viernes, 17 de abril de 2026

    Dieron acuerdo en París los principales contaminadores

    A pesar de las aprensiones iniciales, las deliberaciones de París avanzaron por senderos prometedores. Estados Unidos y China, dos de los más grandes contaminadores del ambiente jugaron un papel protagónico, parecieron listos a comprometerse, y empujaron a otros países más renuentes a asumir fuertes compromisos, con promesas incluso de apoyos económicos.
    Hasta la India que insistía en que a un país en desarrollo –que necesita industrializarse o en síntesis, hacer lo que hicieron los desarrollados hace 100 años y que por eso produjeron el actual nivel de contaminación– no se le podían exigir las mismas metas que a los industrializados, se muestra dispuesta a hacer algunas concesiones importantes.
    El caso de la India es especial: su población crece a tal velocidad que pronto igualará a la China. Su territorio es escenarios de terribles sequías, inundaciones gravosas, invasión del mar sobre las costas. Se estima que en 2080, la temperatura habrá subido entre 3 y 5 grados centígrados.
    Por lo menos la reunión se inició con resonantes promesas que comprometen miles de millones de dólares, por parte de los principales líderes mundiales. Pero más allá de las conclusiones finales recién en unos cuantos meses se sabrá si todos estos discursos altisonantes se convierten finalmente en un sólido acuerdo, el primero global de los últimos 18 años.
    Barack Obama sorprendió otra vez –como lo ha hecho recientemente, con las relaciones con Cuba y con Iraq, con el Tratado del Transpacífico y la presencia naval en mares cercanos a China– con una actitud decidida que no se corresponde con la idea tradicional del “pato rengo” (el lame duck, el que está al final de su mando). En su discurso reconoció que su país tiene buena parte de responsabilidad en la actual situación del ambiente y del clima, por su enorme poder contaminante.
    Es cierto que los Republicanos se oponen a un pacto de este tipo –y muchos Demócratas también– pero dos tercios de los estadounidenses creen que el país debe ser actor importante de un acuerdo global sobre este tema.
    Para darle más dramatismo a la situación, justo en el momento que tenían lugar las deliberaciones, una nube dióxido de carbono envolvía toda China y toda la India.
    En cuanto al sector privado, Bill Gates ha unidos fuerzas con Warren Buffett, Jeff Bezos y otros multimillonarios para impulsar inversión pública y privada en “energías limpias”.
    En París, bajo estado de sitio por los ataques terroristas recientes, no se permitió ninguna manifestación. Pero ellas abundaron en las principales capitales del mundo que demandan acción inmediata.
    De los casi 200 países representados, muchos están encolumnados en un plan concreto de acción para detener el avance del alza en el termómetro (los europeos dispuestos a asumir obligaciones vinculantes); otros a reducir la emisión de gases contaminantes, y algunos más que no sabían bien hacia qué lado de la balanza se inclinarían. Tal vez no se logró el mejor acuerdo, pero seguramente todo terminó con un clima distinto, mucho más positivo que el de la última vez en Copenhague.
    No todo es color de rosa, sin embargo. La idea de un tratado con cláusulas de cumplimiento obligatorio no prosperó, por la imposibilidad que tienen algunos países –entre ellos Estados Unidos– de obtener la ratificación parlamentaria que se requiere. En cuanto a las especificaciones de monitoreo de la futura contaminación dependerán de la participación voluntaria de los países que suscriban el documento.
    La promesa de la delegación estadounidense fue, sin embargo, rotunda: en 2025 se habrá reducido la emisión de carbono en 25%, comparado con los niveles de 2005.
    Por su parte la Unión Europea piensa reducir sus emisiones, para 2030, en 40% en comparación con las de 1990. Compromisos similares asumieron Rusia, México y Malasia.
    China no tiene problemas con la ratificación parlamentaria, pero su gobierno insiste en que cada país debe enfrentar el problema del cambio climático a su modo y en sus tiempos. Por tanto, se opone a un tratado internacional con metas de cumplimiento obligatorio. Pero Beijing parece que ha tomado el tema en serio fijando metas internas severas hasta 2030.
    El argumento más fuerte para que cada país siga su ritmo y su camino, es de la India. Todos los países industrializados lograron ese estatus quemando combustibles fósiles y enrareciendo la atmósfera. Ahora –dicen sus funcionarios– les quieren imponer fuertes reducciones a los que empiezan a transitar el proceso. Es una inequidad manifiesta, concluyen.
    Pero además de los principios, hay otra razón de peso. O de pesos. Es cuál será la ayuda económica concreta que los países ricos brinden a los que necesitan recursos para encarar el reemplazo energético.


    Barack Obama

    Migraciones y cambio climático

    Esta reunión mundial del clima que acaba de terminar en París, se celebró en el peor momento para la capital francesa, y también para toda la Unión Europea. Para la Ciudad Luz, por el impacto de los recientes ataques terroristas que han obligado a mantener el estado de sitio y medidas extremas de seguridad.
    En cuanto a Europa, nunca estuvo más dividida desde la fundación de la UE. No es solamente la falta de crecimiento económico, los problemas del euro, o las desigualdades entre norte y sur. Como telón de fondo se instaló el tema de los centenares de miles de refugiados que intentan instalarse en los países más prósperos, que agudiza las diferencias.
    ¿Qué tiene que ver una cosa con la otra? Además del Ejército Islámico en el caso de Siria, los millares de refugiados de ese país, de Iraq y de todo el Medio Oriente y el norte de Ãfrica, vienen huyendo de cuatro a cinco años de sequía, de la creciente desertificación y del rigor que supone el aumento de la temperatura promedio.
    Tal vez este nuevo fenómeno impulsó los acuerdos climáticos. Es que en el viejo continente, se avanza y se retrocede. De pronto la sociedad alemana –y la austríaca–, se conmueven y abren sus fronteras a estos desesperados del Medio Oriente y del norte de Ãfrica, en especial, los sirios en este momento.
    Pero de inmediato, cuando se ven invadidos por multitudes de gente diferente, cierran de nuevo sus fronteras y la tensión y el drama recomienza. Y todo indica que este es un proceso que podrá tener diferentes derivaciones y experiencias, pero que sin duda durará por largo tiempo.
    Sin duda la atención se concentra en el medio millón de refugiados que asedia Europa durante los últimos meses, o en los dos millones de sirios instalados en Turquía. Sin embargo, advierten los especialistas, sería una simplificación suponer que estos masivos desplazamientos se deben exclusivamente a la desintegración de estados preexistentes, debido a conflictos religiosos, ideológicos o étnicos.
    Hay certeza de que en el fondo aparece una razón más profunda y persistente: el cambio climático. El calentamiento del planeta juega un rol decisivo que todavía crecerá en importancia en el futuro. En términos comparativos, la migración se está acelerando. En América latina, y en la Argentina en particular, sigue fresco el recuerdo de cómo los inmigrantes fueron los grandes impulsores del movimiento globalizador del siglo 19.
    En cambio, el actual proceso de globalización se ha caracterizado por barreras crecientes contra inmigrantes sin educación, oficio o profesión. Excepto por un breve periodo que siguió al derrumbe de la Unión Soviética, desde el fin de la Segunda Guerra Mundial (1945), el flujo de emigrantes comparado con la población mundial se mantuvo estable en alrededor de 3%. Lo llamativo como advierte un trabajo de Brookings Institution –firmado por Jaime de Melo– es que la migración de sur a norte triplicó la registrada de norte a norte en los últimos 50 años.


    Narendra Modi

    Los factores climáticos

    La historia enseña que durante los tiempos medioevales, la migración era la única protección contra los desastres naturales. Mucho más cerca, en las primeras décadas del siglo pasado, el proceso creciente de aridez en vastas zonas de Estados Unidos llevó al desplazamiento de dos millones y medio de personas.
    Sin ir más lejos en esta línea de razonamiento, más allá de la tragedia de la guerra civil en Siria con sus efectos devastadores, no hay que perder de vista que la fuerte sequía de los últimos cinco años –en una agricultura que utiliza agua de modo intensivo– contribuyó de modo decisivo a agravar el problema. Las temperaturas han subido en todo el Mediterráneo oriental. Iraq, nada ajeno a este fenómeno, ha contribuido con un millón y medio de emigrados.
    Los desplazamientos en Siria representan 20% de la población urbana y se calcula que puede aumentar en 50% durante los próximos ocho años. La conclusión es que las presiones migratorias pueden aumentar. Tanto las diferencias de ingresos entre países ricos y pobres, desigualdad en los niveles educativos y la tasa de crecimiento demográfico deben considerarse en estas proyecciones. Se supone que toda la población de Ãfrica será de 2.000 millones de personas para 2040. Lo primero que ocurrirá –como está pasando ahora con los sirios– es que la tasa de emigrantes africanos calificados, educados, profesionales, crecerá de 16% en 2000, a 20% en 2025, y a 23% en 2050. Y como naturalmente Europa está más cerca de Ãfrica que Estados Unidos, está claro cuál será el imán para estos emigrantes.
    Hay evidencia científica sobre los cambios climáticos que se avecinan, en algunos países en particular o determinadas zonas del planeta. Temperaturas extremas y fuertes lluvias incidirán sobre el rendimiento agrícola, muy especialmente en los países de bajos ingresos. Se calcula que a finales de este siglo la temperatura promedio aumentará en 4 grados, con lo que las tierras agrícolas explotables se desplazarán 1.000 kilómetros desde la línea del Ecuador, y el nivel del mar aumentaría en 70 centímetros. Los optimistas señalan que, habida cuenta que 72% de la población global y 90% del PBI mundial ocupan apenas 10% de la tierra disponible, hay margen para que la gente de otros lugares se desplace. Claro, si se lo permiten.

    El ocaso del carbón

    En la reciente sesión ómnibus parlamentaria, el gobierno saliente aprobaba la ley que crea una administración estatal para la mina de carbón de Río Turbio. Lo acompañó en París rechazando la reducción de las emisiones de gases.
    En el comienzo de la Cumbre del Clima, Argentina acaba de rechazar todas las propuestas de reducir sus emisiones de gases de efecto invernadero. Lo hizo poniendo en marcha una empresa estatal que se encargará de administrar una mina de carbón con destino a la producción energética.
    Lo sugestivo es el enorme apoyo político a la iniciativa. Todos los sectores que confunden crecimiento económico con desarrollo hablaron de la cantidad de dinero invertido, del ahorro de divisas, del camino hacia el autoabastecimiento energético, de la creación de fuentes de trabajo y de las conquistas logradas por los trabajadores, advirtió el ambientalista Antonio Brailovsky.
    Argumentos sin duda ciertos, pero que atrasan más de medio siglo. Evaluar los proyectos solo en términos de dinero, sin contemplar el daño que puedan hacer al ambiente es, por lo menos, una irresponsabilidad.
    Denuncia en ese sentido que el principal objetivo de la Cumbre del Clima es reducir las emisiones de gases de efecto invernadero, y hay amplio consenso de que las peores de ellas son las emitidas por la quema de carbón.
    El mineral negro impulsó la riqueza de Europa y su unidad política. La amenaza del cambio climático propició el declive de esta fuente de energía altamente contaminante, escribió Jean-Michel Bezat, de Le Monde.  
    El tiempo pasa y el capitalismo 3.0 triunfa con sus ejércitos de frikis de la tecnología. ¿Cómo es posible que los gueules noires [caras negras, mineros], símbolo de un mundo casi desaparecido, sigan vigentes en la memoria de Francia, Reino Unido, Polonia o Alemania?, sostiene este periodista.
    Sin duda porque antaño extraían un recurso prodigioso –el carbón– que hizo posible que el Viejo Continente iniciara su desarrollo, que estructuró su historia social y asentó los cimientos de la construcción europea, antes de convertirse en la bestia negra de los movimientos de defensa del medio ambiente.
    El mineral negro fue el principal objeto de debate en la Conferencia Mundial sobre el Clima que se celebro desde el 30 de noviembre al 11 de diciembre en Le Bourget, cerca de París.
    Pero lo que ayudó a Europa a alcanzar tiempos de bonanza económica puede ser ahora su perdición debido a la amenaza del cambio climático. Se empieza a estigmatizar a los grandes países carboníferos (Polonia, Alemania) que continúan explotándolo y quemándolo en sus centrales. “Estas críticas tienen más eco a partir del momento en que los proyectos piloto de captación y almacenamiento de dióxido de carbono, apoyados por Bruselas, han resultado decepcionantes”, señala el climatólogo Jean Jouzel, vicepresidente del Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Clima (GIEC). Aunque los industriales dominan bien la captación, no han resuelto la cuestión del almacenamiento. Esas tecnologías son caras y los municipios rechazan que se entierre carbono cerca de sus casas.