domingo, 19 de abril de 2026

    Adiós al deterioro de los términos del intercambio

    Durante un siglo, las materias primas representaron el atraso y dependencia mientras las líneas de producción fabriles simbolizaban el desarrollo. América del Sur y África eran netos proveedores de los insumos que Estados Unidos, Europa y Japón, el eje del poder mundial de posguerra, transformaban en productos de alto valor agregado. Pero en este milenio todo cambió.

    Rubén Chorny


    Gustavo Grobocopatel

    Aparecieron China e India, sobre todo, a demandar soja, maíz, leche, carnes, petróleo y metales, lo cual revirtió el viejo axioma cepaliano: los términos del intercambio ya no se deterioran, se aprecian.
    En lo que representaría algo así como la revancha histórica de los commodities, ya el año pasado se decía que el kilo de un bife en Alemania costaba igual que un kilo de BMW. El golpe de gracia lo dio la Asociación de Concesionarios de la República Argentina: con la tonelada de lomo o cuadril a US$ 12.200, ya supera en US$ 665 a la de un Citroën C4.
    Vendría a ser el réquiem que el nuevo milenio ejecuta a la centenaria teoría del deterioro de los términos del intercambio que enarbolara la escuela de Cepal e intelectualmente defendiera con singular enjundia el economista argentino Raúl Prebisch.
    No es que hayan estado equivocados en todo ese tiempo los que medían el valor agregado que generaban las industrias en los países desarrollados y lo compararan con el que tenían las materias primas que solían usar como insumos para explicar la brecha económica y social que se abría entre unas y otras sociedades: un auto siempre cotizó más que cualquier producto primario.
    Pero todo se modificó y como afirma el director del Instituto de Planeamiento Estratégico, Jorge Castro, la diferencia entre el valor relativo de las exportaciones y el valor relativo de las importaciones ha ido cambiando a partir de “un hecho históricamente nuevo para el comercio internacional: que hayan irrumpido en los últimos 10 años China, con 1.340 millones de habitantes, e India, con 1.200 millones”.
    No fueron los precios del petróleo o los metales, como en los 70, los que causaron las jaquecas del mundo industrializado. “Por primera vez en 100 años de desarrollo capitalista, la demanda de todos los commodities en el mercado mundial empezó a crecer al mismo tiempo por encima de la oferta, y los precios internacionales han llegado al nivel más elevado del que se tenga registro. Precisamente, según el índice de precios de los commodities que presenta semanalmente la revista The Economist –que mantiene en forma ininterrumpida desde 1843–, el récord ocurrió en julio del 2007”, señala el analista de política internacional.


    Héctor Huergo

    La hora del relevo
    Otra mutación no menos trascendente acaeció en el mercado mundial de los commodities: “Antes de 2001 era una función del ciclo económico estadounidense, en el sentido de ser el principal consumidor mundial de commodities. Desde ahí es China, en cuatro de las cinco materias primas más significativas. Y en la quinta, que es el petróleo, está segundo detrás de Estados Unidos. Con la salvedad de que la tasa de crecimiento de consumo de petróleo en China aumenta 9% al año, mientras que en EE.UU. lo hace a 1% con tendencia a declinar”, plantea.
    Se trata de un fenómeno de extrema importancia para todos los países productores de materias primas, principalmente los de América del Sur, encabezados por Brasil, ya que comparten dos rasgos estructurales comunes en su comercio exterior: en primer lugar, más de la mitad de sus exportaciones son materias primas, en el caso de Brasil fueron 61% el año pasado y este año es probable que hayan sido más”, explica Castro.
    El segundo es que China ocupa para la región el lugar que antes correspondía a Estados Unidos, ya que desde 2008 se convirtió en el principal socio comercial de la totalidad de los países, en especial de Brasil, la economía de mayor relevancia de América del Sur. En general, la relación no tiene límites en lo que concierne al abastecimiento de materias primas.
    En los tiempos que corren, la mayor parte de las exportaciones brasileñas son la soja y el mineral de hierro. En el caso argentino, más de 60% de las exportaciones son productos agroalimentarios y el principal destinatario individual es China. El segundo es India, sobre todo en materia de aceites.
    “Dicho de otro modo –indica Jorge Castro– el cambio de naturaleza que ha experimentado el mercado mundial de los últimos 10 años se ha revelado fundamentalmente en América del Sur, por establecer para todos los países de la región una inserción internacional, que es el camino de doble vía porque transcurren el comercio y las inversiones, no más con Europa ni con Estados Unidos, sino con Asia, sobre todo China”.


    Ignacio de Mendiguren
    Foto: Gabriel Reig

    Primarización
    Un experto como pocos en temas agropecuarios, profesional y comunicador, Héctor Huergo, advierte que al deterioro de los términos del intercambio siempre se lo vinculó a primarización de la economía.
    “No hay más –pontifica–. Si Prebisch viviera, hoy estaría hablando de la apreciación de los términos del intercambio”.
    Recuerda que en aquel momento correspondía a una descripción de la realidad, por la que recomendaba diversificar la matriz productiva para que la balanza comercial no dependiera tanto de las materias primas o de los productos primarios, o de la “primera transformación de la fotosíntesis”, como prefiere llamarlos.
    “Cuando vino Gaboto y fundó el fuerte de Sancti Spiritu, que fue el primer asentamiento europeo en tierra firme americana, se cuenta que pusieron 30 semillas de trigo y recogieron 280, o sea que por cada granito cosecharon 20. Hoy dan 300. La diferencia es tecnología. No podemos seguir hablando de productos primarios, como tampoco lo eran los que hizo sembrar Gaboto, ni lo que ha estado mejorado en Europa”, justifica.
    Coincide en este punto, aunque no del todo, el presidente de la Unión Industrial Argentina, Ignacio de Mendiguren, quien diferencia el proceso argentino del protagonizado por el resto de la región: “Fuimos prácticamente los únicos que no evidenciamos una primarización de las exportaciones. De hecho, incrementamos sostenidamente a lo largo de la década las de manufacturas de origen industrial, permitiendo compensar, en parte, el crecimiento del déficit comercial en dicho rubro. En otras palabras, de haberse replicado la tendencia de las exportaciones de los países de la región, ese desequilibrio, que alcanzó un récord de casi US$ 32.000 millones durante 2011, hubiese sido todavía mayor”, manifiesta el líder fabril.
    Sin embargo, remarca que, al dispararse en 2007 el precio internacional de los commodities que exporta el país, tanto los productos primarios como las manufacturas de origen agropecuario incrementaron su valor en mayor proporción que las manufacturas de origen industrial, lo cual “no implica que las exportaciones de productos primarios o las manufacturas de origen agropecuario tuvieran una mayor incorporación local de valor”.


    Jorge Castro

    Empresas globales
    Huergo lo expone desde las antípodas: “Los cereales son la punta de lanza exportadora y la Argentina es el primer exportador mundial de aceite. Así avanza la cadena. Sería como en EE.UU., que es líder en software y en computadoras. El primero se desarrolla en Seattle, pero también en India y a través de la misma compañía, mientras las computadoras se fabrican en Singapur, en Los Angeles y en Indonesia, o en China; las empresas deciden dónde es más competitivo”, parangona.
    Las compañías que están acá en agroalimentos también son globales, indica: una Drey­fus, que está en Indonesia, Brasil, la Argentina, opera desde donde encuentra mejores condiciones.
    Y cuando desde la Unión Industrial Argentina De Mendiguren propugna aprovechar las ventajas de contar con abundantes recursos naturales para que se fomenten políticas públicas de largo plazo (“que apunten al desarrollo de infraestructura, principalmente de energía y transporte, de modo tal que se pueda mejorar la competitividad intrínseca de nuestra industria y agregar valor a las materias primas”), desde el otro lado de la tranquera Huergo pone el grito en el cielo: “Si el mensaje es que van a capturar toda la renta porque la ganancia tiene que ser de 4%, las empresas se van a Indonesia, donde no les imponen nada de eso. Les dicen que ganen todo lo que puedan y paguen 30% de las rentas, sin retenciones para succionarlas”.
    De modo que en la práctica, asegura, “se terminan quitando eslabones en la cadena de valor y al final se exportan productos con menos valor agregado, que de todas formas insisto en que a esta altura de la modernidad no se pueden seguir considerando como aquellas materias primas de los términos del intercambio”.
    Por eso, Huergo celebra igual que se exporte el maíz a granel, llegado el caso. “Porque si se empieza por una semilla, el choclo da 500 más. Antes la comían los yuyos, los insectos, plagas; si se puede cosechar es porque se combatieron, se usaron materiales que fijan más la energía solar, que se comen todo el carbono que hay en el aire, que permiten aumentar la densidad de siembra y tener más plantas por hectárea, con una sembradora que las acomode perfectamente a 20 cm entre sí, y no como antes, que había tres plantas juntas, se parasitaban mutuamente y restaba producción, mientras la que estaba sola daba más grandes pero perdiendo el aprovechamiento de la luz solar porque faltaban plantas en el medio”.
    Concluye: “El valor agregado de la producción básica es incomparable con todas las posibilidades que abre. Por eso, lo primero es hacerla eficiente”.
    De eso habla Gustavo Grobocopatel, conductor de Los Grobo, cuando exhorta a “tener una economía lo más diversificada posible y con cadenas de producción lo más largas posibles también”.
    Lo que afirma no entender es el concepto de primarización. “Si uno piensa hoy que producir soja es algo primario está lejos de la realidad, es algo así como pensar que no hay nada mejor que el télex para comunicarse. Hoy el valor agregado está no solo en el valor de un producto o servicio, sino en su capacidad de producción. La soja de hoy es la misma de hace 4.000 años pero el valor agregado es mucho mayor, se produce más y en forma más eficiente por el intensivo uso de conocimientos en el proceso productivo. ¿O hay algo más sofisticado que la biotecnología?, ¿o la electrónica aplicada a las herramientas de siembra y cosecha?, ¿o la química fina, o a la complejidad de gestionar organizaciones en red?”
    Precisa lo que entiende por reprimarizar: “tener trabajo de bajo requerimiento de conocimientos, en industrias poco competitivas, subsidiadas o monopólicas, donde los trabajadores no tengan la opción de elegir, o la sola maquila de productos”.

    Unos en baja, otros en alza
    El escenario que vislumbra Castro para los años que vienen se presenta con claroscuros: por un lado, prevé una tendencia de carácter estructural a la desaceleración de la economía china, que para la década crecerá a 7,5%, o sea 2,5 % menos que lo que logró en los últimos 10 años. Pero al mismo tiempo observa que este es el primero en los 30 años de crecimiento económico chino donde el impulso fundamental ya no proviene de las exportaciones y del aumento de la tasa de inversión, sino del consumo doméstico, en especial del individual.
    Traducido para las materias primas, si bien implicaría una disminución de las exportaciones de metales y en general de la industria minera al mercado chino –afectando ante todo al principal exportador mundial de materias primas, sobre todo cobre y carbón que es Australia–, a la vez ese nuevo perfil doméstico del crecimiento chino implica que, en lugar de disminuir las importaciones de materias primas como granos, estarán en alza y seguirán cada vez más.
    Vaticina que la tendencia se acentuará en cuanto la población china, más de la mitad urbana, experimente un vuelco al consumo de proteínas cárnicas, la denominada transición dietaria.
    En ese aspecto, Grobocopatel apuesta al apalancamiento que, por ejemplo, la soja ejerce sobre los mercados, al darle a la Argentina un liderazgo global, lo cual debería abrirlos y encontrar el espacio para negociar con otros productos en mejores condiciones.
    “La soja debe ser la gran aliada de las otras industrias. Es carne y es energía renovable, pero no tiene el poder, sino que son las sociedades las que logran transformarla en bienes públicos y calidad de vida”, remata.
    Huergo hace la salvedad: “Todo el país funciona porque hacemos trigo y soja. Lo demás se va encadenando, porque nadie quiere vivir mal. Es mentira que la Argentina se esté primarizando, sino que está desarrollando una industria nueva, a pesar de todo, sin excedentes financieros, porque se los capturan”, enfatiza.
    Y se enoja: “¿Qué pasaría si todos esos recursos los tuviera la gente de puerto San Martín, en Rosario, e hiciera los accesos al puerto? Si los dispusiera Urquía para hacer más que el trencito del Nuevo Central Argentino, más canales… Hay que dejar que el dinero vaya al lugar de origen, porque el agregado de valor se genera ahí”.
    En ese sentido, Grobocopatel considera que “los términos de intercambio deberían medirse en dólares y no en dólares por tonelada. Si se hiciera así, se comprobaría que estos números mejoraron muchísimo más de lo que se supone en la Argentina y lo más relevante es que se trata de una transformación estructural que pensamos se consolidará en el tiempo”.

    Kicillof, el prebischiano
    Para los productores, y taxativamente para Huergo, el viceministro Axel Kicillof está en la mira por profesar una filosofía prebischiana, año 30: “El deterioro de los términos del intercambio, la agricultura no agrega valor…”.
    Maneja un modelo conceptual que dice esto no sirve, entonces vamos por esa renta y la ponemos en otras cosas, por ejemplo hoy en YPF. Está el shale gas, nadie le lleva el apunte, pero le sacan el dinero a los jubilados y la renta de los sectores competitivos para desarrollar desde el Estado un sector que todos sabemos es plausible, ¿cuántos años de shale gas vamos a tener?”, dispara.
    Pone como ejemplo los biocombustibles, negocio que se desarrolló solo y es agregado de valor del aceite, sustitución de importaciones. “Hagamos más biodiésel, que es absolutamente competitivo, lo hicimos, y vino Kicillof y dijo, no, les subimos las retenciones –exclama–. ¿Por qué no deja que los sectores fluyan? No obstante que cortan las brevas inmaduras, no son nadie para decir que este ya es un negocio maduro”.
    Exhorta a dejar que se desarrolle esa “tremenda” actividad. Enumera: se están construyendo fábricas, hay detrás consultoras de ingeniería, contadores, analistas, bancos, todos evaluando el negocio de los biocombustibles. Algunos pararon la construcción de las plantas mientras pelean para que se cumplan las reglas. Por si no siguieran acá, los europeos quieren importar el aceite crudo para hacer ellos el biodiésel. Compran la palma en Indonesia y ahora éstos se dieron cuenta y también quieren el aceite para hacer combustible.

    Oportunidades
    Jorge Castro ensaya un escenario geopolítico en el que encuadra a la Argentina con los países emergentes que se sientan junto a las potencias occidentales en el Grupo de los 20 para asegurar la gobernabilidad global.
    Hacia esa órbita, señala, se ha trasladado el eje de la acumulación mundial, que está constituido por tres regiones: la asiática, América latina, en especial Sudamérica, y Europa oriental.
    En los países asiáticos, encabezados por China, el crecimiento económico extraordinario de los últimos 30 años ha estado acompañado y se ha revelado a través de un incremento del producto bruto interno per cápita, en primer lugar, y en segundo lugar de un nivel de incremento de la productividad igual o superior al estadounidense.
    Pero respecto de América del Sur previene que si bien hubo crecimiento económico debido al boom de las materias primas y su exportación a China, no aumentó la productividad ni el ingreso per cápita en los niveles del mundo avanzado.
    O sea que “no hubo convergencia estructural, sobre todo con Estados Unidos, que se realiza a través de dos vectores, que son el incremento de la productividad, por un lado, y por otro, el ingreso real per cápita”.
    Y esto es lo que se denomina, metafóricamente, reprimarización.







    Ni campo ni chimeneas: industria verde


    Héctor Huergo llegó al periodismo con el título de ingeniero agrónomo, pero se especializó en economía agraria, en un sitial exclusivo, al que no se acercan las currículas ni los doctorados universitarios.
    Desde esa perspectiva elaboró novedosas variantes a la secular división entre campo e industria, materia prima y producto. Unió todas estas aparentes dicotomías en el título de su programa en el Canal Rural de cable: la industria verde.
    Explica de este modo los procesos de transformación de los recursos naturales: el agro es la gestión de la fotosíntesis. Toma un proceso natural de modo tal de obtener eficientemente el recurso. Puede ser consumido en forma primaria o transformarse infinitamente. Se puede hacer energía o sea consumirlo en distintas cadenas.
    El proceso básico consiste en la transformación del dióxido de carbono del aire en grano. Para el agricultor, la materia prima es la semilla, porque se pone una y salen 300. Para Monsanto, el proveedor, la semilla es el producto terminado, que contiene tecnología, laboratorio, investigación, génesis, industria. Es el resultado de un complejo proceso de investigación y desarrollo que termina en ese grano, un paquete genético. Y además está tratado por funguicidas, inoculantes y una serie de productos que permiten perfeccionar la terminación y lograr un buen desarrollo inicial de la planta. Si para el semillero es un producto final, ahora, ¿cuál sería su materia prima?
    Son los biotecnólogos, los biólogos, los ingenieros, todos los que trabajan en un laboratorio para lograr esa semilla, que finalmente se siembra en el campo para multiplicar la producción. Pero también tiene una materia prima, que es el cerebro primario, y el producto terminado, que es la semilla que se entrega al productor.
    Hablamos de industrias de semilla:
    • Monsanto acaba de invertir US$ 100 millones en un pueblo de Córdoba para producirla. Trabajan biotecnólogos argentinos, expertos en maquinaria e interactúan con estadounidenses.
    • En Venado Tuerto se fabrican máquinas para desflorar el maíz, que es un trabajo muy específico para la industria semillera.
    Todos estos procesos requieren especialización, capacitación, plantas industriales, fabricar los elementos para perfeccionar y darle competitividad a la cascada de valor. Ahí se lo genera.










    El teorema Profertil


    Cuenta Huergo que hace un tiempo se reunió con el veterano economista Alieto Guadagni para buscar un paradigma de cómo interactúan las manufacturas de origen agropecuario con las de origen industrial y comprobar, de ese modo, si hay o no primarización.
    Y surgió el caso Profertil, la primera planta de fertilizantes del país inaugurada en el polo petroquímico de Bahía Blanca hace una década. Se abastecía del gas que se venteaba y se lo transformaba en un alimento industrial para la tierra.
    Apenas arrancó el proyecto en 2000 y un año después se exportaba esta manufactura de origen industrial (MOI) por US$ 500 millones. El resto, los productos primarios, las manufacturas de origen agropecuario (MOA), quedaba igual.
    Al año siguiente, alguien de los grupos CREA decide que hay que fertilizar el trigo. Se destina toda la producción de fertilizantes de Profertil a desparramarla por la pampa húmeda. Resultado: se produce 10% más de trigo, pero desaparecen las exportaciones de fertilizantes.
    O sea que se exportaba más trigo y muy poco MOI.
    ¿La Argentina se primarizó? La ecuación pasa porque se le agregó valor al fertilizante: se exporta trigo con ese valor agregado.
    Otra vuelta de tuerca sería la pintura de una cosechadora Vasalli hecha en la Argentina, que cuando terminó la cosecha hubo que repintarla. Traducido: se exportó pintura bajo la forma de soja, trigo o maíz.
    Una cuenta sencilla sería el acto de producir soja o maíz, para lo cual hay que invertir 10.000 millones y, después, se sacan 30.000, en realidad 45.000 millones.
    Huergo define esa diferencia como valor agregado. “No es grado de elaboración, sino la relación insumo-producto. Cuánto pongo y cuánto saco”, grafica.
    Coincide el analista de política internacional, Jorge Castro, en que se está dando en la producción agrícola argentina un proceso acelerado de incorporación de valor agregado.
    “De las exportaciones agroalimentarias argentinas, el sector que crece cada vez más es el que tiene valor agregado: los aceites, el etanol, y en general lo que se refiere al procesamiento de alimentos complejos o balanceados”, señala.









    La cadena de valor sojera


    El corredor sojero apoyado en el río Paraná, con epicentro en el puerto de Rosario, impresiona visto desde el Google Earth desplegado en la tableta de Héctor Huergo.
    El mayor polo aceitero del mundo se vislumbra así en las sombras de los barcos de gran porte que van y vienen aguas arriba del ahora dragado canal y en las 25 plantas extendidas a lo largo de 50 kilómetros hacia el norte, lo que sería Timbúes, y lo que va de Rosario a Ramallo hacia abajo.
    Ahí están los mayores productores multinacionales: desde Noble (China), Dreyfus (Francia), Toepfer (Suiza), Cargill (EE.UU.) y las locales Molinos, Vicentín, Aceitera General Deheza, Bunge, Aca y Nidera, entre otras.
    En ese enorme movimiento que refleja la imagen aérea se transforma 85% de la cosecha de soja en aceites, harinas y pellets. La capacidad de molienda total en esa franja del Paraná asciende a 142.800 toneladas diarias.
    En el puerto propiamente dicho se distinguen los silos y las playas de camiones que ingresan desde la ruta 9 para descargan los granos sin cesar. Sin embargo, la exportación de soja se hace no a través del poroto a granel, que no se paga mucho, sino que la forma de venderla es a través de la harina y el aceite, que son los dos productos que les da, o del biodiésel, que es agregado de valor sobre el aceite.
    Y si se toma al maíz, que convive con la soja en ese gran polo, el proceso arrancaría con el laboratorio de una empresa nacional, Nidera, Don Mario en Chacabuco o Monsanto en Rojas, de donde sale la semilla que siembra el agricultor, a la sazón el capataz de una línea de montaje en el campo, que toma la materia prima, la pone y sigue todo el proceso hasta que cosecha el grano. Semilla, fertilizante y gasoil son sus materias primas, así como los productos terminados fueron el gasoil de YPF, el fertilizante de Profertil y la semilla de Monsanto.
    Llega al puerto el grano como producto terminado del agricultor y ahí pasa a ser materia prima para la planta que lo muele y lo convierte en otra cosa, que se carga en un barco, el que al llegar a destino provee esa harina o pellet de soja a un criadero de peces o de pollos, que así pasa a ser materia prima del criadero de pollo, el que se convierte en producto terminado. El pollito vivo tiene que entrar a una planta industrial, lo pelan, le sacan las alitas por un lado, las garras, y va a otra planta que hace la hamburguesa de pollo para Mc Donald’s.
    La cadena va creciendo con su propia inercia: la Argentina no exportaba pollos y empezó a vender garras de pollo, siguió con pollitos a Medio Oriente y ahora envía muchos a China.









    La ruta de la inclusión social


    Siguiendo la ruta 9, de Campana hacia Rosario y Córdoba, se alinean pequeñas fábricas, talleres, maquinarias que parecen naves espaciales, plantas de molienda, aceiteras, y todo lo que rodea horizontal y verticalmente a los cereales de la llamada Pampa Húmeda.
    A esto Huergo le llama inclusión social, porque las oportunidades de trabajo abarcan desde el secado y almacenamiento, hasta la molienda, la mecánica, la electrónica, las tecnicaturas, ingeniería, biotecnología y ramas de la ciencia que son muy difíciles de asociar con la rusticidad del campo.
    Pero el que marca como caso paradigmático está en la localidad cordobesa de Marcos Juárez, donde además de las plantas agroindustriales hay cancha de golf, un aeródromo y pista de carreritas de autos, en la que los tallercitos de ahí desarrollan fórmulas locales y reparten changas y lustre entre los mecánicos.
    Apunta Huergo que la marca Cardón está en todos los pueblos del interior, que adoptaron la “percha chacarera”.
    Señala al nodo de desarrollo de Marcos Juárez como el epítome del sistema de redistribución originado en el sector privado.
    Lo contrasta con la búsqueda que hace el Estado de nichos de renta, que tienen que ver con la competitividad, capturarla y destinarla a los fines que considera más plausibles. “Se la sacan a Marcos Juárez y la traen a La Matanza, con lo cual la gente se viene al conurbano donde, se conoce, huelga desarrollar tareas eficientes. Ese modelo es el que no va”, sentencia.