ANÁLISIS | Escenario global

Vale decir, los efectos de un sismo de 8,9 en la escala Richter y réplicas que llegaron a 7,5. Sin contar un tsunami –maremoto múltiple– con 15 a 20 metros de altura.
Inevitablemente, los debates sobre energía surgen y se multiplican –señala Knowledge@Wharton–, no solo aquende el Atlántico, sino en toda Europa. Por supuesto, los activistas antiátomo se han lanzado sobre casi todos los reactores del planeta.
No obstante, en Estados Unidos la catástrofe siembra dudas sobre el futuro papel de la energía atómica. El país resuelve 20% de las necesidades eléctricas vía fuentes nucleares. Pero no ha construido una sola planta desde 1979, cuando el accidente en la isla Tres Millas creó una brecha entre la energía nuclear y la opinión pública.
Ese clima pareció cambiar el 20 de enero de 2010, cuando el presidente Barack Obama –en el mensaje anual al Congreso– pidió se levantara “una generación de usinas atómicas seguras y limpias”. De ese modo, “podremos cumplir una meta: generar 80% de la oferta eléctrica de esas fuentes entre hoy y 2035”.
Sin embargo, un equipo de expertos reunido por Wharton teme que el desastre nipón haya frenado, al menos en el corto plazo, esas intenciones. Pese a llamados a “un renacimiento nuclear”, la industria –excepto un reciente caso aislado, Exelor– vacila entre otras dos realidades: la persistente recesión iniciada en 2007 y la competencia del gas natural.
Un ejemplo: el proyecto de ducto (6.000 kilómetros) desde el ártico canadiense y hasta el centro este de EE.UU. Hoy, por ende, la pregunta del millón es “¿si no es el átomo, qué otras alternativas?”.
Pros y contras de la opción nuclear
El factor nuclear “depende de quiénes y cómo definen opciones”, sostiene Erwan Michel-Kerjan, también de Wharton. “¿Adónde queremos que vaya el país? Hemos pasado años hablando de autonomía energética, pero ¿qué haremos?” Hasta el desastre japonés, un creciente número de analistas se pronunciaban por la opción nuclear. No solo tornaría a EE.UU. en menos dependiente de hidrocarburos importados, sino que disminuiría emisiones tipo efecto invernadero.
Medida en términos de carbón, la energía atómica está a la par de la solar, la hídrica, la eólica, la geotérmica y la biomasa. En cuanto a uso de tierras, la opción nuclear lleva amplia delantera a otras categorías verdes. Para generar 1.000 megavatios, una planta atómica requiere 2,6 km², contra 128 para unidad solar, 640 para una eólica y 6.600 km² para biomasa.
Por otra parte, empero, las plantas nucleares son enormemente caras: desde US$ 2.000 hasta 6.000 millones. Estas estimaciones provienen del servicio parlamentario de investigaciones (CRS en inglés). Naturalmente, financiar nuevos reactores depende mucho de garantías crediticias federales o estaduales, por lo común controvertidas.
Para expandirse, la industria precisa bastante más que los US$ 18.500 millones asignados actualmente por Washington. Apenas, el precio de tres a cuatro reactores. Ante ello, los objetores arguyen que esas garantías son injustas, pues subsidian una actividad madura y debieran dedicarse a otros fines.
Debate en EE.UU.
Para algunos, es la hora de la energía nuclear
Exelon Corp lanza su mayor toma: Constellation Energy Group, un paquete de casi US$ 7.900 millones. A dos meses del desastre japonés, el sector privado estadounidense continúa apostando al átomo. Mientras, Washington sopesa opciones.
El mayor operador de su categoría en el país abonará el importe íntegramente en acciones e incorporará cinco reactores a su elenco. Apenas uno menos que el complejo de Fukushima.
Incluyendo deudas netas, la transacción será la primera de Exelon superior a US$ 1.000 millones desde 2002.
Curiosamente, la firma afronta su mayor contracción de ingresos en un decenio, pues en 2012 expiran contratos de alto precio. Por supuesto, los activos de Constellation permitirán a Exelon elevar utilidades, dado que nuevas regulaciones ambientales en carpeta perjudicarán a empresas que operan usinas carboníferas. Así señala Gregory Phelps, de la consultoría Manulife Asset Management.
Esta adquisición también marca el fin de los 11 años de John Rowe como director ejecutivo de Exelon. Pero es una decisión que va contra sus colegas, como NRG Energy, que han frenado planes para construir o comprar reactores. La compañía “se ha jugado por un futuro nuclear, en tanto el Gobierno vacila”, sostiene Mak Bronzo, socio de Security Global Investors, fondo que maneja una cartera de US$ 26.000 millones. Esta adquisición “centrará sus acciones en áreas con serias posibilidades de crecientes márgenes, en tanto la competencia se paraliza”.
Paul Elsberg, vocero de la empresa, señala que el acuerdo le permitirá diversificarse, en especial en el segmento minorista de servicios, punto fuerte de Constellation. Su propio portavoz, Lawrence McDonnell, prefiere no hacer comentarios, lo cual sugiere disensos internos.
Volviendo a la transacción, los US$ 2.650 millones en deuda neta incrementan el valor del paquete a 10.200 millones, informa un comunicado reciente. Según datos independientes, los accionistas de Constellation recibirán 0,93 títulos de Exelon por cada uno suyo, tomando como referencia el último precio: US$ 38,59. Ello representa una prima de 16% sobre el promedio de los 20 días de abril.
A los 65 años, Rowe se jubilará al completarse el trato. Después, la conducción recaerá en al actual director operativo de Exelon, Christopher Crane, y Mavo Shattuck, su contraparte en Constellation, quedará como presidente de junta.
Por una parte, Exelon espera que la compra reduzca su dependencia relativa de la energía nuclear. Por la otra, analistas especializados como Bronzo subrayan que acentuará su predominio en ese mismo campo y elevará ganancias a medida como se consolide la recuperación económica.
En general, el negocio –se sabe– tenderá a beneficiarse como resultado de restricciones apoyadas por el presidente Barack Obama en aras de limitar la contaminación del aire. En marzo, la agencia de protección ambiental (EPA en inglés) propuso normas más estrictas para mercurio, arsénico y otros gases ácidos despedidos por usinas carboníferas. De cristalizar, al segmento le costara hasta US$ 100 millones cumplirlas. Por el contrario, Exelon sola estará ganando hacia 2015 US$ 800 millones extras debido a esas regulaciones.
La carrera de los emergentes
¿Igualará India a China en poderío industrial?
Cyril Northcote Parkinson (1909/93) publicó “East and West” en 1963. Su tesis básica: India y China, juntas, acabarán uniéndose para desplazar a Occidente. Por entonces, terminaba la guerra sinoindia y casi nadie reparó en esa brillante intuición.

Muchos años más tarde –también para ese economista e historiador inglés, señala Knowledge@Wharton Asia–, la gente comenzó a especular con una seductora mezcla: la experiencia india en software y servicios con la manufactura china. Ahora se da una vuelta de tuerca, pues Beijing aumenta su presencia en tecnología informática (TI) y Delhi progresa en el campo industrial.
“India emergerá como fuerte economía física”, pronostica Janat Sha director en el Instituto de Management, Bangalore. Entretanto, Jagdish Sheth –especialista en marketing de Wharton– espera que el subcontinente se convierta en “segundo tercerizador mundial”.
Hay números que apuntan en esa dirección. En marzo, un informe de Naciones Unidas sobre desarrollo industrial ubica a India entre los 10 máximos países industriales del planeta en 2010. “Supera a todas las economías emergentes –salvo China– en textiles, químicos, metalurgia básica, maquinaria pesada y eléctrica”, señala el documento.
En automotores, India ha superado a Brasil y solo la precede México entre los emergentes. El valor agregado sectorial creció el año pasado más de 10%, contra 3,4% en las economías centrales. Cabe agregar la producción anual combinada de China, India y Brasil alcanza a 32%, frente 20% de hace 10 años.
Abundan los ejemplos. Hace un mes, General Motors India (GMI) se manifestó lista para operar como “vendedora externa” de los motores a fabricar en la nueva planta de Maharashtra (una inversión de US$ 220 millones) y enviar sus partes a sus emprendimientos conjuntos en China.
Allá podrán producirse hasta 300.000 unidades anuales, que GMI no necesitará de inmediato. En 2010, la firma vendió solo 110.000 Chevrolet en India, y le queda bastante para exportar hasta cubrir, en 2013, la capacidad total. Así subrayaba Karl Slym, director gerente de la empresa.
Otro ejemplo es el laboratorio AstraZeneca, que terceriza componentes farmacéuticos activos (CFA) en India, con destino a sus operaciones mundiales. Según el director para genéricos de marca James Chelliah, “durante bastante tiempo, la producción en India aumentaba 100% año a año. Por supuesto, los volúmenes son chicos y no se comparan con el mercado chino (1.000 millones por año), pero hoy India se adelanta a China en perspectivas tercerizadoras”.
Otras automotrices no se quedan atrás. Mediante una alianza entre Suzuki y Nissan, la subsidiaria india de la primera, Maruti, fabrica el compacto Pixo para vender en Europa. La misma compañía proyecta integrar pronto vehículos Volkswagen, ya que la empresa alemana compró 19,9% de Suzuki en 2009, por US$ 4.500 millones.
El potencial del subcontinente fue advertido en 2005 por un informe de McKinsey para la Confederación Industrial India (CII). “En el pasado –apuntaba el trabajo–, este país no explotaba a pleno sus ventajas como exportador. Nuestro aporte puede ser clave para ese fin”.
Tendencia que se consolida
El informe sostiene que la tendencia internacional a fabricar o tercerizar en países de costos bajos irá acelerándose y consolidándose durante la presente década. Particularmente en industrias y servicios donde India compite con ventajas significativas. Si se aprovechan, las exportaciones de manufacturas pueden incrementarse de US$ 40.000 millones en 2001 a cerca de 300.000 millones en 2015. La cifra equivaldrá a alrededor de 3,5% en el intercambio industrial del mundo.
El ascenso indio en ese campo será a expensas de China, que ha construido su fortuna en tres decenios de manufacturas o tercerizaciones en gran escala y con bajos costos, orientadas al mercado externo. Pero los analistas vienen pronosticando que el gigante irá perdiendo sus bases a otros países en desarrollo, mientras declina la proporción de población activa. Será un proceso de décadas, por supuesto.
De acuerdo con Marshall Meyer (Wharton), “los bajos costos no podrán, solos, alterar el fiel de la balanza. Si tantas empresas occidentales continúan tercerizando en India, es porque a China aún le faltan experiencia y capacidades”. También le falta algo que muy pocos mencionan: el uso cotidiano del inglés como lengua franca.
“Vemos creciente actividad tercerizadora, primordialmente en componentes que requieren grados perceptibles de complejidad”, subraya Ketán Chandarana, de Synergy, una consultoría de Bangalore. Su firma asesora generalmente a multinacionales y, a su criterio, los clientes valoran la sensibilidad india a los derechos de propiedad intelectual o la facilidad de producir volúmenes bajos y medios con altos grados de variación por rubro.

