza San Martín.


    Mucho antes de que Yves Saint Laurent popularizara al gaucho look, Paco Jamandreu, el favorito de Eva Perón en sus días de glamour, hizo una versión estilizada de los atuendos de los cowboys argentinos para la tienda Saks Fifth Avenue.


    En un comienzo, las telas, los bocetos y hasta los alfileres destinados a vestir a los personajes de la Guía Social de Buenos Aires para las galas en el Teatro Colón llegaban en barcos desde París. Hubo copistas de moldes de Christian Dior, de Madeleine Vionnet y de Elsa Schiaparelli, tiendas que hacían trajes para madres, hijas y sus muñecas, modistas de alta costura que incluían pastas para suavizar la piel en las entretelas y otros que perfumaban la pasarela con eau de Guerlain.


    En 1967 Mary Tapia, otra cultora de los barracanes, hizo una colección de maxifaldas y sastrería de esa textura que, con el agregado de terciopelos y bordados afrancesados, se pasearon como estandarte de la moda argentina en París y Nueva York. En Buenos Aires la presentó en un desfile atípico: transcurrió en una casa de masajes y las modelos paseaban acompañadas de fisicoculturistas caracterizados como gladiadores.


    En sintonía con la moda descartable que propusieron los diseñadores del swinging London, Dalila Puzzovio hizo vestidos de hule cosidos con martillos y abrochadoras, una colección de corsés de yeso bautizados en honor a la modelo inglesa Jane Shrimpton, y una línea de tricot con ventanitas para tarjetas postales.


    La Galería del Este reflejó por entonces el espíritu del pop lunfardo. Desde Madame Frou Frou, una tienda decorada con guirnaldas, flores y obras de Daniel Melgarejo, Rosita Bailón hizo vestidos de ensueño llamados Súper Bizcocho, Romance o Bombón Oriental, acompañados de cofias que usaban las actrices Marilú Marini, Nacha Guevara y ediciones limitadas de camisas para los músicos Alejandro Medina, Pappo y Moris.


    Después de las botas


    De la Primera Bienal de Arte Joven, sin dudas la mayor manifestación de moda y arte que resultó de la democracia, surgieron los diseños vanguardistas de Gabriel Grippo, Sergio de Loof, Andrés Baño y Gaby Bunader. Trajes confeccionados con trapos de piso, un culto a las costuras a la vista y reelaboraciones de prendas vintage rescatadas del Ejército de Salvación fueron sus grandes éxitos, a los que no dudaron en definir como “moda de la pobreza”. Se vendieron en un puesto del Mercado de Retiro, donde las prendas colgaban junto a las reses y cajones de verduras y se presentaban en desfiles con mucho de happening en galpones de San Telmo.


    Del lado del mainstream, la moda en tiempos de la globalización y los básicos hizo posible ver a Kate Moss como modelo de la firma Paula Cahen D´Anvers, a Naomi Campbell como guía espiritual de las seguidoras de Vitamina, o a la favorita de la célebre casa Prada como cara y cuerpo de la firma local Chocolate.


    Ahora todo indica que la tendencia apunta a la celebración de estilos y propuestas más osados y atentos a los síntomas locales. La consigna quedó clara en la tercera edición del Festival Buen Día, gran happening de moda, música y manjares que se instaló en una plaza pública de Palermo, donde los percheros compitieron en desenfado, y Prisl ­diseñadora de la Bond Street­ mostró su última colección de faldas de jean y remeras con citas del punk y los ochenta, mientras repartía panfletos con el manifiesto “Moda protesta, malaria experimental, ropa saturada de información, terrorismo bonaerense”.

    Maniquíes
    electorales

    El ingreso
    de los guardarropas a las plataformas políticas tuvo como puntapié
    inicial el envío de moda argentina a París en el ´97 (la
    selección incluyó a Benito Fernández, Marcelo Senra,
    Laura Valenzuela, Silvie Geronimi y Walter Moszel), continuó en
    julio del ´99 con la participación en la Semana de la Moda de Roma
    del dúo Trossman Churba y Mariano Toledo, y alcanzó el clímax
    en el local del segundo piso del Paseo Alcorta, que exhibió las
    colecciones de los ganadores del certamen Diseñadores del 2000.

    Hoy el mapa
    político de la moda incluye, por un lado, el Programa Moda y Diseño
    Hecho en la Argentina para el Mundo, avalado por la Secretaría
    de Cultura de Nación, mientras que el Gobierno de la Ciudad tiene
    varias fichas en juego: un centro de diseño con sede en el Mercado
    del Pescado, una agencia de desarrollo de la industria de la indumentaria
    y un laboratorio de moda en el Centro Cultural San Martín, curado
    por el diseñador de Este Oeste y docente de la Universidad de Palermo,
    Gustavo Lento.

    “No somos
    un país con cultura de moda como Francia, Inglaterra o Italia.
    Siempre tuvimos los ojos puestos afuera y nunca en nosotros. Mientras
    que en los setenta empezó el furor de la Galería del Este
    y se impusieron nombres propios como Mary Tapia o Gino Bogani, en los
    ochenta las marcas que hacían moda masiva empezaron a copiar trajes
    Armani o Donna Karan sin siquiera ocultarlo, amparadas en el discurso
    de satisfacer el deseo de poder comprar acá lo que salía
    en las revistas extranjeras. Pero desde mediados de los noventa, con el
    sucesivo desembarco de Versace, Escada, Kenzo, se acentuó el vacío
    de propuestas propias, y las empresas empezaron a entender la necesidad
    de incorporar diseñadores con formación como premisa para
    poder competir”, apunta Dolores Navarro Ocampo, productora de moda con
    vasta experiencia en detectar nuevos talentos e ideóloga del Programa
    Moda.

    Joven guardia

    El barrio
    de Palermo, circuito devenido en semillero de tiendas de decoración
    y objetos de diseño, generó un estilo en sí mismo.
    Juana de Arco, ­una tienda con la apariencia de un costurero en la
    vidriera y una pequeña galería para muestras en el sótano­
    y Fortunata Alegría, la marca de la diseñadora y artista
    plástica Marcela Paolantonio y DAM, fueron precursoras.

    Los diseñadores
    Jessica Trossman y Martin Churba empezaron con experimentos textiles haciendo
    de las cirugías sobre telas y simulaciones de falsas texturas un
    manifiesto. En simultáneo con las prendas que venden en su local
    de la calle Armenia, con puestas en escena muy pop, sus diseños
    causan sensación en la tienda de vanguardia Hedra Prui de Nueva
    York, el emporio del lujo Barney´s y son elogiados en las páginas
    de las revistas Elle, Vogue y Wallpaper