sábado, 14 de febrero de 2026

    ¿Réquiem por la democracia?

    Esa tesis parece confirmarse al comprobarse que en esa dirección avanzan o pretenden avanzar regímenes políticos en el poder, como en Hungría, en Polonia, e incluso ahora en Italia. Gobiernos como el de Turquía, el de Rusia, y obviamente el de China, aseguran y demuestran tener amplio respaldo popular.
    Avanza el argumento de que, para sobrevivir, las viejas democracias deben dar a los ciudadanos lo que ellos le reclamen, y no lo que los gobernantes creen que es lo adecuado.
    Entre los que creen que se avecina el fin, se usa recordar que la democracia como la conocemos (olvidemos por un momento a los griegos) es una creación histórica que no alcanza a tener un cuarto de siglo. ¿Quién dijo –preguntan– que sería eterna? Apareció, se desarrolló y murió, sostienen. Otro sistema, otra creación humana la reemplazará.
    Tal vez es un buen pronóstico, pero seguramente no para esta circunstancia. Hay fuertes indicios de que la democracia puede tener una sobrevivencia más larga de la que suponen los pesimistas.
    La tentación del ejemplo histórico es muy grande. Partidarios de ambas posiciones –aunque extraen distintas conclusiones– recuerdan el surgimiento del fascismo en regímenes europeos como en la Alemania nazi o la Italia de Mussolini, sin olvidar el auge de partidos de derecha como en Francia y otros países, incluso aunque con mayor tibieza, en Gran Bretaña.
    El pensamiento dominante era que la democracia estaba al final del camino en apenas unos años. Pero la alianza anglosajona transatlántica (Estados Unidos y Gran Bretaña, juntos) dieron rotundo mentís al pronóstico. Era necesario sobrevivir como naciones. Al final de la contienda, el vencido fue el fascismo, y las democracias triunfantes en Occidente afrontaron la recuperación.
    Pero como Winston Churchill reclamó que la democracia era un mal sistema de gobierno, pero el mejor de todos los conocidos, (aunque recién lo dijo en 1947, saboreando las mieles del triunfo), comenzó una nueva y brillante etapa de la democracia liberal que llegó hasta nuestros días como corriente dominante de pensamiento.
    Ahora, la democracia parece otra vez estar en jaque. Pero nada autoriza a forzar el paralelismo con la situación de la primera mitad del siglo pasado. Lo que hay es un fenómeno nuevo y hay que aproximarse a él con verdadera curiosidad intelectual, si la pretensión es entenderlo.
    Es cierto que las tradicionales democracias están en dificultades. Nuevos protagonistas de la historia, han aparecido líderes fuertes con capacidad de establecer vínculos intensos con vastas capas de la población de un país, de claro signo populista y autoritario (aunque a veces sea difícil establecer si son de izquierda o de derecha).

    El fin de la historia
    La moda intelectual tiene cierta fascinación con el crecimiento del populismo en diversas latitudes, muchas veces acompañada por dirigentes fuertes que suelen derivar hacia el autoritarismo. Todo ese auge renovó el debate sobre el anunciado final de la democracia.
    Pero las modas intelectuales suelen ser efímeras, como bien lo atestigua la inmensa aceptación de la tesis de Francis Fukuyama a principios de los años 90 con su concepto de “El fin de la historia”. La idea central era: triunfo absoluto de las democracias liberales como efecto de la caída del comunismo. En suma, el fin de las guerras y las revoluciones sangrientas. La disolución del bloque comunista –sostenía el autor– dejaba como única opción viable a la democracia liberal.
    Durante unos pocos años, la idea sedujo a mucha gente. Hasta que comenzó a repararse en otros fenómenos. De un lado el surgimiento de China como superpotencia; el renacimiento de una Rusia zarista, imperial; y en gran medida efecto de la globalización, grandes sectores de las poblaciones en las democracias occidentales que se sentían marginadas y reclamaban otro tipo de soluciones distintas a las tradicionales que proveían los gobiernos de estas democracias. Algo parecido puede ocurrir con este anunciado fin de la democracia, expresado de modo tan contundente.
    Entonces, volvemos a Churchill. Tal vez no tenía toda la razón. En este siglo, la democracia se enfrenta con otro régimen político aceptado por mucha gente. Los riesgos para la democracia surgen do dos dimensiones. La interna, es que lo que se caracteriza como populismo es una reacción contra élites ilustradas establecidas en el poder. La otra, externa, es la comprobación de que mucha gente acepta voluntariamente, como legítima, lo que se clasifica como autoritarismo (o incluso dictadura).
    Lo único evidente es que durante este siglo seguirá el desafío constante al modelo de democracia de occidente, que no será de un único sistema y que la democracia deberá generar respuestas adecuadas si tiene vocación por sobrevivir.

    El dólar, única divisa global. ¿Seguirá así?

    Una moneda que forma parte integral de la política exterior de Estados Unidos. En cambio el euro, la divisa europea única, con mayor potencial desde esta perspectiva (la segunda divisa mundial), no fue concebido para cumplir este rol.
    Un hecho reciente pone de relieve el poder que confiere a Estados Unidos ser el emisor de la moneda internacional de reserva. Donald Trump decidió boicotear el acuerdo nuclear con Irán que había firmado Barack Obama junto con varios otros países, y automáticamente comenzó un proceso inevitable. Teherán no puede vender más petróleo (que cotiza y se vende en dólares) en el mundo, y sus bancos no pueden operar en ningún circuito internacional controlado por los bancos estadounidenses.
    Los otros firmantes del acuerdo no son países menores: Alemania, Francia, Rusia, China. Pero ni el euro, ni el rublo ni el renminbi tienen poder para anular este abrazo de acero. Todos ellos están explorando las posibilidades de seguir, sin Estados Unidos, el acuerdo con Irán. Pero no le encuentran la vuelta.
    El euro, la divisa europea única, con mayor potencial desde esta perspectiva (la segunda divisa mundial), no fue concebido para cumplir este rol. Y eso se advierte en circunstancias como éstas. Aún con la voluntad política que la respalda, fácticamente no tiene la menor oportunidad.
    Ya en su creación, estuvo claro que no pretendía ser un instrumento geopolítico. Se temía que una gran fortaleza de la nueva moneda se traduciría en inestabilidad de precios, el fantasma más temido. Fue una decisión consciente de los líderes europeos de entonces. Y allí está en buena medida la explicación de lo que acontece hoy. Las empresas europeas que desafíen la decisión de Washington sobre Irán, enfrentan sanciones que las inhibirán de ingresar en mercados comerciales y financieros de Estados Unidos. Único país que controla todos los flujos financieros expresados en dólares. Que son la mayoría abrumadora.

    ¿Un cambio en el panorama?
    Tal vez, y solo tal vez, se insinúa un nuevo escenario que puede tener incidencia sobre esta realidad conformada a lo largo de muchas décadas.
    Casualmente, el mismo Trump puede ser el protagonista de una alteración importante en este paisaje. El actual ocupante de la Casa Blanca, sostiene desde cuando estaba en campaña que EE.UU es una víctima del comercio global, ya que las principales economías del planeta logran superávit comercial provocando y agrandando el déficit comercial estadounidense. Así para empezar, le demanda a China –en dos años– una reducción de US$ 200 mil millones en las exportaciones a su país.
    Supongamos por vía de hipótesis que Trump se acerque bastante a su objetivo declarado y logre que todas las demás naciones disminuyan sus exportaciones al mercado estadounidense. Entonces tropezaría con otra dura realidad: en ese caso el dólar declinaría en su protagonismo internacional.
    El teorema se puede formular de esta manera: se puede tener la divisa dominante en el planeta, o se puede eliminar un gigantesco déficit comercial. Pero ambas cosas a la vez, no es posible. Si esto último ocurriera, la gran potencia norteamericana dejaría de ser el lugar seguro donde protegen activos los extranjeros (y los locales), y dejaría de proveer liquidez al resto del planeta.
    Achicar el déficit en medida razonable, es siempre posible. Pretender hacerlo de modo exagerado, es difícil y muy complicado. Además de bloquear importaciones y de estimular exportaciones, hay que entrar en complejas negociaciones que pueden trastocar el actual orden internacional.
    Si esta conclusión –una cosa o la otra, pero no ambas a la vez– parece exagerada, basta con desmontar el mecanismo para verlo en detalle.
    Cuando un país importa más de lo que exporta, está consumiendo más de lo que produce. Así es para el resto de la comunidad de naciones, y también lo es para Estados Unidos. Lo que implica que deba endeudarse para financiar sus compras. Y se endeuda con el resto del mundo, pero en este caso en su propia moneda.
    Como alguna vez dijo un Secretario del Tesoro, “el dólar es nuestra moneda, pero es el problema de ustedes”. Cuando compra o invierte, Estados Unidos entrega dólares. El país receptor puede usarlos para comprar bienes de EE.UU. o para invertir en ese país, o guardarlos como reserva en divisa dura, y por último, puede servirle para operar con terceros países, que también aceptan dólares.
    Entonces, si desaparece o se equilibra mucho el déficit comercial estadounidense, los terceros países no tendrían reserva de dólares y dejaría de ser esta divisa la única en juego en el comercio mundial.
    Estados Unidos ha sabido usar y disfrutar de esta ventaja, el “exorbitante privilegio”, como alguna vez se lo llamó. Además del poder y prestigio de tener la única divisa internacional de reserva, hay otras claras ventajas. Todo lo que emite el Departamento del Tesoro (bonos, por ejemplo) lo suscriben en cualquier parte del mundo; las inversiones estadounidenses en el exterior son financiadas con la moneda local.
    Trump debe pensar muy bien lo que pretende si busca disminuir el déficit comercial (y hasta dónde).