miércoles, 29 de abril de 2026

    Macron, una apasionada propuesta para Europa

    Justo en momentos en que la vieja integración parecía casi agotada y donde populismo, nacionalismos y partidos de ultra derecha parecían avanzar en desbaratar el gran proyecto integrador.
    Macron propuso drásticas reformas en áreas clave.
    • Reclamó un presupuesto común a todo el euro área, dejando el tema abierto a futuras negociaciones.
    • Pidió una reforma drástica en la política agrícola común, la piedra de tranca en los tratados comerciales con el resto del mundo. Una política, dijo, que proteja a los productores de los caprichos de fluctuaciones de mercado, pero que también dé garantías a los consumidores europeos que no serán víctimas de malas prácticas por parte de los productores.
    • La más sorprendente –aunque apenas bosquejada– fue la idea de crear una “fuerza común de intervención”, en el plano de la seguridad y la defensa. También propuso “una doctrina común para la acción”, y “un presupuesto único en el campo de la defensa. Lo que ensancharía algunos instrumentos que ya existen para combatir el terrorismo, por ejemplo.
    • En materia impositiva, resucitó la vieja idea de tener un impuesto común para las transacciones financieras, adoptar otro tratamiento impositivo frente a los gigantes de internet (como Google, Amazon y Facebook) y acordar bandas impositivas corporativas para los 27 miembros de la UE. También sugirió un “impuesto al carbón” que se aplicaría en las fronteras de la UE a empresas contaminantes cuando importen mercaderías desde afuera del grupo.
    • Uno de los más resonantes mensajes fue en torno a la democracia. Macron sostiene que la democracia es la esencia misma del proyecto europeo integrador. Puso a consideración que el parlamento europeo, más que reunir a representantes de ciudadanos de las distintas nacionalidades de cada uno de los países que forman el grupo, sean consecuencia de listas transnacionales que generen bancas paneuropeas.
    • En lo que se refiere al especialmente caliente tema de la migración, la visión de Macron es la de crear un área común para gestionar las fronteras comunes, y supervisar todos los temas de migración y de conceder asilo. La pieza central de la iniciativa es crear la Oficina de Asilo Europeo, con el manejo integral de las bases de datos nacionales. En línea con este tema, propuso que los emigrados de un país de los 27 que trabaje en otro, pagará los costos de seguridad social en el país en el que está trabajando, pero parte de esos recursos deberán volver al país de origen del trabajador. 

     

    La democracia en el centro 

    Más allá de la atracción (favorable, pero también negativa en muchos casos) que suscitan estas propuestas, lo que sorprendió fue la apelación clara, rotunda y emocional a defender la democracia y el vapuleado proceso integrador, en un contexto de debilidad continental, donde se está absorbiendo todavía lo que significa el Brexit, la incidencia planetaria de Donald Trump en la Casa Blanca y la mayor gravitación de partidos populistas de ultra derecha en Holanda, Polonia, Hungría, Austria, y en la propia Francia con el gran caudal de votos que obtuvo la agrupación de Marine Le Pen.
    Lo más reciente es lo ocurrido en Alemania. Ganó Ãngela Merkel un cuarto mandato, pero con la menor cantidad de votos de todas las elecciones donde se impuso. Sus rivales tradicionales, los Socialdemócratas de centro izquierda, fueron humillados con el peor resultado en muchas décadas. Y lo sorprendente fue el excelente desempeño de Alternativa para Alemania, una agrupación bien de derecha que, por primer vez desde 1945, sienta nazis en el Bundestag.
    Tal vez la nueva debilidad de Merkel, hasta ahora líder indiscutida de la Europa de los 27, favorece un acercamiento a otro dirigente de estatura como Macron, con un mensaje renovador y distinto.
    El mensaje del presidente galo abarca todas las materias imaginables. Sugiere una innovación radical en la economía para superar el estancamiento, y solucionar las diferencias entre los estados miembros que han impedido, durante la última década, que la UE pueda ser una potencia económica de la magnitud de China o Estados Unidos.
    Como dijo enfáticamente en su resonante discurso en La Sorbona, es imperiosa “la refundación de una Europa soberana, democrática y unida”. 

     

     

    No hay una sola brecha; son muchas en el mundo 

     

     

    La palabra –y el significado que encierra–, adquirió especial vigencia en nuestro país en los últimos años. Tal vez nuestra pretensión de ser diferentes al resto de los países, hizo que no viéramos bien toda la pantalla completa.
    Ahora que sí es evidente, no hay más remedio que admitir que casi todo el planeta tiene su propia grieta, aunque en muchos casos hay similitudes y coincidencias difíciles de soslayar.
    Una primera mirada general revela que hay una extendida revuelta populista, nacionalista y en muchos casos afín con la ultraderecha política. Realidad que transforma el escenario mundial, que origina situaciones difíciles de explicar con los cánones tradicionales.
    Hay un divorcio global entre las élites intelectuales, políticas y profesionales y el núcleo de los ciudadanos ordinarios. Los clásicos dirigentes admiten que hay una enorme realidad de falta de equidad que produce en gran medida estos resultados, pero no pasan de proponer algunas medidas correctivas.
    Los que se sienten perjudicados, los jóvenes sin empleo y sin capacidad para tener casa propia, resienten que sus padres –y la gente mayor en general– tengan un buen retiro, vivienda y un nivel de vida más alto del que ellos tienen y que tal vez nunca podrán mejorar.
    Los más encumbrados, son partidarios de la globalización. Los que se sienten perjudicados, prefieren un repliegue, un aislamiento preventivo. Pero un exceso de globalización –como bien acota el economista Dani Rodrik, profesor en Harvard y en Princeton– puede dinamitar al estado-nación que fue la base donde se asentó el capitalismo (que también está en crisis). Si no se advierten las consecuencias de este proceso, no sólo peligra la globalización. También el estado democrático, o republicano, puede quedar sumergido por los excesos que genera la reacción adversa.
    De modo que hay una tensión latente entre lo que quieren mayor integración o agrupación supranacional como la Unión Europea , y los que hacen esfuerzos por debilitar ese camino, a veces poniendo en riesgo la misma unidad del viejo estado nacional.
    Para los que piensan que lo global es el camino, y que el estado–nación es antiguo, ineficiente o irrelevante, Rodrik recuerda algo central: los mercados demandan regulaciones, bancos centrales, seguros sociales, bancos reglamentados. Y en este plano –observa– el estado–nación es el único actor eficiente.
    Los globalistas insisten en que la economía mundial demanda acción colectiva para no fracasar. La idea de que si las naciones no cooperan habrá ruina económica, es, al menos, infundada. La acción internacional común puede ser una exigencia cuando se aborda el cambio climático o plagas sanitarias mundiales. Pero en lo económico parecen regir otras normas.
    Hubo un tiempo en que la idea del Estado se asociaba con progreso económico y social, y mejores prácticas políticas. Cuando un Estado fracasa, se encamina a la declinación económica e incluso, a veces, a la guerra civil.
    Esta nueva confrontación en las ideas y en los hechos, plantea un enorme desafío para la clásica visión del capitalismo, e incluso de la esencia de la democracia, cuando el terreno es propicio para que crezca la desesperanza, la ausencia de fe, y surjan nacionalismos, autoritarismos, proteccionismos y extremismos.
    Hay episodios recientes de gran importancia, a los que solamente uno se puede aproximar con este enfoque de los dos bordes de la grieta, que se enfrentan.
    Por ejemplo, hay una nueva época en la política estadounidense, signada además por la declinación de los dos grandes partidos tradicionales. Final del formulario
    Para muchos analistas, el surgimiento casi irresistible de Trump se conecta con tres décadas continuadas de retroceso y declinación de las clases medias estadounidenses, y un estancamiento del crecimiento en la productividad que el país experimentó durante siglo y medio.
    Hay mucho enojo y se traduce, de alguna manera, en favorecer candidatos muy lejos del estereotipo presidencial tradicional.
    Los desaciertos de Trump desde que se instaló en la Casa Blanca son innumerables. En función de ellos, los que nunca imaginaron su triunfo aseguran que es imposible que sea reelecto para 2020. ¿Aciertan? Quién sabe. Sus votantes no militan en los partidos políticos, se consideran independientes en sus decisiones, siguen enojados por la distribución del ingreso y piden más radicalización.
    El Brexit sigue siendo un sinsentido pero casi el 50% que votó en favor de separar a Gran Bretaña de la UE, sigue creyendo lo mismo, a pesar de la montaña de evidencia en su contra.
    En Francia triunfó un presidente independiente, Emmanuel Macron, pero el movimiento de extrema derecha de Marine Le Pen sumó algo más de 30% de los votos, cuando nunca sobrepasaba el 10%. En Alemania, por cuarta vez ganó Angela Merkel, pero debilitada. Con menos votos de su partido y debiendo coexistir en el Bundestag, por primera vez desde 1945, con diputados nazis del nuevo partido Alternativa para Alemania.
    En España, el movimiento independentista catalán, impulsado por nacionalistas y fuerzas de izquierda puso en riesgo la unidad del estado español.
    Tal vez Argentina exhiba la curiosidad de ser el primer país que, tras años de populismo, logró encontrar un rumbo para transitar otro esquema republicano y democrático.