
El equilibrio de las últimas décadas entre ambos rivales, se ha quebrado. Más todavía, el entendimiento de los últimos 20 años cuando Washington permitió que el gobierno de Beijing accediera a la Organización Mundial de Comercio, se ha pulverizado.
Y esto va mucho más allá de los exabruptos de Donald Trump. Es toda la intelligentsia, la flor y nata del pensamiento y la academia estadounidense, de ambos partidos, y de opiniones de izquierda y de derecha, las que piensan y pretenden actuar de modo coincidente.
La guerra comercial es un pretexto –que hay que aprovechar naturalmente–, pero la verdadera causa del enfrentamiento permanente (que es la tónica ahora), es el enorme crecimiento económico, científico y tecnológico de China que amenaza el estatus de superpotencia de Estados Unidos.
Tal vez es una reacción tardía y que puede ser poco efectiva. Pero la mayoría de la opinión estadounidense está dispuesta a dar la batalla.
En la medida en que la tecnología, los flujos de capital y las corrientes del comercio entre China y el resto del mundo han cambiado, comienza a percibirse con nitidez otra realidad. Los riesgos de China son menores, mientras que los que corre el resto del mundo frente a China, son ahora mayores. Es el inmenso país asiático quien está cambiando al planeta.
Algunas cifras para recordar. En 2017, China representaba 15% del producto bruto global, y pasó a sobrepasar a Estados Unidos en términos de paridad de poder adquisitivo (según datos del Fondo Monetario Internacional). En términos nominales, para el mismo año, el PBI chino era 64% del estadounidense, lo que la convertía en la segunda economía mundial.
Para la abrumadora mayoría de observadores y especialistas en macroeconomía y en temas geopolíticos, no sólo se hizo trizas el viejo equilibrio, sino que no se advierten posibilidades –por lo menos por los próximos años– de restablecerlo. La mirada pesimista es que aumentará la brecha entre ambas potencias. Es decir, el disenso podría ser permanente.
Una realidad que plantea otras divergencias. Por ejemplo, cuánto tendrán que cambiar los modelos de negocios, los segmentos de clientes a los que apuntan, los productos y servicios que ofrecen, cómo quedarán las nuevas cadenas de suministro, e incluso cuál será la estructura de capital y la propiedad de las mismas empresas. Demasiadas ansiedades para resolverlas todas en 2019. Pero suficiente para aumentar la incertidumbre en la inversión de largo plazo, con mercados altamente volátiles.
La conclusión evidente es que la relación bilateral más importante del siglo ha ingresado en una era incierta de competencia y confrontación. Un enorme escenario de conflicto en escenarios diversos: estrategia, diplomacia, seguridad, ámbito militar, política, ideología, economía, ciencia, tecnología, e incluso educación y cultura.
La misma visión, aunque en la dirección opuesta, prevalece en Beijing, en los cuadros del gobierno y del partido, en empresarios e intelectuales. La esperanza es que ambos contendientes encuentren un terreno donde dirimir las controversias, sin llegar al abismo.
Otras fuentes de conflicto
La cuestión de los aranceles punitorios que puso Estados Unidos (y que amenaza aumentar) no monopolizan todo el conflicto. Es su expresión más visible y resonante. Pero hay mucho más.
Está la cuestión del acceso de las empresas chinas al vasto mercado estadounidense. O la adquisición de empresas norteamericanas por parte de capitales chinos (algo bastante frecuente en los últimos años). También la meneada cuestión de la transferencia de propiedad intelectual de EE.UU. al país asiático. O la realización de investigación científica o tecnológica por parte de los chinos dentro del territorio estadounidense.
De modo que vale tener en cuenta que, aún el hipotético caso de un entendimiento estable en materia de aranceles, las otras cuestiones tienen enorme peso específico y ambas partes tienen poca voluntad de hacer concesiones.
Incluso los viejos teóricos de la cooperación entre ambos países, que antaño sostenían que el crecimiento de China llevaría a un capitalismo vernáculo que desplazaría al comunismo del poder, han renunciado a esa trama argumental. Y se han sumado al consenso anti chino. En verdad, la potencia asiática cuenta con un capitalismo importante, pero sin la soñada democracia y con mucho autoritarismo.
Ahora, sin fisuras, todos coinciden en que hay que buscar desmantelar la estrategia de “Made in China 2025”. Aunque admiten que será una tarea ciclópea. El avance de Beijing es notable.
Fortalezas y debilidades en la guerra comercial

Sería simplista decir que en el abierto enfrentamiento entre las dos superpotencias, la disputa comercial es un mero pretexto. En verdad es una cuestión voluminosa e importante, pero no debe ocultar que, aún en el hipotético caso de lograrse un entendimiento en este campo, los disensos seguirán abiertos y vigentes en todos los demás campos.
De cualquier manera, los conflictos comerciales son los que tienen –desde el año pasado– la mayor repercusión. Desde hace 40 años, cuando la jugada de Richard Nixon apuntaba a lograr una convergencia de intereses en ambos países, China ha logrado avances espectaculares que asustan a las élites en Washington.
En la reunión del G20 en Buenos Aires, se arregló una suerte de tregua comercial hasta el 1° de marzo. Los avances concretos debían lograrse en la mesa de negociaciones. Hace pocos días se produjo el encuentro entre ambos equipos negociadores en Beijing, de resultado todavía incierto pero donde parece que China está dispuesta a obligarse a comprar más productos estadounidenses, originados en la actividad agropecuaria. Y también en algunos sectores industriales que a los chinos no les interesa desarrollar porque tienen otras prioridades.
La posición de ambos protagonistas en este pleito es clara y se persiguen diferentes objetivos, donde los líderes nacionales de los dos países terminan mostrando fortalezas y debilidades. Puede que haya otros temas que resulten más complicados en la agenda bilateral, pero hoy por hoy el comercial es el que levanta más polvo desde el final de la llamada Guerra Fría.
Las declaraciones altisonantes de Donald Trump le dan su condimento a las diferencias, mientras repudia las prácticas chinas de todo lo que va de este siglo, donde se forzaba la transferencia tecnológica en favor de China y la exportación de bienes competitivos en perjuicio de sectores económicos estadounidenses.
Más sencilla es la posición de Xi Jing Ping, que defiende una política responsable de un gran crecimiento económico de su país en las últimas décadas.
Ambos líderes, en este delicado juego de caminar al borde del abismo, exhiben su vulnerabilidad dentro de sus respectivos países.
Trump tropieza ahora con un renovado Partido Demócrata que le ha hecho perder el dominio absoluto que tenía del Congreso. A la par que se encuentra con la aparición de potenciales candidatos presidenciales que lo corren por izquierda y por derecha.
En cuanto a Xi Jin Ping se enfrenta con un problema casi inédito: la desaceleración del crecimiento económico interno. Los mercados financieros volátiles afectan a los dos gobiernos.
En teoría, esta situación común debería llevar el proceso negociador hacia algún tipo de entendimiento, pero las diferencias todavía son enormes.
Ventajas y problemas
Los aranceles punitorios impuestos por Washington (los que ya están vigentes, porque puede haber otros nuevos y con mayor impacto), recortan de alguna manera el crecimiento económico de China. Según los funcionarios chinos, en los primeros tres cuartos de 2018, el país creció a una tasa de 6,7%. Son pocos, locales y extranjeros, quienes confían en la rigurosidad de esta cifra. Las exportaciones ya no podrán ser el motor básico del desarrollo.
Se advierte que el gobierno de Xi aplicará pronto un nuevo programa económico con estímulos especiales destinados a lograr crecimiento adicional.
En apariencia, el panorama es algo mejor para Estados Unidos. La creación de empleo –indicador de diciembre pasado– excedió las mejores expectativas. Pero los sectores afectados por la represalia de nuevos aranceles chinos muestran indicios de problemas.
Trump parece crear que su política comercial no daña la economía local, e incluso sostiene que la favorece.
En los medios de Occidente se suele decir que, al revés de su competidor, Xi no tiene problemas políticos ya que no hay elecciones presidenciales y eso elimina la presión política.
No es así. Los principales cuadros del partido comunista ejercen presión, como también los grandes empresarios y las familias más influyentes sobre el gobierno. Especialmente los que resultarán más afectados por los aranceles estadounidenses.
En cambio, Donald Trump tiene presión inmediata. Ha perdido las elecciones de medio término, y todos los días le aparecen competidores en la carrera presidencial para el 2020, mientras observa como se deterioran los niveles de aceptación a su gestión presidencial.
Una posición dura ante China puede ser el eje de su nueva campaña presidencial. Pero hay un límite: el mismo Trump anuncia que habrá algún tipo de acuerdo, de entendimiento. Para Xi es una buena palanca negociadora.
Si se mira a los mercados bursátiles de ambos países, los dos están en problemas. De modo que los mercados financieros son hostiles para los dos.
La percepción gobal sobre los procesos macro económicos y geopolíticos cambia con asombrosa velocidad. El año pasado se puso de moda hablar del G2, en alusión a los dos gigantes mundiales. Ahora, apenas a pocos meses de distancia, los observadores anuncian que viene una era de transición, aunque nadie arriesgue demasiado sobre el perfil que tendrá. Lo que sí tienen en claro es que la ofensiva antichina es potenciada y empujada por Trump, pero el sentimiento es más profundo y abarca a muchas capas del poder y de la población estadounidense.

