
Primero fue –en agosto– el anuncio de un tren bala entre Río de Janeiro y San Pablo. La formación podrá alcanzar una velocidad de hasta 280 kilómetros por hora y reducir el tiempo de viaje entre ambas ciudades –450 kilómetros de distancia– desde las seis horas que se necesitan hoy hasta no más de 80 minutos.
Fue el punto de partida para que Dilma Rouseff, presidenta de Brasil, pusiera en marcha un ambicioso plan de obra pública e infraestructura que demandará US$ 65.000 millones desde ahora hasta 2018.
La modernización de la red ferroviaria es una urgencia porque 90% es del siglo 19 y comienzos del 20, cuando los trenes de pasajeros viajaban a 40 kilómetros por hora.
Grupos franceses, españoles, alemanes, japoneses, surcoreanos y canadienses ya han expresado su interés por el ambicioso proyecto del tren bala, que originalmente se planea para entrar en funcionamiento en 2016, año en que Río de Janeiro será sede de los Juegos Olímpicos.
Luego –hace poco más de un mes– fue el turno de los aeropuertos. Más allá de las deficiencias actuales en las grandes terminales aéreas, el mensaje presidencial durante la reciente visita a Francia fue que se planifica la construcción de 800 terminales aéreas en todo el inmenso país, en localidades con población superior a 100.000 habitantes.
Aprovechó para poner de relieve la superficie continental de esta economía emergente que reclama imperiosamente –para que no es estrangule el crecimiento– de una actualización de la infraestructura existente y la construcción de una nueva red de carreteras, de puertos, de redes ferroviarias y de aeropuertos, en estrecha asociación con el capital privado.
Finalmente vino el anuncio de la inversión de US$ 26.000 millones en infraestructura portuaria. El actual sistema es insuficiente e ineficiente. Y por los puertos transita 95% de los flujos de exportación e importación. Con el concurso del sector privado se aguarda la ampliación y modernización de los puertos existentes, así como la construcción de flamantes instalaciones.
Un sistema portuario más eficiente con mayor volumen de movimientos y más eficiencia supone reducción de costos y mayor competitividad.
Todo el plan de infraestructura, de neto corte keynesiano, viene justo cuando el país enfrenta tasas decrecientes de crecimiento (como el resto de la economía global) y cuando abundan los recursos financieros para invertir en una economía global que no tiene alicientes para los inversionistas. Precisamente, la mala infraestructura de transporte del país es uno de los reclamos más frecuentes entre los inversionistas nacionales y extranjeros.
A quienes recuerdan que Lula lanzó un plan más modesto que solo se ha cumplido en parte, los funcionarios responden que hace dos años la economía creció 7,5% anual, mientras que en 2012 lo hizo apenas a 1%. Con lo cual este plan reactivador –dicen– tiene viabilidad asegurada.
La cuestión es de dónde provendrán los fondos, especialmente cuando Petrobras succiona todo lo que puede para perforar y obtener petróleo en los yacimientos marítimos. Solamente cuando se hizo el anuncio sobre los aeropuertos se explicó que el Gobierno usará recursos obtenidos de las recientes “privatizaciones” aeroportuarias para expandir la aviación regional. Lo que no arroja demasiada claridad sobre el tema.
En materia de puertos se comenzará por modernizar a fondo la principal terminal portuaria del país, el puerto de Santos. Pero también se incluirán las instalaciones de Río de Janeiro, Paranagua, Porto Alegre, Suape y Manaos. El objetivo es lograr el mayor movimiento de carga posible al más bajo costo. El país es el mayor exportador de café, azúcar y jugo de naranja, y uno de los principales en soja y mineral de hierro.
En el caso de los aeropuertos, hasta ahora el modelo del control accionario ha sido siempre de 51% para la iniciativa privada y 49% para Infraero, la empresa estatal que administra los aeropuertos en Brasil.
Si bien la inversión total del programa previsto es de US$ 66.500 millones, en los próximos cinco años se colocarán US$ 40.000 millones de fondos públicos y privados. El resto está previsto que se desembolse a lo largo de otros 20 años. Se dará preferencia a carreteras y otras vías de transporte ya que facilitan la competitividad y el mejor flujo del comercio y el traslado de personas.
Festival de compras
chinas en energía

El gigante asiático es el principal inversor y socio comercial del continente africano y su presencia es cada vez más gravitante en América latina, en el comercio en general y en productos básicos en particular. Pero no pierde oportunidad de aumentar su presencia en Estados Unidos y Canadá, en proyectos energéticos y de complejidad tecnológica.
Lo que le trae algunos sinsabores porque hay propuestas de inversión que no han sido bien recibidas o incluso rechazadas.
Hace pocos días se hizo público el acuerdo por el cual el grupo petrolero PetroChina compró una participación en yacimientos de shale gas canadiense por US$ 2.200 millones, en sociedad con la local Encana. De ese modo controlará 49,9% de las acciones de la firma canadiense.
Apenas unos días antes, la misma empresa estatal china había invertido US$ 1.600 millones en un campo de gas natural en Browse, al oeste de Australia. Los movimientos casi simultáneos demuestran que hay una clara política de la potencia asiática para expandir sus operaciones en el exterior, pero en especial en el campo del suministro energético.
También, antes, con días de diferencia, el Gobierno canadiense había dado su aprobación a una compleja operación por la Cnooc adquirió Nexen, una petrolera local con activos diseminados por el mundo. La estatal china invirtió nada menos que US$ 18.000 millones. El Gobierno canadiense convalidó la operación pero adelantó que habrá nuevas regulaciones y controles para inversiones de empresas estatales extranjeras.
Cnooc ha sido notificada que en el futuro no será invitada a participar de las áreas donde abundan los esquistos y arenas bituminosas. Un país liberal con los inversores foráneos, está empezando a temer que pueda quedar sometido a presiones –vía empresas estatales– de potencias extranjeras, justamente en el campo de los recursos naturales.
La misma petrolera Cnooc tuvo un serio revés en Estados Unidos donde se bloqueó su compra de la petrolera local Unocal en US$ 18.500 millones.
Antes el presidente Obama había bloqueado una inversión china en energía eólica en Oregon, debido a que se encontraba cerca de una base naval. Una opinión que originó controversias.
Complicada relación comercial
Según sostiene Joel Backaler, director de Frontier Strategy Group, una firma de inversión de Washington, la decisión de Obama es un grave error. Para Backaler, a diferencia de Huawei y ZTE –las grandes empresas chinas que se han visto imposibilitadas de entrar al mercado estadounidense, debido a los riesgos que podrían implicar para los sistemas de seguridad informáticos estadounidenses– y la gigantesca petrolera china Cnooc, el corazón de los negocios de la eólica Sany es maquinaria industrial y sus inversiones están guiadas por un fin puramente económico.
Backaler argumenta que las inversiones de Sany en Europa han sido bien recibidas (Sany compró recientemente la firma alemana Putzmeister, especializada en maquinaria para producir cemento) y sostiene que la decisión de Obama tuvo que ver con la campaña presidencial de Estados Unidos que en gran parte giró en torno al “fantasma de China”, con el candidato republicano Romney difundiendo videos contra China y con Obama replicando con datos sobre las inversiones de Romney en el gigante asiático que le han generado grandes beneficios económicos.
De seguir esta tendencia de atacar las inversiones chinas, según Backaler, la economía de Estados Unidos se va a perjudicar en vez de beneficiar. Uno de los problemas que ya se están evidenciando para empresas estadounidenses es el efecto sobre marcas como Nike y McDonald’s en la caída en el crecimiento que viene registrando la economía china en los últimos meses. Varias multinacionales estadounidenses dependen del crecimiento chino para su exitosa expansión internacional.
Por otra parte, las inversiones chinas en Estados Unidos, crecieron de US$ 3.000 millones en 2011, a US$ 8.000 millones en lo que va de 2012, según la Heritage Foundation’s China Global Investment Tracker.
Las inversiones chinas han venido creciendo en frecuencia y diversidad en el mundo. Aunque en un principio se pensaban que eran por su hambre de recursos naturales, en 2012 se han visto diferentes transacciones. Por ejemplo, la compra de la cadena de cines estadounidense AMC, por parte de Dalian Wanda.
Backaler sostiene que es importante para su país reconocer los beneficios que traen las inversiones chinas, tanto para la creación de puestos de trabajo, como para el aporte por impuestos y mejoramiento de infraestructura. Y sobre todo porque de esta manera los exportadores estadounidenses podrán tener más acceso a la segunda economía mundial. Las exportaciones de Estados Unidos a China en 2011 llegaron a US$ 103.000 millones, según el Consejo Económico China-Estados Unidos.
Por otra parte las empresas chinas aumentan su presencia en Alemania. Sin incluir fusiones y compras, las inversiones chinas en la gran potencia europea superaron este año a las de Estados Unidos.

