Hace
pocas semanas, Alexandre Zhukov –segundo de Vladimir Putin y hombre
de reputación “liberal”– pidió al ministro
de Economía (German Gryef) retirarle a UES el manejo de Sayano-Shushénskaya,
una de las mayores centrales del mundo (Siberia oriental). La orden es una
respuesta a un dictamen judicial, que dispone devolverla a control federal.
Lo malo es que, a su vez, esa decisión deriva de una demanda cuyos
móviles la acercan al caso Yukos. Es decir, se trata de acciones
contra Chubais, así como la crisis de la petrolera respondía
a una ofensiva contra Míhail Khodorkovsky, quien dirigía una
coalición política contra Putin (y sigue preso). Pero ahora
est*n en la mira docenas de oligarcas que viven espléndidamente …en
el exterior.
“A este paso, el gobierno nos lleva a una desprivatización de
final impredictible”, sostuvo Chubais. A su vez, Andryei Sharónov
–viceministro de Economía– replicó: “UES tiene
accionistas minoritarios, cuyos derechos debe tutelar la justicia”.
Uno de ellos es el propio Estado.
Magnates
asustados
Este tipo de movidas eriza a los magnates rusos, cuya trayectoria no es
un dechado de virtudes. La historia es conocida: altos burócratas
de la ex Unión Soviética (la nomenclatura, que incluía
el Partido Comunista y a la KGB, pero no a las Fuerzas Armadas) se subieron
al proceso que, iniciado por Mihail Gorbachov, acabaría con la
URSS. Boris Yeltsin liquidó la economía de planeamiento
centralizado y abrió las puertas a una privatización definitivamente
predatoria.
Los actuales millonarios acumularon todo cuanto pudieron, hicieron un
culto de la ostentación y, en ciertos casos, intentaron hacer política
apoyados en sus imperios. Pero Putin -ex jefe de la KGB– y su equipo,
de igual origen, hacen –con las diferencias del caso– lo mismo
que Iván el Terrible o Pedro I con las aristocracias levantiscas:
las ataca donde más les duele, en sus activos.
Entre tanto, fuera de Rusia también se fijan en esos oligarcas.
Justamente cuando menos quieren ser visibles (por eso, tantos viven afuera),
el Banco Mundial publica un detallado estudio sobre el poder y la influencia
de esta “nueva clase”.
Sobreconcentración
La entidad multilateral estima que 23 personas, o grupos de ellas, controlan
más de un tercio de la industria y la minería y 16% del
empleo. También poseen 17% de los activos bancarios. Los nombres,
claro, no sorprenden a nadie, pues corresponden a prominentes personajes
políticamente influyentes –contra quienes apunta Putin–
y a sus socios o testaferros.
Lo que llama la atención, empero, es que los datos del Banco Mundial
–sobre 1.300 compañías en 42 sectores– confirmen
el peso de un puñado de operadores, no ya de enjambres empresariales.
Naturalmente, figuran quienes se beneficiaron a mediados de los años
‘90 comprando, “desde adentro” a precio vil y mediante
créditos oficiales, vastos conglomerados. Pero también aparece
una “segunda generación”, inesperadamente poderosa. Por
ejemplo, los que manejan Ilyim Pulp controlan materias primas ajenas a
los hidrocarburos, aunque nada desdeñables. Eso explica que otro
“recién venido”, Olyeg Dyeripaska –magnate del aluminio–,
haya hecho una oferta hostil por ese grupo.
La concentración varía enormemente entre sectores. Así,
los grupos oligárquicos dominan metales (ferrosos y no ferrosos),
minerales metálicos, aluminio, petróleo y vehículos.
Pero en construcción, madera y banca, los tantos se hallan más
repartidos. El complejo análisis del organismo internacional revela,
también, que –como ocurre en Occidente– aun los grupos
más centralizados tienen accionistas minoritarios, aunque casi
sin voz ni voto.
Modelo
autoritario
Al igual que en política, el modelo empresarial prefiere la concentración
del poder. Pocos rusos entienden ideas como propiedad dispersa o management
por delegación. En general, los magnates controlan casi 80% de
cada paquete, en tanto las empresas de capital extranjero y las estatales
muestran hasta 70% de cada paquete en manos del socio hegemónico.
Los técnicos del Banco Mundial admiten que es muy difícil
poner esas cifras en contexto internacional dada la inexistencia de estudios
comparativos a una escala suficiente. Pero hay algo claro: en 15 años
sin planificación centralizada, y dejando de lado los grandes oligarcas,
el gobierno ruso sigue controlando muchas empresas y áreas.
El estado federal representa 20% de las ventas industriales y 8% del empleo.
A escala local, repúblicas étnicas como Tatarstán,
Bashkortistán, Daghestán o Chechenia nunca adhirieron a
las privatizaciones de la década pasada. Además, los gobiernos
provinciales y regionales significan 5% de las ventas nacionales y 3%
del empleo.
En un plano más controvertido, el estudio revela que, si bien el
público asocia a los oligarcas con el copamiento de activos baratos,
el grupo actúa como un contrapeso necesario del poder estatal y
promueve reestructuraciones. En este sentido, genera competencia.
El documento concluye, entonces, que las empresas de los magnates están
mejor manejadas que las estatales, en cualquier nivel. Orientado al mercado,
el informe se apoya en productividad y rentabilidad. Pero, como objetan
economistas polacos, suecos y alemanes, “no existen evidencias de
que los oligarcas superen en desempeño al resto de la economía.
En realidad, las empresas pequeñas y medianas parecen más
dinámicas”. Y no se meten en política.
Escasa
transparencia
En apariencia, los magnates invierten 30% más que otros estamentos
empresariales. Pero eso se debe a que controlan justamente los sectores
que más exportan y, por ende, generan más efectivo. “También
evaden relativamente más impuestos que los otros niveles empresariales”,
admite el ministro Gryef.
Tanto el Banco Mundial como otras fuentes resaltan la imperfección
e insuficiencia de las estadísticas. Por ahora, es casi imposible
obtener datos detallados sobre propiedad o control en la mayoría
de las firmas rusas, ocultos tras estructuras complicadas o vía
fideicomisos en el exterior. Tampoco es factible estimar con precisión
fortunas personales o familiares. Eso ocurre incluso en sociedades que
cotizan en bolsa y ni hablar de sociedades privadas, libres de todo escrutinio
regulador.
Ahora bien, este estudio aparece justo mientras Putin hostiga a Chubais
y, por elevación, a los “oligarcas politizados”.
Al respecto, algunos analistas británicos creen que esta guerra
recurrente entre ricos y poderosos podría forzar mayor transparencia
en el propio sector privado.
En lo tocante a la concentración económica en sí,
el Banco Mundial opina que la etapa actual (reestructuraciones, limitaciones
al Estado-empresario, etc.) empieza a agotarse. En un futuro cercano,
será preciso que las fuerzas del mercado pongan límites
a los oligarcas. Eso parece un poco quimérico, dada su proclividad
global a los grandes grupos.
En este punto, el trabajo de la entidad admite la necesidad de “dividir
conglomerados y promover competencia fomentando pequeñas y medianas
empresas”. Al respecto, se apela al ejemplo norteamericano del siglo
XIX, cuando el gobierno federal –mucho menos inclinado que hoy a
sus propios magnates– circunscribió la influencia de los robber
barons (“oligarcas ladrones”, segmento que incluía apellidos
hoy reverenciados en Wall Street).
Nada le gustaría más a Putin, sin duda. Pero es probable
que el gobierno ruso –de claros visos autoritarios y apoyado por
70% de los votos– no piense exactamente en sistemas regulatorios
más ecuánimes y estrictos. Antes bien, la acción
respecto de los oligarcas se parece más a una caza de brujas.
Unicato,
autoritarismo
y corrupción
En la reunión del G 8, Vladimir Putin se mostraba satisfecho. Sus
colegas afrontaban tormentas políticas y electorales. Él,
casi nada. Tiempo antes,
los rusos lo habían reelegido con 70% de votos. Su gente
tiene mayoría absoluta
–más de 66,7%– en la Duma,
el parlamento. Podría cambiar
la constitución a su gusto.
El clima en Moscú era sombrío. No sólo en la oposición,
que contempla azorada la marcha hacia un régimen autoritario,
envuelto en la retórica hipócrita de Putin, ex jefe de la
temible KGB. También temen banqueros y empresarios, porque este
gobierno es proclive a reestatizar activos privatizados
y perseguir hombres de negocios opuestos a su hegemonía política.
Para peor, el régimen opta por
el silencio, mientras se libran
batallas campales por el poder entre ministerios, reparticiones y altos
funcionarios. De Chechenia, ni hablar. Las reformas
prometidas distan de materializarse y la pesada mano de la
ex KGB se siente en todos los rincones. Junto con ella, una
corrupción sistémica que data no de Stalin, sino de Pedro
el Grande y Catalina II. En todas las Rusias, occidentalización
y capitalismo significan venalidad y abusos desde hace tres siglos.
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