
En los lugares donde se han instalado ha mejorado su calidad de vida, sus condiciones laborales, pero sobre todo, la nueva situación les permite ayudar a los familiares que quedaron en casa.
Con una enorme consecuencia sobre el proceso globalizador. Las remesas mensuales que envían los emigrantes, se calcula que totalizarán este año la enorme suma de US$ 689 mil millones. Una cifra que supera la inversión extranjera directa en todo el planeta, según estimaciones del Banco Mundial.
Hace pocas décadas, la mayoría de los economistas consideraban estas remesas como un tema secundario. Pero el continuo aumento de estos envíos, su coherencia y resistencia, han convertido al proceso en un tema central cuando se analiza cómo financiar el desarrollo.
El cambio se percibe con nitidez cuando se repara en que, en 1990, los que habían dejado de vivir en su país de origen, eran 153 millones de personas. En 2018, eran 270 millones los emigrantes. Proceso que ha convertido a este fenómeno migratorio en una sólida tendencia de la globalización en estas últimas décadas. El flujo de capitales se da en millones de operaciones pequeñas, muchas veces informales.
Hay unas cuantas economías nacionales que viven y no colapsan gracias a este continuo, privado y disimulado flujo de fondos. Como bien lo sabemos en Argentina, en épocas de incertidumbre, de colapso económico, de crisis política, los capitales privados tienden a resguardarse y si es posible, sacar los fondos del país hacia un destino más seguro. En muchos de estos países, las remesas de los ciudadanos que viven afuera es la primera fuente de ayuda y respiro.
Los envíos de los emigrados, desde el país en el que están ahora, ayudan a las naciones que los reciben para mejorar la balanza de pagos, las calificaciones de crédito, reduciendo los gastos del gobierno. Un ejemplo muy claro: Filipinas recibirá este año un flujo de pequeñas remesas que suman ya US$ 34 mil millones, suficientes para compensar lo que iba a ser el déficit de cuenta corriente de más de 10% del PBI, y dejarlo en 1,5% del PBI.
Algunos expertos en estos flujos sostienen que tienen su costado negativo. Al subsidiar los bajos salarios en el país que recibe las remesas, se deja de lado la realidad de un lento crecimiento económico, y cesa la presión sobre los gobiernos para encontrar soluciones de fondo.
Por otra parte, las remesas enviadas por familiares, se usa en muchos casos en incentivar el consumo, lo que suele estimular las importaciones del país que las recibe, y lo que contribuye a que no surja una industria local.
En algunos casos, este aporte es decisivo. En otros, llega un momento donde las remesas ya no son tan necesarias. Pero sirven: además de orientarse al consumo fácil como al comienzo del proceso, apuntan en otra dirección. Por ejemplo, educación, salud o vivienda.
Un caso muy aleccionador para entender distintas etapas de este fenómeno, es el caso del pequeño Líbano, donde los habitantes y los propios bancos, se favorecen por la remisión de fondos constante que hacen los emigrantes. Eso sí, si el país receptor entra en un periodo de crisis económica, las remesas se reducen y la crisis también le llega.
Un complejo fenómeno que, más allá del estudio del Banco Mundial, merece la visión técnica de los especialistas.
La crisis de Occidente
La reciente emigración dirigida hacia los países integrantes de la Unión Europea, tiene características especiales. Por ejemplo, en 2015, 1.200.000 refugiados buscaron asilo. Provenían en su inmensa mayoría de zonas de guerra del Medio Oriente y de África, De países como Afganistán, Iraq, Siria, Pakistán, Sudán, Nigeria o Somalía. Fue una verdadera invasión del Mediterráneo en todo tipo de embarcaciones.
Muchos lograron hacer tierra en Grecia, desde donde eran dirigidos a otros países, como Alemania, por ejemplo. Otros lo hicieron en Italia, y unos cuantos más en España. Fue una verdadera crisis para la que no había antecedentes válidos. Casi 10.000 de estos desesperados se ahogaron en el mar en estériles esfuerzos. Algunos países europeos cerraron herméticamente sus fronteras (como Hungría, por ejemplo); otros –como Alemania– fijaron un cupo anual de refugiados que podían ser aceptados para vivir y trabajar dentro del país. Otros no reaccionaron y finalmente se encontraron con importantes números de refugiados dentro de su territorio y de su sociedad.
Cuatro años después, los problemas continúan para lograr que se adapten a la nueva realidad (los recién llegados, los gobiernos y toda la clase política). Pero esta ausencia de criterios definidos que se observó en las naciones europeas, se ha trasladado a otras latitudes occidentales. Estados Unidos mantiene casi un esfuerzo bélico para que los centroamericanos no ingresen ilegalmente al país. Y algo parecido los ocurre a los venezolanos que masivamente pretenden instalarse en Colombia.

El gran magnetismo de la globalización financiera
Aunque hoy se cuestionan, o directamente se rechazan, casi todos los postulados del consenso neoliberal, la globalización financiera se sigue destacando como la gran excepción.
Muchos veteranos de la teoría económica, sostienen que fue una broma. Otros tantos juran que la historia es real. En ambas hipótesis, el vuelo humorístico no debe ser descartado.
A un famoso profesor de economía de una de las grandes universidades estadounidenses de la costa este, se le atribuye haber dicho, allá por los años 60: “hay cuatro modelos económicos en el mundo, y solo cuatro: la economía de los países desarrollados; la de los países subdesarrollados; la de Japón; y la de la Argentina”. Las dos últimas, excepciones. Aunque de muy diferente signo.
Lo cierto es que la imagen global –respaldada por la realidad de las cifras– de nuestra economía, es muy pobre, por no decir paupérrima. Con fama de defaulteador serial, muchos observadores esperan devaluaciones, alta inflación y crecimiento negativo.
Para “reforzar” el prestigio mundial de nuestra economía, acaba de aparecer un artículo en el cual Dani Rodrik (un economista turco entre los más prestigiosos del mundo, profesor de la universidad de Harvard) con la colaboración de Arvind Subramanian (economista indio y ex asesor económico jefe del Gobierno de su país), aborda un tema que le fascina: qué es una buena política económica y por qué algunos gobiernos tienen más éxito que otros al adoptarla.
Lo singular de este ensayo, es que destaca que a pesar del evidente retroceso de las ideas neoliberales en todo el mundo, hay un viejo concepto que permanece inalterable: “los mercados emergentes deben tener puertas abiertas para recibir flujos financieros del exterior”. Curiosamente es una verdad casi religiosa que el universo político no cuestiona ni critica.
Los autores señalan el ejemplo de China. Después de abstenerse durante muchas décadas, el gigante asiático finalmente se avino a la globalización financiera. No hace mucho anunció que eliminará los controles de capital para permitir los flujos de divisas extranjeras de corto plazo (llamados también dinero caliente).
Contrariamente, –añaden– luego de décadas de ciclos de auge y depresión, Argentina se encuentra ante otra crisis macroeconómica y finalmente impuso control de capitales para impedir una catastrófica caída de su moneda.
Ambos episodios revelan el magnetismo intelectual que sigue teniendo la globalización financiera en los políticos a pesar de su historia de fracasos.
¿Por qué China habría de abandonar los controles de capital ahora y a Argentina le llevó tanto tiempo adoptar esas medidas tan obviamente necesarias?
Dos estrategias muy distintas
El milagro económico chino tiene muchas causas. Además de su vuelco a los mercados, China se ha beneficiado de las exportaciones y de la inversión extranjera, de la migración interna y del legado maoísta de una educación pública y sistema de salud. También es heredera de un estado fuerte y eficiente con un liderazgo culto aunque inflexible. Su pueblo desea la estabilidad. Pero un factor importante en la elevación de China fue la decisión de no abrir la economía a los flujos de capital.
A finales de los años 90, –señalan estos dos economistas– cuando el milagro económico chino ya era evidente, fácilmente podría haber sucumbido a la ortodoxia predominante sobre globalización financiera. De haberlo hecho, el resultado probable habría sido un aluvión de capital extranjero buscando altos retornos en China, rápida apreciación del renminbi, menos crecimiento de las exportaciones y pérdida de dinamismo. La máquina exportadora de China no se habría convertido en el gigante que es hoy y su economía podría muy bien haber sufrido más volatilidad como resultado de la inestabilidad del capital extranjero.
Argentina –con su periódica volatilidad macroeconómica y sus recurrentes crisis financieras– ofrece la ilustración perfecta de esas calamidades.
Los flujos de capital suelen reflejar problemas profundos de política o desequilibrios dentro de un determinado mercado emergente. Pero son también, por lo general, el mecanismo de transmisión necesario para las crisis, y así han magnificado los costos que deben pagar esas economías.
Hay pruebas irrefutables de que la globalización financiera –especialmente el dinero caliente sin restricciones– agrava la inestabilidad macroeconómica, crea las condiciones para las crisis financieras y deteriora el crecimiento de largo plazo al hacer menos competitivo al sector transable.
Pocos economistas pondrían a la globalización financiera como un requisito esencial para el desarrollo sostenido de largo plazo o la estabilidad macroeconómica. Y los argumentos que se hacen a su favor suponen que todos los países ya han cumplido con requisitos regulatorios muy exigentes. La mayoría no lo ha hecho y probablemente no puedan, excepto en el largo plazo.

