martes, 7 de abril de 2026

    La corrupción sistémica arranca en el 83

    Por Rubén Chorny


    Eduardo Lázzari
    Foto; Gabriel Reig

    Desde hace más de 15 años que se lo ve transitar los pasillos del cementerio de la Recoleta rodeado de contingentes que lo contratan para visitas guiadas por los mausoleos de muertos ilustres. Despliega en las recorridas una amena crónica que elabora con recortes del pasado, desmenuzados y contados en lenguaje entendible, para finalizar en un original juego: analizar, “con el diario del lunes”, las distintas alternativas que en cada caso pudieron haber cambiado los sucesos del Bicentenario cumplido.

    “Los hechos hablan por sí solos, y al final lo que funciona mal pero funciona quiere decir que está bien, aunque se ponga la finalidad en tela de juicio” es la tesis provocadora que suele esgrimir ante las audiencias este presidente de la Junta de Estudios Históricos del Buen Ayre, miembro de la Asociación Sarmientina de Buenos Aires y del Club Político Argentino, además de docente de Extensión Universitaria de la Facultad de Historia, Geografía y Turismo de la Universidad del Salvador.

    ¿Errores históricos, intenciones aviesas? Cada hito, cada personaje, abre un expediente que se nutre de investigaciones y opiniones, pero también de casos flagrantes que se los clasifica como corrupción, vocablo que está de moda en estos tiempos.

    Es fuerte lo que afirma Eduardo Lázzari en su condición de historiador especialista en divulgación y preservación del patrimonio histórico y cultural de la República Argentina: “Trato de seguir el tema de la corrupción a lo largo de la historia, sobre todo porque en los últimos años hubo una impronta cultural muy fuerte en el sentido de justificarla como un elemento inherente a la forma de ser de los argentinos. Pero cuando vamos a la historia comprobamos que no es así. Ha habido episodios puntuales de corrupción y no formaban parte de una estructura sistémica. Como cronista de la historia tengo la impresión de que esa sistematización de la corrupción es reciente: coincide con la restauración de la democracia”.

    Y redobla la apuesta: “Cuando me puse a investigar me sorprendió mucho que a lo largo de la historia, desde Bernardino Rivadavia hasta hoy, todos los Presidentes de la República ingresaban al poder más ricos que cuando salían. Hubo casos extremos como el de Hipólito Yrigoyen, que había sido hacendado y estanciero, y terminó sus días pobre, en una casa prestada de la calle Sarmiento”, concluye.

    Lázzari ha mediatizado, y cómo, la temática de las visitas guiadas que organiza en los principales sitios históricos de Buenos Aires. Se lo escucha en programas radiales como “Buenos Aires Mágica” y “Por la Vuelta” (FM La 2×4), “Viejos Vinagres”, en la de la Ciudad de Buenos Aires, “Vivamos la Vida” en Mitre; y se lo ve por la señal TN “En el Camino” y en “Magazine Orbe 21”, el canal del Papa.

    En una agenda que estira como un chicle, coordina, además, programas turísticos y culturales a través del Ministerio de Cultura del Gobierno de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires; realiza visitas guiadas a la distinguida necrópolis porteña, a los barrios de Buenos Aires, al Centro Naval y, los domingos, al Palacio Barolo, edificio en cuya cúpula está la oficina que ocupa en la Fundación Arquitecto Ingeniero Francisco Salamone, que él mismo fundó y preside.

    Con solo abordar el ascensor que va a la torre y darse una vuelta por su escritorio queda al descubierto la hoja de ruta de su pensamiento. En la pared de atrás tiene colgados los cuadros de Justo José de Urquiza, Domingo Faustino Sarmiento y Julio Argentino Roca, la tríada que eligió para representar su óptica federal, educativa y progresista.

    1983, un antes y un después
    –¿Qué opinión le merece como historiador que se atribuya la génesis de la corrupción a que patriotas de la Revolución de Mayo estuvieran vinculados al contrabando durante el Virreinato que contribuyeron a derrocar?

    –El contrabando que mencionan como supuesto origen de la corrupción cuando éramos colonia española más bien fue una forma que encontraron los comerciantes de Buenos Aires para generarse algunas riquezas burguesas poniéndose fuera del totalmente anquilosado sistema imperial español, que además empobrecía a la ciudad. Se trataba más bien de un tipo de delito que en algún momento fue eficaz para eludir el cepo imperial. Luego se batió el parche con el empréstito de la Baring Brothers, en 1823. Fue una operación ruinosa en términos económicos, y podría decirse que Bernardino Rivadavia, que después sería Presidente de la República, cometió un error administrativo grave. Pero no se puede afirmar que haya habido corrupción, porque al retirarse de la Presidencia vivió sus últimos años de la caridad pública, lo cual deja en claro que no usó recursos del Estado en beneficio personal.

    –¿Y quiénes sí?

    –El hermano de Roca, Ataliva, que compraba tierras y hacía negocios forestales en Misiones donde había sido nombrado gobernador. Sarmiento, un purista de la cosa pública, propuso crear un nuevo verbo en el castellano, atalivar, que significaba beneficiarse personalmente de los negocios públicos a través del parentesco con el Presidente. Podemos mencionar ya en el siglo 20 el caso de la renovación de las concesiones eléctricas para la Compañía Hispano-Argentina, la Italo y la Alemana de Electricidad, en 1938, que aprueba el Concejo Deliberante de Buenos Aires contrariando la posición de sus partidos en la materia. El presidente del radicalismo, que era Marcelo Torcuato de Alvear, puso las manos en el fuego por sus correligionarios firmantes, e incendió gran parte de su capital político cuando se descubrieron cheques que demostraban que algunos habían cobrado sobornos, lo que dejaba en evidencia la no naturalización de la corrupción. Inclusive, al tomar estado público, uno de los concejales, de apellido Roca, se suicidó. Otro caso fue el del Gobierno de facto que presidía el general Videla: una de las medidas que tomó Martínez de Hoz como ministro de Economía fue levantar el impuesto a la herencia para beneficiar sus intereses familiares y después estuvo el affaire de la venta de la Italo.

    –Está hablando del antes de la restauración democrática, ¿dónde empieza el después?

    –En la decisión política que toma el Gobierno de Raúl Alfonsín de importar pollos para bajarles el precio en el mercado interno. ¿Se acuerda de los famosos “pollos de Mazzorín”? Terminaron siendo un emblema de corrupción, a pesar de no haberse demostrado fehacientemente que lo fuera. Lo conozco a él y sé que no se benefició personalmente, pero el costo económico de la medida y que se pagaran tarifas diferenciales a los frigoríficos que tenían esos pollos, echaron algo más que un manto de dudas.

    –¿No le parece temerario afirmar que la culpa de la corrupción sea de la democracia?

    –Digamos que hay una matriz que posibilita la corrupción sistémica y comienza en 1945, cuando se incrementa la presencia del Estado en la economía. A partir de ahí, la discrecionalidad del funcionario cobra una gran relevancia en enriquecer o empobrecer a las personas con el enorme volumen de dinero que maneja.

    –En 1945 fue la primera presidencia de Perón, ¿podría vinculárselo con la corrupción?

    –Está comprobado que no se benefició en términos personales. Hasta llega a pasarla muy mal durante su exilio en Paraguay y República Dominicana, para recién empezar a encontrar un cierto equilibrio luego que se le acercaran personajes que no lo hacían sentir del todo cómodo, pero que le facilitaban los medios económicos. Hay testigos que afirman que, en los tiempos de su negociación en Puerta de Hierro con Frigerio y Frondizi, se emocionó mucho cuando le regalaron una mítica valija con US$ 50.000, porque era el primer dinero del que iba a disponer en lo personal. Hasta Carlos Menem, ningún Presidente se había retirado más rico que cuando había asumido, incluyendo a los dictadores.

    –¿Y Raúl Alfonsín…?

    –Por supuesto que tampoco. Pero en la restauración democrática que comienza con su Gobierno se instaló a militantes partidarios en la función pública, llamados ñoquis, que son aquellos que tienen cargo, sueldo, pero todos sabemos que, en realidad, no realizan tareas inherentes a la estructura administrativa para la que se los asignó. Eso es corrupción. Y en esta suerte de historia de la participación del Estado en la economía se fue haciendo carne la idea del todopoderoso. De hecho hay todo un sistema empresario que se fue armando en su capacidad de negociación para hacer grandes obras. Para diferenciar un acto administrativo con imperfecciones de uno de corrupción habría que ver, en primer término, qué beneficios obtiene el funcionario público que interviene en cada caso. Pero también se genera un dinero negro para solventar el costo del sistema de partidos, de las campañas electorales, y para obtener finalidades políticas. Favores con contraprestaciones. La presidencia de Menem justificó las privatizaciones mediante una disrupción de la doctrina hasta ese momento generalmente aceptada del peronismo: que la gestión privada o estatal de los servicios públicos en realidad era un recurso de época que se podía usar en una u otra dirección. El apuro por una situación económica muy compleja lo llevó a hacer, por lo menos, actos administrativamente punibles, como fue vender Entel sin inventario.

    El límite entre público y privado

    –La ex presidenta Cristina Fernández de Kirchner reclama investigar a los empresarios que se adjudicaron obras públicas. ¿Hay corrompidos sin corruptores?

    –Es cierto que el privado paga los sobornos para que el público tome las decisiones que le permitan ganar más, pero en el marco de un dilema con la ética, de la que ya Belgrano calificaba de difícil en los hombres de negocios. En la Argentina, a la figura del empresario la han desprestigiado mucho, lamentablemente, lo mismo que a la riqueza. Pero el agente público tiene la responsabilidad de resguardar bienes que no le pertenecen y sí a todos los ciudadanos. El privado hace negocios en su beneficio y hemos llegado a un extremo tan perverso que el privado, si no se corrompe, queda marginado de trabajar.

    –¿Y cómo llega a convertirse en un sistema “normal” de las relaciones en el seno del poder?

    –Cuando en el Estado se articula lo que sería el beneficio de la corrupción para los funcionarios públicos. Pero al mismo tiempo se confunden conceptos respecto de la utilización de los recursos del poder estatal, que no es igual a ningún poder económico, y se mezcla el real con el fáctico, llegándose a extremos como el de considerar la corrupción, según hizo Hernán Brienza, como una necesidad de cualquier proyecto político. O sea que se debería entender que, para que haya una política nacional y popular, es necesario corromperse, porque la condición de esa militancia es no provenir de los sectores ricos.

    –¿Una confesión de parte como esa haría relevar las pruebas?

    –Para nada, pero sí las intenciones. Estuvimos ante un estadio superior de la corrupción. Porque lo que habla de una sistematización inteligentemente pensada es que tanto Néstor como Cristina Kirchner, por ejemplo, crearon sus propios contratistas para no tener que negociar con los empresarios. Lázaro Báez es un empresario inventado que armó su empresa a los 10 días que asumió su amigo Néstor Kirchner, siendo un cajero de banco que se convirtió en un poderoso terrateniente, con más hectáreas a su nombre que el Estado de Israel.

    –Bueno, si fuera por procedencia, el mismo Franco Macri cuenta que vino a la Argentina siendo albañil y pobre, y terminó siendo uno de los hombres de mayor fortuna en el país…

    –No hay pruebas de que Macri padre se haya enriquecido con dinero del Estado, pero de Báez sí. La única explicación de la presencia de Lázaro Báez en la obra pública era el reparto del dinero. Hay otros casos flagrantes, como el del intendente que Calafate que le vende a la familia presidencial a valor fiscal terrenos sin una licitación. Se trata de cuestiones que están en los códigos de ética, pero que son obvias. El más grave problema que tiene la mayoría de los funcionarios que estuvieron en los 12 años de kirchnerismo se resume en una frase que se está poniendo de moda: “no les cierra el blanco”. Si se hace un seguimiento de las declaraciones juradas no se corresponden unas con las otras.
    Pero remitiéndonos más al pasado, Jorge Antonio fue un hombre que, aprovechando su cercanía con el poder, logró que la Argentina fuera el primer país en que se instaló la Mercedes Benz fuera de Alemania. Él la regenteó hasta que dejó de tener peso político y no les sirvió más.

    –Y yendo más al presente, ¿qué nos dice del “blanqueo” informativo del robo a la vicepresidenta el año pasado, en plena época del balotaje?

    –El evento de Gabriela Michetti, un robo que ahora trasciende que le habían hecho en su domicilio el año pasado, del que le llevaron más de US$ 200.000 en efectivo, es una vergüenza que no se arregla diciéndose una paparula, palabra que usó en el programa de Lanata. ¿Cómo justificaría en ese caso ser vicepresidenta de la República?

    La Justicia ciega

    –¿Es una mala noticia para la corrupción sistémica que haya cambiado el Gobierno y aparezcan jueces más activos?

    –No soy de los que se esperanza en que ahora cambió la Justicia, porque están los mismos jueces que durante 10 años pararon todo, salvo alguna cuestión especial. En el caso de las instituciones estatales que se han corrompido, muchas veces les hemos asignado a los políticos problemas de idoneidad y aptitud, por lo que habría que ver dónde sucedieron las complicidades.

    –Por lo visto, la impunidad ha sido la condición sine qua non de la corrupción como sistema. ¿Cómo se vuelve de ahí?

    –Habrá que refrescar la Justicia. Tenemos jueces que no pueden explicar su patrimonio, Oyarbide por ejemplo. El camarista Eduardo Freiler (el de la causa Hotesur, que involucra a la ex Presidenta) tampoco. Y si indagamos a los otros, lo mismo. Durante 10 años estuvimos diciendo que teníamos la mejor Corte Suprema de la historia, pero la realidad no podía hacerle cumplir las sentencias al Poder Ejecutivo Nacional ni le era posible implementarlas. Su labor fue declamativa, nunca se integró al Gobierno como poder independiente. El cambio que se advierte actualmente en los jueces se debe a la presión social que reciben en ese sentido. Si con los tarifazos no se incendió el país ha sido porque la gente ve cómo robó el Gobierno anterior y que los que vinieron encontraron un desastre. Las denuncias que se hacían eran inverosímiles porque, al no poder verse, parecía que no existían, que fue cuando trataban de loca a Carrió, hasta que aparecieron en la televisión contando plata y ahí todo se tornó creíble.

    El peronismo y la gran caja del Estado

    Lázzari plantea un gran interrogante para los historiadores: la definición del peronismo. Y recuerda que en su primera experiencia histórica, en los años 40 y 50, utilizó recursos de intervención estatal creados antes de su llegada, en la poscrisis del 30, cuando era presidente Agustín Pedro Justo: la Junta Nacional de Granos, la de Carnes, el Banco Central, Dirección Nacional de Vialidad, de Ferrocarriles.

    Aplicó un keynesianismo para mover la economía a través de la obra pública y de ciertas regulaciones estatales. “Perón intervino brutalmente en la economía con la creación del IAPI, que elimina a los mercados como determinadores de los precios y hace que los fije el Estado. El diferencial entre lo que le paga al productor y el valor que obtiene por exportarlos le genera una rentabilidad que destina a financiar las políticas sociales del peronismo. Igual sucedió con la intervención en los alquileres, con la ley de propiedad horizontal y de congelamiento, produjo un freno absoluto en las construcciones privadas de viviendas, que pasaron íntegramente a depender del ámbito estatal, cuando antes hasta las aseguradoras levantaban edificios para rentar”, explica.
    Subraya, asimismo, que lo que quedó claro de los 40 en adelante fue que el Estado tenía mucho más poder que en los años de Gobiernos liberales.