Por Florencia Pulla

La rivalidad Argentina-Brasil es parte de nuestro folklore. El fútbol, en parte, es el culpable: desde que en las canchas se dejó de cantar el clásico malvinista “El que no salta es un inglés” para ser reemplazado por “Brasil, decime qué se siente…”, la enemistad estaba declarada. Pero excede el campo de fútbol: que la economía brasileña sea la más grande de la región y el eje de la mayoría de las inversiones que nos son esquivas no ayuda. Cuando nos encontramos con un brasileño le recordamos aquella frase de Maradona sobre Pelé y ellos, en cambio, nos recuerdan que son cinco, y no dos, las Copas del Mundo que ostentan en la vitrina.
Argentina es nuestra patria, el lugar donde nacimos, el territorio en el que vivimos. Le debemos lealtad… hasta que llega el verano. Nuestra patria veraniega no tiene como capital a Mar del Plata sino a Río de Janeiro. De hecho, según Embratur, el ente del Ministerio del Turismo brasileño encargado de la comercialización internacional, uno de cada tres turistas que visitan el país es argentino. Hay algunas razones financieras para esta reconquista: por ejemplo, un dólar planchado y un real que se desinfla. Ir a Brasil es, para nosotros, más barato que nunca. Por eso durante los meses de verano el alimento nacional deja de ser el dulce de leche para ser reemplazado, al menos por unos meses, por los bolinhos de bacalhau. O en términos que entendería hasta Cristina Kirchner: pao de queijo en el desayuno para todos y todas.
Pero el amor argentino por Brasil va más allá de los meses estivales. El clima brasileño y su variedad de destinos la convierten en el país preferido de una gran variedad de turistas. No hablamos solamente del que viaja para conocer: al ser San Pablo la capital financiera de la región, muchos empresarios que viajan por negocios deciden quedarse por placer. Que existan playas que nada tienen que envidiarle a las del Caribe a solo unas horas de avión ayuda, y mucho.
San Pablo: más que su capital financiera
Deberían existir tarifas planas de Ezeiza Guarulhos por la cantidad de personas que viajan de ciudad a ciudad por día. Es que San Pablo –o Sao Paolo en idioma portugués– es la capital financiera de Latinoamérica y se nota. La cantidad de rascacielos que inundan la ciudad remiten, con algo de sabor caribeño, a aquella jungla de cemento que es la ciudad de Nueva York: en San Pablo se respira el aire de los nuevos negocios.
El crecimiento experimentado por la ciudad atestigua años de bonanza: hay nuevos edificios que impresionan y que logran fundirse con algunos de los barrios más tradicionales de la ciudad, como el distrito Jardins, más residencial. Allí está el hotel Tivoli Sao Paolo Mofarrej, al que fuimos invitados y donde degustamos –como es tradicional todos los sábados– la famosa Feijoada, un guiso de porotos negros que lleva distintos vegetales y alguna carne.
Lo cierto es que si bien San Pablo es una ciudad tradicionalmente conocida por sus negocios, es también una de las ciudades más complejas de Brasil.
En contra. Su densidad poblacional hace que su tránsito sea caótico, con los embotellamientos como única constante. La segregación socio-espacial resulta en barrios de clase alta en un lado de la ciudad –donde se pueden encontrar marcas de lujo e institutos privados de cirugía plástica como en Miami– y hacia el otro, favelas más marginales. El contraste, como en cualquier ciudad de Latinoamérica, puede resultar chocante.
A favor. Hay varias cosas que elevan a San Pablo por encima de otras ciudades brasileñas. En principio, es una megaurbe. Eso significa que su sistema de transporte público funciona aceitadamente, lo que para los turistas argentinos significa un cambio de aire que refresca. Pero además los distintos pueblos del mundo que han hecho de San Pablo su hogar reflejan una cultura única que mezcla raíces africanas con algo del colonialismo portugués y del sabor típico de Latinoamérica.
Uno de los mejores ejemplos es el Mercado Municipal de Sao Paulo. Los amantes de la comida no pueden perdérselo por varias razones. En principio, porque sus pasillos están repletos de especies poco conocidas en Argentina y que, a buen precio, realzan cualquier plato casero. El anís estrellado, una rareza que solo se consigue en el Barrio Chino y en almacenes gourmet que escasean en Buenos Aires, está en todas sus formas. Y la botella de 1 litro de leche de coco, un ingrediente importante en platos del sudeste asiático, está a menos de la mitad de precio que en la capital argentina.
Vale la pena pasar por la sección de frutas y verduras: a diferencia del Mercado Central argentino, en donde las frutas tradicionales ocupan un lugar privilegiado, la variedad y calidad de las frutas brasileñas supera ampliamente la oferta local. Los verduleros no son tontos: dan muestras gratis porque saben que su producto es bueno e incita a la compra.
Pero el Mercado de Sao Paulo brilla también por su propuesta gastronómica. No será para todos los gustos pero aquellos que se sientan aventureros tienen que pasar por alguno de los puestos típicos del mercado. Ahí encontrarán los típicos bolinhos de pescados varios pero la estrella es, y será siempre, el sándwich de mortadela. No destila glamour pero tanto el crítico gastronómico Anthony Bourdain como la chef local Narda Lepes hicieron el peregrinaje al Mercado para probar un mamut de sándwich con casi 500 gramos de fiambre y pan crocante. Lo probaron y vivieron para contarlo… en sus programas de televisión. Si solo tienen un día ese es el lugar para conocer.
Pero si tienen más tiempo, el museo del fútbol es una buena opción para visitar con los más chicos. Y otras atracciones libres y gratuitas, como el Barrio Chino –donde se pueden conseguir desde curries indios hasta salsas picantes importadas de Estados Unidos– o la Catedral Metropolitana de Sao Paulo siempre son una buena opción.
La consigna siempre es la misma: que los negocios no empañen nunca la posibilidad de relacionarse con los paulistas.

A dos horas en avión
Pero, por mucho que les gustaría a los Paulistas, Brasil no termina en San Pablo. Y esa es su fortaleza. Una aceitada red aérea conecta los puntos más remotos habilitando una variedad de destinos turísticos que acercan el Caribe a Buenos Aires.
Al sur las propuestas son por demás conocidas: Floripa, Buzios, Paraty, Ila Grande, Río de Janeiro. Pero más al norte, por encima de la pancita que dibuja en el mapa el país vecino, hay destinos menos conocidos. Es allí donde se puede apreciar el Brasil de principios del siglo 19, donde el impacto de las corrientes migratorias europeas ha sido menos fuerte. En Salvador de Bahía, donde nos alojamos por tres días, se nota la presencia de la cultura africana desde los típicos vestidos blancos y arreglos capilares que ostentan las mujeres hasta en la arquitectura de sus iglesias más humildes.
Y es ahí, también, donde se comen los mejores platos bahianos. El acarayé no puede faltar: un plato típico del lugar, es un pan gordo hecho a base de porotos blancos y cebolla, frito, y servido con langostinos que los locales comen de merienda. Para acompañarlo las bahianas hacen una preparación de pan rallado, jengibre, maní y leche de coco que llaman Vatapá. ¿Para tomar? El agua de coco lava cualquier pecado pero, para los que amen los refrescos dulces, hay dos que sobresalen: la limonada de maracuyá y el batido de coco. Una cosa es segura: nadie extrañará las gaseosas.
Un ecoresort
Praia Do Forte queda a menos de 90 kilómetros de Salvador de Bahía y un transfer o taxi casi siempre puede acercarlos a algunos de los resorts con vista a la playa. Invitados por Tivoli, conocimos su Ecoresort, un complejo de lujo con cabañas con vista a la playa. Además del spa –con jacuzzi, sauna y circuitos de agua– se puede conocer más sobre la cultura bahiense con las fiestas temáticas que ofrece el lugar. Con media pensión incluida –desayuno y cena, el almuerzo es aparte– queda mucho tiempo para hacer deportes acuáticos o, simplemente, “hacer playa”: la arena de Praia Do Forte nada tiene que envidiarle a las del Caribe y el complejo pone a disposición una serie de comodidades –como bares con comidas y bebidas típicas, servicio de playa, reposeras y sombrillas de paja– que hacen que valga la pena los casi $3.000 que salen sus habitaciones por día.
Lo cierto es que el Ecoresort, al ser de los primeros en la playa, tiene una ubicación privilegiada respecto a la pequeña villa que es el corazón turístico de Praia do Forte. De hecho, se puede acceder caminando por la playa porque está a 600 metros. Los negocios que ofrecen una variedad de artículos –desde los tradicionales pareos y havaianas hasta artesanías de muy buen gusto, hechas en madera, cristal o paja– están sobre la calle principal, de piedras, que termina en una reserva de tortugas marinas que enseña, a grandes y pequeños, sobre los esfuerzos de conservación de estos animales acuáticos. Para quienes no quieran caminar se puede acceder por tuk-tuk, un pintoresco servicio de taxi parecido a los autorickshaw; un hibrido entre un auto y una moto que parece difícil de imaginar pero que es cómodo para transitar si se llevan a cuestas muchas bolsas.
Serán pocos los que visiten el Castelo García D’avila, un fuerte que sobrevivió de la época colonial portuguesa y que pretende echar un luz sobre cómo vivían los locales: aunque está a una corta distancia en taxi y las vistas desde los pisos superiores son realmente increíbles y proveen un lindo marco para las fotos quita la atención del foco principal del turista de Praia do Forte que es, sin dudas, la playa.
Hay que decirlo. Las playas del norte de Brasil son únicas en cuanto su proximidad con el Caribe las asemeja a sus primas centroamericanas: el agua es turquesa y la arena, blanca. Más cerca que Cancún: Praia do Forte.
Algunos datos a tener en cuenta
Lo bueno es que hay vuelos diarios desde Buenos Aires a Salvador con conexión en San Pablo. La línea aérea Tam tiene buenas tarifas, con pasajes que van desde los $9.108 con impuestos incluidos, dependiendo del mes y la disponibilidad. No todo nace y muere en Buenos Aires: hay cinco vuelos semanales desde Rosario a Salvador con conexión en San Pablo, incluso un poco más baratos: desde $8.196.


