jueves, 16 de abril de 2026

    Europa, en su peor momento

    PORTADA (I) |

    Por Miguel Ángel Diez

    Hasta hace pocas semanas, un clima de alivio imperaba en toda Europa, y por consiguiente, en todos los mercados financieros internacionales. Estaba decidido el segundo rescate de Grecia por € 130.000 millones, vigente el acuerdo fiscal aprobado por toda la región, y el Banco Central Europeo había inyectado algo más de € 1 billón (millón de millones) en el sistema financiero continental, salvando a los bancos y aliviando la presión sobre la deuda soberana de los países más comprometidos.
    Ahora, súbitamente, todo ha cambiado para peor. Francia, una de las grandes economías y el tandem de Alemania en la UE, consagró Presidente al socialista François Hollande que prometió abandonar la austeridad a ultranza y buscar vías al crecimiento económico. Mientras Angela Merkel estudia cómo acomodarse en esta nueva y difícil relación, algo más amenazante ocurrió en Grecia.
    El electorado repudió a los partidos mayoritarios que sostenían la austeridad impuesta por la Comisión Europea, el Banco Central Europeo y el mismo FMI. Al tal punto que es casi imposible formar gobierno con lo que será inevitable una nueva ronda electoral donde con certeza, la famosa austeridad será execrada con mayor intensidad. Los mismos dirigentes vapuleados en el primer comicio pretenden girar su discurso con vistas al segundo.
    Con lo que el default griego y su posible alejamiento de la órbita del euro –con todas las consecuencias inherentes– dejaría de ser una posibilidad para convertirse en certeza. Un escenario terrible: los dos motores de la UE (Alemania y Francia) empujando en direcciones opuestas, y un país con una economía irrelevante para el conjunto de Europa (apenas 2% del PBI regional) que quiebra la unidad monetaria y suma en el desconcierto a todo el mundo. En especial a Estados Unidos y a su presidente Barack Obama que necesita, para ser reelegido, que las cosas se tranquilicen en Europa.
    Una salida del sistema monetario que puede contagiar a Portugal, Irlanda, España y acaso también a Italia. Una situación límite que demanda un liderazgo político fuerte, imaginativo y eficiente. Todo lo contrario de lo que ha mostrado Europa hasta ahora. Y con el interrogante de la solución a la crisis, pendiente.

    A la búsqueda de soluciones

    Naturalmente, todos se preguntan por dónde pasa la solución. Algunos tienen un diagnóstico más claro que el de los propios dirigentes.
    Por ejemplo, para Kenneth Rogoff, “con el desempleo de los jóvenes llegando a 50% en países de la Eurozona como España y Grecia, ¿se está sacrificando una generación por una moneda única que abarca un grupo demasiado diverso de países como para ser sustentable? Si esto es así, ¿agrandar el número de miembros de la zona del euro sirve al aparente objetivo de Europa de maximizar la integración económica sin lograr la plena unidad política?”
    “La buena noticia –añade– es que la investigación económica tiene varias cosas que decir acerca de si Europa debería tener una divisa única. La mala es que cada vez es más claro que las zonas monetarias serán muy inestables, a menos que sigan las fronteras nacionales. Como mínimo, las uniones monetarias requieren una confederación con mucho más poder centralizado sobre los impuestos y otras políticas de lo que prevén los líderes europeos.”
    Una suerte de federalismo en serio, idea que está comenzando a levantar vuelo.
    Por su parte, Paul Krugman, en un artículo publicado en The New York Times piensa que “la historia de fondo es sobre la aparente decisión de los líderes europeos de acometer el suicidio económico del continente en su conjunto”.
    “La pregunta era si los líderes aprovecharían ese momento de respiro para reconsiderar las políticas que llevaron a la actual situación. Pero no lo hicieron. En cambio, redoblaron su apuesta por políticas e ideas fracasadas. Y cada vez parece más improbable que algo los haga cambiar de rumbo”.
    “¿Cuál es la alternativa? Bueno, en la década de 1930 la condición esencial para la recuperación fue salirse del patrón oro. En la actualidad, la jugada equivalente sería salir del euro y recuperar las monedas nacionales”.
    Entonces –se pregunta Paul Krugman– “¿qué es lo que aflige a Europa? La verdad es que la historia es fundamentalmente monetaria. Al introducir una moneda única sin las instituciones necesarias para que la moneda funcionara, Europa reinventó a efectos prácticos los defectos del patrón oro, defectos que de­sempeñaron un importante papel a la hora de causar y perpetuar la Gran Depresión”.
    Otra vez se insinúa la idea de federalismo y de instancias supranacionales. Algo que curiosamente, pareció recoger Angela Merkel al conmemorar 20 años de Maastricht, y por lo que bogan ardientes federalistas en distintos países de la región.

    Salvar los bancos, no los Gobiernos

    La Eurozona compró tiempo. De un plumazo, el BCE dio a los bancos los fondos para cubrir un repentino aumento de refinanciamiento de bonos que vencían en el primer trimestre de este año. Ese estímulo a la confianza tranquilizó los mercados financieros y llevó a una caída en los costos del crédito para algunos países en crisis. ¿Cuánto durará este efecto benéfico?, ¿será suficiente? Los últimos acontecimientos votan por la negativa.
    Por otra parte, el plan de Mario Draghi, presidente del Banco Central Europeo, ¿es rescatar a los países en dificultades o solamente salvar a los bancos de todo el continente, incluidos los alemanes, que han prestado alegremente a Gobiernos que ahora no pueden pagar? Claramente el BCE no da apoyo directo a las finanzas de los Gobiernos.
    Las operaciones de refinanciación a largo plazo que lanzó el Banco Central Europeo en diciembre –y que siguió en marzo– aliviaron los problemas de liquidez de los bancos europeos, pero no la desventaja financiera de los estados miembro muy endeudados. Se trataba de una solución a medias, porque los premiums de alto riesgo sobre bonos del Gobierno ponen en peligro la capacidad de los bancos. Las entidades financieras europeas tomaron ventaja del programa de préstamos baratos del Banco Central Europeo y demandaron fondos por un monto de € 529.500 millones, con un interés anual de 1%. En diciembre pasado, el primer programa de este tipo significó que 523 bancos obtuvieron préstamos por € 489.000 millones para disminuir la presión sobre un sistema financiero con serios problemas de liquidez. Lo que permitió que la mayoría de los bancos siguieran operando –aunque en menor medida– con bonos de países soberanos, incluso lo que se suponía que podían entrar en zona de riesgo.

    ¿Cuál debe ser el rol del FMI?

    La percepción dominante es que el Fondo Monetario es una institución planteada por los países ricos, industrializados, para –desde hace décadas– corregir problemas y solucionar crisis (soluciones sobre las cuales no hay consenso entre “los ayudados”) en los países pobres.
    Pero todo cambia. Los llamados emergentes gozan de mejor salud que muchas de las economías antes prósperas. ¿Qué papel debe cumplir en el caso de la crisis del euro y de toda la Eurozona?
    ¿Cuál es la relación de la Unión Europea con el FMI? ¿No tienen recursos propios los europeos que deben recurrir al Fondo que tiene que actuar en todo el mundo y no solamente en un continente? ¿O pretenden exportar su crisis al resto del mundo? ¿No alcanza con el Mecanismo de Estabilidad Europeo (European Stability Mechanism, ESM) y el Mecanismo de Estabilidad Financiera (European Financial Stability Facility, EFSF)?
    Christine Lagarde ha hecho algunas precisiones. Cuando habló en Berlín el pasado 30 de abril desmintió los temores de muchos que pensaban que sería un simple títere de la Eurozona. Dijo verdades desagradables y recitó las medidas que a su criterio se requieren para no volver a vivir una crisis como la de 1930.
    A pesar de las dimensiones de su economía, Europa ha solicitado ayuda tres veces al Fondo Monetario Internacional: para Grecia, Portugal e Irlanda, y ha vuelto a insistir por más asistencia para Grecia.
    Para la jefa del FMI, es necesario introducir medidas para lograr crecimiento de corto plazo. Los países centrales deben gastar más para compensar la austeridad de los de la periferia; la política puede proponerse la remoción de obstáculos a la inversión privada. Incluso algunos países afectados por la crisis deberían cuidarse de exagerar con los recortes, en particular España, cuya deuda es baja según estándares de la Eurozona.

    Crisis y debate: el estado actual

    La pregunta es: ¿está Europa en camino a resolver su crisis? ¿Ha diseñado una fórmula para protegerse de futuras crisis?
    Para muchos observadores, el euro está en problemas porque Europa está en problemas. La crisis de deuda soberana es a la vez síntoma y causa. El despilfarro griego, el boom inmobiliario de Irlanda, la burbuja inmobiliaria en España y la imprudencia de los bancos estatales alemanes, todos fueron jugadores en este partido. Pero la incapacidad para arreglar las cosas habla de una enfermedad más profunda.
    Como muchos analistas apuntan: los Gobiernos europeos pueden salvar al euro si quieren. Una cesación de pagos ordenada por parte de las economías más débiles no tiene por qué ser una catástrofe si viene acompañada de un plan creíble para asegurar su futura solvencia y apuntalar los bancos en los países acreedores.
    Las deudas públicas de Grecia, Irlanda y Portugal suman unos € 680.000 millones (US$ 960.000 millones). Parece mucho, pero representa 7% de la producción de la Eurozona. Borrar esa deuda emitiendo eurobonos –sostienen los optimistas– terminaría con el pánico en los mercados financieros. O sea que solucionar el problema es políticamente doloroso pero económicamente posible. Los ingredientes que faltan son confianza y voluntad política.
    Lo primero habrá de ser ponerse de acuerdo en la naturaleza del problema para así imaginar las respuestas.
    La idea dominante es que para entender esta crisis hay que aceptar que la balanza de pagos es un instrumento fundamental. No tendría igual importancia en países que no integran una unión monetaria. Una voz autorizada como la de Hans-Werner Sinn del Centro de Estudios Económicos del Ifo Institute, en Munich, ha dicho que “la Unión Monetaria Europea está sufriendo una grave crisis interna de balanza de pagos que se parece mucho a la crisis del sistema de Bretton Woods en los años previos a su desaparición”.
    Es que en los años de euforia previos a la crisis financiera, el capital privado fluía con libertad, en particular hacia países en Europa del sur. Grecia, Portugal y España registraban déficit de cuenta corriente equivalentes a 10% del PBI o más. Así financiaban enormes excesos del gasto sobre el ingreso en el sector privado, el público o ambos. Esos booms económicos también generaron grandes pérdidas en competitividad externa. Luego vinieron los “parates repentinos” en flujos entrantes privados.
    ¿Cómo se sale de esto? Para los alemanes, con austeridad. Los países deficitarios deben ajustar. Atender sus problemas estructurales. Deben reducir la demanda interna. Deben ser más competitivos y deben aumentar sus exportaciones.
    ¿Y el papel de los que exhiben superávit? Para algunos, el ajuste debería ser compartido entre los países deficitarios y los superavitarios. Para otros, Europa toda tiene que volverse más dinámica, más inventora y más productiva. Sin duda, la competitividad externa de la Eurozona depende de la tasa de cambio.
    Según Goldman Sachs, para lograr una posición externa sostenible, Portugal necesita una depreciación real de su tasa de cambio de 35%, Grecia, una de 30%, España una de 20% e Italia, una entre 10 y 15%, mientras Irlanda ya es competitiva. Esos ajustes implican compensar la apreciación en los países centrales. Además, con una inflación promedio de 2% en la Eurozona y, digamos, cero inflación en los países actualmente no competitivos, el ajuste llevaría 15 años en Portugal y Grecia, 10 años en España y de cinco a 10 años en Italia. Además, eso implicaría también 4% de inflación anual en el resto de la Eurozona.

    Alemania, las dos caras de la moneda

    Angela Merkel

    Alemania es el villano de la película. Todos los demás le hacen reproches. En Grecia recuerdan la ocupación alemana durante la Segunda Guerra. ¿Es justa esta visión que pone la culpa en Alemania? Según esta mirada tiene que hacer mucho más y pagar mucho más para mantener a flote la moneda única. ¿Ha hecho algo ya por las economías del sur de Europa?
    En Grecia circularon afiches pintando a Angela Merkel con un bigotito como el de Hitler. A un representante alemán en Atenas le dice “el Virrey”. En todo el sur de Europa se acusa a Berlín de provocar penuria en otros países y de provocar la caída de Gobierno.
    La postura de “los bien pensantes” es que para que la Eurozona sobreviva –y la economía mundial evite el desastre– Alemania tiene que hacer mucho más y pagar mucho más para mantener a flote la moneda única.
    Estos argumentos son muy injustos desde la perspectiva alemana y también de muchos países nórdicos. No reconocen –dicen– cuánto ha hecho ya ese país por Europa del sur. En esencia, a los alemanes se les piden tres cosas.
    Primero, que comprometan más dinero para un “firewall”, o sea, crear un fondo tan grande que impida a los mercados especular contra los bonos sureuropeos.
    Segundo, que se comprometan con eurobonos, mutualizando las deudas nacionales de la Eurozona. Tercero, que estimulen su propia economía para que el consumo alemán brinde un mercado para las mercancías europeas.
    En síntesis: los que están fuera de Europa no quieren poner plata en este continente y prefieren que se las arregle por sí sola. Los que están adentro, creen que Alemania debe dar el paso al frente.

    Todo lo que puede ocurrir en Grecia

    Los comicios griegos no fueron concluyentes. Eso es lo básico: nada indica que comienza un largo periodo de gestión. Es altamente probable que en pocas semanas haya que llamar otra vez a elecciones. Los dos grandes partidos pro europeos (o pro euro) tuvieron un descenso dramático en los votos recibidos.
    El partido Nueva Democracia obtuvo 20% de los sufragios y 111 escaños de los 300 del Parlamento, y el Pasok quedó en tercer lugar con casi 14% y 42 bancas (su peor desempeño histórico). En cambio, Syriza, un partido de ultra izquierda quedó en segunda posición con algo más de 16% y 50 bancas.
    Si hoy hubiera nuevas elecciones, las encuestas predicen el triunfo categórico de Syriza y el fin del acuerdo de austeridad y rescate con la UE y el FMI. Por lo tanto, el abandono del euro y el retorno del dracma.
    ¿Por qué un país como Grecia, con poco más de 2% del PBI europeo, causa tantos problemas? ¿No sería mejor dejar que entre en cese de pagos y salga de la Eurozona? Ahora esa posibilidad está mucho más cerca. Willem Buiter, economista jefe del Citi, cree que en los próximos 18 meses, la probabilidad de que Grecia se aparte del euro es de 50%. Cree, además, que los costos para la Eurozona son menores ahora que antes, por lo tanto, también es más probable que se deje que ocurra la separación.

    Más problemas por el cambio político

    François Hollande

    En unos pocos días, los recientes acontecimientos políticos en Francia y Holanda agitaron el debate sobre cómo hará Europa para salir de su pozo. En las 27 naciones de la Unión Europea, se intensificaron las discusiones sobre cómo deberían los Gobiernos y los bancos centrales incentivar el crecimiento económico.
    Desde Estados Unidos y Canadá hasta China y Japón, la salud de la economía mundial y la estabilidad de su sistema financiero están atados en parte al destino de Europa, de la misma manera que lo estaban cuando la crisis de deuda soberana sacudió a Europa hace dos años. Si el viejo continente sigue tomando la píldora de austeridad que fabrica Alemania o la mezcla con una dosis de medidas que fomenten el crecimiento es un tema de importancia global.
    Lo que cambia ahora es que por primera vez en esta crisis, la seguidilla de elecciones nacionales, en Francia, Grecia y Holanda, podría cambiar el curso adoptado hasta ahora.
    La novedad es que el socialismo vuelve a conducir la república francesa. Por margen ajustado (52% a 48%) se impuso François Hollande, el candidato que basó su campaña en vender la esperanza de una economía que crecerá. Hablar en contra de la austeridad trae ventajas electorales, pero no es garantía de éxito en la gestión.
    Cuando el veterano dirigente de 57 años se instale en el palacio del Eliseo, otra será la música. Es cierto que Hollande ha prometido no ratificar el tratado europeo de disciplina fiscal impulsado por Alemania (los demás socios aguardan expectantes). Angela Merkel escuchará algunas propuestas para promover el crecimiento, pero no es fácil que transija. Es probable que haya algunos cambios cosméticos en lo inmediato como para dejar intacta, en apariencia, la alianza entre las dos grandes economías de la región.
    Las promesas de Hollande que le dieron la mayoría de votos en las dos rondas electorales pasan por elevar impuestos a los sectores más pudientes y a las empresas, más subsidios para empresas que den trabajo a jóvenes y a viejos, revertir el proyecto oficial de elevar la edad jubilatoria a los 62 años y equilibrar el presupuesto nacional para 2017.


    ¿Existe una fórmula federal para Europa?

    Los planes de Angela Merkel –si son reales– de transferir a Bruselas los poderes de la Unión Europea generarían problemas constitucionales dentro de Alemania y preocupación en los aliados.
    Hablando en un entorno inusual (20º aniversario de la firma del Tratado de Maastricht), la normalmente moderada líder explicó los elementos de su visión sobre cómo solucionar –en el largo plazo– la crisis de la Eurozona.
    Los países de la Eurozona, dijo, necesitan dos cosas: austeridad presupuestaria para reducir sus deudas y reformas estructurales para aumentar su competitividad y empleo. Deben recrear la confianza en sus finanzas y entre sí. Luego habló de la Unión Europea. “Necesitamos más Europa, no menos. Por eso es necesario crear una unión política, algo que no se hizo cuando se lanzó el euro”. Tras admitir que la idea será muy discutida, dijo que esa unión política se organizaría alrededor de los cuerpos existentes del bloque. La Comisión Europea, brazo ejecutivo en Bruselas, con competencias transferidas de los Estados nación, actuaría como un Gobierno reportando ante un fuerte Parlamento Europeo. El Consejo Europeo de Jefes de Estado funcionaría como segunda cámara legislativa; la Corte Europea de Justicia será la máxima autoridad.
    Claramente se trata de un típico sistema federalista. ¿Lo dirá en serio? Es una visión que causaría alarma en Francia, la mayor aliada europea que tiene Alemania. Hollander no quiere que la comisión se convierta en el Gobierno de Europa: París quiere que esa tarea siga en el Consejo Europeo, donde los Estados son la ley suprema. Y como Francia habrá muchos.
    La visión de Merkel implicaría drásticos cambios en la distribución del poder entre Bruselas y los estados miembros. Semejante cambio podría necesitar un referéndum en Alemania misma, algo que todos los cancilleres desde la Segunda Guerra Mundial han tratado de evitar.
    Por su parte, los verdaderos federalistas europeos están más convencidos que nunca de que la única manera de evitar el fracaso del euro y de la Unión Europea es lograr una verdadera unión política. De lo contrario, se perderán todas las ventajas acumuladas durante 60 años.

    Fin del Estado de bienestar europeo

    Mario Draghi

    El “modelo social” del continente ya fue. No hay otro camino que el de la austeridad.
    El presidente del Banco Central Europeo, Mario Draghi, advirtió a los endeudados países de la Eurozona que es imposible escapar a las medidas de austeridad y que el tradicional contrato social del continente desapareció.
    En entrevista concedida a Wall Street Journal en su oficina de Francfort, Draghi dijo que los problemas de la región están empujando a Europa hacia una unión más estrecha. Añadió que el famoso modelo social europeo –que entroniza la seguridad laboral y las generosas redes de seguridad– “ya fue”. Dijo también que no hay soluciones rápidas para los problemas de Europa y que las esperanzas de que China corra al rescate con su montaña de efectivo no son realistas.
    “En otros tiempos el economista Rudi Dornbusch solía decir que los europeos eran tan ricos que podrían pagarle a todos para que no trabajen. Eso se acabó”, dijo Draghi.
    Este y otros comentarios por el estilo, dichos en medio de un duro debate sobre si profundizar la austeridad es la mejor receta para países que sufren una profunda contracción económica, lo colocan en el centro del campo de la línea dura, junto a Angela Merkel y otros funcionarios alemanes.