
El debate en nuestro país se ha ideologizado, en la peor acepción del término. Se ha convertido en faccioso. Los opositores al Gobierno usan –con bastante razón– el silenciamiento de una serie histórica del Indec, para demostrar que aumentó la pobreza y que muchos sectores considerados de clase media se han pauperizado. Los defensores del Gobierno dicen que esa afirmación es falsa aunque no aportan elementos contundentes para eliminar las sospechas.
Algo importante está pasando entre las naciones emergentes y en desarrollo después de 30 años continuados de éxito en la lucha contra la pobreza. Esa impresionante clase media que se estaba formando y alimentando las expectativas de impulsar el consumo y generar crecimiento económico parece que se está deslizando hacia el escalón inferior. Así surge de investigaciones elaboradas por organismos internacionales y consultores privados.
Para el mundo de los negocios, la expectativa estaba puesta en el veloz ritmo de crecimiento de la clase media en esta constelación de países que recibió cuantiosas inversiones en los últimos años. Especialmente hay temor por menor crecimiento de estos segmentos sociales en países de enorme población como China e India, fenómeno que se suponía iba a impulsar la economía global en el resto de este siglo.
El pronóstico del FMI coincide. Advierte que será menor el crecimiento en el mundo durante los próximos años. El Banco Mundial no se queda atrás: la economía global crecería por lo menos dos puntos menos que el promedio hasta antes de la crisis global de 2008.
¿Dónde está la línea que separa a la clase media de los sectores más humildes, de menores ingresos, o incluso a los que están en la línea de la pobreza? Para el Banco de Desarrollo de Asia –en lo que parece demasiado optimista– el ingreso a la nueva clase media se da partir de un ingreso diario superior a US$ 2. Otras fuentes públicas y privadas de la región insisten en que el tránsito se produce a partir de ingresos diarios superiores a US$ 10.
En lo que hay coincidencia en todos los que estudian la información disponible de las últimas décadas, es que todos los que ascendieron al nuevo estatus oscilan con frecuencia en el límite entre ambas categorías, según las circunstancias históricas y los avatares económicos de sus respectivos países.
Según las mejores estimaciones hay 2.800 millones de personas (40% de la población mundial) que vive con un ingreso entre US$ 2 y 10. Un tercio del total está más cerca de los US$ 2 que de los 10. Lo que los torna excesivamente vulnerables a cualquier cambio en las condiciones existentes en la economía.
Lo que está fuera de discusión es la fuerte correlación existente entre crecimiento económico y reducción del nivel de pobreza. Lo que se manifiesta de modo evidente en el grupo de países conocido como el bloque BRICS.
En suma, que toda la gente que salió de la pobreza en los últimos años permanece en situación muy vulnerable y puede descender a la condición anterior. Escenario que podría agravarse si además la economía de China bajara su ritmo de crecimiento en el futuro cercano.
Para muchos observadores, este panorama no debe desvincularse de la situación financiera general y en especial del endeudamiento de los países en desarrollo. Ahora que la Argentina está intentando –aunque sea a destiempo– incursionar en los mercados financieros internacionales y emitir bonos y títulos de deuda pública, hay varios países preocupados incluso por deuda colocada en moneda local.
Es que fue un proceso diferente al de los años 80 y 90 donde estos países emitían deuda denominada en dólares o en otras divisas fuertes. Aquel pecado no se quería repetir, por eso, con viento a favor en las economías periféricas y con valores inéditos para las materias primas que exportan estos países, se pasó a colocar deuda expresada en moneda local.
La medida buscaba reducir la vulnerabilidad de estas economías. Por eso, la deuda emitida en las monedas locales equivale hoy a 90% del total.
Pero no se contaba con la volatilidad de la especulación. Cuando EE.UU. insinuó que reducía el monto mensual de los recursos que inyectaba en la economía más grande del planeta sugiriendo que comenzaba un nuevo ciclo para el dólar y las tasas de interés, hubo un movimiento sísmico.
Los tenedores de esas deudas locales liquidaron sus activos en bonos y títulos, y regresaron a Estados Unidos para acompañar el nuevo ciclo que se avecina. De modo que los países emergentes, que tan exitosamente habían conseguido financiación durante una década, se encontraron de golpe con una fuerte caída en el valor de sus bonos, la mayor parte en manos de inversionistas extranjeros. Una tendencia que todavía puede complicarse más en los próximos meses. En este contexto, en la década equivocada, es que la Argentina saldrá a colocar deuda. Pero no puede evitarlo. Lo necesita.
La gran promesa de la Alianza del Pacífico

La Argentina se vió forzada a devaluar y su economía no crece lo suficiente, aunque el gasto público sigue en ascenso. Brasil, aun con el mundial de fútbol, no logra reactivar su economía que sigue con bajo crecimiento. De Venezuela mejor ni hablar.
Si se pretende tener buenas noticias hay que recurrir al cinturón del Pacífico. Donde se producto una interesante novedad. Chile, Colombia, México y Perú firmaron un pacto que llamaron Alianza del Pacífico y que facilitará el intercambio económico entre sus miembros.
¿Por qué es alentador este desarrollo? Lo primero es el tamaño que se alcanza: si fuera una sola economía, la Alianza del Pacífico se ubicaría entre las 10 más grandes del mundo. Juntos, sus miembros representan 39% de la economía latinoamericana (equivalente a unos US$ 6 billones) y con cifras de 2012 casi la mitad de la inversión extranjera directa (US$ 144.000 millones). Con estas cifras, incluso ofrece una alternativa a la potencia dominante de la región, Brasil.
Además está el enfoque comercial. La alianza contiene algunas de las economías con mayor crecimiento, mejor administración y con mejor predisposición hacia las empresas, y es considerada por los bancos internacionales como el mejor impulso a las fusiones y compras inter-regionales.
Pero lo que más motiva el entusiasmo es lo que se propone la alianza. Su idea central es generar economías intraregionales de escala y conexiones industriales para ayudar a sus miembros a aprovechar a pleno a todos los países de la costa del Pacífico de las Américas y de Asia, que comprenden la región con más crecimiento del planeta.
La esperanza es que los aumentos de productividad ayudarán a sus miembros a seguir creciendo rápido cuando pase el boom de los commodities y los días de política monetaria laxa en Occidente.
La integración comercial no es una aspiración novedosa en América latina. El comercio entre los países de la región es solo 29% del total, mientras que el intrarregional de Europa equivale a 70%. O sea que las ganancias posibles son grandes. Prácticamente no existen en Sudamérica las cadenas de suministro que China tiene con sus vecinos o Estados Unidos con México.
Sin embargo no hay que perder de vista que en la región hay una larga historia de pactos prometedores que no logran concretarse a cabalidad. Un ejemplo es el Mercosur (o Mercado Común Sudamericano), que nació en 1991 en medio de grandes expectativas.
Hoy, sin embargo, el grupo dominado por Brasil y la Argentina, que incluye a Paraguay, Uruguay y Venezuela, no logra encontrar el rumbo. La piedra en el camino, parece ser el pospuesto acuerdo con la Unión Económica Europea.
Brasil está más dispuesto que sus socios a suscribir un pacto. La Argentina tiene una poderosa razón para oponerse. Los europeos no hacen ninguna concesión en materia agrícola, el fuerte de las exportaciones rioplatenses. Algo que también debería preocupar a Brasil, pero como los cariocas están convencidos de que su industria es competitiva –algo que muchos ponen en duda– no tienen temor a hacer estas concesiones.
El grupo del Pacífico, para los críticos vecinos latinoamericanos se trata, en el mejor de los casos, de “puro marketing”. La respuesta de los aludidos es que no está en contra de nadie. En muchos aspectos la Alianza del Pacífico es una vuelta a las teorías comerciales de “regionalismo abierto” que imperaron en la década de los 90. Ellas alentaron el nacimiento del Mercosur y también del prácticamente desaparecido Pacto Andino. La tesis era que la apertura al comercio mundial es más ventajosa si se la combina con mercados regionales más fuertes.

