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El
trayecto promete un contacto directo con el arte, la arquitectura, la
gastronomía y la tranquila vida de los pueblos de la campiña
europea.
La Vía Francigena (o Vía Franca) es un itinerario histórico
desde Canterbury hasta Roma, una importante ruta que en el pasado fue
usada por millares de peregrinos camino a Roma. Al comenzar el siglo XI
eran ya multitudes las que cruzaban Europa en busca del "hogar celestial
perdido".
El peregrino viajaba a pie a los tres lugares santos de la Cristiandad:
Roma, sitio del martirio de San Pedro y San Pablo; Santiago de Compostela,
el lugar donde se dice que fue encontrado el sepulcro del apóstol
Santiago; y Jerusalén, en Tierra Santa. Los peregrinajes se hacían
en grupo y llevando emblemas: la concha marina para Santiago de Compostela,
la cruz para Jerusalén y la llave para San Pedro en Roma. Simultáneamente,
a lo largo de esas mismas rutas, se desarrollaba una intensa actividad
comercial y los ejércitos seguían los mismos itinerarios
para sus traslados.
Tres
caminos
Los primeros cristianos creían que había tres caminos al
Paraíso. El primero, el Camino de Santiago -o Ruta Jacobea- que
serpentea 800 kilómetros por el norte de España. Fue recorrido
desde principios del siglo IX por millones de fieles que iban a rezar
al sepulcro del apóstol Santiago el Mayor. En segundo lugar, la
Vía Francigena, con orígenes en el siglo VII. Y el tercero,
el sendero que parte desde Roma, centro de la Santa Sede, hacia Jerusalén.
Es el "camino del peregrino", el de todos aquellos primeros
cristianos que viajaron hacia Jerusalén desde el siglo V al VII
y del XII al XV, portando la cruz como emblema. Se lo considera una continuación
de la Vía Franca pues un viajero podía ir desde Irlanda
hasta Jerusalén, sin interrupción, hilvanando los senderos.
Es la ruta que, probablemente, menos atención ha recibido a lo
largo de los siglos. Originalmente se extendía como una serie de
veredas empedradas desde Canterbury, Inglaterra, hasta Roma, y hoy está
recuperando popularidad. Como las otras, es testigo de la importancia
de la práctica del peregrinaje en tiempos medievales. Hasta donde
se sabe, su existencia fue documentada por primera vez en un diario escrito
por Sigeric, arzobispo de Canterbury, quien regresó por ella en
el 990 de la era cristiana. Aunque no está debidamente confirmado,
numerosos estudiosos sostienen que esta ruta existía desde mucho
antes como un gran sendero intercontinental para reyes, comerciantes,
artistas y ejércitos invasores.
A medida que el peregrinaje, como penitencia, fue perdiendo popularidad,
los angostos senderos para caminantes fueron reemplazados por caminos
mientras las sucesivas guerras modificaban fronteras nacionales y regionales.
Todo lo cual contribuyó a que este antiquísimo pasaje perdiera
presencia y cayera en el olvido. En realidad, se lo ignoró durante
siglos.
Hoy, gracias al empeño conjunto de la Asociación Vía
Francigena (con asiento en Roma) y el Consejo Europeo, la Vía Franca
resucita como ave fénix y acaba de ser declarada "itinerario
cultural de la humanidad". Han aparecido guías para el peregrino
moderno. Se está mejorando y aumentando la señalización
con carteles orientadores gracias al apoyo de clubes de caminantes y alpinistas.
Y se está procurando alejar lo más posible el sendero peatonal
de rutas y autopistas nacionales para adentrarlo en la campiña,
lo más cerca posible del trazado original.
El viaje actual puede resultar mucho más placentero que en la antigüedad,
cuando los penitentes afrontaban bandidos, enfermedades, lobos, difíciles
badenes y encontronazos con ejércitos hostiles.
Según el testimonio de Brandon Wilson, un estadounidense que recorrió
1.848 kilómetros desde Val d´Aosta, en la frontera suiza, hasta
Roma y luego desde Suiza hasta Canterbury, el viaje es una experiencia
inolvidable. Cualquiera que esté en buen estado físico,
dice Wilson, debería poder caminar la totalidad de la ruta en 60
a 80 días.
A diferencia del febril itinerario de otros tipos de viajes modernos,
transitar la Vía Franca a pie es una manera apacible de viajar,
que seda la mente y abre el corazón.
Siguiendo las señales, o con una guía actualizada, fácilmente
se pueden recorrer entre 19 y 32 kilómetros por día, según
el clima, el estado físico y la predisposición. Hay que
tener en cuenta la ubicación de los pueblos a lo largo del camino,
si tienen capacidad de alojamiento o no (muchos no lo tienen) o si tienen
albergues para peregrinos.
Antes de comenzar la travesía, conviene contactar a la Asociación
Vía Francigena, en Roma, para obtener credencial de peregrino,
un documento de presentación del "verdadero" peregrino.
Al hacer noche en cada pueblo, conviene llevar la credencial a la Iglesia
para que sea sellada por el párroco local. Así, la tarjeta
se va convirtiendo en un documento de todos los lugares visitados durante
el recorrido.
Esa credencial tiene, además, un propósito práctico.
Puede significar alojamiento gratuito o muy barato en una parroquia, monasterio
o convento. Para una verdadera experiencia de peregrinaje, hay hosterías
históricas y religiosas, donde se puede "compartir el pan
y el vino" (Chianti) con monjes franciscanos, agustinos y capuchinos.
El equipaje debe ser liviano. No hace falta calentador ni carpa. Lugares
donde dormir y comprar comida, abundan. Sin embargo, una delgada bolsa
de dormir es buena idea, porque muchas parroquias ofrecen lugar donde
echarse a descansar, pero no tienen camas ni, mucho menos, ropa de cama.
Una odisea
espiritual
¿Quién transita la Vía Franca en nuestros días?
A diferencia de los millares que andan el Camino de Santiago, quien elige
la Vía Franca es un pionero. Cuenta Wilson que durante su peregrinaje
en el otoño del 2000, su única compañía durante
dos semanas fue Juan Ignacio Preciado, un ingeniero vasco que había
conocido en 1999 en otra experiencia similar.
Wilson define su experiencia como una odisea espiritual, una posibilidad
de olvidarse del mundo y meditar o reafirmar la fe en busca de respuestas
e inspiración.
El sendero también permite descubrir tesoros artísticos
y arquitectónicos, como la maravillosa cúpula de mármol
en Siena o los museos en Lucca y San Gimignano. Es la ocasión de
andar por los antiguos caminos romanos, de explorar castillos sin apuro,
de descubrir fuentes, frescos, esculturas y reliquias ancestrales en las
innumerables capillas y hasta catedrales que jalonan el camino.
Es una oportunidad única de participar en una tradición
milenaria, de transitar una ruta de siglos, por donde caminaron toda suerte
de personas que, por motivos piadosos o no tanto, iban a Roma. Una oportunidad
de degustar la variada gama de exquisiteces francesas e italianas: pastas,
guisos, panes de campo, pizza con queso gorgonzola, la maravillosa fondue
alpina… todas las delicadezas de la cocina campestre están
a disposición en los pueblos. Y, a lo largo del camino, al alcance
de la mano hay hongos, castañas, frutillas, moras…
Quienes comienzan el viaje en Canterbury pueden participar en la bendición
al peregrino que se realiza en la Catedral, y coronarlo asistiendo a la
audiencia pública que celebra el Papa los miércoles en Roma.
A la derecha de la basílica de San Pedro, la Asociación
Vía Francigena podrá otorgarle un reconocimiento y una postal
sellada con la fecha de llegada p
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